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Breves desde Sitges 2014

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Nueva edición del festival supone, una vez más, un repaso breve a las películas que he podido ver. Este año he tenido la sensación de que la incompatibilidad de horarios y la dificultad para conseguir entradas me ha hecho perder no sólo algunas de las películas de las que hablaremos en el futuro, sino también muchas otras de mi interés que no tendrán la suerte de ser recuperadas con tanta facilidad. Por lo tanto, se cumple el tópico de que no están todas las que fueron, pero son todas las que están. Que no son pocas.

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Adieu au langage 3D (Jean-Luc Godard)

El nuevo ensayo de Godard recupera muchos de sus tics característicos, pero los complementa con ciertas posibilidades del formato 3D: sus intertítulos saltan la pantalla, y la mayoría de los planos dan dolor de cabeza por una estereoscopía deficiente. Esto último es parte de la broma de una película donde el sonido colapsa con frecuencia, la música se detiene y vuelve con efectos cómicos, donde la imagen se distorsiona y se plantea en términos de mayor agresividad de los que acostumbra y donde el suizo se divierte haciendo mucho con muy poco esfuerzo.

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Burying the Ex (Joe Dante)

No sé si por cierta admiración hacia el director de Gremlins, podía esperar de Burying the Ex algo más de lo aquí otorga. La historia presenta a un prototipo clásico de espectador de Sitges – un coleccionista y amante del terror clásico – atrapado en una relación con su (glups) ¡ecologista! y muy bella novia. Cuando la susodicha fallece, ahí está otra chica, tan guapa y encantadora como la anterior pero menos preocupada por el medio ambiente y más por oscuras marcas de cereales basadas en monstruos clásicos, Joey Ramone y Val Lewton. ¿Para qué asumir que una relación es encontrar espacios de convivencia cuando una chica con tus mismos gustos no te exigirá lo más mínimo? Más pendiente de generar complicidad a lo Kevin Smith que de trazar alternativas como Edgar Wright (y en ese sentido, el personaje del hermanastro es definitorio), al menos tiene algunos momentos inspirados en la dirección pese a su escasísimo presupuesto.

Dinosaurios

Dinosaurios (Joaquim Baceló, Amanda Gómez)

Ingenioso cortometraje con introducción a cargo de J.G. Ballard, lo que planta la semilla para mostrar la belleza de un mundo abandonado, en el que los humanos han dejado de existir. El retrato de esos espacios es acompañado de una profusa voz en off, de inspiración poética, al modo de la introducción de El año pasado en Marienbad (Alain Resnais, 1961). Lo cierto es que consigue presentar su atmósfera y utilizar bien sus cartas al ceñirse a mostrarnos ruinas de nuestro mundo desde una perspectiva ajena, con la fascinación por como esos lugares son devorados por el tiempo y la naturaleza, pero permanecen en espíritu.

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Dios local (Gustavo Hernández)

Nueva incursión del director de La casa muda, esta vez partiendo de un trío musical de viaje al interior de una cueva con motivo del rodaje de un videoclip. Tres historias que cruzan entre ellas para ser contadas tanto de forma independiente como para crear una simultaneidad de los acontecimientos. La propuesta busca generar misterio en aquellos elementos que solo son comprensibles una vez conocidas las tres historias al completo, pero también hace un más confuso uso del flashback que, como en la película que le antecedía, pretende sorprender a base de ocultar una información que el espectador siempre desconoce y no puede intuir porque le ha sido escatimada. Pese a ello, algunos elementos atmosféricos funcionan bastante bien y no pretende ser más de lo que uno espera.

Faults

Faults (Riley Stearns)

Partiendo de una gran premisa – el proceso de desprogramación de un miembro de una secta por parte de un experto en horas bajas – Stearns realiza una pequeña pieza en torno a una habitación de motel donde los espacios (baño, puerta contigua, etc) determinan las distintas jerarquías entre personajes. Apoyado principalmente en el diálogo y las interpretaciones, no escatima en recursos visuales para apoyar su texto y trazar un juego de dominación, deseo y esperanzas a través de las triquiñuelas que desprogramador y sectaria ejecutan el uno sobre el otro. Pese a que a es fácil intuir, como aficionado al género, el rumbo que va a llevar, este se precipita en su tercer acto rompiendo la forma orgánica en la que los personajes se relacionan y apresurándose en llegar a su inevitable conclusión con menos convencimiento del esperado, pero también mostrando a un autor prometedor.

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Filth (Jon S. Baird)

Partiendo de la novela de Irvine Welsh, este retrato de una Escocia corrupta y que esconde sus vergüenzas es representado por un carismático James McAvoy divirtiéndose como nunca. Todo el abanico de excesos desplegados recuerda inevitablemente a Trainspotting (Danny Boyle, 1996), así como en su discurso sobre la (imposibilidad de) redención. La película navega por distintas subtramas para ofrecernos una muestra del desenfreno de su protagonista, pero a veces parece caer presa del mismo y, en su lisergia y humor negro, acaba por no encontrar el camino de vuelta a la narración, con lo que apresura giros y pretensiones para justificar su moraleja. Orgullosa de su propia liviandad y su halo de caricatura, se mantiene como una película entretenida pero con menos que decir de lo que el tono le permite.

