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Batman minus Batman

gotham

Empecemos por lo más evidente: hacer una serie de televisión de Gotham antes de que Batman exista es un enorme problema. Imaginemos una serie sobre la Baja California a principios del XIX donde constantemente se nos recuerda la existencia de un joven Don Diego de la Vega: simplemente, hasta que El Zorro no aparece, no hay mucho que contar. ¿Es esta la historia de como Gotham cae en una espiral de corrupción hasta convertirse en el abismo que necesitará de un vigilante enmascarado? No, porque para cuando la serie ha empezado, toda la ciudad está corrupta hasta la médula. ¿Es, entonces, la transición entre un crimen organizado a la vieja usanza frente a los más cirquenses supervillanos que definirán la ciudad? Hay apuntes de ello, como Jeph Loeb trató de retratar en sus historias El largo Halloween o Dark Victory.

Pero, ¿qué supone esa transición? No es tan solo el ascenso de una figura cómoda para los guionistas, como El Pingüino, un personaje cuya definición por sus taras físicas remite a los villanos de Dick Tracy y que podía ejercer aquí el mismo papel que Al Capone en Boardwalk Empire: el ascenso de una figura menor en un tumultuoso caldo de cultivo para salir convertido en dueño de la ciudad. Es también el cambio entre un universo más o menos plausible y otro que incluye villanos inspirados en rimas infantiles o los trabajos de Lewis Carroll. Algo que se suele ignorar, o incluso despreciar, es lo muy relevante que es la bufonada en la caracterización de los personajes en Batman, hasta el punto de tener como máximo y más popular exponente a alguien que se define como, glups, “El príncipe payaso del Crimen”.

Hay muchos motivos por los que defenestrar Gotham, la serie. Edward Nygma no necesita plantear un acertijo en cada interacción que tenga ni sostener una taza con un símbolo de interrogación. La futura Catwoman se pasea por los ratos muertos de la serie solo para recordarnos que aún existe y que conoce una información que, suponemos, clave en la serie. ¿Que el Pingüino abandona Gotham? A la semana siguiente está de vuelta. ¿Que el Pingüino quiere pasar desapercibido? Se pasea ante la policía. Bárbara Gordon no es tanto un personaje como un mecanismo del guión: sea como bálsamo para las heridas de Jim Gordon o como esposa desconfiada que presiona a su marido, no tiene ninguna entidad por la que la podamos definir. Montoya es un esterotipo de lesbiana celosa y la serie apunta demasiadas veces a los ricos como víctimas y a la chusma vengadora como verdugos, aunque esto último es parte de la gran paradoja que presenta el personaje de Batman como justiciero.

En medio de todo esto, la serie no parece querer ceñirse a las últimas adaptaciones cinematográficas del personaje y opta por un estilo más próximo a Tim Burton y Bruce Timm: la Gotham situada en algún limbo temporal entre el presente y la estética de cine negro. Pero cuando se trata de sus personajes, los guionistas nunca dejan de pisar el freno y rara vez apuestan por el completo desenfreno camp – ese tono que hizo tan memorable tanto el Batman de Adam West como la más reciente The Brave and the Bold – lo que lleva a situaciones algo confusas: momentos dramáticos tratados con la seriedad de cualquier policíaco se combinan con imágenes como la de un obispo volando sobre los rascacielos atado a un globo meteorológico, o un yonki de complexión débil cargando a toda prisa todo un cajero automático a la espalda, con la mirada perdida.

Estamos ante una serie en la que se huele cierto miedo a mostrar el aspecto más gótico y estrafalario del mundo que quiere enseñarnos, pero que no podrá eludir por más tiempo porque, vaya, es lo que cualquier espectador entiende que diferencia a este serie de cualquier policíaco convencional. Incluso pese a la presencia como productor – y guionista de su sexto episodio – de Ben Endlund, creador de The Tick.

Lo que más me sorprende es como se puede recurrir a una mitología intentando distanciarse de ella. O peor: como, habiendo miles de historias de Batman y Gotham repartidas en sus 75 años de existencia, no hay un mayor aprovechamiento de dicha mitología. Empecé preguntándome que sentido tiene una serie de Batman antes de que este siquiera comience su entrenamiento, pero lo cierto es que Gotham ha encerrado muchos secretos previos a la aparición del Murciélago: ahí están La Corte de los Búhos, sociedad secreta que controla la ciudad, toda una subtrama con Catwoman y sus posibles vínculos familiares con Falcone, La Liga de los Asesinos con el conocido Ra’s al Ghul al mando, el amigo del joven Bruce Wayne (el también huérfano pero no tan calmado Thomas Elliot) o Black Glove, la secta que busca invocar al demonio Barbatos. ¿Y hace falta que mencione toda la historia escondida entre los muros de Arkham?

