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Mis series de 2017

Empiezo este año mis listas con algunas series que he visto en 2017 y porqué las considero interesantes. Son recomendaciones sin orden ni concierto y, evidentemente, no he visto este año más que lo que me ha apetecido ver, por lo que es una lista muy focalizada en aquello que he podido (y me ha apetecido) ver durante los últimos doce meses.


Mistery Science Theatre 3000 (Temporada 11)

A mi, en particular, me falta la mística de un programa del que oí hablar mucho antes de tener la oportunidad de verlo pero, una vez que cayó en mis manos la primera oportunidad, ya no pude abandonar nunca, incluso con mi pésimo dominio del inglés. Ahora que ha vuelto de modo legítimo, es inevitable pensar que cuando MST3K da con la clave (una película particularmente extraña, una broma en el momento justo) te roba el corazón. Youtubers antes de youtubers, compartiendo sus mofas entre sano compadreo e incluso admiración por las películas de las que se ríen.

Adventure Time (Tenporadas 8 y 9)

En el penúltimo año de sus aventuras, Adventure Time ha decidido poner toda la carne en el asador, responder a algunos de los enigmas de la serie y dejar el escenario limpio para emprender su último viaje. A medida que la serie ha ido creciendo, se ha vuelto tan madura como más abstracta y las cicatrices de todos estos años empiezan a hacer mella en la personalidad del, en otro tiempo, eufórico Finn El Humano. Si es este es el nivel que nos espera en el año entrante y definitivo de la serie, no se puede marchar en un punto más alto.

Boku no hero academia (Temporada 2)

Ya en su comienzo My hero Academia prometía una mezcla curiosa entre los tropos del shonen y del cómic de superhéroes americano y es en esta segunda temporada donde ha demostrado todo lo valioso que esto aporta. Al margen de deconstrucciones como One Punch Man, la serie desarrolla su propio estilo para que todos estos viejos clichés tengan algo de frescura y, en especial, para abrir una brecha moral entre que significa ser “de los buenos” en un sistema económico donde tu valía personal está supeditada a tu esfuerzo y progreso, con todas las consecuencias psicológicas derivadas de ello.

Star Trek: Discovery

El primer defecto de esta serie es claro: aquí ha desaparecido, en definitiva, todo el optimismo de la saga. Los compañeros de tripulación ahora se miran entre ellos con desconfianza, hay una guerra con los Klingon (más “talibanes” que nunca) y la humanidad que destilaban otras series está perdida en personajes anti-heroicos ¿Para qué seguirla, entonces? Por la pequeña posibilidad que muestran algunos de sus mejores momentos (no es una serie especialmente bien escrita) de redención y estrechar lazos. Que tal vez tengamos primero que salir de un bache oscuro para que se abra ante nosotros todo un nuevo espacio de posibilidades, de gente que resuelve los problemas con más diplomacia y filosofía, que disparos y artes marciales.

Steven Universe (temporadas 4 y 5)

Por pura serendipia, las últimas ocurrencias en Steven Universe se han desvelado en paralelo con mi situación personal. Por eso este año me ha resultado más efectiva esta serie que solo puede describirse como la versión queer de Gohan entrenando con Piccolo en Dragon Ball. Ayuda mucho el formato, con historias semi-conclusivas pero arcos argumentales que se extienden por toda la serie y consecuencias inmediatas, y dificulta mucho el terrible calendario de estreno de episodios, lo que evita que se preste atención a su (muy interesante) mitología y desarrollos. Pero, vamos, que ojalá más figuras masculinas como Steven.

Little Witch Academia

Que las brujas de Trigger iban a ser una de las series del año era algo esperado. Aún cuando algunos capítulos parecen más distraídos en ofrecer un cambio de tono, también recupera el espíritu enérgico y sentimental que han caracterizado otras obras del estudio. Si bien parece tener más que decir de lo que en realidad dice (las subtrama política, apenas esbozada en el último tercio de la serie, no cumple ninguna función) nunca abandona un casting de personajes entrañable, sus sentidos homenajes (De Tove Jansson a… ¡Chumlee de “La casa de empeños”!) y su furor animado.

Channel Zero: No-End House

Al igual que su anterior entrega, Candle Cove, la serie diluye la muy interesante historia en la que se basa en su primer capítulo y trata de tener su propia identidad continuando a partir de ese momento, con mayor atención en definir a los personajes que en la variedad de sustos que la premisa podía dar. Con ello, la idea de una casa infinita que hurga en tus peores miedos da para cosas interesantes con la atmósfera, la disposición especial y el tono y una serie con un ritmo más relajado de lo que un producto así suele acostumbrarnos.

