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Breves desde Sitges 2014

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Nueva edición del festival supone, una vez más, un repaso breve a las películas que he podido ver. Este año he tenido la sensación de que la incompatibilidad de horarios y la dificultad para conseguir entradas me ha hecho perder no sólo algunas de las películas de las que hablaremos en el futuro, sino también muchas otras de mi interés que no tendrán la suerte de ser recuperadas con tanta facilidad. Por lo tanto, se cumple el tópico de que no están todas las que fueron, pero son todas las que están. Que no son pocas.

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Adieu au langage 3D (Jean-Luc Godard)

El nuevo ensayo de Godard recupera muchos de sus tics característicos, pero los complementa con ciertas posibilidades del formato 3D: sus intertítulos saltan la pantalla, y la mayoría de los planos dan dolor de cabeza por una estereoscopía deficiente. Esto último es parte de la broma de una película donde el sonido colapsa con frecuencia, la música se detiene y vuelve con efectos cómicos, donde la imagen se distorsiona y se plantea en términos de mayor agresividad de los que acostumbra y donde el suizo se divierte haciendo mucho con muy poco esfuerzo.

buryingtheex

Burying the Ex (Joe Dante)

No sé si por cierta admiración hacia el director de Gremlins, podía esperar de Burying the Ex algo más de lo aquí otorga. La historia presenta a un prototipo clásico de espectador de Sitges – un coleccionista y amante del terror clásico – atrapado en una relación con su (glups) ¡ecologista! y muy bella novia. Cuando la susodicha fallece, ahí está otra chica, tan guapa y encantadora como la anterior pero menos preocupada por el medio ambiente y más por oscuras marcas de cereales basadas en monstruos clásicos, Joey Ramone y Val Lewton. ¿Para qué asumir que una relación es encontrar espacios de convivencia cuando una chica con tus mismos gustos no te exigirá lo más mínimo? Más pendiente de generar complicidad a lo Kevin Smith que de trazar alternativas como Edgar Wright (y en ese sentido, el personaje del hermanastro es definitorio), al menos tiene algunos momentos inspirados en la dirección pese a su escasísimo presupuesto.

Dinosaurios

Dinosaurios (Joaquim Baceló, Amanda Gómez)

Ingenioso cortometraje con introducción a cargo de J.G. Ballard, lo que planta la semilla para mostrar la belleza de un mundo abandonado, en el que los humanos han dejado de existir. El retrato de esos espacios es acompañado de una profusa voz en off, de inspiración poética, al modo de la introducción de El año pasado en Marienbad (Alain Resnais, 1961). Lo cierto es que consigue presentar su atmósfera y utilizar bien sus cartas al ceñirse a mostrarnos ruinas de nuestro mundo desde una perspectiva ajena, con la fascinación por como esos lugares son devorados por el tiempo y la naturaleza, pero permanecen en espíritu.

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Dios local (Gustavo Hernández)

Nueva incursión del director de La casa muda, esta vez partiendo de un trío musical de viaje al interior de una cueva con motivo del rodaje de un videoclip. Tres historias que cruzan entre ellas para ser contadas tanto de forma independiente como para crear una simultaneidad de los acontecimientos. La propuesta busca generar misterio en aquellos elementos que solo son comprensibles una vez conocidas las tres historias al completo, pero también hace un más confuso uso del flashback que, como en la película que le antecedía, pretende sorprender a base de ocultar una información que el espectador siempre desconoce y no puede intuir porque le ha sido escatimada. Pese a ello, algunos elementos atmosféricos funcionan bastante bien y no pretende ser más de lo que uno espera.

Faults

Faults (Riley Stearns)

Partiendo de una gran premisa – el proceso de desprogramación de un miembro de una secta por parte de un experto en horas bajas – Stearns realiza una pequeña pieza en torno a una habitación de motel donde los espacios (baño, puerta contigua, etc) determinan las distintas jerarquías entre personajes. Apoyado principalmente en el diálogo y las interpretaciones, no escatima en recursos visuales para apoyar su texto y trazar un juego de dominación, deseo y esperanzas a través de las triquiñuelas que desprogramador y sectaria ejecutan el uno sobre el otro. Pese a que a es fácil intuir, como aficionado al género, el rumbo que va a llevar, este se precipita en su tercer acto rompiendo la forma orgánica en la que los personajes se relacionan y apresurándose en llegar a su inevitable conclusión con menos convencimiento del esperado, pero también mostrando a un autor prometedor.

filth

Filth (Jon S. Baird)

Partiendo de la novela de Irvine Welsh, este retrato de una Escocia corrupta y que esconde sus vergüenzas es representado por un carismático James McAvoy divirtiéndose como nunca. Todo el abanico de excesos desplegados recuerda inevitablemente a Trainspotting (Danny Boyle, 1996), así como en su discurso sobre la (imposibilidad de) redención. La película navega por distintas subtramas para ofrecernos una muestra del desenfreno de su protagonista, pero a veces parece caer presa del mismo y, en su lisergia y humor negro, acaba por no encontrar el camino de vuelta a la narración, con lo que apresura giros y pretensiones para justificar su moraleja. Orgullosa de su propia liviandad y su halo de caricatura, se mantiene como una película entretenida pero con menos que decir de lo que el tono le permite.

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Fish & Cat (Shahram Mokri)

Esta película iraní presentada en Venecia busca una excusa de género para hablar de un caso real de un restaurante que supuestamente servía carne humana. Anunciando este caso en su introducción – en cierta tradición al estilo La Matanza de Texas (Tobe Hooper, 1974) – todo el suspense nace de esa anticipación y la promesa de verlo cumplido cuando un grupo de universitarios de Teherán acampan cerca del restaurante. A través de un extensísimo plano secuencia vamos intercambiando personajes en una coreografía que, como cinta de Möebius, es continua pero intersecciona entre sí, partiendo de déjà vus, fantasmas y presuntos psíquicos. Este juego con el tiempo retrasa constantemente el tan anunciado clímax, navegando entre las conversaciones triviales o las nada veladas relaciones entre la juventud iraní y la “libertad” de las redes sociales. Es, por supuesto, una película sobre el edaísmo que nos escatima la sangre para enunciar la violencia de viva voz, como el trámite necesario para mostrar la trascendencia de cierta atmósfera.

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Hard to be a God (Aleksei German)

Una película con más de una década en producción debería reflejar parte de ese enloquecido proceso y este caso no defrauda. Basándose en el relato de los hermanos Strugatski – autores también de Picnic junto al camino, que inspiraría Stalker (Andrei Tarkovski, 1979) – que ya había contado con otra versión más convencional a cargo de Peter Fleischmann y con Werner Herzog o Jean-Claude Carrière en sus créditos. Toda ella es un auténtico viaje por texturas y olores cinematográficos, un repertorio de sensaciones y un desfile de imágenes brillantes a cargo de un excelente trabajo de steadycam y puesta en escena que va desvelando cada nuevo encuadre con el impacto de quien descubre una ilusión óptica. Para mayor profundidad y fisicidad de las imágenes, recurre con poca mesura a personajes mirando directamente a cámara u objetos y animales cruzando el cuadro en primer término, en ocasiones más de una docena de veces por escena. Este recurso me recuerda poderosamente a Marketa Lazarová (Frantisek Vlácil, 1967) u On the Silver Globe (Andrzej Zulawski, 1987) con las que la película guarda una atmósfera común. Todo ello se hace imprescindible de ver aún cuando resulta fatigoso seguir el embrollado hilo narrativo para quien no conozca la (por otra parte, muy recomendable) novela original.

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Honeymoon (Leigh Janiak)

Obra debut que se enclava en una tradición de películas en las que los conflictos de pareja adquieren una dimensión de fantasía. Parte del atractivo de la cinta está en las pesquisas de su protagonista por desentrañar el extraño comportamiento de su mujer e integrarse en su casa del lago. Algunos de los pulsos presentes – miedo al embarazo, sospechas de infidelidad, etc – trazan la difícil conversión de roles, pero las diversas variaciones de tono y la sospecha de que su trama fantástica solo funciona como espoleta de los conflictos maritales, no me termina de convencer. Su mejor faceta es el aprovechamiento de los recursos en favor de Rose Leslie, que afronta su evolución como personaje de un modo más paulatino y llega a crear un personaje más complejo de lo que, en realidad, la historia busca mostrar.

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How I live now (Kevin MacDonald)

Historia de adolescente norteamericana que, en el despertar de una Tercera Guerra Mundial, marcha a vivir con sus primos a la campiña inglesa. Aunque presentada como la clásica adaptación young adult de telón distópico, se aleja de este tipo de sagas al centrar la atención en la visión parcial del conflicto: una guerra lejana que solo se atisba y se acompaña con el brío de un buen diseño de sonido. La película funciona mejor en cuanto esa amenaza se mantiene como espada de Damocles y no como herramienta para hacer mover la acción con cierta brusquedad. Aún con lo fallida que pueda resultar, mantiene una cierta sensibilidad presentando a sus personajes.

