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Silencio

silence

Compara Scorsese su nuevo trabajo a la escena final de Los Comulgantes (Ingmar Bergman, 1963) donde el acto en sí de presidir la eucarístía tiene un valor aunque (o gracias a ello) nadie está allí para contemplarlo. Es una semejanza con el ritual de la vela en Nostalgia (Andrei Tarkovsky, 1983): los gestos de fe que no se ven, los rituales secretos, generan una idea de intimidad con Dios, siendo este menos percibido como un ente que como una reconciliación con nosotros mismos y con las verdades del mundo.

Por supuesto, hay una lectura menos religiosa. La del choque de culturas y los efectos del colonialismo o la de las buenas intenciones que generan consecuencias más desastrosas. Pero lo que más le interesa a Scorsese es la psicología del misionero, el ejercicio introspectivo que pone en conflicto las paradojas de su fe: ¿Prioriza el amor a Dios (sobre todas las cosas) al amor al prójimo? El interés se pone en el sacrificio o en el acto de abandonarse por el bien de otros, un abandono que no es tanto una muerte como el rechazo a alternativas más cómodas, a la manera de La última tentación de Cristo (1988).

Mientras que la anterior adaptación de la novela Shusaku Endo, Chinmoku (Masahiro Shinoda, 1971), trataba de ser un fresco de una etapa de persecución religiosa, aquí el viaje del jesuíta portugués ocupa el principal foco de atención. No sólo hay una constante puntuación con la imagen del rostro de Cristo sino que diversos paneos parten de la perspectiva del forastero y de una percepción distorsionada de lo que sucede a su alrededor. La versión de Scorsese es más fiel al texto de la novela, incluyendo pasajes ignorados en la adaptación de Shinoda, pero su alcance es más subjetivo.

Debate o polarización

RogerEbert

Conocí la figura de Roger Ebert a través de su famosa crítica de Terciopelo Azul, donde calificaba de inmoral el trato que Lynch le había reservado a Isabella Rossellini. No me cayó bien, para que engañarnos. Su fama a través de Siskel & Ebert y el sistema de crítica basado en una polarización entre si la película recibía “pulgares arriba” o “pulgares abajo” caracterizaron el marketing cinematográfico en Hollywood durante una buena década, cuando la opinión auctoritas de los críticos todavía era un gran reclamo en la publicidad.

Life Itself (Steve James, 2014) pretende ser la película que reclame el legado del único crítico cinematográfico en ganar el premio Pulitzer. Para ello, desgrana su don de gentes, su estilo directo, informativo y sencillo, así como los nombres de aquellos autores que fueron beneficiados por la atención que les prestó: un lloroso Martin Scorsese, un incrédulo Errol Morris que probablemente no habría tenido carrera sin la constante promoción de Gates of Heaven en televisión o la más reciente Ava DuVernay.

No es, tal vez, el mejor documento para adentrarse en su influencia, dado que el peso dramático de sus operaciones de cáncer, su matrimonio en dichas circunstancias y su fallecimiento antes de concluir el rodaje se apoderan del metraje con menor fortuna que, digamos, E Agora? Lembra-me (Joaquim Pinto, 2013). Por ello se pasa de puntillas por la irrupción de Pauline Kael, su polémica sobre la banalización de la crítica (ya con tintes apocalípticos en ¡1990!) con Richard Corliss o con entrevistados menos laudatorios como Jonathan Rosenbaum. 

Herzog sobre porqué dedicó ‘Encounters at the end of the world’ a Ebert.

Hay todavía mucho por explorar en torno a la responsabilidad de la divulgación. Cuando Ebert se muestra reticente a acortar las frases del guión para el programa lo hace con alarde de ego, pero también parece querer resaltar que, el formato televisivo, coarta y simplifica lo que él considera más valioso de la crítica de cine: el debate. Y esto es muy interesante, como Ebert especial énfasis ,en un momento de archivo del documental, como mucha gente acepta la autoridad del erudito en muchos ámbitos de su vida, pero todo el mundo está abierto a disentir de una crítica de cine. Todo el mundo se siente capacitado para expresar que transmite una película porque todos viven esa experiencia, informados o no.