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Fish & Cat (Shahram Mokri)

Esta película iraní presentada en Venecia busca una excusa de género para hablar de un caso real de un restaurante que supuestamente servía carne humana. Anunciando este caso en su introducción – en cierta tradición al estilo La Matanza de Texas (Tobe Hooper, 1974) – todo el suspense nace de esa anticipación y la promesa de verlo cumplido cuando un grupo de universitarios de Teherán acampan cerca del restaurante. A través de un extensísimo plano secuencia vamos intercambiando personajes en una coreografía que, como cinta de Möebius, es continua pero intersecciona entre sí, partiendo de déjà vus, fantasmas y presuntos psíquicos. Este juego con el tiempo retrasa constantemente el tan anunciado clímax, navegando entre las conversaciones triviales o las nada veladas relaciones entre la juventud iraní y la “libertad” de las redes sociales. Es, por supuesto, una película sobre el edaísmo que nos escatima la sangre para enunciar la violencia de viva voz, como el trámite necesario para mostrar la trascendencia de cierta atmósfera.

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Hard to be a God (Aleksei German)

Una película con más de una década en producción debería reflejar parte de ese enloquecido proceso y este caso no defrauda. Basándose en el relato de los hermanos Strugatski – autores también de Picnic junto al camino, que inspiraría Stalker (Andrei Tarkovski, 1979) – que ya había contado con otra versión más convencional a cargo de Peter Fleischmann y con Werner Herzog o Jean-Claude Carrière en sus créditos. Toda ella es un auténtico viaje por texturas y olores cinematográficos, un repertorio de sensaciones y un desfile de imágenes brillantes a cargo de un excelente trabajo de steadycam y puesta en escena que va desvelando cada nuevo encuadre con el impacto de quien descubre una ilusión óptica. Para mayor profundidad y fisicidad de las imágenes, recurre con poca mesura a personajes mirando directamente a cámara u objetos y animales cruzando el cuadro en primer término, en ocasiones más de una docena de veces por escena. Este recurso me recuerda poderosamente a Marketa Lazarová (Frantisek Vlácil, 1967) u On the Silver Globe (Andrzej Zulawski, 1987) con las que la película guarda una atmósfera común. Todo ello se hace imprescindible de ver aún cuando resulta fatigoso seguir el embrollado hilo narrativo para quien no conozca la (por otra parte, muy recomendable) novela original.

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Honeymoon (Leigh Janiak)

Obra debut que se enclava en una tradición de películas en las que los conflictos de pareja adquieren una dimensión de fantasía. Parte del atractivo de la cinta está en las pesquisas de su protagonista por desentrañar el extraño comportamiento de su mujer e integrarse en su casa del lago. Algunos de los pulsos presentes – miedo al embarazo, sospechas de infidelidad, etc – trazan la difícil conversión de roles, pero las diversas variaciones de tono y la sospecha de que su trama fantástica solo funciona como espoleta de los conflictos maritales, no me termina de convencer. Su mejor faceta es el aprovechamiento de los recursos en favor de Rose Leslie, que afronta su evolución como personaje de un modo más paulatino y llega a crear un personaje más complejo de lo que, en realidad, la historia busca mostrar.

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How I live now (Kevin MacDonald)

Historia de adolescente norteamericana que, en el despertar de una Tercera Guerra Mundial, marcha a vivir con sus primos a la campiña inglesa. Aunque presentada como la clásica adaptación young adult de telón distópico, se aleja de este tipo de sagas al centrar la atención en la visión parcial del conflicto: una guerra lejana que solo se atisba y se acompaña con el brío de un buen diseño de sonido. La película funciona mejor en cuanto esa amenaza se mantiene como espada de Damocles y no como herramienta para hacer mover la acción con cierta brusquedad. Aún con lo fallida que pueda resultar, mantiene una cierta sensibilidad presentando a sus personajes.

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Is the man who is tall happy? (Michel Gondry)

Parte de lo que hace tan atractivo este documental, más allá de mi interés por el método creativo en un director tan mudable como Gondry, está en el proceso en sí: no se trata tan solo de hablar con Noam Chomsky sobre el lenguaje, sino explorar la capacidad del propio documental para transmitir ese mensaje del modo más correcto posible. Gondry admite su derrota desde el mismo prólogo y acepta que la única forma de ser justo con el espectador es borrar cualquier atisbo de falsa objetividad. Para ello utiliza bucles de animación sobre las entrevistas para ilustrarlas, hace acotaciones de su estado emocional y su día a día mientras termina de montarlo y reconoce muchos de sus propios problemas para completar la película, como su dificultad para hacerse entender en inglés o el miedo a que Chomsky, ay, fallezca antes de ver la película terminada. Toda la inseguridad que rodea el proyecto, paradójicamente, genera mayor confianza en la honestidad casi infantil de Gondry al abordarlo.

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It Follows (David Robert Mitchell)

Partiendo de la imagen de la figura al fondo para crear tensión, en un método que recuerda a Halloween (John Carpenter, 1978) y que ha sido adoptado, por ejemplo, por Rob Zombie en su reciente The Lords of Salem (2012), es, sin duda, mi película favorita de cuantas he podido ver en esta edición. Primero, por presentar con inteligencia el tema del sexo en la adolescencia y de adaptarlo a las leyendas urbanas en una tradición que puede recordar a los fantasmas del cine de Kiyoshi Kurasawa o a los relatos de Junji Ito, pero prescindiendo de las partes más escabrosas. La indefensión de este mundo donde apenas intuimos adultos se refuerza en la necesidad de crear un círculo de confianza ante la amenaza, algo que me llevó a preguntarme cuanto de coacción hay en las decisiones de su protagonista y si en el fondo no está, en su sencillez como relato, abriendo espacio para abordar temas más complejos. Quizás no estoy aún preparado para juzgarla con rigor y necesitaría volver a verla.