Fargo (Temporada 3)

Desde la propia película original de los Coen se daba por sentado que si uno convence al espectador de que un hecho es cierto, por muy inverosímil que sea, esto se asume como verdad. Por casualidades del destino, la última temporada de la serie lidia con injerencias extranjeras, conspiraciones de especulación internacional, el pánico de las clases altas ante una sociedad indignada por la desaparición del estado de bienestar, fake news e internet como fin de la privacidad. No importa que muchos de sus pasajes sean digresiones de estilo, apenas una sucesión de momentos caóticos sin un relato detrás: ese es el mundo de historias contradictorias en el que vivimos ahora.

Rick & Morty (Temporada 3)

La serie de Harmon y Roiland ha subido en lo más alto de popularidad, pero aún tiene que lidiar con uno de sus mayores problemas: la amoralidad de su protagonista, siendo su inteligencia utilizada como una excusa para el comportamiento más despreciable o, sic, “políticamente incorrecto” ¿Puede redimirse Rick? La manera en la que se contesta es con otra pregunta: ¿Es redención lo que queremos? ¿O estamos dispuestos a asumir que somos tan dañinos como el personaje, que nuestra admiración hacia él es la salida catártica de nuestra toxicidad? Que también nosotros somos nuestro lado más oscuro y, una vez aceptado, podemos emprender el camino para mantenerlo a raya por el bien de los demás.

Legion

La gran sorpresa del año, una serie de superhéroes que deja bastante en pañales la falta de inventiva de sus compañeras de género. Legión se despliega, al igual que la otra serie de Noah Hawley, Fargo, como la excusa para una serie de coloridas viñetas (nunca tan apropiado) y constantes cambios de estilo. Bajo el pretexto de la mente fragmentada de su protagonista, asistimos a algo más próximo a El Prisionero filtrado por Grant Morrison en una serie de Vértigo (Vamos, Seaguy, para entendernos) y una pasión por abrazar el lado más extravagante, confuso y festivo de los superhéroes.

The Young Pope

El punto de vista de Paolo Sorrentino y yo no hemos congeniado mucho, pero, tal vez por su formato serializado o por el prejuicio (todos culpables) de ver la televisión como un medio de menor peso frente al cine, The Young Pope es más accesible y permisiva con sus locuras. Aun cuando el argumento se disipa más pronto que tarde y, como retrato de personajes se queda a media asta, no se le puede negar que un buen reparto y situaciones interesantes le otorgan algunos de los momentos más memorables del año.

Mindhunter

La nueva serie bajo la protección de David Fincher no está exenta de clichés: desde la pareja de policías formada por un novato entusiasmado y un veterano de vuelta de todo al personaje femenino que está solo para comentar y reflejar el trabajo del protagonista y su progresivo aislamiento emocional. Pero nada de eso es tan relevante: es la puesta en cámara de las entrevistas a famosos asesinos en serie (cuando aún no se les conocía bajo ese epíteto) lo que alcanza un nivel hipnótico, detalles en los diálogos y las expresiones, donde la tensión se encuentra siempre en desconocer quien está manipulando a quien.

Better Call Saul (Temporada 3)

No sé para que querría yo ver un spin off del abogado / alivio cómico de Breaking Bad, una serie que, si bien disfruté, se mostraba demasiado cómoda en mostrar a un cretino como una figura más grande que la vida. Jimmy McGill es también un cretino, pero uno que aún no se ha desconectado de su entorno o que, mejor dicho, busca una aprobación en los demás aun cuando su talento reside en la estafa. Es diez veces más intrigante de lo que una precuela de estas características debería ser, un destino manifiesto y opresivo a medida que Jimmy va convirtiéndose en Saul: el abogado sin escrúpulos.

Twin Peaks: The Return

En el fondo, todo lo que no ha sido Twin Peaks: The Return me ha sabido a papel mojado. No solo se dan cita Kafka, Tati, Fellini, Kubrick o los noir de Billy Wilder, ni solo incluye algunos de los momentos en mejor forma de David Lynch (así como ecos de su propia obra, en un ejercicio de remix) sino que me ha reconciliado con ciertos aspectos del propio Lynch que me generaban siempre suspicacias. Resulta que el Lynch kitsch y humanístico no es tanto una parodia o un contraste con la oscuridad de sus mundos como la razón en sí de esos mundos. La más tierna, sensible, vulnerable (y, por tanto, terrorífica) historia que ha contado. Nada me ha hecho tan feliz este año.

