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Sobre la conclusión omitida: el efecto Zeigarnik

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El siguiente artículo desvela elementos de suma importancia de la trama de “Origen” (Christopher Nolan, 2010), “Arrebato” (Ivan Zulueta, 1979) , y “Los Soprano” (1999 – 2007). Si desconoce las conclusiones de estas obras y quiere enfrentarse virgen a las mismas, le rogamos que no continúe leyendo. O en lenguaje abreviado: spoilers, muchachos.

Cuando Christopher Nolan pretende terminar su laberinto onírico lo hace plantando la semilla de la duda en el espectador: el totem, el objeto que nos permite diferenciar entre realidad y sueño, no termina de girar, dejando en suspensión la naturaleza de la última escena. Cierto es que, con anterioridad, se encuentran suficientes pistas para interpretar esa conclusión, pero además de ambivalentes supone considerar que se nos ha omitido la verdadera trama de la película o que esta es de una interpretación puramente lineal y las pistas son fruto de nuestra sugestión. Nolan sabe que la mejor forma de implantar esa duda es omitir la conclusión. Tenemos un ejemplo de sobra conocido.

Cuando Los Soprano llegó a su fin, lo hizo con un polémico corte a negro, un smash cut que, acompañado de la irónica letra de Don’t stop believing parecía dejar a la imaginación del espectador el destino de Tony Soprano. En realidad, David Chase no quería jugar tanto con las especulaciones de sus espectadores como con la capacidad de estos para interpretar lo expuesto. Chase, uno de los pocos que parece haber entendido el legado de Kubrick no como una estética o un discurso si no como una técnica, anteponía la visión subjetiva de Tony como un antecedente al smash cut y jugaba con la memoria que el espectador tenía de experiencias pasadas en episodios anteriores, así como el propio recuerdo de 2001: odisea en el espacio (1968), es decir, con la capacidad de empatizar con Tony hasta comprender que nuestros ojos eran los suyos.

Sin embargo, aunque las intenciones de Chase estuviesen lejos de los resultados entre las grandes audiencias, hay algo que une las dos conclusiones más allá de evocar a Kubrick: ambas se interpretan como una secuencia de suspense. Estamos tan habituados a la interpretación de la palabra “suspense” como una etiqueta genérica, y tan concienciados de que su núcleo maestro está en Hitchcock, que somos incapaces de verlo en el sentido más literal.  ‘Suspense’ viene de suspendido, o enajenado, lo que Carlos Muguiro considera sinónimo de ‘arrebato’.

La palabra ‘arrebato’ nos lleva por tanto, a la película de Iván Zulueta. En aquella, el futuro de José Sirgado quedaba pendiente, literalmente, suspendido en un único fotograma de una larga película. No sólo el fotograma se congelaba para el espectador si no que su vida se detenía para ser absorbida por un único fotograma como a su antecesor, el misterioso Pedro. Puede que sea el ejemplo más visual, pero Origen tiene también una imagen igual de efectiva que no se corresponde a una conclusión: el suspense de una furgoneta ‘suspendida’ en el tiempo que no termina de caer.

La psicóloga Bluma Zeigarnik descubrió que los sujetos tendían a recordar con mayor facilidad aquellas actividades que dejaban inconclusas que las que terminaban sin dar mayor importancia. Esta especie de marcapáginas cerebral es lo que se impone ante un final como el de Los Soprano, como el de Arrebato o el de Origen. La búsqueda de la pervivencia de la imagen no es solo mantener esta suspendida, como lo hacen Érase una vez en América  (Sergio Leone, 1984) o Brazil, (Terry Gilliam, 1985) si no dejarla inconclusa. El debate posterior que demuestra la relevancia de esa imagen no surje solo de la incertidumbre si no de nuestra propia insatisfacción al no verla concluí…

Clint Eastwood, invicto

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Hay en Clint Eastwood una transformación que le lleva desde películas tan radicales como Infierno de cobardes (1972) y de ser el heredero del legado de Don Siegel y Sergio Leone, a convertirse en el adalid de un cierto clasicismo que busca en él una última figura de otros tiempos a la que aferrarse como a un tablón en un naufragio. La consecuencia principal de todo esto es que Eastwood ha terminado por ser un intocable que no suele ser puesto en duda, haciendo que los principales defectos de sus obras se omitan en función del mito, tendencia que llegó al paroxismo con Gran Torino (2008), una película que bajo el señuelo de devolver al estereotipo de tío duro que ha quedado como imagen colectiva de este actor y director, encontraba un paralelismo con su propia trayectoria al convertirse en un proyecto inofensivo y redentor, de formas simples, que buscaba un reconocimiento de un rol clásico antes que una transgresión del mito. Pero que este antifanatismo no nos lleve al extremo opuesto: Eastwoodmantiene en todas sus películas un talento innato para la dirección que sitúa cada película suya, por vago y poco interesante que sea el proyecto, como una cita ineludible.