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Is the man who is tall happy? (Michel Gondry)

Parte de lo que hace tan atractivo este documental, más allá de mi interés por el método creativo en un director tan mudable como Gondry, está en el proceso en sí: no se trata tan solo de hablar con Noam Chomsky sobre el lenguaje, sino explorar la capacidad del propio documental para transmitir ese mensaje del modo más correcto posible. Gondry admite su derrota desde el mismo prólogo y acepta que la única forma de ser justo con el espectador es borrar cualquier atisbo de falsa objetividad. Para ello utiliza bucles de animación sobre las entrevistas para ilustrarlas, hace acotaciones de su estado emocional y su día a día mientras termina de montarlo y reconoce muchos de sus propios problemas para completar la película, como su dificultad para hacerse entender en inglés o el miedo a que Chomsky, ay, fallezca antes de ver la película terminada. Toda la inseguridad que rodea el proyecto, paradójicamente, genera mayor confianza en la honestidad casi infantil de Gondry al abordarlo.

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It Follows (David Robert Mitchell)

Partiendo de la imagen de la figura al fondo para crear tensión, en un método que recuerda a Halloween (John Carpenter, 1978) y que ha sido adoptado, por ejemplo, por Rob Zombie en su reciente The Lords of Salem (2012), es, sin duda, mi película favorita de cuantas he podido ver en esta edición. Primero, por presentar con inteligencia el tema del sexo en la adolescencia y de adaptarlo a las leyendas urbanas en una tradición que puede recordar a los fantasmas del cine de Kiyoshi Kurasawa o a los relatos de Junji Ito, pero prescindiendo de las partes más escabrosas. La indefensión de este mundo donde apenas intuimos adultos se refuerza en la necesidad de crear un círculo de confianza ante la amenaza, algo que me llevó a preguntarme cuanto de coacción hay en las decisiones de su protagonista y si en el fondo no está, en su sencillez como relato, abriendo espacio para abordar temas más complejos. Quizás no estoy aún preparado para juzgarla con rigor y necesitaría volver a verla.

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The Last Days on Mars (Ruairi Robinson)

Película de bajo presupuesto con un reparto bastante sólido y bastante interés en su desarrollo dramático, que, sin embargo, cae presa de los convencionalismos del género zombie, aquí combinado con las dificultades de la vida en el espacio. La estructura previsible y la falta de originalidad en su premisa y desarrollo dan al traste algunos de los logros atmosféricos pretendidos. Cabe preguntarse si una película con un presupuesto humilde no debería aprovechar para poner toda la carne en el asador en lugar de asirse a fórmulas que cualquier aficionado al género prevee sin dificultad.

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Lawless (John Hillcoat)

No conseguí entrar en la propuesta de Hillcoat, la historia real de tres hermanos que venden licor ilegal en su gasolinera, durante la Ley Seca. Si bien el reparto y la premisa son motivo de sobra para crear buenas esperanzas, la película parece tener ciertos problemas de ritmo o algunas dificultades para hacer fluir su relato de un modo más natural. Se suceden entradas y salidas de personajes y breves lapsos de impacto y violencia, pero me resulta complicado no verlo más como una puesta en escena de los hechos – con sus inevitables concesiones dramáticas – que como una historia con su propia fuerza. Me he sentido algo desconectado, pensando a menudo (e injustamente) en Boardwalk Empire y como hubiesen solucionado un escenario similar.

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Non Fiction Diary (Jung Yoon-suk)

Un documental muy oportuno para ver en estos momentos y donde es inevitable sacar paralelismos con nuestro propio país. La historia del clan Jijon y de sus atentados en nombre de “matar a los ricos” no se queda solo en el retrato oficial, sino que se muestra en paralelo con la actitud de la justicia buscando responsables al derrumbamiento de un centro comercial y el juicio por dos intentos de golpe de estado. Aunque de factura muy convencional – entrevistas acompañando al material de archivo – el contenido estremece tanto por lo escabroso del asunto como la impunidad y la falta de sensación de justicia que muestra, a su vez, ser una parábola de la transformación de Corea del Sur desde la dictadura militar hasta potencia del capitalismo. En sus últimos momentos, la mirada se torna hacia la pena de muerte y la necesidad de encontrar otras formas de hacer justicia.

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Over your dead body (Takashi Miike)

A estas alturas es complicado que Miike nos pille con la guardia baja: es lógico que su cine es juguetón y desprejuiciado, pero también cargado de tabúes y tensiones que no lo hacen accesible para todo el mundo. En su prolija filmografía nos hemos enfrentado a casi todo, y ahora, haciendo su propia versión del cuento tradicional Yotsuya Kaidan, resulta más sencillo aprehender sus intenciones: por un lado, los imposibles ensayos de una obra de teatro basada en el cuento, donde el decorado, los escenarios, los efectos especiales y la puesta en escena desafían los medios físicos de una representación convencional. Por otra parte, la vida privada de los amantes protagonistas, también amantes en la intimidad, y la necesidad de un compromiso y una fidelidad representada en el fantasma de un hijo no-nato que lleva al límite a la mujer. Ese doble juego aboga por una representación tradicional del relato y otra reinterpretación que marca las tintas en ese papel femenino y los motivos de su venganza.

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R100 (Hitoshi Matsumoto)

Las películas de Matsumoto juegan, con frecuencia, entre varias realidades: una que recrea un dolor por sus personajes, condenados a vidas grises y mediocres, y otra de auténtico surrealismo. Cuando esos mundos interactúan – de un modo explícito en Symbol (2009) – se va desentrañando el verdadero discurso presente en su obra. Hay, sobre todo, esa necesidad de escapar de la rutina y de aventurarse a los márgenes de la sociedad, pero también una trama metalingüistica que habla sobre el placer: tanto el protagonista que se involucra en un club sadomasoquista como el director centenario que ha armado esta historia, encuentran placer en aquello que se sale de lo convencional y parecen estar pidiendo, en ambos casos, comprensión. Una aceptación de unos gustos alejados de lo que se considera correcto pero que son parte atávica de ellos y a la que no están dispuestos a renunciar. Matsumoto narra la transición de víctima a sádico, una “oda a la alegría” que parece admitir lo mucho que disfruta siendo la figura dominante que maneja y “tortura” al espectador a su antojo, en busca de una catarsis. Un discurso con el que creo que Luis Buñuel habría estado de acuerdo.

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Relatos salvajes (Damián Szifron)

Con bastante expectación, Relatos salvajes se ha ido convirtiendo en una de las películas argentinas del año. Lo cierto es que estas cinco historias, cargadas de frustración y con ninguna necesidad de ser sutiles, son de lo más interesantes. Capaces de combinar momentos graciosos con arrebatos (moderados, eso sí) de violencia y angustia, es fácil proyectarse en esos personajes hartos de un sistema que les traiciona y que deciden tomar sus propias riendas. No es, realmente, tan “salvaje” como su título apunta, pero se lleva con buen (y macabro) humor y, al no pretender ser en nada realista, se convierten en breves historias de tebeo cumpliendo su función social, al estilo EC Cómics. Cabe destacar la banda sonora a cargo de Gustavo Santaolalla que es uno de los grandes aciertos que hacen a esta película más memorable.

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The Rover (David Michôd)

Aunque me temo que se recibió con bastante frialdad, esta historia post-debacle económica que podría perfectamente no serlo, tiene muchas cosas que me llaman poderosamente la atención. En primer lugar, un Guy Pearce al que solo he podido definir como “Mad Max en pantalón corto” y una de esas historias susurrada y dura que crece gracias a la dirección y el tono que se genera a su alrededor más que al contenido de la misma, apenas una anécdota. Con menos sorpresas de lo que cabría suponer, la película está más preocupada de ser una experiencia que de ser original o profundizar en este relato de hermandades y fidelidades. Recorre la película una falta de esperanza, un limbo donde los condenados esperan su castigo y carecen de rumbo o metas y donde, precisamente, esa nimia historia se torna épica porque es lo único a lo que los propios personajes pueden agarrarse en tiempos desesperados, donde cada uno vaga solo y cava las tumbas de otros.

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The Signal (William Eubank)

Este uno de esos casos donde en una película parecen convivir varias: por un lado, una historia sobre una pareja a punto de separarse cuando ella cambia de universidad. Por otro, un relato de abducciones que aquellos que conozcan bien La Dimensión Desconocida reconocerán con anticipación. Y antes de su conclusión, un clímax heredero de Chronicle (Josh Trank, 2012) que parece navegar sin rumbo hasta que su desenlace vuelve a colocar las piezas en su sitio. No es que la película no funcione en sus primeros dos tercios, pero todos los logros allí formulados están únicamente sujetos a ese colofón que funciona de manera independiente, dejando en el aire todo lo construido sobre las relaciones de los personajes, ciñéndose a las metas personales de su protagonista y obviando su entorno. Hay ganas y garra, pero también un devenir errático que no hace de la película un producto tan coherente como en un principio indica.

Sorcerer

Sorcerer (William Friedkin)

El festival de Sitges, en colaboración con Phenomena, recuperó este clásico de los setenta, una de las tantas películas desquiciadas que el ego de sus autores nos regaló por aquel entonces. Tomando el modelo de la magistral El salario del miedo (Henri Georges Clouzot, 1953), Friedkin expande las denuncias colonialistas y del trabajo pesado al hálito místico de la selva, donde traza destinos y maldiciones nunca enunciados. Poco a poco el viaje se va transformando en una penitencia a la espera de redención, no tanto de una lucha del hombre contra la naturaleza como una visión de la ayahuasca (en quechua: “soga del muerto”) que hace que su “carga maldita” no sea refiera tanto a la nitroglicerina en los camiones como a la que los personajes, en sus extensos recorridos antes de encontrarse en la selva, han traído consigo desde distintas partes del globo.