Ebert adoptó el blog como medio para seguir compartiendo sus pensamientos, estaba depositando su confianza en ese debate público del cine. Un “populista” por convicción, como se le define durante el documental. Su blog le permitió expresarse con la comodidad que la fama televisiva y su rol público no permitían, y hablar con más matices para todos, o volver sobre obras y autores a los que consideraba, no había juzgado con propiedad. Me gusta esta cita:

I’ve had a problem with Kiarostami, but I eagerly await his next one, just as I awaited David Lynch’s work in years when I wasn’t responding to it. There’s no doubt in my mind Kiarostami is a serious artist with a fierce dedication, and whether he connects with me is not his problem, it’s mine. A director who creates outside crass, dumbed-down channels is a human resource.

The best film here this year will quite likely be by a director I’m unfamiliar with. That’ll be all the better. (link)

También quiero destacar su respuesta a la enorme repercusión de su artículo negando que los videojuegos fueran un arte. Reconoce su propio error al juzgar sin mayor conocimiento, aunque sigue manteniendo firme su postura, también afirma que hay limitaciones propias que provocan que los videojuegos no sean para él, la misma experiencia que tienen jugadores más jóvenes.

Sigo disintiendo en muchos aspectos con el trabajo de Ebert. Pero no creo que el papel de un crítico deba ser en base a cuantas veces “acertó” o cuantas veces compartimos opinión y perspectiva. Mi posición actual con el cine tiene más que ver con que puede aportarme una película que en tratar de enjuiciarla bajo criterios variables. Creo que a veces el rol del crítico puede reducirse a estimular a quien le escucha transmitir esa misma pasión por el cine, y disentir con alguien no tiene porqué ser una cuestión de “tener la razón” sino de ofrecer múltiples ángulos a un mismo trabajo. En sus últimos años, Ebert abrazó internet no como la muerte del crítico cinematográfico, enterrado bajo la agresividad de tumultos profanos, sino como un renacer de ese debate público, del interés por usar el cine como excusa para expresarse, aún cuando sigue habiendo que separar entre la voz instruida y la boutade. Una tarea de filtro que ya no corresponde a la autoridad que otorgaba la columna en el periódico, sino que queda a nuestro propio discernimiento.

Distraído por las luces rojas

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Vale, el cine es magia. Una frase que por muy agotada que esté, sigue presente y que en estos días hemos vuelto a escuchar repetidas veces a raíz de La invención de Hugo de Scorsese y la relación de Méliès con el ilusionismo. Pero no se profundiza más en esta relación que en lo meramente superficial: el cine es magia porque, como la magia, focaliza la atención en una parte mientras omite otra, se vale de sus herramientas para crear ilusiones. Rodrigo Cortés lo sabe bien, y trufa su nueva película, “Luces rojas” con elipsis, omisiones, planos detalle, elementos fuera de cuadro. Se ciñe muy bien a un papel teatral, al ejercicio de estos trucos para desvelar todo el engranaje en el tramo final y pillar desprevenido al espectador, pese a que algunas de sus sorpresas son fácilmente deducibles por los más curtidos al género. Una conclusión que puede generar debate pese a que las diferencias entre esta y la peonza de Nolan en “Origen”son en esencia lo mismo; se deja ver en este tercer acto una tendencia de Cortés de convertir todas sus películas en viajes trascendentales de sus protagonistas, siempre contra su voluntad. Pero más allá de esa conclusión, lo importante es como Cortés domina la película, siendo lo suficientemente inteligente como para pensar en toda clase de público y mantener pistas falsas o sugestiones bien dosificadas que por su proliferación no consiguen concretar lo que es un final bastante coherente a lo presentado.