A todo ello hay que añadir como la propia serie se pone palos en las ruedas: Renée Montoya se muestra adulta ante un Bruce Wayne niño, Leslie Thompkins es algo más joven que Alfred Pennyworth (del que la serie aún no ha aprovechado una de sus mejores facetas: actor y maestro del disfraz) y Harvey Dent se paseará pronto por la serie ya como un brillante abogado. Por supuesto no importa que estos cambios de edad trastoquen algo de las relaciones entre personajes porque la propia serie está aceptando que nunca veremos a Batman y, por tanto, no compensa plantar las semillas tanto como mostrar las referencias y guiños.

Quizás hay motivos legales que se me escapan de porqué no recurrir a toda una amplia historia – eso sin contar Gotham Central, prácticamente la serie que deberían haber hecho – del personaje y su entorno. Aun así, cuando al comienzo del tercer episodio un villano aparece con una máscara de cerdo, tuve la breve ilusión de que se tratase del Profesor Pyg. Y esto es parte de lo que me mantiene aún interesado por la serie: dentro de su narrativa rota, casi improvisada, de sus inconsistencias y de como sus arcos argumentales tropiezan o avanzan con bastante torpeza, reconozco un lenguaje propio del cómic. Hablamos ahora, y muy acertadamente, de todo lo que hace del cómic un formato excelente que tendemos a olvidar que la mayoría de nosotros nos enganchamos a él con obras muy menores, tan deslavazadas e incoherentes como lo que aquí se nos presenta. Tal vez, esa tensión latente en Gotham sea lo que más la aproxima al tipo de cómic de Batman con el que me enganché al personaje: un equilibrio de vectores en todas las direcciones posibles, intentando sustentar lo que en esencia es una elaboradísima chorrada.

Como transformar un hogar roto en una Batcueva

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Puede que hoy por hoy suene a licencia poética, pero esto que voy a relatar es estrictamente cierto. Hay que situarse en un pueblo de provincias, donde la distribución editorial es francamente nula y la capacidad para conseguir cómics dependía de la frecuencia con la que tú o tu familia viajaba fuera. Dentro de la poca oferta que uno podía encontrar en quioscos y librerías destacaban dos héroes: Batman Spiderman. No conozco ahora mismo el contexto de que aquellos cómics llegaran con más frecuencia a mi entorno que los de otros superhéroes, pero no me cuesta imaginar que el impulso de las películas de Tim Burton y las series de Spiderman de 1994 y el trabajo de Bruce Timm en Batman: the animated series tuvieran bastante que ver. El asunto es que, aunque la oferta escasease, tampoco había muchos coleccionistas de cómics en el pueblo; de ahí que llegara a un acuerdo con un amigo: yo coleccionaría todos los de Batman que llegase a mis manos y él haría lo mismo con los de Spiderman. A lo largo de los años nos íbamos intercambiando números hasta que esta práctica cayó en el olvido.

Por supuesto, los números no eran casi nunca consecutivos y mi manera de entender la mitología de Batman fue a través del Caos: el desorden, los cliffhangers que quedaban sin solución, la influencia de las dos series de televisión (la ya mentada serie de Timm, pero también la inolvidable serie de Adam West), la incapacidad para reconocer continuidades o series distintas. Todo ello contribuía a mi fascinación, a esa sensación que Alan Moore buscaba recrear en su Tom Strong de estar observando por un pequeño agujero una parte de una historia más amplia y compleja de lo que yo llegaría a descubrir nunca. Batman existía antes de que naciesen mis padres y existirá mucho después de que yo muera.

En esa sensación, la de una parte de un todo, la de un icono congelado para la eternidad y la de un ambiente folletinesco en constante expansión, volví a ver Judex (Georges Franju, 1963) la semana pasada. Judex es el remake de las películas de Louis Fouillade que este creó para rebatir las críticas a sus anteriores trabajos, en los que los villanos eran la atracción principal, y de los que se decía que glorificaban la violencia. El Judex de Franju es la perfecta película de Batman (con un punto artie) en muchos aspectos: Judex se presenta como un héroe metódico, vengativo pero nunca sangriento o violento, con su propia Batcueva llena de artilugios y un Alfred que la acompaña; el detective Cocantin es el, siempre un paso por detrás, Comisario Gordon, y va a acompañado de un vivaraz muchacho, cual Robin; juntos se enfrentan a Jacqueline, ladrona y ágil, embutida en un traje negro ceñido, una Catwoman de manual. No es sólo la presencia de una figura detectivesca (rasgo que esquivan casi siempre las películas oficiales de Batman) como Judex lo que fortalece la película, sino la interacción entre los distintos compañeros, enemigos y objetivos; el ser partícipes de los planes e investigaciones que se desarrollan entre subtramas coincidentes cuya conjunción resulta plenamente satisfactoria.