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The Last Days on Mars (Ruairi Robinson)

Película de bajo presupuesto con un reparto bastante sólido y bastante interés en su desarrollo dramático, que, sin embargo, cae presa de los convencionalismos del género zombie, aquí combinado con las dificultades de la vida en el espacio. La estructura previsible y la falta de originalidad en su premisa y desarrollo dan al traste algunos de los logros atmosféricos pretendidos. Cabe preguntarse si una película con un presupuesto humilde no debería aprovechar para poner toda la carne en el asador en lugar de asirse a fórmulas que cualquier aficionado al género prevee sin dificultad.

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Lawless (John Hillcoat)

No conseguí entrar en la propuesta de Hillcoat, la historia real de tres hermanos que venden licor ilegal en su gasolinera, durante la Ley Seca. Si bien el reparto y la premisa son motivo de sobra para crear buenas esperanzas, la película parece tener ciertos problemas de ritmo o algunas dificultades para hacer fluir su relato de un modo más natural. Se suceden entradas y salidas de personajes y breves lapsos de impacto y violencia, pero me resulta complicado no verlo más como una puesta en escena de los hechos – con sus inevitables concesiones dramáticas – que como una historia con su propia fuerza. Me he sentido algo desconectado, pensando a menudo (e injustamente) en Boardwalk Empire y como hubiesen solucionado un escenario similar.

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Non Fiction Diary (Jung Yoon-suk)

Un documental muy oportuno para ver en estos momentos y donde es inevitable sacar paralelismos con nuestro propio país. La historia del clan Jijon y de sus atentados en nombre de “matar a los ricos” no se queda solo en el retrato oficial, sino que se muestra en paralelo con la actitud de la justicia buscando responsables al derrumbamiento de un centro comercial y el juicio por dos intentos de golpe de estado. Aunque de factura muy convencional – entrevistas acompañando al material de archivo – el contenido estremece tanto por lo escabroso del asunto como la impunidad y la falta de sensación de justicia que muestra, a su vez, ser una parábola de la transformación de Corea del Sur desde la dictadura militar hasta potencia del capitalismo. En sus últimos momentos, la mirada se torna hacia la pena de muerte y la necesidad de encontrar otras formas de hacer justicia.

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Over your dead body (Takashi Miike)

A estas alturas es complicado que Miike nos pille con la guardia baja: es lógico que su cine es juguetón y desprejuiciado, pero también cargado de tabúes y tensiones que no lo hacen accesible para todo el mundo. En su prolija filmografía nos hemos enfrentado a casi todo, y ahora, haciendo su propia versión del cuento tradicional Yotsuya Kaidan, resulta más sencillo aprehender sus intenciones: por un lado, los imposibles ensayos de una obra de teatro basada en el cuento, donde el decorado, los escenarios, los efectos especiales y la puesta en escena desafían los medios físicos de una representación convencional. Por otra parte, la vida privada de los amantes protagonistas, también amantes en la intimidad, y la necesidad de un compromiso y una fidelidad representada en el fantasma de un hijo no-nato que lleva al límite a la mujer. Ese doble juego aboga por una representación tradicional del relato y otra reinterpretación que marca las tintas en ese papel femenino y los motivos de su venganza.

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R100 (Hitoshi Matsumoto)

Las películas de Matsumoto juegan, con frecuencia, entre varias realidades: una que recrea un dolor por sus personajes, condenados a vidas grises y mediocres, y otra de auténtico surrealismo. Cuando esos mundos interactúan – de un modo explícito en Symbol (2009) – se va desentrañando el verdadero discurso presente en su obra. Hay, sobre todo, esa necesidad de escapar de la rutina y de aventurarse a los márgenes de la sociedad, pero también una trama metalingüistica que habla sobre el placer: tanto el protagonista que se involucra en un club sadomasoquista como el director centenario que ha armado esta historia, encuentran placer en aquello que se sale de lo convencional y parecen estar pidiendo, en ambos casos, comprensión. Una aceptación de unos gustos alejados de lo que se considera correcto pero que son parte atávica de ellos y a la que no están dispuestos a renunciar. Matsumoto narra la transición de víctima a sádico, una “oda a la alegría” que parece admitir lo mucho que disfruta siendo la figura dominante que maneja y “tortura” al espectador a su antojo, en busca de una catarsis. Un discurso con el que creo que Luis Buñuel habría estado de acuerdo.

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Relatos salvajes (Damián Szifron)

Con bastante expectación, Relatos salvajes se ha ido convirtiendo en una de las películas argentinas del año. Lo cierto es que estas cinco historias, cargadas de frustración y con ninguna necesidad de ser sutiles, son de lo más interesantes. Capaces de combinar momentos graciosos con arrebatos (moderados, eso sí) de violencia y angustia, es fácil proyectarse en esos personajes hartos de un sistema que les traiciona y que deciden tomar sus propias riendas. No es, realmente, tan “salvaje” como su título apunta, pero se lleva con buen (y macabro) humor y, al no pretender ser en nada realista, se convierten en breves historias de tebeo cumpliendo su función social, al estilo EC Cómics. Cabe destacar la banda sonora a cargo de Gustavo Santaolalla que es uno de los grandes aciertos que hacen a esta película más memorable.