Excepto, claro está, por su discurso. Y es que aunque Cortés expone magníficamente los motivos para el escepticismo y la facilidad para desmontar fraudes – y, quizás, abusa demasiado de ello, estando en sus dos primeros actos cerca de documentales como Los enemigos de la razón de Richard Dawkins – parece renunciar a ello en el último tramo. Es obvio que esto no deja de ser ficción, y como apuntaba antes, la conclusión es más ambigua de lo que parece y no reformula realmente lo anterior mostrado sino que genera esa duda como material de debate. Sin embargo, el debate creo que está en otra parte, pues la resolución del carácter esotérico o no de la película es irrelevante para disfrutar de la misma. Yo veo el debate más bien en unas declaraciones de Cortés no exentas de polémica. La película deja suficiente muestra del conocimiento escéptico de su realizador y guionista, pero esas declaraciones plantean la “duda” como un método para dar beneficio o cierta credibilidad a estafadores, basándose en prácticamente ninguna prueba. Esa manera de plantear el escepticismo como una conducta fanática (algo que también podría subyacer en la película, pero que queda lo suficientemente abierto a la interpretación) es bastante irresponsable. Si Cortés realmente cree en la existencia de poderes paranormales, se equivoca; si, en cambio, no cree en ello pero utiliza esas declaraciones como medio de promoción, está haciendo exactamente eso que la película denuncia en la figura del personaje de De Niro: la utilización de las supersticiones para el beneficio económico, predicar fe a través de un espectáculo.

Por supuesto, esto no es algo que manche la película, y reconozco que puede ser visto como un ataque a Cortés un tanto moralista. Pero sí me parece algo necesario sobre lo que debatir. Al entrar en el cine pude ver un anuncio de The Devil Inside, próximo estreno del director William Brent Bell, promocionado como “la película que el Vaticano no quiere que veas”. Esa utilización de una especie de validación oficial es bastante irrespetuosa para el espectador, se fomenta en hacer creer que la película realmente va a mostrar los trapos sucios de una organización religiosa en lugar de ser, como realmente es, una ficción más. Es inaudito que en la propia Luces rojas el personaje de Cillian Murphy reproche a Sigourney Weaver como una simple aparición televisiva ha hecho retroceder todo su trabajo “en décadas”. Esto podría ser un poco lo mismo. Y aunque podríamos derivarlo a si es comparable con las promociones de found footage supuestamente real como El proyecto de la bruja de Blair (Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, 1999) u Holocausto caníbal (Ruggero Deodato, 1980), lo cierto es que estas se revelan en sí mismas como ficciones de un modo u otro, y nadie, años después de su estreno, sigue tomándolas como reales. Otras veces he aclarado que no creo que haya una verdadera responsabilidad en la ficción en cuanto a que es eso mismo: ficción; pero… ¿hay responsabilidad en la promoción de la película? ¿Está Cortés haciendo un “blockbuster evangelizador“? No sé si me equivoco en mi juicio, si exagero algo tan trivial, pero, por lo menos, hablar de ello, plantear ese debate, me parecía importante.

Mis problemas con Nolan

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Creo que mi primer acercamiento a Christopher Nolan fue en 2001, alquilando un thriller de extraño nombre, Memento. Mis conocimientos cinematográficos no eran precisamente amplios por aquel entonces, pero pude ver claramente que se trataba de una muy inteligente reformulación del cine negro. Siempre me había resultado inverosímil que tantos y tantos héroes y detectives se dejasen engañar tan fácilmente por las femme fatales de turno; no me parecía razón suficiente la tensión sexual entre ellos, así que debía ser fruto de otro fenómeno, de la negación: hay algo dentro de esos protagonistas que cree que puede ser más listo, salirse con la suya y redimirse. Cuando Memento expone la atracción por la femme fatale como un acto, literal, de autoengaño, sentí que estaba ante una obra sumamente estudiada y compleja.