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That Demon Within (Dante Lam)

El hongkonés Dante Lam vuelve sobre sus pasos en otra historia policíaca en torno a la conciencia y a la capacidad de redención. En este caso, un policía que salva, sin saberlo, a un peligroso jefe de bandas se ve atormentado por el fantasma de este. La película mantiene la tensión y energía que son marca de la casa en su director, pero apuesta por una desestructuración del relato que omite información al espectador buscando el mayor impacto posible, algo que no beneficia a un relato que, en mi opinión, hubiese funcionado de igual modo con todas las cartas sobre la mesa y el insondable pesar de su protagonista.

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Under the skin (Jonathan Glazer)

Tan hipnótica en su planteamiento formal como derivativa, la última película de Glazer examina la definición social de lo femenino desde la perspectiva alienigena de su protagonista, tratando de cumplir su misterioso cometido mientras anhela en secreto integrarse en su género. Cargada de momentos inquietantes pero con algunas secuencias un tanto fallidas que hacen anhelar un montaje alternativo, uno que contemple todo lo que se nos escamotea en cámara oculta. Trazada como una historia de depredación y seducción, pronto la incomodidad y el aislamiento se apoderan de la historia para, precisamente, perder esa distancia con su protagonista en su periplo por encontrar algo de humanidad.

Wetlands

Wetlands (David F. Wnendt)

Escatológica obra que hace de la higiene femenina – algo que por algún motivo sigue siendo un tabú – la excusa para trazar un personaje orgulloso de explorar su cuerpo y sus deseos aún a costa de su salud. Todo ello no deja de tener su envoltorio edulcorado y la premisa de la búsqueda de un amor en forma del enfermero que cuida de la chica tras una fisura anal. En cualquier caso, un desafío a unas figuras paternas que conforman la mediocridad de una clase media que tapa sus vergüenzas bajo la alfombra. Un reto hacia esa resignación y las innumerables decepciones que conlleva: el deseo de no estar sola, la presión para formar una familia, la intromisión de la religión o las ideas preconcevidas respecto al sexo. La película acaba trazando una idea de la intimidad en torno a la falta de prejuicios con la higiene que resulta una idea muy divertida y, si bien es menos provocadora de lo que aparenta, consigue crear esporádicas sensaciones de náusea que imagino serían del gusto de Cronenberg moderno.

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When animals dream (Jonas Alexander Arby)

 Cinta danesa que mantiene su mayor fuerza y personalidad mientras acepta ser un retrato social y con los pies en la tierra. La joven protagonista que debe asumir un empleo limpiando pescado para poder sostener a su padre y su madre enferma, se ve acosada y vejada por sus compañeros de trabajo. Pronto empieza a desarrollar síntomas de la misma enfermedad que su madre y se hace patente que el pueblo ha llegado a un pacto con su padre por mantener bajo control a madre e hija. Es a partir de entonces cuando la película decide abandonar esas sutilezas y tomar un camino más ordinario, con una posterior matanza que no llega a ser todo lo perturbadora que se propone.

Breves desde Sitges 2013

Sitges2013

Un año más, pasarse por el festival de Sitges supone una serie de tropiezos, idas y venidas para cuadrar un horario imposible y compromisos más allá de los cinematográficos. Eso supone una inevitable visión parcial del enorme catálogo que se proyecta, a lo que, desde luego, no contribuyen los errores técnicos y retrasos – más o menos excusables – y el poco adecuado trato que este año ha recibido un sector de la prensa aún habiendo esta pagado religiosamente. No es menos significativo como los cortometrajes o los largometrajes de menor presupuesto también se han visto afectados por una programación un tanto esquiva y cierta indiferencia de la organización. En cualquier caso,  y ciñéndonos a las películas, es difícil sacar una visión de conjunto del festival, y más en mis condiciones, donde motivos de salud me mantuvieron menos activo que otros años. Pero como me veo libre de compromisos cuando cubro mi experiencia personal, aquí un pequeño repaso a lo que este año he podido ver.

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A Field in England (Ben Weathley)

Si ya me interesaba el cine de Wheatley por sus anteriores trabajos – la atmósfera de Kill List (2011), el agudo discurso y humor de Turistas (2012) y el virtuosismo de su pieza para The ABCs of death (2012) – aquí parece aunar todos esos elementos en una misma dirección. Con la sencillez de medios de un Albert Serra y la capacidad para elaborar toda una historia bergmaniana entorno a la libertad del hombre, la película se sumerge primero en una increíble belleza, retablos manieristas incluídos, pero siempre tomando la distancia del humor para no caer en un exceso de solemnidad y aceptar, de pleno, su carácter juguetón e hipnótico.

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American Jesus (Aram Garriga)

Con el imperdonable prejuicio por mi parte de tratarse de un documental español sobre el fanatismo cristiano en EEUU, esperaba una película que se plantease desde esa visión europeísta de superioridad moral, de quien no quiere ver la viga en el ojo. Sin embargo, pronto – y tras una muy accidentada proyección – el documental saca sus cartas con un ritmo muy americano y una visión generalista de la multitud de iglesias estadounidenses. De esa manera, traza un elaborado retrato de la construcción no solo de ese fanatismo a través de la herencia del excepcionalismo y el capitalismo más salvaje – competencia y consumo como dos pilares del mundo espiritual americano – sino de la influencia de la religión en el partido Republicano en los últimos años y el ascenso de George W. Bush, el Tea Party y la escolarización mediante doctrinas antes que hechos. No todo lo terrorífica y exacta que podría ser para el tema que ocupa, pero ciertamente un entretenimiento mayúsculo para el interesado.

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Bienvenidos al fin del mundo (Edgar Wright)

No creo que completar una trilogía sea nada fácil, ni mucho menos cuando esta se sustenta sobre una serie de rasgos estilísticos más que de un verdadero hilo conductor. La anterior entrega, Arma Fatal, pese a sus evidentes valores, hablaba en términos con los que me sentía mucho menos identificado que en Shaun of the dead, y esa sensación de alejamiento generacional o temático, a la par que la sensación de que este cierre de trilogía surgía más por un mal entendido sentimiento de obligación que de la espontaneidad y frescura que caracterizan a Wright. Y no hay que engañarse: Bienvenidos al fin del mundo contiene todo lo que cabría esperarse del director a estas alturas, quizás con la salvedad de unas muy bien resueltas escenas de acción. Pero encierra un discurso sobre la necesidad de madurar e integrarse, un endiablado ritmo de diálogos cómicos y una extensa presentación de personajes que, cuando arranca la amenaza, nos ha permitido conectar perfectamente con el peligro y la metáfora que encierra.

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Blind detective (Johnnie To)

No es que Johnnie To sea ajeno en absoluto a la comedia, pero supongo que es más sencillo identificarlo como un director hongkonés de cine de acción que bebe de Jean-Pierre Melville sin ningún reparo. Vendida como uno de sus clásicos thrillers – y jugando con la confusión del título de otra de sus obras, Mad Detective (2007) – estamos ante una comedia romántica que, ay, con la algo cursi base de que el amor es ciego, coloca a un detective y su aprendiz femenina en la investigación de ciertas desapariciones por amor que tendrán que recrear para encontrar al culpable y a sus víctimas. Aunque a veces el humor caiga en ese tono tontorrón inevitable en la diferencia cultural con los asiáticos, no está exenta de momentos en los que To hace disfrutar plenamente de su gusto sibarita: el constante uso de la comida para expandir la sensación de las secuencias a un mundo de textura y sabor o la secuencia de montaje donde vemos las repetidas recreaciones de distintas rupturas románticas son solo dos de los momentos brillantes que esconde la película.

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Byzantium (Neil Jordan)

Rodada con un increíble buen gusto y cierto cuidado visual, lo que más sorprende de esta nueva aventura de Jordan en el mundo vampírico es la aparente ausencia de algo nuevo que aportar. Sin tener que proclamar la necesidad de que toda película deba ser rupturista, es imposible no pensar, a lo largo de su abultado metraje, mucho de lo que se cuenta y los recursos que se usan – la inocente vampira Saoirse Ronan vestida de Caperucita Roja, por ejemplo – están tan asociados a este tipo de cine que parece no dar más que vueltas sobre algo ya obvio: el vampirismo como metáfora del sexo o de aquellos descastados que se ven sepultados por décadas de marginalidad y que forman familias sobre los propios restos de sus identidades, o la diferencia entre la mujer promiscua y social y la inocente reclusiva. Nada de esto hace que la película sea menos entretenida de ver, pero sí ciertamente – y dejando de lado las dos grandes interpretaciones femeninas que contiene – la hace fácil de olvidar.

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Caídos (Jaime Herrero)

Conocí el proyecto de Caídos precisamente tres ediciones de Sitges atrás, cuando la idea de rodar directamente un largometraje de bajo o nulo presupuesto no estaba ni tan extendida ni tan confundida como ha empezado a estarlo. Me interesó mucho por el arrojo que mostraba, por las referencias – más The Black door (Kit Wong, 2001) que El proyecto de la bruja de Blair (Daniel Myrick & Eduardo Sánchez) – y porque suponía el debut en formato largo del autor de un corto que admiro mucho, El círculo Goligher (2009). Y aunque en el dificultado tránsito se han perdido elementos de esa ambientación onírica, la España del Este que presenta, con guerra civil de fondo, es la que permite convivir un cierto misticismo y hostilidad en la naturaleza con la agresión casi cómica de la ruta del bakalao en una propuesta de terror, en apariencia, mucho más clásica.