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El ocaso de una diosa egipcia

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Uno de los elementos que más me llamó la atención de la última película de Jim Jarmusch es como, a través de sus vampíricos personajes, expresa la idea de un arte compartido, de una obra que se filtra tanto un pub de Detroit como en un bar de Tánger y, que según esta ficción, pertenecerían a un mismo autor, lanzando sus semillas al aire, a ver cuales, dónde y cómo prosperan. Esto viene especialmente señalado en el personaje de Christopher Marlowe como genio a la sombra de Shakespeare, o en declaraciones como la de Adam cuando admite que alguien es demasiado talentoso como para ser famoso.

No voy a negar que dentro hay, quizás, una idea un tanto elitista: los ‘genios’ como una sociedad oculta al mundo, olvidados y escurridizos, queriendo huir de un estrato social que denominan “zombies” y que viene a ejemplificar un ansia autodestructiva tanto en la decadencia de la ciudad de Detroit como el personaje Ava, interpretado por Mia Wasikowska. El talento reclusivo, el talento que solo conocen de primera mano unos pocos ‘privilegiados’ que se mantienen rodeados de nostalgia.

Toda esta actitud tiene su compensación en el personaje de Eve, consumidora compulsiva de literatura, mujer vital y alegre frente el ennui de su amado. Su aproximación a la cultura se basa en un grado de intimidad, de disfrute donde el fetiche de guardar decenas de libros en sus maletas alcanza un grado de fetichismo, casi un gesto de extravagancia en tiempos de libros electrónicos. ¿Quién necesita cargar una maleta con ejemplares del tamaño de La broma infinita si no es por una necesidad casi física? Pero al menos ese aprecio por el trabajo ajeno y por la diversidad (de estilos, de épocas, de idiomas) da una imagen más Para Umberto Eco, Adam sería un apocalíptico, experimentando pero molesto ante lo que no represente la Alta Cultura que él mismo personifica*, mientras que Eve sería una tímida integrada.

Lo llamativo del asunto es que si Adam representa al artista influyente, a la figura en las sombras que, como muso, inspira los movimientos que impulsan la cultura, parece notable que Jarmusch vincula estos ciclos a su estado de ánimo. Si nuestra cultura estuviese definida por vampiros en las sombras y fuesen ellos los que decidieran modas y vanguardias, ¿se parecería en algo a la cultura que hoy conocemos?

La hipótesis de Sejmet (o Sekhmet) toma su nombre de la diosa egipcia de la guerra, una cabeza de leona coronada por un disco solar. Sejmet representa una fuerza destructora protovampírica, capaz de arrancar la piel a los hombres y beber su sangre en defensa de su padre y rey, el dios . Dicha teoría fue planteada en 1995, en un libro homónimo, por Iain Spence, tratando de vincular los arquetipos de los movimientos culturales con los once ciclos solares. Spence acabaría admitiendo la ausencia de una base científica para ello, pero eso no significa que le teoría no haya servido para ofrecer interesantes puntos de vista, compartidos por gente como Robert Anton Winston o Grant Morrison.

La idea que subyace en el trabajo de Spence, independientemente de su vinculación con el Sol, es la de cada nueva cultura como reacción a la anterior, así, la oposición al hippie y su mensaje humanista generaría el nihilismo punk. No es difícil ver contraejemplos y entender que entre baby boomers también había actitudes individualistas y no pocos movimientos colectivos y esperanzadores en la Generación X.  La idea de poder predecir la cultura a partir de esta hipótesis es difícil de sostener ya de por sí, pero si además asumimos que esos ciclos ya no se corresponden con la exactitud de las décadas – y basta comparar tendencias entre principios y finales de los 90 -, las tribus urbanas se extienden, mutan y combinan y la cibercultura es un collage en constante reciprocidad, queda entonces totalmente descartada.

Eso no implica que no sea divertido, dentro del juego que ofrece Solo los amantes sobreviven, imaginar las distintas etapas que llevarían a Adam del beatnik, al hippie, al punk o al grunge. Para Jarmusch, estas actitudes no son tanto frutos de los ciclos solares – irónico en su condición vampírica – como de una percepción anímica del mundo: la desesperación ( o ese “hambre” por cultura con la que sacar los colmillos) obliga a tomar acciones, los genios ocultos (Marlowe, Tesla) no quedan con tanta frecuencia en el anonimato (y menos hoy en día), y,  como se sugiere al final, siempre habrá otra generación deseosa de expresarse, de explorar y conocer, por muy larga que sea la noche.

[*] No sólo en esta película, el mito del vampiro tiene una vinculación muy directa con el refinamiento y la nobleza, en otras palabras, con ella Cultura que se considera canónica y unánime y que sirve para diferenciar a la persona erudita de los “zombies”, consumidores que presuntamente solo engullirían una cultura inmediata y perecedera como solución impulsiva. Por seguir con la metáfora, la diferencia entre la sangre de la latente yugular en el cuello de una doncella y la de un charco de una rata aplastada.