La carrera posterior de Nolan no me parece a la altura de esta obra. “Insomnio” se dedicaba a dramatizar la película original de Skjoldbjaerg a base de flashbacks y una serie de diálogos que justificaban cada acción de los personajes, buscando la empatía con su protagonista en contraste con la tortuosa frialdad del director noruego. En última instancia, su Insomnio era una obra moralista, asexuada, redentora. Cuando sus dos aportaciones al personaje de Batman imprimían en su forzado realismo una serie de imposturas verbales, de enseñanzas de Perogrullo y una afectación que hacía de ruido de fondo, de pegamento de una serie de set pieces y giros argumentales que no se sostienen ante cualquier análisis detallado.

La conclusión estaba clara: Nolan no es un director despreciable, pero es fácil ver que es un director más limitado de lo que su fama indica. Sus escenas de acción son pobres y el tono de sus películas se mueve entre aspavientos y declaraciones lapidarias.  Tendía a creer que sus máximos defensores eran, como el protagonista de Memento, gente que se niega a ver la evidencia a favor de ser partícipe de un espectáculo novedoso en el tiempo de las Películas Evento™, que nos ha tocado vivir. Quizás el problema venga del propio Nolan, quizás sea él quien se cree el que puede ser más listo, salirse con la suya y, esperando que todo el mundo perdone aquellas cosas que le distancia de sus maestros, redimirse a ojos de la opinión pública. ¿Es probable que todos sus personajes sean gente atormentada por la culpa y el desprecio hacia sus compañeros porque él mismo se sabe lejos de su fama?

Cualquiera de las dos opciones, culpar a sus fans o culparlo a él, son inapropiadas. Convendría centrarse más en la serie de factores que hicieron de Nolan la bandera del nuevo blockbuster, es decir, esa cabeza visible que, como mascarón de proa, es el objeto de todas las miradas, ocultando tras de sí a una tripulación en Hollywood que no cuentan con el beneplácito de público y crítica de una manera tan radical. Nolan es, en cierto modo, la manera que Hollywood tiene de disfrazar de cine de autor a la Película Evento™ que llenará arcas y generará el ruido suficiente en Internet como para calmar los ánimos, ante el stock de superproducciones desastrosas que no pueden aguantar el tipo con la misma facilidad.

Origen podría ser otra legitimización: aquella avalancha de cine contra la realidad que acusóJonathan Rosenbaum cuando mencionaba los estrenos tan próximos de películas como Dark City, Nivel 13, The Matrix y eXistenZ venían de una generación criada entre cyberpunk y los cuestionamientos filosóficos y místicos de Philip K. Dick, y suponía una forma de hacer espectáculo (neonoir, mad doctors, acción hongkonesa u obra artie) de unos argumentos que años atrás habían sido considerados mala literatura. Origen explota esos mismos argumentos creando incluso un vocabulario específico y sus propias (y cambiantes) normas para ofrecer un tejido de set pieces en montaje alterno y clímax constante.

Chéjov decía que el arte de escribir era el arte de abreviar. En ese sentido, Nolan sigue teniendo las de perder: la diarrea verbal es su máxima pero encuentra un punto de apoyo en el guión, justificando la película con el aire novelesco de quién describe un universo nuevo e inexplorado al que se aventura por primera vez. Volviendo a Dick, podríamos explicar la ciencia ficción como aquella historia lo suficientemente llena de ideas y abismos como para entrar en un plano místico, casi una religión. Los Wachowski sabían esto y Origen parece indicar que la iconología de Nolan también: el limbo como lugar comunitario o mundo inteligible platónico, el tótem como amuleto/símbolo del alma (la identidad: intransferible, solipsista, cogito ergo sum) y las patadas como el camino hacia el despertar del mundo sensible, es decir, la iluminación.