Ahora me encuentro leyendo Batman and Philosophy: the Dark Knight of the soul, editado por Mark D. White Robert Arp y me sorprende que, dentro de todos los artículos que componen el libro, no se encuentran muchas referencias a la batfamilia; sí, se habla del papel de tutor de Bruce Wayne a sus discípulos y colaboradores, pero no se les percibe como próximos o indispensables, sino como accesorios heredados de la Edad de Plata. La única cuestión verdaderamente relevante que plantea el libro es en el artículo “Is it right to make a Robin?”donde James DiGiovanna habla sobre la moralidad de entrenar adolescentes para luchar contra el crimen aún cuando Batman no empezó su andadura hasta ser adulto, tras una vida dedicada al entrenamiento. Me encuentro poco después con la ilustración arriba mostrada, de Gabzillaz, y me planteo algunas cuestiones sobre este grupo.

Si uno repasa el historial de la batfamilia encuentra muchos huérfanos (Dick GraysonJason Todd, Tim Drake, Barbara Gordon), muchos niños con padres ausentes (Damian Wayne,Stephanie Brown, Cassandra Caín). Todos vienen de hogares rotos. Esa necesidad de Bruce Wayne de rodearse de menores con problemas parte de su propia infancia, de la necesidad no sólo de proporcionarles lo mejor a aquellos que se ven en una situación similar a la suya, sino de crear en su entorno la familia que nunca tuvo. Si pensamos en lo que diferencia a Batman de Judex, el murciélago es el centro de la historia, mientras que Judex es percibido por otros personajes y por ello sus acciones pasan a segundo plano, manteniendo un halo de misterio. Batman no puede ser como Judex porque implicaría que el lector no estaría leyendo un cómic con Batman de protagonista, si no un cómic sobre otros personajes que son testigos (y a veces, parte activa) de una entidad llamada Batman. La excusa que da Tim Drake, el tercer Robin, cuando deduce la identidad secreta de Batman para adquirir su puesto, es la necesidad que Batman tiene de Robin, como ying y yang, una fuerza alegre que equilibre la oscuridad de Batman. lo cierto es que Robin tiene una función narrativa muy clara: como el Watson de Holmes, permite al lector escuchar las deducciones del detective sin tener que recurrir a voces en off y se transforma en la voz que plantea las preguntas adecuadas. En otras palabras: la constante presencia de la batfamilia es lo que separa al Batman del Joker, es su punto de contacto con la humanidad, con la esperanza de que los que vienen siguiendo su legado no necesitarán caer en la excesiva gravedad con la que se toma su misión para ser responsables.

Con la salida del nuevo videojuego Batman: Arkham City, ha habido muchas voces críticas con el rumor de la aparición de Robin. Se ha destilado odio ante el hecho mismo de que el personaje (sin identificar cual de los ¡cinco! personajes que han tenido esa identidad sería) formase parte del juego, incluso del Universo del propio juego. Como si los villanos de inspiración carrolliana tuviesen más permiso para pertenecer al canon que la mitad del Dúo superhéroico. ¿De dónde nace ese desprecio? Evidentemente, de las adaptaciones cinematográficas antes mentadas, en los que directores como Tim Burton o Christopher Nolan no tuvieron el valor suficiente para encarar a Robin: el primero por huir del recuerdo del tono amable del Batman de Adam West y la influencia del infame libro de Fredic Wertham, La seducción del inocente que apuntaba a Batman como pedófilo; el segundo por mantenerse alejado en todo lo que trajese a la memoria del espectador el díptico de Joel Schumacher, Batman forever y Batman y Robin, de terrible fama.