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The Rover (David Michôd)

Aunque me temo que se recibió con bastante frialdad, esta historia post-debacle económica que podría perfectamente no serlo, tiene muchas cosas que me llaman poderosamente la atención. En primer lugar, un Guy Pearce al que solo he podido definir como “Mad Max en pantalón corto” y una de esas historias susurrada y dura que crece gracias a la dirección y el tono que se genera a su alrededor más que al contenido de la misma, apenas una anécdota. Con menos sorpresas de lo que cabría suponer, la película está más preocupada de ser una experiencia que de ser original o profundizar en este relato de hermandades y fidelidades. Recorre la película una falta de esperanza, un limbo donde los condenados esperan su castigo y carecen de rumbo o metas y donde, precisamente, esa nimia historia se torna épica porque es lo único a lo que los propios personajes pueden agarrarse en tiempos desesperados, donde cada uno vaga solo y cava las tumbas de otros.

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The Signal (William Eubank)

Este uno de esos casos donde en una película parecen convivir varias: por un lado, una historia sobre una pareja a punto de separarse cuando ella cambia de universidad. Por otro, un relato de abducciones que aquellos que conozcan bien La Dimensión Desconocida reconocerán con anticipación. Y antes de su conclusión, un clímax heredero de Chronicle (Josh Trank, 2012) que parece navegar sin rumbo hasta que su desenlace vuelve a colocar las piezas en su sitio. No es que la película no funcione en sus primeros dos tercios, pero todos los logros allí formulados están únicamente sujetos a ese colofón que funciona de manera independiente, dejando en el aire todo lo construido sobre las relaciones de los personajes, ciñéndose a las metas personales de su protagonista y obviando su entorno. Hay ganas y garra, pero también un devenir errático que no hace de la película un producto tan coherente como en un principio indica.

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Sorcerer (William Friedkin)

El festival de Sitges, en colaboración con Phenomena, recuperó este clásico de los setenta, una de las tantas películas desquiciadas que el ego de sus autores nos regaló por aquel entonces. Tomando el modelo de la magistral El salario del miedo (Henri Georges Clouzot, 1953), Friedkin expande las denuncias colonialistas y del trabajo pesado al hálito místico de la selva, donde traza destinos y maldiciones nunca enunciados. Poco a poco el viaje se va transformando en una penitencia a la espera de redención, no tanto de una lucha del hombre contra la naturaleza como una visión de la ayahuasca (en quechua: “soga del muerto”) que hace que su “carga maldita” no sea refiera tanto a la nitroglicerina en los camiones como a la que los personajes, en sus extensos recorridos antes de encontrarse en la selva, han traído consigo desde distintas partes del globo.

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That Demon Within (Dante Lam)

El hongkonés Dante Lam vuelve sobre sus pasos en otra historia policíaca en torno a la conciencia y a la capacidad de redención. En este caso, un policía que salva, sin saberlo, a un peligroso jefe de bandas se ve atormentado por el fantasma de este. La película mantiene la tensión y energía que son marca de la casa en su director, pero apuesta por una desestructuración del relato que omite información al espectador buscando el mayor impacto posible, algo que no beneficia a un relato que, en mi opinión, hubiese funcionado de igual modo con todas las cartas sobre la mesa y el insondable pesar de su protagonista.

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Under the skin (Jonathan Glazer)

Tan hipnótica en su planteamiento formal como derivativa, la última película de Glazer examina la definición social de lo femenino desde la perspectiva alienigena de su protagonista, tratando de cumplir su misterioso cometido mientras anhela en secreto integrarse en su género. Cargada de momentos inquietantes pero con algunas secuencias un tanto fallidas que hacen anhelar un montaje alternativo, uno que contemple todo lo que se nos escamotea en cámara oculta. Trazada como una historia de depredación y seducción, pronto la incomodidad y el aislamiento se apoderan de la historia para, precisamente, perder esa distancia con su protagonista en su periplo por encontrar algo de humanidad.

Wetlands

Wetlands (David F. Wnendt)

Escatológica obra que hace de la higiene femenina – algo que por algún motivo sigue siendo un tabú – la excusa para trazar un personaje orgulloso de explorar su cuerpo y sus deseos aún a costa de su salud. Todo ello no deja de tener su envoltorio edulcorado y la premisa de la búsqueda de un amor en forma del enfermero que cuida de la chica tras una fisura anal. En cualquier caso, un desafío a unas figuras paternas que conforman la mediocridad de una clase media que tapa sus vergüenzas bajo la alfombra. Un reto hacia esa resignación y las innumerables decepciones que conlleva: el deseo de no estar sola, la presión para formar una familia, la intromisión de la religión o las ideas preconcevidas respecto al sexo. La película acaba trazando una idea de la intimidad en torno a la falta de prejuicios con la higiene que resulta una idea muy divertida y, si bien es menos provocadora de lo que aparenta, consigue crear esporádicas sensaciones de náusea que imagino serían del gusto de Cronenberg moderno.

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When animals dream (Jonas Alexander Arby)

 Cinta danesa que mantiene su mayor fuerza y personalidad mientras acepta ser un retrato social y con los pies en la tierra. La joven protagonista que debe asumir un empleo limpiando pescado para poder sostener a su padre y su madre enferma, se ve acosada y vejada por sus compañeros de trabajo. Pronto empieza a desarrollar síntomas de la misma enfermedad que su madre y se hace patente que el pueblo ha llegado a un pacto con su padre por mantener bajo control a madre e hija. Es a partir de entonces cuando la película decide abandonar esas sutilezas y tomar un camino más ordinario, con una posterior matanza que no llega a ser todo lo perturbadora que se propone.

