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52, vive o muere

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La última vez que desglosé una escena fue para defender las virtudes más explícitas de Brian de Palma, por eso me ha costado encontrar otra escena que supusiese un paso más adelante de lo que allí ya comenté. La he encontrado finalmente en una película que guarda el mismo cariño por el metalenguaje que Doble cuerpo pero que ha sido menos comentada que esta. Hablo de 52, vive o muere de John Frankenheimer.

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Por sí misma, es una película ya lo suficientemente recomendable. thriller sucio ochentero producido por la Cannon y basado en la novela de Elmore Leonard, cargado de violencia y generosos planos de senos femeninos y un Roy Schneider recién salido de películas tan estimables como 2010: Odisea dos y El trueno azul. Pero el sector más cinéfilo necesita siempre, de alguna manera, ver reflejada su pasión dentro de la propia película, en esa necesidad que se tiene de que cada película deba hablar de sí misma, como si fuese importante. 52 vive o muere habla, de alguna forma, de sus propios espectadores. Y aquí lo vamos a ver.

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La historia nos presenta a Harry Mitchell, un empresario que está siendo chantajeado por un grupo de encapuchados que han grabado sus aventuras con una chica de striptease. Harry decide no ceder ante el chantaje y le cuenta a su mujer, en plena campaña política, su infidelidad. Así que los encapuchados deciden dar otro punto de presión: obligan a la chica a escenificar una supuesta falsa muerte que termina siendo real, lo graban y se lo enseñan al propio Harry.

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Cuando Harry consigue reaccionar ante la milimétrica descripción, visual en la cinta y narrada “en directo”, de como han decidido incriminarle en la muerte de la chica, se levanta de su silla para llevarse una poco agradable sorpresa: la silla sobre la que ha estado viendo la cinta es, en realidad, la silla sobre la que han matado a la chica, y aún conserva la sangre seca de esta, que ahora mancha su ropa. Así, lo que él ha visto ha traspasado la pantalla y se ha vuelto real ante sus ojos. Una vez terminada la cinta cobre conciencia de la realidad de su contenido al observar el propio espacio en el que se ha situado como espectador.

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Inmediatamente después, Harry acude a un peep show a interrogar a una compañera de la difunta, armado con su cámara de fotos. No creo que necesite desglosar esto, porque cualquiera les puede decir un montón de cosas similares sobre el clímax de París, Texas; pero me interesa mucho destacar que, a medida que Harry ve como su matrimonio atraviesa su peor crisis, la única forma que tenga de devolver todo a su sitio, de recuperar su estabilidad, sea indagando aún más en un mundo de sexo, violencia y drogas. Por supuesto, acaba conociendo a su antagonista en una sala de proyección de cine X, y en uno de los momentos clave, hay un enfrentamiento que implica una cámara de video conectada a un televisor. la elegancia con la que la película abraza todas estas situaciones sin forzarlas, sin subrayar su importancia la ha hecho bastante invisible, pero ya continuaremos hablando sobre la fascinación del espectador por el metalenguaje en otra ocasión.

Nada acaba nunca

Watchmen

De entre lo mejor que podemos sacar en limpio del fenómeno Watchmen están estas dos joyas: un videojuego beat’em up estilo Kung Fu Master (1984) que demuestra mucho cariño en la campaña promocional, y por el otro lado, esta parodia de los dibujos animados de sábado por la mañana, poniendo a los personajes creados por Alan Moore como simples arquetipos desenfadados y moralistas, que tienen su máximo esplendor en ese Rorschach transformado en alivio cómico. Los guiños en esta pequeña animación son tan variados como acertados: Scooby Doo, Las Tortugas Ninja, Los Cazafantasmas, Turbo Teen… videojuego y animación son reflejo de un elseworld donde una de las obras totémicas del género es infinitamente más sencilla, menos intelectual y más abierta a todo el público, aún a costa de perder las virtudes que diferencian a la obra original.