El hombre más fuerte del mundo

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En jerga, el término gar hace referencia a un sentimiento de admiración por personajes masculinos de anime de marcada virilidad. Se trata de una correspondencia moderna con el término latino “virtus”, surgido en la Antigua Roma para calificar un tipo de comportamiento público basado en el carácter, el coraje y la excelencia. Ambos términos ejemplifican una imagen de actitud del varón que sirve de ejemplo o de idealización de atributos que se toman por exclusivamente masculinos. Dentro del anime tenemos ejemplos de sobra conocidos: El puño de la estrella del norte es el más paradigmático, cuya herencia se deja ver en parodias como Bobobo o JoJo’s Bizarre Adventure, pero también podemos mencionar ejemplos tan dispares como Berserk, Capitán Harlock, Dragon Ball o Hajime no Ippo.

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¿Obedece esto solo a un referente del anime? Este año, Warner Bros ha presentado, directa a vídeo, Superman: Sin límites (James Tucker, 2013) en el 75º aniversario del personaje y con la disparidad entre esta adaptación de Brainiac de Geoff Johns, la versión de Zack Snyder El hombre de acero y el presente del personaje en cómics bajo la etapa New 52. En el clímax de la historia, Superman vence a Brainiac cuando conduce su pelea a un pantano y el cyborg extraterrestre termina saturado por el estallido de vida y microorganismos presente, fuera del ambiente artificial que él mismo ha creado. Esta resolución es similar a la adquisición de poderes de Lex Luthor en All-Star Superman de Grant Morrison, donde la percepción de una realidad holística “despierta” al villano de su errado comportamiento.

Más allá de la similitud, lo que realmente pone de manifiesto esta comparativa, donde dos de los principales villanos de Superman son derrotados de similar manera, es un método. Un método por el cual un personaje como Superman, cuya fortaleza física es solo la excusa para hablar de una fortaleza de espíritu, no puede resolver simplemente sus conflictos solo a base de puñetazos. Si tomamos a uno de los protagonistas de JoJo’s Bizarre Adventure, Joseph Joestar, vemos como toma la costumbre de anunciar lo que su rival va a decir para demostrar que había previsto hasta el más mínimo detalle y que, por tanto, el hecho mismo de mostrar esa predicción a su enemigo es la confirmación de su victoria, puesto que la trampa ya ha sido colocada previamente. Joestar insiste en que jamás participa en una batalla o en una prueba que no tenga ganada de antemano. Es su sagacidad la que ha determinado su triunfo en la pelea.

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Es aquí donde se entiende como el gar o el virtus son términos que forman parte de algo más que de la agresividad mostrada. Esa admiración se centra siempre en una justificación ética para dicho comportamiento y no suele tener por objeto los personajes cuya violencia no obedece a cierto sentido del honor o a un posicionamiento moral estricto.  Se trata de un ideal de “caballero”, del comportamiento noble. Volviendo a All-star Superman, Superman tenía un encuentro con Sansón y Atlas, mito hebreo y griego, donde los tres disputaban los favores de Lois Lane, viajaban al inframundo, enfrentaban temibles criaturas y acertijos y terminaban con una competición de pulsos. Este encuentro está inspirado en Action Comics Vol 1 Nº 279 (Agosto de 1961), donde Sansón y Hércules – que quizás Morrison no incluyó para que no se confundiese con el homólogo de Marvel – conquistaban a Lois Lane y Lana Lang ante un celoso Superman. Sabedor de que las mitologías son el origen del héroe moderno y que obedecen a ese mismo ideal – de belleza, fuerza, inteligencia, compromiso y carácter – en el que nos inspiramos y encontramos admiración.

Como transformar un hogar roto en una Batcueva

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Puede que hoy por hoy suene a licencia poética, pero esto que voy a relatar es estrictamente cierto. Hay que situarse en un pueblo de provincias, donde la distribución editorial es francamente nula y la capacidad para conseguir cómics dependía de la frecuencia con la que tú o tu familia viajaba fuera. Dentro de la poca oferta que uno podía encontrar en quioscos y librerías destacaban dos héroes: Batman Spiderman. No conozco ahora mismo el contexto de que aquellos cómics llegaran con más frecuencia a mi entorno que los de otros superhéroes, pero no me cuesta imaginar que el impulso de las películas de Tim Burton y las series de Spiderman de 1994 y el trabajo de Bruce Timm en Batman: the animated series tuvieran bastante que ver. El asunto es que, aunque la oferta escasease, tampoco había muchos coleccionistas de cómics en el pueblo; de ahí que llegara a un acuerdo con un amigo: yo coleccionaría todos los de Batman que llegase a mis manos y él haría lo mismo con los de Spiderman. A lo largo de los años nos íbamos intercambiando números hasta que esta práctica cayó en el olvido.