Invictus parte, como viene siendo habitual de los últimos proyectos de Eastwood, de un proyecto a priori blando y poco significativo: una puesta en escena hollywoodiense del libro El factor humano de John Carlin que venía apadrinada por su compañero y amigo Morgan Freeman, contando con el beneplácito de Nelson Mandela. En ella se trata la recuperación de Sudáfrica tras el apartheid, la lima de asperezas entre blancos y negros y la trayectoria de la selección nacional de rugby, camino de la final. En resumen: un proyecto que en las manos equivocadas acabaría siendo un edulcorado e insoportable viaje al corazón del tópico y la nadería. Sin embargo, Eastwood sabe imprimir nervio y talento a la hora de resolver secuencias emocionalmente embarazosas, y se la juega a no darle el habitual sentido épico al deporte como alegoría del país, centrándose más en las reacciones del país ante los triunfos de su selección; un gran acierto. La película no destaca por su componente interpretativo, y desde luego, la indefinición genérica de la trama, que navega entre thriller político e historia de superación deportiva, no apoyan a un conjunto endeble, salpicado de buenos momentos, regalándonos una imagen tan bella como Mandela recitando el poema que da título a la película. Quizás Eastwoodsí sea el ejemplo último de clasicismo: aquel que no puede vivir en la sociedad actual porque la valentía de su obra debe permanecer oculta para agradar, la imagen de un director que no puede ser atrevido en tiempos de corrección política, como un reflejo invertido de Mandela o dePienaar que buscan, ante todo, evitar el conflicto y unir a todos bajo una misma carpa; puede ser que Eastwood nos esté diciendo así que sus películas son como ese partido final: una forma de hermanar espectadores, de pulir sus diferencias, sin afrontar el origen de estas.

Cineuropa 2009 (I): Ashes of time

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Del mismo modo que James Gunn propuso hacer en PG Porn una adaptación de la pornografía sin el componente erótico, Kar Wai nos propone un wuxia donde las peleas, epicentro de malabarismos visuales y principal reclamo, es lo de menos. “Ashes of time” se compone como un puzzle sensitivo, donde lo visual y sonoro se dan cita para despertar los demás sentidos, y componer con ello un intrincado e intrascendente mundo de narrativas estereotipadas, de épica trasnochada y fabulismo de tres al cuarto. Kar Wai busca en ello la esencia del género con un envidiable gusto para componer imágenes y rehacer a su gusto en montaje, con algunas transiciones que reformulan, en clave autoral, los zooms y fotogramas congelados de producto directo a video; pero olvida con ello todo el componente festivo. Así, en un intento de imitar al Leone que hacía de la descomposición del western en elementos muy básicos, obras maestras, se encuentra el director chino con un equivocado concepto del género, donde confunde esa composición con un ejercicio excesivamente intelectual, llevado al paroxismo de que las escenas de acción se reduzcan a la ráfaga y el plano detalle, donde pierde por el camino todo componente lúdico y alegre que es, en si mismo, la esencia de los géneros. Valga para ello la secuencia en la que compagina la ceguera de un personaje con el ensordecimiento del espectador, que funciona a niveles narrativos de manera privilegiada, pero carece de un objetivo al negarse con ello la acción, y ser esta inconstante, por no decir efímera, en todo el metraje. Desde luego, no hay que condenar a Kar Wai por intentarlo, pero lo cierto es que el experimento es, más allá de un espectáculo visual y sonoro de confusión argumental, algo más curioso como propuesta que como resultado.

Fantasmas por el rabillo del ojo

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El Orfanato (J.A. Bayona, 2007) es una historia protagonizada por una madre coraje que pierde a su hijo y continúa buscándolo, aún cuando el Sistema le ha fallado. Hay ruidos extraños, un misterio, parapsicología, fantasmas. Es un cuento de terror.

 El intercambio (Clint Eastwood, 2008) también.

Antes hay que referirse a esta película con su nombre original: Changeling, un vocablo inglés que se define como el acto cometido por un ser mágico, un duende, un diablillo, al sustituir con su presencia a un infante; antes tenemos una película de título similar que aquí se conoce como Al final de la escalera (Peter Medak, 1980), nuevo cuento de horror que, que casualidad, estaba de una u otra forma presente en todo El Orfanato.

Una vez aclarado esta simpleza, me molesta soberanamente como se ha convertido a Eastwood en un tótem de un clascisimo dramático al que no pertenece. Hablamos del alumno aventajado de Leone y Siegel, que de clásicos tenían poco, y el drama eran casi sus excusas para innumerables tropelías formales. Eastwood tambien es un cafre que juega a ser clásico, que tiñe de glamour unos textos banalizados, basados en hechos reales, para acabar contando historias de terror, puro american gothic, una forma bruta de dignificar el morbo. En su (pen)última película se adivinan fantasmas a través de huecos, a través de presencias que son ausencias, a través de un relato que viaja y vuelve, muy lejos de una veracidad periodística y tan manipulable como el cuentacuentos que es.

Así, El intercambio puede parecer un drama de esos que se estilan tanto en estas fechas, que parecen venir con una etiqueta ya en el proceso de preproducción que dice For your consideration; pero no lo es. Es una película de terror, sólo que los monstruos cantan villancicos, los fantasmas están fuera de campo y la protagonista es una señora en una época donde para seguir siendo considerada como tal, había que callarse y no protestar. El intercambio es la más efectiva película de terror para madres que he visto nunca.