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Casting blossoms to the sky (Nobuhiko Ôbayashi)

Nada te prepara para una película del director de Hausu (1977) y esta no es una excepción: su estilo atropellado, naif y pop se pone aquí al servicio de un ensayo fílmico que combina las tramas ficticias de una periodista con recreaciones de entrevistas (sic) y testimonios reales. Densa, larga, cargada de declaraciones fuertemente emocionales, la película recrea las catástrofes que han asolado a Japón durante los últimos años – desde los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, bombas nucleares incluídas, hasta el más reciente Fukushima – y la voluntad de los japoneses de sobreponerse y resurgir una y otra vez como parte de su cultura. Esa inevitable defensa de una sociedad acostumbrada a convivir con el apocalipsis se vuelve más y más difícil de ver a medida que los testimonios ponen el nudo en la garganta y Ôbayashi, en un acto de provocación increíble, recrea varias de esas catástrofes en su estilo infantil y colorista, haciéndolas más insoportables que si se mostrasen con un realismo morboso. Tengo que decir que fui incapaz de verla al completo, y dudo que vaya a ser fácil de recuperar, pero ciertamente es una película como no había visto nunca y que es imposible que no recuerde al reciente fenómeno de The Act of killing (Joshua Oppenheimer & Christine Cynn, 2012).

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El desierto de los tártaros (Valerio Zurlini)

La última película de Valerio Zurlini fue esta producción europea donde desfilan bastantes rostros conocidos, un casting muy poderoso – y prácticamente masculino – que sustenta la quietud que recorre su historia: la de los soldados apostados en una fortaleza en medio del desierto, esperando a un enemigo al que aún no han visto. Pronto, la película revela que ese castillo es, como los soldados, una ruina donde interpretar un papel, donde ceder a unas normas que devienen en protocolo y pronto en rituales vacíos. Esas carcasas vacías de hombres esperando que, por fin, la acción, la lucha, aquella meta elevada a la que han aspirado, se produzca al fin. La copia presente en Sitges estaba restaurada y con muy buena calidad, si bien el cine Prado no era la mejor sala para su proyección. Haberla visto tras la proyección de Milius ha sido un acierto, por las resonancias temáticas con su obra y persona.

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Dragon Ball Z: Battle of the Gods (Masahiro Hosoda)

La mayor expectación en torno a esta película no era tanto que se tratase del primer largometraje sobre Dragon Ball en 17 años, como el hecho de que prometiese toda la acción que los mediometrajes Dragon Ball GT: 100 años después (Osamu Kasai, 1997) y Dragon Ball Z: ¡Hey! ¡Vuelven Son Goku y sus amigos! (Yoshihiro Ueda, 2008) no tenían. Al menos íbamos a ver batallas en serio, ¿no? Lamentablemente, tras la presentación de un villano mucho más interesante que algunos de la propia serie, la película se estanca en un tono cómico que sirve para prolongar la tan ansiada pelea final y para recuperar – con la excusa de, ejem el cumpleaños de Bulma – a gran parte de la galería de personajes, aunque a veces con momentos realmente logrados como la intervención de un Gohan alcoholizado. Una vez que la historia se decide a dejar de lado ese lastre, el combate funciona pero obviamente no se sabe resolver. Eso sí, plantea dentro del universo de Goku una idea mucho más apetitosa de lo que podría parecer a simple vista: la existencia de jerarquías superiores, de enemigos aún por conocer y de una mitología de la que apenas conocemos una porción. Y cuando se nos revela que el viaje de Goku ha sido nimio, cuando parece que este ya no es el final del camino sino un nuevo viaje, es cuando resucita el amor por la aventura del personaje.

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Drug War (Johnnie To)

Bien avanzada Drug War, me asaltó un pensamiento: no había tenido lugar hasta entonces ni un solo de los espectaculares tiroteos que Johnnie To coreografía con tanto tino. Hasta entonces, la película había descansado en una creación y recreación de gestos para desbaratar todo un mercado de droga a gran escala, con un especial interés en como se desarrolla el caso desde el metódico plan policial. Es un detalle que escapa a las previsiones – la condición de sordomudos de los eslabones más débiles de la cadena – lo que desencadena la primera gran escena de acción de la película. Y a partir de ahí, se construye la capacidad de To para recrear desde el gesto más pequeño – una señal entre bandas para desenmascarar a un policía – hasta lo más grande, como la exhibición de movimiento naval para convencer a unos compradores. Drug War puede ser un ejemplo perfecto de las capacidades de su director para ofrecer espectáculo y madurez narrativa, llegando a niveles estratosféricos de puesta en escena en un tiroteo final donde los principales personajes se ubican y actúan con total claridad para el espectador, lejos de la habitual confusión en el cine de acción moderno.

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Escape from tomorrow (Randy Moore)

Promocionada por su condición de película presuntamente intrusa en los parques Disney de Florida, cabía preguntarse si la película estaba dispuesta a superar su propia anécdota y derivar en un producto con algo más que decir. Lo cierto es que es, sin duda, un cuento de terror adulto: la inseguridad laboral, la pérdida de conexión con tu pareja, la sensación de una vitalidad que se escapa o el instinto protector con los hijos son presentados a lo largo del metraje en un encadenamiento de secuencias no siempre del todo bien hilvanadas. Algunos de los momentos pecan de una enorme falta de soltura técnica, como los presuntos “sustos”, y otros parecen una solución apresurada para completar lo que no se ha podido grabar, solventando con cromas algo chuscos las secuencias que implican mayor trabajo de puesta en escena. Pero sería injusto no destacar la enorme fuerza arrolladora que desprende la película, aún con sus problemas estructurales, generando una continua tensión sobre como se desarrollará la siguiente escena, una sensación de continua sorpresa que, si bien revela que no se trata más que de otra fuga psicogénica, plantea momentos de verdadero estupor, desarmando totalmente al espectador.

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Grand Piano (Eugenio Mira)

Dentro de la capacidad que Eugenio Mira tiene para jugar con el espacio y abigarrar sus puestas en escena, cabría esperar que una propuesta como Grand Piano fuese idónea para desenvolver todos sus artilugios narrativos. Y es cierto que durante gran parte de la película la sombra de The Birthday – el hombre indefenso, casi en tiempo real, acosado por algo que no entiende, perdido entre una multitud inconsciente, la sincronización de eventos – recorre los mismos pasillos que Elijah Wood. Pero también resulta una película mucho menos arriesgada que aquella, más centrada en funcionar como un mecanismo – y por tanto, en resultar predecible – y ser accesible a toda costa. El problema para entrar de lleno en el mundo propuesto es si aceptamos que el descabellado punto de partida, la amenaza escrita en la partitura, no va a ir acompañada de un tono igualmente festivo, sino de una sensación de puzzle cerrado y de pocas piezas. Hay breves momentos, casi cómicos, donde ese exceso se sobrepone a los aspectos más convencionales y, en su conclusión, uno puede imaginar detrás todo un discurso del papel del director frente al público, de aceptar que la perfección no solo no existe sino que es indeseable.

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L’etrange couleur des larmes de ton corps (Hélène Cattet & Bruno Forzani)

Con el referente de Amer (2009) era difícil esperar otra cosa de Cattet y Forzani. Insistentes en el uso de los elementos más fetichistas y parafílicos del giallo, y recurriendo de nuevo a una fragmentación de la escena en base a planos cortos, elaboran en este nuevo trabajo el mito de los hombres atrapados por una Mujer – muchas y una a la vez – en una tela de araña narrativa que va envolviendo poco a poco su capullo. Cargada de grandes ideas en su desarrollo, resulta también algo cargante por como el despliegue de virtuosismo parece rebelarse en una sucesión de pequeñas piezas que no llegan a conjugarse. Es probable que la hubiese disfrutado más sin el distanciamiento experimental que acusa, lo que me lleva a preguntarme si a veces lo más atrevido no será, precisamente, hacer algo más convencional y tener la misma historia en un giallo auténtico y no en una versión diseccionada y laminada del mismo hasta el punto de que parece querer mirar desde arriba a sus antecesores.

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Machete kills (Robert Rodriguez)

Lo confieso: no soy muy fan de Rodríguez, tampoco de la anterior entrega de Machete (2010) que, aún con varios hallazgos y momentos muy divertidos, me pareció que escondía en sus constantes homenajes cierta pereza creativa y exigía demasiada complicidad con el espectador. Pero sé que no es la opinión más popular. Sintiéndome más preparado para afrontar una nueva entrega con las expectativas más claras, la película arranca de un modo muy interesante – por ejemplo, reconociendo el papel de la serie 24 como parte del imaginario explotation de la cultura americana – para caer en un desfile de cameos – incluyendo un personaje que solo parece existir para justificar el desfile de caras conocidas – la reiteración de chistes – el “Machete don’t…” como latiguillo – y un tono algo menos hostil. No abandona su lectura política y su confianza en la construcción del mito como identidad cultural, pero más por mantener cierta coherencia con el universo creado que por aportar algo nuevo a la actualidad.