Pero lo cierto es que Batman no tiene sentido sin su batfamilia, no solo por como le complementa. Frank Miller “defendía” a Robin como “la idea de un dibujante” por su poco peso literario y su capacidad icónica, haciendo más grande al héroe al situarse a un niño a su lado. Yo sí considero que Robin tiene, como el resto de personajes de la Batfamilia, un peso importante en la manera en la que Batman funciona, series como la reciente (y brillante) Batman: the brave and the bold demuestran como Batman brilla de otra forma en compañía. Y por supuesto, Robin en solitario ha protagonizado buenos tebeos, aunque el odio haga creer a los falsos fans que no es así. Cada vez que oímos que Batman es responsable de cada chiflado del crimen con un disfraz de Halloween parece olvidársenos que también inspira a su alrrededor a gente incluso más eficiente que él. La batfamilia es ahora el centro del excelente trabajo que mi adorado Grant Morrison está realizando en DC Comics y no puede excluírse tan fácilmente. Son, como el nombre indica, una familia, porque la mayoría de los murciélagos terminan formando, a su alrededor colonias de millones de individuos, y como tales, están ahí los unos para los otros.

Los mundos de Coraline y Carroll

Coraline

Lewis Carroll construyó muchas cosas significativas en su popular Las Aventuras de Alícia en el País de las Maravillas. Bajo la corteza de un relato infantil se escondían malamente otros objetivos, tales como un nuevo acercamiento por su parte de los juegos lógicos a las mentes jóvenes, asi como una forma de trazar relatos sin límite de edad que dejaban ver, mediante una realidad distinta a la nuestra, toda la serie de sinsentidos y absurdos (y sin embargo, enunciados lógicos) del complicado mundo adulto. No es de extrañar que la forma de entrar a este sea seguir a un conejo blanco, tan esclavo del tiempo, que llega tarde sin tener claro a donde, sólo porque así lo indica su reloj.

La pasión que comparto por la citada obra la tengo también en cuanto a sus adaptaciones fílmicas, aunque hayan dado piezas tan interesantes como la pre-lisérgica Alicia en el País de las Maravillas (Clyde Geronimi, Wilfred Jackson y Hamilton Luske; 1951), la paradoja visual Malice in Wonderland (Vince Collins, 1982) o la perturbadora Alice (Jan Svankmajer, 1988), mi interés se ha centrado más en las adaptaciones no oficiales, las hijas bastardas que, sin ningún rubor, ponen de manifiesto la presencia de esos universos alternativos tan lógicos como disparatados. Son buena muestra de estas Dentro del laberinto (Jim Henson, 1986) o las recientes y hermanas mellizas  Tideland (Terry Gilliam, 2005) y El laberinto del fauno (Guillermo del Toro, 2006), pero también lo es Los mundos de Coraline (Henry Selick, 2009). Esta última mantiene intacta esa capacidad para asombrar a pequeños y adultos sin dejar de establecer paralelismos entre la vida de la niña protagonista y su mundo mágico, en una difícil barrera entre realidad y ficción. Selick, libre de las ataduras de Tim Burton y sin la dependencia de Roald Dahl o el Dr. Seuss, ha vuelto de una manera muy poderosa al vaginal mundo interior de Carroll de la mano de un Neil Gaiman que actúa de gran costurero, hilvanando aciertos mitológicos. Es conveniente destacar que esta maravillosa película tenga un referente muy directo en la genial El viaje de Chihiro (Hayao Miyazaki, 2001), otra versión obvia de Carroll; la relación Gaiman-Miyazaki viene de lejos, cuando el primero fué contratado por Harvey Weinstein para ‘adaptar’ (sic) los diálogos de La princesa Mononoke (Hayao Miyazaki, 1997) al inglés, pero no acaba ahí, ya que la siguiente película del genio japonés tras su libre adaptación de Alicia fue El castillo ambulante (2004), basada en la obra de Diana Wynne Jones, amiga y compañera de comunes inquietudes del escritor inglés.

Es emocionante ver como Selick lleva incluso el juego de espejos mucho más lejos, cuando arranca la historia con la construcción de una muñeca que pronto se nos revela, es la propia Coraline. Una muñeca dentro de un simulado mundo de muñecas y que, en ausencia de sus padres, termina reconstruyendo a estos con almohadones y cojines. La capacidad de fascinación e interés que mantiene en todo momento la película la hace especialmente valiosa y, como ya he puntualizado antes, una digna heredera del mito Carrolliano pasado por el tamiz de Miyazaki, algo que se pone especialmente de relieve cuando Selick detiene el relato para mostrar pequeños e insignificantes gestos de su protagonista que la definen y le dotan de ese carisma, esa empatía, que la muestra como una niña normal, traviesa e imaginativa, remitiendo poderosamente a un momento similar en Ponyo en el acantilado (2009). Sin duda, una película de animación infantil que se preocupa de lo más importante, a través de esa niña en busca de sus padres: que los niños se sientan protagonistas, y los adultos sepan, por un momento, ser niños.