Super 8

Super8

¿Qué es una película clásica? No me refiero a esa época de los estudios que se usa para definir el término, sino a lo que hace que una estructura sea funcional y atemporal. Pienso en como se habla de los años cincuenta a los que mucha parte del cine de los ochenta miraba sin ningún pudor, y como ahora Super 8 es una película que mira a los ochenta del mismo modo que las de aquel entonces miraban a los años cincuenta. Es fácil tomar el dato numérico e interpretarlo: hay una distancia de treinta años en cada una de esas “etapas”, marcan los momentos en que los niños que entonces vieron aquellas películas pasan a ser ellos mismos directores y guionistas. Son ciclos, que pretenden volver a esa única patria del hombre. Dios me libre de justificar la nostalgia: más que recuperar ese tiempo que nunca fue, Super 8 trata de encontrar esas esencias que han perdurado y que mantienen su vigencia. Esto es, lo “clásico”. El mecanismo que lo hace funcionar. Y lo pone patas arriba.

“Mistery Box”, la famosa charla del TED de J.J. Abrams se ha ido revelando poco a poco no solo como una declaración de intenciones, sino el manual perfecto para interpretar su visión artística. Si la mayoría del peso de sus anteriores productos provenía del objeto que daba título a la charla, esto es, del mecanismo que produce el interés por encima de todo, ahora hace hincapié en ese “valor añadido” que ejemplificaba a través de una de las secuencias menos comentadas de Tiburón (Steven Spielberg, 1975): aquella en la que se remarcaba brevemente y con maestría la complicidad entre el padre y el hijo. Los asuntos paterno-filiales son ya un tópico dentro de la marca Abrams como también lo son los misterios y los callejones sin salida, de este modo, Super 8 cumple todas las expectivas incluso cuando abusa demasiado de conflictos sentimentales que quedan sin desarrollar hasta el final.

Porque aquí tenemos ese relato coral, abierto, y cargado de información (hay más de La Cosa de Carpenter de lo que a primera vista parece) pero también ese espacio emocional y personal que habla de como canalizar a través del cine el recuerdo de infancias saturadas por el escapismo, y donde el conflicto principal, una amenaza tan atroz que resulta imposible imaginar en el contexto de esas pequeñas ciudades norteamericanas, asoma en un segundo y terrorífico plano, sin servir más que de catalizador, como lo hacía la amenaza de los misiles rusos en ese cuento de amor (juvenil, pero también al cine) que era la tardo-ochentera Matinée (Joe Dante, 1993). El sentido de comunidad no solo como el pueblo pequeño o el núcleo familiar sino como los propios espectadores de la sala (esa especie en vías de extinción) era parte esencial de El terror no tiene forma (Chuck Russell, 1988) con guión del spielbergiano Frank Darabont, remake del icónico clásico de 1958 que en su sentido de la comunidad norteamericana ha propiciado incluso un festival en su honor, el Blobfest. Esos elementos están más ligados a “Super 8″ que otras películas más abanderadas por fans de Amblin, como Los Goonies (Richard Donner, 1985) y más  próxima a ese tono agrio, secreto y conflictivo de la más olvidada Exploradores (Joe Dante, 1985), de un clímax no muy diferente en su comprensión interestelar.

Ese elemento de base en la construcción de Spielberg, el working class hero en una situación que lo supera, es sustituído aquí por otro working class hero donde la situación pasa a un segundo plano y es parte ajena de su conflicto principal pero catalizador del mismo. Es algo que ya hemos visto con anterioridad en Abrams, sea Lost (2004 – 2010) y la certeza de que el paso de los personajes por aquella misteriosa isla era solo un fragmento de una mitología infinitamente más compleja, sea Monstruoso (Matt Reeves, 2008) como kaiju eiga percibido desde la confusión, donde el monstruo es menos importante que las consecuencias de su presencia. El extraterrestre no viene ahora como la criatura de Carlo Rambaldi a traer el consuelo de un padre ausente sino a convertirse en el doloroso recuerdo de una madre, un recuerdo al que hay que dejar volar, que desaparezca para que, igual que se anunciaba en la conclusión de la serie de Lindelof Cuse, hay que dejarlo ir. Abandonar la figura paterna partiendo del recuerdo de la misma es lo que Abrams hace con Spielberg en esta película.

Así, el objetivo de Abrams no es tanto rendir ese homenaje a los tics más reconocibles de Spielberg – que igualmente, ahí están – si no utilizar sus mismas herramientas para llegar el corazón de las mismas: secuencias como la ya mentada complicidad padre-hijo en Tiburón o la ausencia paterna en E.T. (1982). Depurando así la esencia perdurable del maestro judío que tantos alumnos ha dado si bien raro es el que ha sido tan certero. Esta escuela Abramsiana, tiene en Reeves otro gran aprendiz mientras que su contemporáneo Shyamalan ha perdido el favor de muchos. Es bueno soñar con una idea continuista de lo mejor que ha legado Spielberg aplicado a un mundo mucho más descreído, saturado y cínico que hace treinta años, aún cuando Abrams no parece cumplir del todo con personajes como el de Elle Fanning, una herramienta fenomenalmente introducida en su primera secuencia pero gravemente desaprovechada como apunta este (quizás un tanto injusto) artículo de Indiewire sobre las mujeres abramsianas; su personaje enamora a la cámara, en ese gesto tan puro, tan ajeno al deseo, que es la búsqueda de una inocencia, una mezcla de curiosidad y miedo ante el objeto de atracción siendo parte del discurso que el director introduce en Super 8.  Abrams sabe que lo que perdura, más allá de iconicidades y nostalgias es ese “valor añadido”. Aquí tenemos a un formalista tratando de buscar una especie de fórmula matemática para encontrar su contenido emocional, con todos los defectos que acarrea, sí, pero sin despreciar ninguna de sus virtudes.