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Milius (Zak Knutson & Joey Figueroa)

Si la figura de John Milius siempre me ha fascinado es por como obedece a una coherencia total con sus personajes y con sus ansias de elevar los mitos del pasado a fuente de inspiración. Es probable que su figura esconda mucho más de lo que este documental, tan ceñido a testimonios y anécdotas variopintas, está dispuesto a contarnos. Valga como ejemplo la forma en la que se pasa por encima de su filmografía, llegando incluso a omitir algunas de sus películas por no ser tan reconocibles entre el gran público. Sin embargo, la mayor prueba de lo gozoso de este personaje eran las reacciones con las que el público de Sitges recibía cada nuevo dato o historia, casi leyendas urbanas, rodeando a un hombre empeñado en ser su propio modelo a seguir. Es en el último tramo cuando se pone un mayor peso sobre su papel como narrador y como ha convertido este en su misión en la vida, una manera honesta (e incómoda) de comunicarse con lo demás. Si Milius no podía vivir una de esas grandes historias que a él tanto le gustaban, decidió que su tarea sería contarlas. La nota positiva con la que acaba el documental, anunciando su “regreso”, no puede tener un efecto más opuesto: somos testigos de estar viendo el ocaso de un individuo fuera de lo común.

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Only God forgives (Nicholas Winding Refn)

Después de que Drive (2011) se convirtiese, para bien y para mal, en un fenómeno y ante la duda de cuantos habrán visto previamente Valhalla Rising (2009), la reacción preventiva a Only God forgives parecía estar sentenciada a cierta indiferencia. Supongo que la antipatía general por Ryan Gosling ya habían sido suficiente para no querer ver la obra como un ejercicio aparte. Es cierto que Only god forgives tiene sus repeticiones estilísticas – la prolongación de silencios, el hieratismo, los colores saturados fruto del daltonismo de Refn – e incluso temáticas – otra vez, el hombre violento como personaje patético – pero está articulada de un modo muy distinto, más dramática, más centrada en las relaciones de personajes y con una constante presencia de la violencia. Refn tiene claro que ahora busca un anticlímax, que la solución a que Only god forgives no sea, precisamente, otra película de venganzas es entender que esa espiral no tiene fin. También sospecho – y ayuda mucho su presentación en vídeo antes de la proyección – que se lo toma más a broma de lo que cabría esperarse. Se divierte, como parece habitual en muchos directores daneses, frustrando al público, llevándolo por sus propios pasillos. Aun con todo, es sin duda una película mucho más interesante de analizar que la media habitual.

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Real (Kiyoshi Kurosawa)

¿Que ha llevado al autor de Tokyo Sonata (2008) a volver a las pantallas con un producto tan inocuo? A la espera de una respuesta, resulta muy extraño presenciar Real como la obra de un director veterano y de cierto prestigio: un giro de guión que se adivina desde la segunda secuencia, un desarrollo que trufa de falsos misterios que jamás llegan a dar el pego y una resolución que llega a niveles tan irrisorios como soluciones ocultas en anagramas de cinco letras o metáforas de la culpabilidad que, una vez disipadas, vuelven para tratar de generar una ya perdida sensación de amenaza en un mundo que, desde el comienzo, sabemos virtual. Como si Kurosawa hubiese ignorado todo el subgénero al que su película pertenece y que tuvo un gran boom entre finales y principios de siglo, la película se muestra con una ingenuidad casi amateur. Es cierto que sí pervive parte de su discurso: los sentimientos como interferencias con la tecnología y la sociedad que vive dependiente de ella, la represión de las emociones y la memoria y el terror a perder la propia identidad, representado siempre en sus ya clásicos “fantasmas” – aquí, “zombies filosóficos” (sic) – que siguen manteniendo toda su efectividad. Pero para ese viaje no eran necesarias estas alforjas.

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Space pirate: Captain Harlock (Shinji Aramaki)

¿Cómo reinventas un mito para una nueva generación? Parece casi obligado que este proceso se de a través de un tono más lúgubre y un falso barniz de realismo a todo producto del pasado, cargandolo de una solemnidad que no estuviese presente en la anterior encarnación. Con Capitán Harlock no era necesario: el tono melancólico, el mensaje humanista y la epicidad ya eran parte indisociable del manga original. Esta nueva versión carece, quizás, del humor que acompañaba las aventuras originales del pirata espacial, pero mantiene fidelidad al icono, a la representación de un héroe romántico intemporal. Con piruetas similares a las de Star Trek (J.J. Abrams, 2009), esta historia es, a la vez, reboot y parte del canon, bastante impresionante a nivel técnico y una delicia para el fan convencido. El espectador más ocasional quizás se encuentre con una rara mezcla de exceso de ruido de batallas espaciales – imitando, como no, a las navales – y demasiada conversación y exposición para situar el contexto de la historia, pero también puede quedar embrujado por la atmósfera de viejo navío fantasma que llamamos Arcadia.

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The Guest (Jovanka Vuckovic)

Ahora que los cortometrajes del festival han quedado algo más relegados, ha sido difícil coger alguno antes de una proyección. The Guest parecía ideal para abrir una sesión por dos motivos: es increíblemente conciso y contiene al menos un par de imágenes poderosas que ponen en guardia al espectador. Adolece de ser un ejercicio de estilo que tampoco tiene más que contar que el retrato de una pulsión y los retazos de un acto de violencia omitida, pero funciona como píldora que despierte el interés.

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La tumba de Bruce Lee (Canódromo Abandonado)

Entré con menos referencias de las que tenía para la mayoría de películas aquí expuestas, abierto a esperar cualquier cosa, como página en blanco. Tan solo el murmullo en redes sociales habían despertado la curiosidad por ver esta película rodada en Seattle con un presupuesto mínimo. La mayor sorpresa es lo entretenida que resulta, frente a otras producciones similares que acaban resultando plomizas, y la capacidad que tiene, en momentos puntuales, de sacar la sonrisa con ideas especialmente retorcidas que a mi me recordó al cine de Quentin Dupieux, con quién coinciden en la programación. Añádanle que mi interés por la figura de Bruce Lee incrementaba la relevancia que le daba a las distintas digresiones – entre la mística new age, el relato kafkiano y lo desmitificador – y a como ese “mundo sin Bruce Lee” parece traer la idea de un mundo que vive gobernado por un cadáver, por el fantasma de una autoridad tan insustituible que quizás nunca estuvo allí en primer lugar. Los jóvenes españoles, perdidos y motivados por las sobras de un sistema que se ha quedado congelado en el tiempo y que impide que avancen y cumplan sus propios deseos.

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Ugly (Anurag Kashyap)

Con el antecedente del díptico Gangs of Wasseypur (2012), Anurag Kashyap se ha ganado todo mi interés, que sale reforzado tras ver Ugly. Un thriller incómodo y agobiante, lleno de personajes miserables que, en el transcurso de la investigación de la desaparición de una niña, se entorpecen unos a otros en sus constantes rencillas y chanchullos, esperando sacar tajada en río revuelto. Sin un exceso de violencia y con cierta dosis de humor – aunque un humor nada liberador, sino que incrementa la enorme tensión y desesperación que transmite todo el metraje – consigue resultar tremendamente impactante, siendo, de todas las sesiones a las que acudí en el festival, la que generó una respuesta más expresiva en el público cuando uno de sus personajes revela estar tan corrupto como el resto. Esta espiral de angustia se ciñe bastante bien a la historia que quiere contar y llegar a ser bastante exhaustiva en todo un proceso de pinchazos telefónicos y densos interrogatorios.

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Upstream color (Shane Carruth)

Me es difícil hablar de Upstream color porque, por algún motivo, he conectado más con ella que con ninguna otra película aquí mentada; lo cual no deja de tener gracia, puesto que de conexiones inexplicables va la cosa. He encontrado en ella ideas que ya eran sustanciales a proyectos propios, pero mejor desarrolladas y rodadas con cierto cariño. Mucho más cálida que Primer (2004) pero igual de ‘marciana’ en su retrato de un modo de vida que ya no contemplamos pero que vuelve a ponerse de manifiesto con la crisis. Algo menos críptica pero con cierto enrevesamiento que, salvando distancias, parece más propio de un Malick reciente. Si pudiese escribir con propiedad mi experiencia con esta película, sería una experiencia totalmente distinta. Y que a veces es mejor no tener nada que decir de una película, que narices.

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Why don’t you play in hell? (Sion Sono)

Lo que aparenta ser un caos narrativo con yakuzas y la visión romantizada de los propios inicios de Sono como cineasta amateur y artista callejero, en realidad, parte de la enésima visión del cine dentro del cine y de constantes rupturas de la cuarta pared para hablar no tanto de un sacrificio por el arte y por los demás – ese cineasta que daría su vida por una película, ese yakuza empeñado en producir una para su mujer – como de la muerte de una manera desprejuiciada de hacer las cosas, paradójicamente vinculado a la nostalgia por los 35 mm.  Esa confusión entre la vitalidad de la juventud y la conveniencia del formato es precisamente un problema de actualidad, donde el espectador criado con el cine analógico se siente demasiado apegado emocionalmente a este como para valorar en su justa medida el digital que, irremediablemente, es la única perspectiva de futuro. Al margen del mensaje, la película trufa de ese humor asiático tan irregular todo el metraje, llegando a ser más efectiva en su tercio final, durante el combate que se ha anticipado y donde el desfile de gags alcanza su mejor momento.