A la vista está que la versión de Zack Snyder funciona de la misma manera: como un ampuloso reflejo de todos los tics de la adaptación superficial, como una parodia involuntaria de si misma, con una supuesta ironía hacia la tendencia actual de Hollywood al adaptar comics de superhéroes en versiones macarras, forzadas y caducas. Pero seamos claros:  Snyder no es Paul Verhoeven, probablemente su sentido del humor tienda más al lado de Michael Bay, donde nos resulta difícil diferenciar entre lo que es involuntariamente cómico y lo que es auténtico sentido del humor. Así, los planos transcurren despacio cuando le pide al fan que reconozca ahí la viñeta en un lento movimiento, los personajes sueltan las mismas frases que en la novela gráfica pero uno nunca termina de creérselo, todo está cubierto por un envoltorio de ambición feísta pero va demasiado deprisa en una película de 3 horas, una difícil contradicción que es quizás el mejor término que se le puede aplicar a este Watchmen, un elseworld que se niega a si mismo en base a defender todo aquello que no demuestra ser.

¿es una sátira política? ¿es una parodia del género con ambiciones de clásico? La obra original era ambas cosas y además dejaba espacio para la metaficción, que aquí desaparece en base a actores que se ven obligados a replicar textos y posturas, pero nunca actuar. Moore se aleja de estas adaptaciones por un mito muy claro, no porque deformen su obra para ofrecer una versión atrofiada si no porque se siga manteniendo un modelo de cine para masas en el que su obra no puede encajar. Es imposible no sonreir con una película que empieza a ritmo de The Times They Are A-Changin’ pero donde todo permanece igual, en un sistema equivocado y pagado de sí mismo.

Lo cierto es que Snyder no deja de ser un hombre de su tiempo: el barniz falsamente intelectual rodea un envoltorio glam de gore caricaturesco y sexo profundamente hortera, y para ello, ha estrenado su película en cines como un mérito trámite, casi una herramienta publicitaria donde la gente paga por ver un tráiler de una obra incompleta, que solo puede entender desde el formato doméstico. Una vez sentado ante el dvd, la película cobrará otra vida, ya que como pasando las páginas de un tebeo, podremos retroceder y avanzar para entender toda esa serie de detalles inútiles que solo están como réplica a algo tan absurdo como la fidelidad, una virtud para unos pocos, una condena para lasa adaptaciones de comic.

La épica del patetismo

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Es un placer encontrarse de vez en cuando con una película como The Wrestler. Pequeña, sencilla, humilde, sin grandes alardes, Aronofsky consigue algo que resulta muy difícil de atrapar en celuloide y es dotar de vida a su película. Sin salir en ningún momento de un tono claramente estilizado hacia cierto horterismo de suburbio, la película escoge un camino claramente nutrida del lenguaje del género documental para narrar los pequeños momentos de vida de un perdedor, como tantos otros, atrapado en una pantomima a medio camino del héroe y el mendigo. Mickey Rourke pone voz y cuerpo a este “viejo trozo de carne”, lacerado y de voz temblorosa, fruto de extraños y comprensibles excesos, donde no parece encontrar un lugar, ni felicidad, ni redención. Un hermoso retrato de humanismo y dignidad donde el luchador del título tiene su principal contrincante en la mediocridad y el olvido. Aronofsky consigue sacar la mejor poesía de todas: la que surge de forma espontánea, propia a cierto naturalismo y a un mundo de pequeños actos de fe personal, de autoconfianza para un espectáculo tristemente falseado, donde hasta la más lamentable de las fictias peleas rezuma mucha más verdad que esa pantalla gris que es la vida.Quizás no sea la mejor película que vea usted este año, pero es un ejemplo idóneo de sencillez y dinamismo. De contención e interés por lo que se cuenta, por los personajes y sus vicisitudes, por su salvaje, hermoso y memorable plano final.