Breves desde Sitges 2010

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He aquí unos breves comentarios sobre las películas del festival de Sitges que he podido ver este año. Muchas sorpresas, muchos nombres a tener en cuenta y sobre todo, lo mejor del género se han vuelto a dar cita en las salas de cine del festival catalán. No descarto ampliar muchas de estas opiniones en cuanto sus estrenos sean mayoritarios, pero este aperitivo pretende servir de pequeño adelanto y guía de referencia personal, apuntando también algunos de los cortometrajes más sorprendentes del festival.

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Agnosia (Eugenio Mira)

Eugenio Mira vuelve tras la incomprendida The Birthday para romper de nuevo las expectativas. Agnosia podría ser el terreno ideal para las conspiraciones de folletín pero en su lugar tenemos un elegante mcguffin que deriva poco a poco en una set piece central hipnótica, en la que la lucha de dos hombres por el amor de una misma mujer va alcanzando trazos gestuales minúsculos como principal voz. Cerrada con un plano que demuestra la intención más poética que narrativa de la película, se le achaca ciertos quiebros en la estructura, dificil de diferenciar si son problemas de montaje o guión, que no terminan de dejar respirar la película lo suficiente como para resultar del todo orgánica.

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La casa muda (Gustavo Hernández)

Ante una película que presume primero de sus herramientas que de la función de las mismas, nos encontramos con lo que no deja de ser un escudo de titular periodístico ante cualquier envite sobre su contenido, tirando a nulo. Desde el “basado en una historia real” hasta el (falso) plano secuencia, la película contiene breves aciertos que mantienen el interés pero que cristalizan en un conjunto amateur y que pronto se revela como una lamentable excusa para crear un producto impostado.

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Colorful (Keichii Hara)

Vamos a echar mucho de menos a Satoshi Kon. Colorful demuestra como materiales sumamente delicados del anime pueden convertirse en desastre en las manos equivocadas. Sin explotar nunca su vertiente más visual, pese a que el origen fantástico de la trama como el título pueden llevar a engaño, tampoco consigue que su costumbrismo bienintencionado deje el poso necesario. De esto hay que culpar en gran medida a una historia que abre y descuelga subtramas sin motivo aparente, dedicándole excesivo tiempo a secuencias pretendidamente bellas pero fallidas, como la búsqueda de la ruta original de un tranvía, mientras desperdicia algunos de los mejores elementos emocionales, empezando por una relación madre e hijo que en buenas manos habría sido digna del maestro Ozu.

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Confessions (Tetsuya Nakashima)

Tengo una particular debilidad por las tramas de giros complejos y venganzas subterráneas, Confessions podría ser eso si su director dejase en algún momento de abusar de la slow motion y no se entregase a unos veinte minutos finales eternos, cargados de monólogos explicativos con los que busca atar y dejar claro todo lo ocurrido en la trama. El contenido más descaradamente pop y la indefinición de un protagonista no casan con el buscado dramatismo.

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L’Enfer d’Henri-Georges Clouzot (Serge Bromberg y Ruxandra Medrea)

Documental de visión obligatoria, no sólo por el rescate las imágenes que revela de la que pudo haber sido una de las películas más legendarias del pasado, una película que se soñaba como el paso adelante a Ocho y medio de Fellini; si no que además tenemos la oportunidad de ver la otra historia, aquella que el recientemente fallecido Chabrol no pudo recuperar, la historia que envuelve a esta película, en la que el prestigioso y minucioso Clouzot se da de bruces contra una nueva forma de entender el cine a la que no es capaz de adaptar su forma de trabajo, fracasando estrepitosamente. No es sólo la historia de un hombre que se vuelve loco de celos, si no la del hombre que quiere llevar esa historia a la pantalla y durante el proceso, se vuelve loco a sí mismo.

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Fire of Conscience (Dante Lam)

Casi una guía perfecta para entender el thriller hongkonés, Fire of Conscience consigue resultar el modelo idóneo con el que se mueven arquetipos perfectamente sincronizados. Aunque falto de la precisión y lirismo de un Johnnie To afortunado o del temple de Ringo Lam, la película contiene algunas secuencias de acción tan maravillosas y sorprendentemente físicas que uno se pregunta porqué seguimos dándole bola al cine norteamericano y sus cgis. Falto de pretensiones pero insuficiente en su carga dramática, Fire of conscience nunca termina de ser el gran film que podría haber sido, lo que no la hace menos entretenida.

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Insidious (James Wan)

Aunque es fácil quedarse con que se trata de una relectura nada vistosa de Poltersgeit hay que reconocerle a Wan una capacidad para aderezar sus películas con ciertos elementos barrocos que las diferencian de productos más acomodaticios. El espectador ya habituado se encuentra quizás con una película demasiado previsible y falta de garra, pero con un entretenimiento mayúsculo salpicado por alguna imagen poderosa.