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Wrong cops (Quentin Dupieux)

Quién no conozca a estas alturas las películas de Dupieux quizás se vea un poco contrariado por Wrong Cops. A mi, sin embargo, me ha parecido mucho más accesible que sus dos trabajos anteriores, al menos al seguir un simulacro de trama dentro de su desfile de gags absurdos. Pero también me hizo preguntarme si el hecho de conocer su obra previa no habría borrado mucho elemento de sorpresa en esos gags y en su efectividad. Por suerte, la película acumula los suficientes momentos de risa nerviosa como para ver que mantiene todo lo que cualquier espectador fiel exigiría de él, incluyendo no solo la música sino su constante uso argumental. Wrong cops viene a confirmar que el universo Dupieux está cohesionado pese a su constante ruptura de la lógica, y supone más la descripción de una reacción ante lo inaudito – aquí, la terrible sensación de que el trabajo policial no se vincula a la vocación de servicio – que un verdadero desorden o una fantasía.

Breves desde Sitges 2012

 

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Contando muchas ausencias importantes que me han sido imposible ver – Cabin in the woods, Holy motors, Gangs of Wasseypur, Spring Breakers, Maniac – y que han sido recibidas con mucho entusiasmo, e aquí un año más mi repaso a lo visto durante el tiempo que pasé en el Festival de Sitges. Este año se ha visto marcada por una patente crisis, pero también por una enorme participación de la gente, con sesiones llenas incluso entre semana. Si he de ponerle algunas pegas, no veo con buenos ojos que las películas no vayan acompañadas ya del correspondiente cortometraje (sé que a todos puede molestarnos que nos obliguen a verlos y que su ausencia ha agilizado los horarios, pero hay que entender que es la única forma de darle una gran proyección a gente con mucha ilusión) o que la comida en el único puesto de bocadillos en el Auditori fuese especialmente despreciable. Pero son dos problemas menores por un año de películas muy polémicas y una gran apuesta por un cine extremo, valiente e intenso independientemente de su calidad. Que así sea.

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The ABCs of Death (Angela Bettis, Hélène Cattet, Ernesto Díaz Espinoza, Jason Eisener, Bruno Forzani, Adrián García Bogliano, Gadi Harel, Thomas Cappelen Malling, Yoshihiro Nishimura, Banjong Pisanthanakun, Simon Rumley, Tak Sakaguchi, Marcel Sarmiento, Yûji Shimomura, Srdjan Spasojevic, Timo Tjahjanto, Andrew Traucki, Nacho Vigalondo, Jake West, Ti West, Ben Wheatley, Adam Wingard, Jorge Michel Grau, Jon Schnepp & Lee Hardcastle)

Con cualquier proyecto de varios cortometrajes con distintos directores siempre hay que temer la irregularidad. The ABCs of Death no es distinto, puesto que la ambición, gusto o incluso objetivo de cada corto es muy variado pero sí parece haber una homogeneidad en cuanto al talento de la mayoría de sus directores. Siempre sorprendente y con algunos de los nombres más imprescindibles que han emergido en el fantástico en los últimos años, la película despliega cierto encanto gamberro y provocación a raudales.

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Ahí va el diablo (Adrián García Bogliano)

Con un argumento particularmente clásico, Bogliano consigue enriquecer esta historia de las dudas de una madre ante el comportamiento de sus hijos. Ramificando un argumento que toma distintos enfoques a lo largo de su metraje, puede que la película nunca llegue a ser del todo un drama, un thriller o una historia de terror realmente efectiva, pero mantiene constantemente el interés y se resuelve con cierta elegancia, a pesar de que se eche en falta algo más de riesgo y personalidad.

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Antiviral (Brandon Cronenberg)

Siguiendo la estela de la Nueva Carne que su padre abandonó a finales del siglo pasado, Brandon Cronenberg propone un ejercicio de actualización que demuestra un mayor cuidado estético. Si bien su discurso puede resultar mucho más evidente que en las obras de su padre, también es una película que se defiende por sí misma ante el aluvión de ideas de ciencia ficción que mantiene durante todo el metraje, desarrollando un mundo a través de la obsesión por los famosos y como su mercantilización afecta a una sociedad distópica.

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Area 407  (Dale Fabrigar & Everette Wallin)

Aunque el género found footage ha llegado un punto de sobrada verosimilitud y cierto encanto, resulta bastante difícil sostener en diversas situaciones y no exime de los mismos defectos que puede tener una película convencional, pasando por la poca entidad de los personajes y los argumentos genéricos. Esta película no tiene nada que ofrecer, salvo personajes gritando y corriendo mientras la cámara tiembla y un plano final digno de la peor tv movie de Syfy.

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Berberian Sound Studio (Peter Strickland)

Desde un planteamiento muy estricto, la película se plantea como un contraplano a las entrañas del giallo, donde los elementos más simbólicos de la misma (fotografía de colores saturados, la música, bellas mujeres italianas gritando, manos enguantadas…) forman una historia distinta, la de un inglés editor de sonido rodeado del muy excéntrico equipo italiano. Aunque sus juegos metaficcionales no van más allá de lo que podría ir en Inland Empire (David Lynch, 2006) y hay cierto trasfondo sobre la oclusión de la violencia que tiene un cierto tono de superioridad moral contra el género, es también un viaje donde los símbolos reconocibles nos guían para construir una imagen totalmente distinta a la original.

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Bestias del sur salvaje (Benh Zeitlin)

Con el éxito en Sundance y Cannes como aval, esta ópera prima podría ser tan merecedora de sus logros como sospechosa por su unanimidad crítica. Yo me inclino totalmente a favor de un ejercicio tan libre, siguiendo a una niña tan imaginativa como confundida por las ruinas de un nuevo mundo, atrapada en una fábula caótica y vitalista, decididamente antinarrativa y preciosista. Una especie de nana infantil de cierto ambiente liberalizador y desbordante de talento,  conducida por una joven actriz que resulta un pequeño milagro desplegándose sobre la pantalla. Cuando se habla de ella como de una de las películas del año y en la carrera hacia los Oscar, podemos decir que esta vez no es nada disparatado.

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El bosque (Óscar Áibar)

Una de las películas más extrañas que haya dado nuestro cine. Si bien no es la primera vez que se combina el ambiente de la Guerra Civil con el fantástico, aquí la suma resulta particularmente heterogénea, como dos argumentos que chocan y se entrelazan entre sí. También sorprende el tratamiento de los personajes, desde una perspectiva que rara vez hemos visto en los últimos años al acercarse al conflicto. No exenta de cierta autoconsciencia y humor, aunque a veces demasiado complaciente, contiene imágenes que resonarán como auténticas rarezas en el cine español.

Cosmopolis

Cosmópolis (David Cronenberg)

Felicitada como el regreso de Cronenberg después de varias películas más alejadas de su universo creativo (aunque totalmente coherentes con su discurso) Cosmopolis se levanta como el contraplano de una novela cyberpunk, donde seguimos al villano de ese y nuestro mundo en su faceta reflexiva y autodestructiva tratando de recuperar una libertad perdida. Los diálogos son la base de la película, que aparecen más densos de lo habitual e intencionadamente fragmentarios y confusos, mientras Cronenberg se divierte dibujando una sociedad decadente y manteniendo un humor muy radical.

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The Doomsday Book (Kim Ji-woon & Yim Pil-sung)

Recopilatorio de tres historias de ciencia ficción que, como todos los casos de películas en capítulos, tiene resultados desiguales. A brave new world es una historia de zombies con mucho humor sobre la confusión, The heavenly creature, la mejor de las tres historias, trata el conflicto de un robot budista que carece de deseo y, por tanto, ya ha alcanzado el Nirvana; en Happy Birthday una bola de billar gigante se dirige a la tierra, que se muestra como la más intrascendente del conjunto.

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Drácula 3D (Dario Argento)

Perdido ya cualquier rastro de intención estética del Argento que añoramos, Drácula 3D puede ser entendida como el Twixt (Francis Ford Coppola, 2010) del director italiano, aunque sea difícil encontrar rasgos de autoconciencia en la misma. Próxima al cine de Jess Franco pero con mucha influencia argumental del Drácula de Coppola que de la novela original. No siempre tan caótica como cabría esperarse pero desde luego injustificable en muchos aspectos, tiene la virtud de no hacerse en exceso pesada para el poco interés que consigue mantener.

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God bless America (Bobcat Goldthwait)

Goldhtwait ha estado labrándose una carrera como cineasta más que interesante, especialmente en un discurso revulsivo que conduce en los márgenes de la comedia norteamericana.  Con esta nueva incursión, más directa si cabe, consigue resultar tan entrañable y sincero que es inevitable perdonarle los defectos. Aunque en algún momento la película puede pecar de moralista y discursiva, se trata de una obra que consigue ser un reflejo de los tiempos de descontento actual, cargando contra esa cultura memética que se vale de la ironía para resultar superficial e intentar pasar por chocante. Podría decirse que a veces Goldhtwait peca de lo mismo que denuncia, pero hace un díptico especialmente significativo con Super (James Gunn, 2010) sobre la búsqueda de significado tras la misantropía.