Pero a niveles estructurales, Origen no es tanto un laberinto borgiano como una apropiación bastante correcta del lenguaje del videojuego: en algún punto entre Braid o Psychonauts, la película consigue mantener la idea de “niveles” como metas personales, como un viaje al interior del propio avatar del juego. Las sincronicidades temporales de los distintos niveles, a modo de cuenta atrás, es un recurso tan viejo como efectivo.

Hasta el realismo engolado de Nolan encuentra aquí una forma de no resultar tan excesivamente arrogante: el universo de Origen no está determinado por un plano temporal y el funcionamiento de la máquina que permite indagar en los sueños lúcidos no viene acompañado de la lectura de un manual de instrucciones; las explicaciones clásicas de paradojas parecen funcionar mejor y la fealdad de dicha máquina deja una interesante imagen de los durmientes como algo parecido a adictos a la heroína.

Christopher Nolan ha sido capaz de perfeccionar su discurso sin cambiarlo ni un ápice, como esa carretera que Ariadne retuerce sobre sí misma pero sigue funcionando con normalidad. Ha sido lo suficientemente astuto como para no mentirse a sí mismo, es decir, conoce sus propios defectos, pero aunque El truco final parezca enunciar lo contrario, tampoco cabría decir que su éxito se debe al autoengaño del público. Podríamos decir que sí, que Nolan es un trilero, pero incluso ser un trilero requiere cierta habilidad. Origen no cuenta nada nuevo, no es ni tan profunda ni tan compleja como ella misma se presenta, pero conseguir crear esa apariencia ya es, en cierto modo, un logro.

Quizás es que mi postura con respecto al cine parte de una máxima en que el misterio es más interesante que la resolución. Nolan nunca ha estado tan interesado en las adivinanzas como en las respuestas, ya que todas sus películas son herramientas para llegar a respuestas subrayadas; no creo que Origen sea la excepción y eso conforma mi teoría de la película: todo lo que vemos en la película es literal. No hay un gran plan maestro oculto en off que lleve a crear una docena de niveles oníricos ni una incertidumbre: Nolan busca crear (como lo hacía el plano final de X men 3 o el de Los Soprano) una ambigüedad que no es tal. Es evidente que hay los suficientes detalles como para que cada uno se monte su propia teoría, pero esas teorías sirven para alimentar el debate de la película y su vida posterior, pero no deja de ser una estrategia más, no una verdadera conclusión abierta. Lo que supondría el primer final feliz de la filmografía de Nolan nace de la navaja de Ockham sustentado en la habitual tendencia del británico a hacer más complejo lo que en realidad es una chorrada, algo que nos llevaría a una comparación con Shutter Island donde Scorsese hacía de una chorrada algo bastante más complicado. Siendo mi postura preferida la del neoyorkino, descartar la propuesta de Nolan sería cerrarme en banda por defecto a una manera de entender el cine que solo negaría por prejuicio y no con una argumentación irrebatible, así que, digamos que por ahora, Nolan y yo entramos en una tregua.

Shutter Island

shutterisland

Hicimos todo lo que un humanismo racional podía sugerir
– El sistema del doctor Brea y el profesor Pluma. Edgar Allan Poe.

En el episodio doble de La melancolía de Haruhi Suzumiya titulado El síndrome de la isla desierta, los personajes acuden de vacaciones a una isla misteriosa a la que sólo se puede acceder desde un ferry. Nada más llegar, estalla una tormenta que les impide salir, y se levanta frente a los personajes un misterio, una búsqueda de respuestas y de una figura misteriosa, casi abstracta, que da lugar a todo. En la conclusión del episodio, surgen dos respuestas al mismo problema, que lejos de contradecirse, se complementan: el misterio era a la vez una conspiración, una representación falseada de los hechos y llena de pistas prefabricadas, pero a la vez, era también la construcción subjetiva de Haruhi, que en su credulidad, había provocado inconscientemente, que esa represantación se tornase en parte, en una realidad. Así, el problema arquetípico fusionaba las dos soluciones posibles: la respuesta al misterio estaba tanto en una confabulación externa, como en un inconsciente propio. Con “El síndrome de la isla desierta”, la serie profundizaba una vez más en los papeles de la ficción, imitando a Agatha Christie (o más concretamente, a su descendiente nipón en la actualidad, El Detective Conan) pero a la vez, trayendo consigo una patina de ironía, en la que el misterio no es sólo un tópico, si no un tópico intencionado, escenificado para entender el valor de los mecanismos del misterio.