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Jack (Kryshan Randel)

La vuelta de tuerca ha dejado de ser vuelta hace mucho: colocar a un elemento inusual como asesino vengador ya no basta. Jack sabe que le consume en el tiempo a cada plano que gasta en contar algo que conocemos, así que lo despacha con inmediatez y sentido del humor, como una pildorita que consigue que un chiste muy gastado se haga más gracioso contándolo a mayor velocidad. Realizado en 48 horas, el resultado puede no ser el más ingenioso pero es dificil imaginárselo mejor hecho en ese plazo.

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Je t’aime (Mamoru Oshii)

Mamoru Oshii se entrega a una base de videoclip para presentar una pieza corta donde se cruzan dos obsesiones: los perros de raza Basset Hound y la anormal belleza de seres artificiales femeninos. En una competición entre candidez y estallido de violencia, el supremo trabajo de animación no compensa la falta de enjundia de lo que no pasa de una demo técnica. Quizás un pequeño salto entre la lírica de la propuesta y cierta cursilería impostada, obligatoria cuando el nombre del director antecede cualquier proyecto.

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Juan con miedo (Daniel Romero)

La obra más redonda de Daniel Romero tiende un inusitado puente entre la estructura de relato corto americano (presente en el cómic al estilo Weird Science que porta el protagonista) y una tradición más castiza que bien podría remontarse hasta Goya. Conjuga una historia de inocencia, que podríamos relacionar con cierto despertar sexual y de anteposición a los miedos de la infancia (tanto los reales como los de la fantasía), todo ello en la marcada tradición española de los pueblos como lugar de eterno retorno, aunque sea estacional.

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L.A. Zombie (Bruce LaBruce)

Bruce LaBruce dispuesto a presentarnos un producto de porno gay entre mendigos zombies que pretende relaccionar tanto los vaciles de una identidad sexual como la invisibilidad de las minorías. Es una pena que el asunto no de para mucho y lo que podrían ser grandes ideas, como la relación entre el coito y la resurrección, termine quedándose en un running gag que pierde fuelle a cada secuencia.

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The last exorcism (Daniel Stamm)

Abandonando el camino trillado de sustos fáciles sin ningún interés al estilo “Paranormal Activity”, “The last exorcism” podría ser la película de terror pensada para Richard Dawkins oLouis Theroux. La película se encuentra siempre en la disyuntiva de hacer lo que más le conviene a la trama o al arco del personaje principal, optando por favorecer a lo segundo y entrando una línea más próxima a “Ordet” y a los primeros momentos de “El exorcista” original que a cierta gratuidad de los sustos. La elegancia con la maneja un tema tan delicado como la fe o el pánico que generan las supersticiones la colocan como una película que se aleja del gore y los sustos a base de subir el volumen para entrar el camino de la atmósfera y de un final donde una única silueta recortada se torna de una fuerza espiritual apabullante.

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Monsters (Gareth Edwards)

Me fascinan varias cosas de esta película: desde su acercamiento a la naturaleza hasta su separación, tanto en la manera de “ver América desde fuera” (con claro contenido político) como en la de entender el género como una frustración de las expectativas. Vendida como el nuevo District 9 pero más próxima a Vinyan (película más atmosférica pero peor realizada) o El año que vivimos peligrosamente, Monsters no puede satisfacer a ningún fan del género que no espere más que una intrahistoria enmarcada en parajes naturales. El fantástico no solo como la aproximación a unos códigos genéricos, de hipótesis y elementos imaginarios, si no como la fascinación que nos puede producir una selva o una muralla. Ni que decir tiene que me posiciono totalmente a favor de esta película.

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La otra hija (Luiso Berdejo)

Berdejo, un cortometrajista veterano que nunca ha abandonado su personalidad, demuestra que tampoco la ha dejado de lado en esta película. Sin embargo, aunque mantenga un buen ojo y un talento técnico envidiable para relatar los terrores infantiles, y pese a que la sombra de Shyamalan (y en especial de Señales) navega durante los momentos más críticos, el resultado final es tan arrítmico que su clímax solo puede entenderse como humor negro. La sutileza se convierte en una cuestión de ritmo cuando, una vez estirada la propuesta y girando siempre sobre sí misma, la descripción del personaje de Ivana Baquero empieza a ser excesivamente obvia.

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Outrage (Takeshi Kitano)

El cine de Takeshi Kitano ha funcionado siempre por contrastes, por un distanciamiento de lo que cuenta que ya fuese a través de la introspección como de la ironía, hacía del planteamiento clásico algo más llevadero y personal. Tras una etapa donde su propia figura ha estado muy presente, convendría esperar que Kitano volvería al género yakuza con otros planteamientos. Sin embargo, parece que Outrage es más bien una hoja en blanco, un nuevo punto de partida donde su habitual lírica y sus dispersiones se dejan en favor del humor negro y la contundencia visual. Los fans estarán encantados y los detractores no entenderán nada, así que se puede decir que Kitano ha hecho suyo aquello de que todo debe cambiar para que nada cambie.

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Rubber (Quentin Dupieux)

Lo que empieza como un inteligente discurso sobre la independencia y la libertad creativa en el cine actual y una manera particularmente divertida de darle la vuelta a los elementos más trillados del slasher se convierte en un bucle infinito que se autojustifica en demasía, llegando a un punto muerto que es adelantado por la propia película para evitar frustraciones. Desde luego, cuando parece que la película podría jugar muchas bazas, como la no existencia de la ficción cuando esta no es observada, se queda sin comodines, aunque aún respire algo de ingenio por debajo.