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The Great Magician (Derek Yee)

Adaptación del mismo relato en el que se basó El ilusionista, aquí toma un tono irritantemente bufo y presume de todos sus medios del modo más exagerado posible. A veces juega la baza del metalenguaje, relacionando ilusionismo, cine y revolución, pero siempre de manera un tanto burda. Desplegando toda la espectacularidad del cine de Hong Kong y tratando de contentar a distintos espectros del público sin que la suma de las partes forme un todo, resulta un producto la mar de curioso del mainstream asiático cuyas ambiciones desmesuradas queman aislados momentos de genialidad plástica.

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Hotel Transylvania (Genndy Tartakovsky)

Tartakovsky puede presumir de un merecido puesto en el olimpo de la animación televisiva, así que es normal que hubiese expectación ante su primer largometraje. Y sí, Tartakovsky está aquí en los gags físicos, el ritmo impresionante, las distintas capas de acciones simultáneas o los divertidos y originales cambios de estilo en algunos fragmentos animados; pero también se ve rodeado de concesiones un tanto molestas, que van desde los chistes escatológicos más básicos hasta el inevitable peaje del uso de la música de moda o una moraleja más que discutible sobre el amor verdadero. Desaprovechando secundarios y cargando mucho las tintas en el componente familiar, se deja ver siempre que sea en versión original, puesto que el desastroso doblaje (acentos andaluces incluídos) lo convierten en un producto incluso más pobre de lo que es.

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Juego de niños (Makinov)

Auténtico despropósito bajo el que se oculta un remake clónico de ¿Quién puede matar a un niño? (1976) donde consigue que todas las virtudes de la película de Chicho Ibañez Serrador salgan a la luz. Bajo el pseudónimo de Makinov, el director omite referencia alguna a la obra original en créditos y se adjudica todo el “mérito” de una película que no consigue ser ni tensa ni entretenida, además de ser incapaz de añadir nada 35 años después, despreciando el mensaje político de la obra original en favor de algo más impersonal.

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Iron Sky (Timo Vuorensola)

Aunque podría haberse quedado simplemente en su premisa y ceñirse a un desfile de ucronía steampunk, la película acaba siendo una sátira de trazo grueso contra la política norteamericana, la propaganda y las escaladas armamentísticas. Si bien algunos chistes pueden resultar excesivamente telegrafiados y el clímax apuesta por una embrollada batalla espacial con la que es fácil perder el interés, todos funciona mejor cuando se centra en los personajes y sus conflictos o en el humor puramente visual e icónico.

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Looper (Rian Johnson)

Aunque su premisa sobre viajes en el tiempo plantea más piezas de las que finalmente forman parte, la nueva película de Rian Johnson es una muy disfrutable historia de ciencia ficción con una apuesta decididamente retro y un enorme trabajo de guión y edición. Ejemplo perfecto de como el mainstream puede tener mucha personalidad y talento detrás, la película es el acercamiento perfecto al gran público de la naturaleza de los mejores relatos y novelas de ciencia ficción, ejerciendo algunas de sus ideas con impecable brío aunque el experto en la materia adelantará más sus expectativas de lo que realmente la película ofrece.

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The lords of Salem (Rob Zombie)

Aunque ha sido la gran polémica del festival por sus reacciones polarizadas, en mi opinión Zombie entrega un producto puramente sensorial y simbólico, despreciando el argumento principal en favor de un estado mental que bebe a partes iguales de KubrickKenneth Anger y Ken Russell. Cargada de imágenes psicóticas hasta la extenuación, la película se pega a tu cabeza como el musgo a la roca y empieza a crecer, pidiendo nuevos visionados y un análisis al detalle. Puede que, en algún momento, su ritmo demuestre una intención de convertir el clímax en un ejercicio tan radical que pida al espectador gritar, formar parte del aquelarre, pero aunque algunos de sus momentos puedan bordear el ridículo y sacarnos de ese trance, se puede decir que estamos ante un auténtico bombazo del cine fantástico.

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New Kids Nitro (Steffen Haars & Flip van der Kuil)

Secuela de New Kids Turbo que, a su vez, era la adaptación a la pantalla grande de la comedia holandesa New Kids, conocida por su tono especialmente soez. Aquí la excusa es una invasión zombie que acaba siendo una repetición constante de los mismos chistes: en los diez primeros minutos asistimos a tres chistes que culminan con atropellos accidentales y se atreven incluso a reciclar bromas de Shaun of the dead. Pretende ser un Ali G, un Torrente, un Klovn, un Trailer Park Boys o un The Inbetweeners sin llegar ni remotamente a tocar la capacidad para el ingenio y la sátira de cualquiera de estos.

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Outrage Beyond (Takeshi Kitano)

Nuevo regreso de Kitano al cine de yakuzas, aquí con intenciones mucho menos abstractas y continuistas. Mientras que el planteamiento inicial sobre las luchas de poder de las distintas familias delictivas se sigue con cierta facilidad, la llegada de su personaje promete una espiral de violencia a la altura de la filmografía que le precede, sin embargo, después de unas pocas pero muy intesas secuencias donde su imaginativa violencia sale a relucir, la película no parece encontrar un clímax adecuado y se consuela con lo que, aparentemente, es la promesa de una tercera parte.

roboG

Robo-G (Shinobu Yaguchi)

Comedia excesivamente blanca, la historia de un grupo de ingenieros que rompen por accidente su robot y lo sustituyen por un anciano disfrazado es fácil de digerir, pero es inevitable pensar en la multitud de sitcoms que han tirado de un argumento muy similar o parecido y que la película parece seguir al dedillo, sin un ápice de sorpresa. Aunque apunta algunas ideas interesantes a través de como los ingenieros tratan de enmendar su error y el suspense por saber de hasta cuando podrán mantener la farsa,  el producto final resulta un tanto intrascendente.

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Safety not guaranteed (Colin Trevorrow)

¿Es esta una película honesta? Cierto es que mantiene algunos elementos muy propios del cine de Sundance, en su necesidad por colgarle la etiqueta “indie” a todo lo que mantiene un humor referencial, lacónico y una escasez de recursos. Pero también es cierto que la película contiene una capacidad para mantener pendiente hasta llegar a un catártico final. Construida como la confesión de un perdedor y la necesidad de superar su condición únicamente través de la ficción, esta es una película de viajes en el tiempo donde todos esos viajes al pasado se realizan desde los sentimientos y la memoria, y sobre la necesidad de aceptar la propia derrota, sobreponerse al error y mirar hacia delante. Tras esa máscara que pretende vender como héroes a los marginados se esconde la visión de un marginado cuya única salida es construir este film como método para superar sus propios traumas, y eso sí parece honesto.

sevenpsychopaths

Seven psychopaths (Martin McDonagh)

Con el imborrable recuerdo de Escondidos en Brujas (2008) en la memoria, había muchas expectativas puestas en la nueva película de Martin McDonagh. No solo las cumple sino que las dinamita: es tan consciente de la clase de película que esperamos que juguetea a ver si podríamos plantearnos una película distinta. Metarreferencial, lleno de personajes inolvidables y humanos dentro de su caricatura, hablamos de una película que incluye su propia crítica a sus virtudes y defectos. Tiene, además, al menos dos pequeñas historias irreprochablemente escritas, ambas con un final tan magníficamente hilvanado que demuestra la calidad literaria de su autor y el conocimiento profundo del género que posee.

sidebyside

Side by Side (Christopher Kenneally)

Pese a que su comienzo hace intuir que nos encotramos ante una obra más didáctica de lo deseable, Side by Side pronto encuentra su verdadero tono alternando entrevistas a algunas de las figuras más importantes del cine actual y pretérito, a aquellas personas que entonces y ahora hicieron lo posible para usar las nuevas herramientas que ahora abren posibilidades infinitas. Es ahí cuando cada director se retrata fuera de las habituales entrevistas pactadas y declaraciones cómodas, y se relajan. Asistimos entonces a un desfile que se extiende desde un Christopher Nolan cabreado hasta un David Fincher rozando la psicopatía, un egomaníaco George Lucas o un zen David Lynch. Cabría esperar que en la sala de montaje se haya quedado material mucho más interesante en favor de focalizar su defensa del cine digital, pero lo que queda es un retrato de un punto de inflexión en la historia del séptimo arte.

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Sightseers (Ben Weathley)

Carente de la asfixiante atmósfera de Kill List (2011), Weathley apuesta aquí por la comedia negra, quizás más cerca de la incomodidad de Canino (Yorgos Lanthimos, 2009) que de cualquier otra comedia al uso. Hay en ella elementos que no llegan a desarrollarse del todo – el personaje de la madre – pero sí hay una crítica impecable a la mediocridad inglesa, a la incapacidad para huir de tal adocenamiento y a la necesidad de arreglar los propios problemas antes que interactuar con el resto del mundo, donde el impacto con otra gente – sea la sociedad misma, la familia, la mascota o la pareja – resulta en un conflicto donde solo podemos quedarnos solos.