Martin Scorsese alcanzó su cénit a principios de los noventa, donde tras el éxito de sus últimas películas, y con su filmografía más que reconocida y ratificada por la cinefilia, realizó en Casino (1995) un ejercicio casi clónico de Uno de los nuestros (1990) lo que hacía augurar una  autoconsciencia de estilo; en otras palabras: la figura pública de Scorsese se había hecho más grande que el propio director, y tenía que satisfacer a un público que ya había tomado conciencia del que había sido un artista transgresor. Los problemas que surgieron con la producción de Gangs of New York (2002), su gran intento de recuperar la chispa de sus inicios y a la vez generar una película que satisfaciese a su propia imagen de leyenda viva, se sumaron a la escasa energía de El aviador (2004), que aún así dejaba ver al gran cineasta que había detrás, y la paradoja de alcanzar su reconocimiento académico con Infiltrados (2006), endeble remake de Infernal Affairs (2002) lo que colocaba al maestro en la posición de imitador de sus alumnos. Su penúltimo trabajo hasta la fecha,  el documental sobre el concierto de los Rolling Stones Shine a light  (2008) era un descarado producto alimenticio que podría haber filmado cualquier realizador anónimo. Asi que el acercamiento de un director en clara decadencia a un material tan descompensado como la novela de Dennis Lehane hacía sospechar lo peor.

Y el resultado se aproxima, en cierto modo, al mismo tipo de ensayo que dejaba caer El síndrome de la isla desierta: la representación, en este caso adaptación cinematográfica, de una historia arquetípica generaba por su distanciamiento una  reflexión sobre las herramientas y métodos del género, pero tampoco hace un alarde de ello para que esos mecanismos, mientras se desarmen, no dejen de funcionar. Es imposible no pensar en Twin Peaks y la forma de interconectar realidad y ficción para la resolución de un misterio, pero la verdadera naturaleza del onirismo en Shutter Island viene enraizado en el cine de Alfred Hitchcock, a quién se cita explícitamente en planos que recuerdan a Psicosis  (1960) – la ducha, el cenital en el faro – o a Recuerda (1945) – el subjetivo de la pistola-  aunque sin duda el material de origen se aproxima más a Vértigo (1958) en la medida en lo decepcionante y tramposo que puede resultar su clímax, pero a la vez, la emoción y catársis que por otro lado desvela. Esto muestra una naturaleza del misterio como elemento más dramático que narrativo, pero también nos plantea de nuevo esa comparación con Twin Peaks: allí donde Scorsese usa la solución del misterio para hablar del personaje, Lynch utiliza a los personajes para hablar del misterio en sí, nunca de su solución. Y del mismo modo que nuestro interés no es la identidad de la madre de Norman, o el encubrimiento de la muerte de Kim Novak, si no el asesinato en la ducha y su posterior limpieza y la pasión obsesiva de James Stewart; Scorsese prefiere hablar del gran peso de responsabilidad que porta el personaje de Leonardo Dicaprio en Shutter Island antes que enfatizar la obvia resolución del misterio. La conclusión es entonces, que el misterio nunca es tan poderoso como sus consecuencias, asi que excluyendo, el peso que sin duda tendrá la conclusión de la película en los espectadores, descubrimos que el director de Malas calles sigue estando en plena forma a la hora de realizar complejos retratos psicológicos de sus personajes, cámara y narrativa mediante.