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Secuestrados (Miguel Ángel Vivas)

Con la pericia técnica de los planos secuencia, Miguel Ángel Vivas consigue implicarnos en una historia de asalto a chalets de lujo y crear tensión y arrebatos de violencia francamente perturbadores. No sólo el trabajo de dirección le imprime un ritmo a la historia que se puede considerar todo un hallazgo en la puesta en escena, si no que la interpretación de Manuela Vellés se sale de la escala para (re)crear toda una angustia en primer plano. Si hay que indicarle alguna pega es su final, excesivo hasta límites (intencionadamente) cómicos y con remate de créditos irónicos (algo que he visto recientemente repetido en Buried de Rodrigo Cortés) que le quita todo el enorme peso dramático que la película ha depositado en la hora y media anterior.

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A serbian film (Srdjan Spasojevic)

Construida como una gigantesca caja donde almacenar todo lo tabú y desagradable, A serbian film no es solo una jocosa manera de crear un producto autoconsciente a partir de la provocación, si no que consigue cumplir con su cometido al elevar lo límite de lo permitido para ver en una película más allá de lo que podríamos haber imaginado. Brutal desde la primera secuencia, y nunca tomándose demasiado en serio a sí misma, es un festín del mal gusto para el que los estómagos entrenados se encontrarán agradecidos de tener, una vez más, algo con lo que epatarse.

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The Shock Labyrinth 3D: Extreme (Takashi Shimizu)

¿Se ha convertido el subgénero de fantasmas orientales en un callejón sin salida? Porque este supuesto laberinto solo tiene una dirección a seguir y es la de repetición de clichés a base de las manías de los peores actores vistos. Hasta el ‘extreme’ del título suena ya a tomadura de pelo ante una película que se limita a navegar con increíble flaqueza por recursos pobres e inofensivos. Ni ese 3D usado sin criterio alguno (difuminados y encadenados impiden que la cosa funcione como corresponde) consigue ser aprovechado lo más mínimo, ni para un triste susto contra la platea. Poco a poco, la película revela su verdadera naturaleza como material promocional de una casa encantada en un parque de atracciones de Japón y no como un producto exportable y cinematográfico.

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Super (James Gunn)

Allí donde la blandengue adaptación de Matthew Vaughn del rompedor cómic de Mark Millar, Kick Ass, fracasaba, James Gunn demuestra que el underground es algo que se lleva en la sangre y no una tendencia sobre la que crea la impostura de turno. Super consigue combinar herejía, violencia gratuita y ambigüedad moral con un deje poético y lacónico sobre su protagonista, del que nunca llega a compadecerse ni a engrandecer si no al que comprende en todas sus patéticas dimensiones para extraer, de lo que en principio podría haber sido una simple parodia de superhéroes, toda una forma de entender los éxitos de la vida con un, digamos, optimismo de resignación. Porque una película donde Rob Zombie hace de Dios y Nathan Fillion de su profeta merece siempre un fervoso aplauso, aunque solo sea por descubrirnos la faceta menos conocida de Ellen Page: la de eufórica ninfómana.

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The United Monster Talent Agency (Greg Nicotero)

Vale, es cierto que es fácil ganarse el aprecio del público a base de codazos cómplices, como pueden ser el cine dentro del cine y los guiños a los iconos más reconocibles. Pero es indiscutible que el trabajo de Greg Nicotero en esta pieza corta es uno de los más divertidos y adecuados vistos en el festival, no ya porque maneje unos medios inusuales para un formato tan denostado como el cortometraje, si no porque revela un acto más apasionado que cerebral. Podríamos decir que aquí la búsqueda de cómplices no es sólo un método para ganarse la confianza del espectador, si no una forma de hacerlo partícipe de una mitología compartida y festiva.

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Vanishing on 7th street (Brad Anderson)

Brad Anderson se limita a presentar un producto aceptable que vuelve a ver del mismo esquema de grupo heterogéneo enfrentándose a amenaza exteriorque tanto relacionamos con Howard Hawks o John Carpenter. Quedándose ahí, en todos los tics y problemas de un subsubgénero, Anderson desaprovecha la parte más mística de la amenaza, la duda sobre el origen de esta y el destino que aguarda a los acechados, malgastando la oportunidad de acercarse a las enfermizas atmósferas de películas como Kairo.

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The ward (John Carpenter)

Vuelve Carpenter y uno se pregunta que le ha mantenido no sólo nueve años alejado de la gran pantalla, si no porqué decide volver con una película tan impropia de él. Cargada de algunos sustos francamente previsibles pero con un desarrollo y un giro final sumamente gastados, es dificil encontrar momentos aislados donde el maestro tras las cámaras brille a todo su potencial. Quizás una aislada secuencia de baile entre mujeres arquetipo propias de fantasías masculinas, donde Carpenter conecta su trabajo con aquel al que Tarantino homenajeaba en Death Proof, sea el momento más liberador de una película que en ocasiones parece hecha con plantilla.

Zebraman: Attack on Zebra City (Takashi Miike)

Hacer una segunda parte de una película tan forzosamente demencial como Zebraman no es un reto baladí. Pero si de algo sabe Miike es de sorprender constantemente incluso al mayor de sus adeptos: videoclips insertados entre chistes de humor negro, pedos gigantes que arrastran ciudades, metáforas sobre centrifugado que se vuelven literales, una repetición del clímax de la original con vuelta de tuerca… el bombardeo de ideas absurdas es tal que, como una ametralladora, mal será que alguna bala no dé en el blanco. Quizás irregular por momentos, sobre todo en aquellos donde la trama se desarrolla de un modo más convencional y en la obligatoriedad de lo pop al que el cine japonés más comercial está supeditado.