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Sinister (Scott Derrickson)

Empeñada en ser la Insidious (James Wan, 2011) de este año, aunque carente de todo el sentido del humor y el disparate tonal que contenía aquella, Sinister busca ser una propuesta medianamente seria de la clásica historia de casa encantada. La película podría dividirse en dos tramos – que un divertido y oportuno incidente en el Auditori, cuando se interrumpió la película, se encargó de recalcar – el primero muy heredero de Marble Hornets y de los maravillosos recursos de terror que Internet ha explotado ante la posibilidad de estudiar las imágenes perturbadoras; el segundo, tirando ya más de lo sobrenatural, resulta a ratos angustioso a ratos desconcertante y se precipita a un final que no esconde demasiadas sorpresas (es relativamente fácil, si se está atento, adivinarlo mucho antes de que ocurra) pero que deja suficientemente satisfecho.

thale

Thale (Aleksander Nordaas)

Arrancando como una historia de terror ínfimo con ecos de body horror, poco a poco se desvela como un relato melancólico e incómodo que readapta las leyendas noruegas con cierto estilo y cariño. Cierto aspecto descuidado contribuye a crear la sensación de crueldad de la cinta. Esta avanza con pocos elementos y menos giros pero siguiéndose con interés ante las reacciones más humanas de sus personajes y su particular laconismo. Una película imperfecta que contiene el plano más bello del festival de este año.

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The Viral Factor (Dante Lam)

Lam apuesta sobre seguro con su habitual contundencia visual y su capacidad para crear espectáculos de acción sólidos, pero, a diferencia de otras obras anteriores, la pérdida de una verdadera construcción de personajes y una entidad emocional que de algo de relevancia al conjunto ha desaparecido por completo. El resultado es una película que empieza in media res, donde se suceden muertes, emboscadas y traiciones sin que tenga mayor interés. La necesidad de pisar el acelerador en secuencias impactantes la convierten, por momentos, en algo ridículo sobresaturado de cámaras lentas y efectos digitales.

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Vous n’avez encore rien vu (Alain Resnais)

Haciendo uso de un reparto como nunca se había visto, Resnais plantea en la realidad y en la ficción un juego de espejos y lleno de normas que él mismo va saboteando gracias a su maestría en la puesta en escena o el montaje. Facilitado por las nuevas tecnologías, el universo que se desenvuelve en torno a tres generaciones de intérpretes representando la misma obra, dialogando entre sí, termina siendo tan infinito como la imaginación de su autor, con puertas que aparecen de la nada o decorados que se alternan en un parpadeo. Sin embargo, se trata de una película de notable candidez en algunos de sus planteamientos y que no puede ser del gusto de todos.

Wall

The Wall (Julian Roman Polsler)

Partiendo de una premisa más o menos interesante – una mujer queda aislada del mundo en un refugio de caza, acompañada tan solo por un perro, debido a un muro invisible que rodea el paraje natural –  pronto esta se abandona en favor de una incesante voz en off que no deja de redundar en los métodos por los que la protagonista busca sobrevivir. Incapaz de desarrollarse más allá y siendo cada vez más antipática, la película se alarga hasta la extenuación entre reflexiones vacuas para acabar con un golpe de efecto totalmente innecesario y desvinculado de la historia. En general, prima la sensación de que aquí podría haber una verdadera gran película, pero todo parece estar predispuesto para lo contrario.

wolfchildren

Wolf Children (Mamoru Hosoda)

Cabría preguntarse hasta que punto Hosoda fue consciente del fenómeno fan que generó su anterior película, Summer wars (2009) a partir de fetiches sexuales. Aquella había sido una película que combinaba épica y costumbrismo familiar, llena de humor blanco y un excelente talento para el drama. Wolf Children no es distinta pero nace de una premisa inequívocamente parafílica: el bestialismo. Una vez resuelto ese escollo con relativa elegancia, la película toma un rumbo distinto hacia algo más próximo a una oda al mundo rural, en sintonía con Mi vecino Totoro (Hayao Miyazaki, 1988) pero más en forma de fábula que de narración convencional, buscando aquí y allá momentos cotidianos y evolucionando a medida que crecen sus pequeños protagonistas. No es una película que pueda resultar interesante a quién no vaya buscando exactamente esta clase de melodrama anime con sensibilidad sintoísta, pero los demás, como es mi caso, se verán sobradamente recompensados.

wrong

Wrong (Quentin Dupieux)

El regreso de Dupieux tras Rubber (2011) traía consigo la duda de hasta que punto este director podía sobrevivir al absurdo mundo que había construido para su ópera prima. Lo que en un principio parece seguir la misma trayectoria, acaba siendo un proyecto ligeramente más convencional, sin que por ello decaiga la capacidad para enlazar una broma radical con otra o un sentido de la unidad en un universo caótico y, a la vez, hierático. Aunque en algún momento peca de elementos forzados o no tiene reparos en repetir alguno de sus gags un par de veces, consigue tener momentos tan acertados como la conclusión de la trama del jardinero, que llevan a replantearse de nuevo todo lo que hemos visto.

Shutter Island

shutterisland

Hicimos todo lo que un humanismo racional podía sugerir
– El sistema del doctor Brea y el profesor Pluma. Edgar Allan Poe.

En el episodio doble de La melancolía de Haruhi Suzumiya titulado El síndrome de la isla desierta, los personajes acuden de vacaciones a una isla misteriosa a la que sólo se puede acceder desde un ferry. Nada más llegar, estalla una tormenta que les impide salir, y se levanta frente a los personajes un misterio, una búsqueda de respuestas y de una figura misteriosa, casi abstracta, que da lugar a todo. En la conclusión del episodio, surgen dos respuestas al mismo problema, que lejos de contradecirse, se complementan: el misterio era a la vez una conspiración, una representación falseada de los hechos y llena de pistas prefabricadas, pero a la vez, era también la construcción subjetiva de Haruhi, que en su credulidad, había provocado inconscientemente, que esa represantación se tornase en parte, en una realidad. Así, el problema arquetípico fusionaba las dos soluciones posibles: la respuesta al misterio estaba tanto en una confabulación externa, como en un inconsciente propio. Con “El síndrome de la isla desierta”, la serie profundizaba una vez más en los papeles de la ficción, imitando a Agatha Christie (o más concretamente, a su descendiente nipón en la actualidad, El Detective Conan) pero a la vez, trayendo consigo una patina de ironía, en la que el misterio no es sólo un tópico, si no un tópico intencionado, escenificado para entender el valor de los mecanismos del misterio.

Martin Scorsese alcanzó su cénit a principios de los noventa, donde tras el éxito de sus últimas películas, y con su filmografía más que reconocida y ratificada por la cinefilia, realizó en Casino (1995) un ejercicio casi clónico de Uno de los nuestros (1990) lo que hacía augurar una  autoconsciencia de estilo; en otras palabras: la figura pública de Scorsese se había hecho más grande que el propio director, y tenía que satisfacer a un público que ya había tomado conciencia del que había sido un artista transgresor. Los problemas que surgieron con la producción de Gangs of New York (2002), su gran intento de recuperar la chispa de sus inicios y a la vez generar una película que satisfaciese a su propia imagen de leyenda viva, se sumaron a la escasa energía de El aviador (2004), que aún así dejaba ver al gran cineasta que había detrás, y la paradoja de alcanzar su reconocimiento académico con Infiltrados (2006), endeble remake de Infernal Affairs (2002) lo que colocaba al maestro en la posición de imitador de sus alumnos. Su penúltimo trabajo hasta la fecha,  el documental sobre el concierto de los Rolling Stones Shine a light  (2008) era un descarado producto alimenticio que podría haber filmado cualquier realizador anónimo. Asi que el acercamiento de un director en clara decadencia a un material tan descompensado como la novela de Dennis Lehane hacía sospechar lo peor.

Y el resultado se aproxima, en cierto modo, al mismo tipo de ensayo que dejaba caer El síndrome de la isla desierta: la representación, en este caso adaptación cinematográfica, de una historia arquetípica generaba por su distanciamiento una  reflexión sobre las herramientas y métodos del género, pero tampoco hace un alarde de ello para que esos mecanismos, mientras se desarmen, no dejen de funcionar. Es imposible no pensar en Twin Peaks y la forma de interconectar realidad y ficción para la resolución de un misterio, pero la verdadera naturaleza del onirismo en Shutter Island viene enraizado en el cine de Alfred Hitchcock, a quién se cita explícitamente en planos que recuerdan a Psicosis  (1960) – la ducha, el cenital en el faro – o a Recuerda (1945) – el subjetivo de la pistola-  aunque sin duda el material de origen se aproxima más a Vértigo (1958) en la medida en lo decepcionante y tramposo que puede resultar su clímax, pero a la vez, la emoción y catársis que por otro lado desvela. Esto muestra una naturaleza del misterio como elemento más dramático que narrativo, pero también nos plantea de nuevo esa comparación con Twin Peaks: allí donde Scorsese usa la solución del misterio para hablar del personaje, Lynch utiliza a los personajes para hablar del misterio en sí, nunca de su solución. Y del mismo modo que nuestro interés no es la identidad de la madre de Norman, o el encubrimiento de la muerte de Kim Novak, si no el asesinato en la ducha y su posterior limpieza y la pasión obsesiva de James Stewart; Scorsese prefiere hablar del gran peso de responsabilidad que porta el personaje de Leonardo Dicaprio en Shutter Island antes que enfatizar la obvia resolución del misterio. La conclusión es entonces, que el misterio nunca es tan poderoso como sus consecuencias, asi que excluyendo, el peso que sin duda tendrá la conclusión de la película en los espectadores, descubrimos que el director de Malas calles sigue estando en plena forma a la hora de realizar complejos retratos psicológicos de sus personajes, cámara y narrativa mediante.