Por supuesto, los números no eran casi nunca consecutivos y mi manera de entender la mitología de Batman fue a través del Caos: el desorden, los cliffhangers que quedaban sin solución, la influencia de las dos series de televisión (la ya mentada serie de Timm, pero también la inolvidable serie de Adam West), la incapacidad para reconocer continuidades o series distintas. Todo ello contribuía a mi fascinación, a esa sensación que Alan Moore buscaba recrear en su Tom Strong de estar observando por un pequeño agujero una parte de una historia más amplia y compleja de lo que yo llegaría a descubrir nunca. Batman existía antes de que naciesen mis padres y existirá mucho después de que yo muera.

En esa sensación, la de una parte de un todo, la de un icono congelado para la eternidad y la de un ambiente folletinesco en constante expansión, volví a ver Judex (Georges Franju, 1963) la semana pasada. Judex es el remake de las películas de Louis Fouillade que este creó para rebatir las críticas a sus anteriores trabajos, en los que los villanos eran la atracción principal, y de los que se decía que glorificaban la violencia. El Judex de Franju es la perfecta película de Batman (con un punto artie) en muchos aspectos: Judex se presenta como un héroe metódico, vengativo pero nunca sangriento o violento, con su propia Batcueva llena de artilugios y un Alfred que la acompaña; el detective Cocantin es el, siempre un paso por detrás, Comisario Gordon, y va a acompañado de un vivaraz muchacho, cual Robin; juntos se enfrentan a Jacqueline, ladrona y ágil, embutida en un traje negro ceñido, una Catwoman de manual. No es sólo la presencia de una figura detectivesca (rasgo que esquivan casi siempre las películas oficiales de Batman) como Judex lo que fortalece la película, sino la interacción entre los distintos compañeros, enemigos y objetivos; el ser partícipes de los planes e investigaciones que se desarrollan entre subtramas coincidentes cuya conjunción resulta plenamente satisfactoria.

Ahora me encuentro leyendo Batman and Philosophy: the Dark Knight of the soul, editado por Mark D. White Robert Arp y me sorprende que, dentro de todos los artículos que componen el libro, no se encuentran muchas referencias a la batfamilia; sí, se habla del papel de tutor de Bruce Wayne a sus discípulos y colaboradores, pero no se les percibe como próximos o indispensables, sino como accesorios heredados de la Edad de Plata. La única cuestión verdaderamente relevante que plantea el libro es en el artículo “Is it right to make a Robin?”donde James DiGiovanna habla sobre la moralidad de entrenar adolescentes para luchar contra el crimen aún cuando Batman no empezó su andadura hasta ser adulto, tras una vida dedicada al entrenamiento. Me encuentro poco después con la ilustración arriba mostrada, de Gabzillaz, y me planteo algunas cuestiones sobre este grupo.

Si uno repasa el historial de la batfamilia encuentra muchos huérfanos (Dick GraysonJason Todd, Tim Drake, Barbara Gordon), muchos niños con padres ausentes (Damian Wayne,Stephanie Brown, Cassandra Caín). Todos vienen de hogares rotos. Esa necesidad de Bruce Wayne de rodearse de menores con problemas parte de su propia infancia, de la necesidad no sólo de proporcionarles lo mejor a aquellos que se ven en una situación similar a la suya, sino de crear en su entorno la familia que nunca tuvo. Si pensamos en lo que diferencia a Batman de Judex, el murciélago es el centro de la historia, mientras que Judex es percibido por otros personajes y por ello sus acciones pasan a segundo plano, manteniendo un halo de misterio. Batman no puede ser como Judex porque implicaría que el lector no estaría leyendo un cómic con Batman de protagonista, si no un cómic sobre otros personajes que son testigos (y a veces, parte activa) de una entidad llamada Batman. La excusa que da Tim Drake, el tercer Robin, cuando deduce la identidad secreta de Batman para adquirir su puesto, es la necesidad que Batman tiene de Robin, como ying y yang, una fuerza alegre que equilibre la oscuridad de Batman. lo cierto es que Robin tiene una función narrativa muy clara: como el Watson de Holmes, permite al lector escuchar las deducciones del detective sin tener que recurrir a voces en off y se transforma en la voz que plantea las preguntas adecuadas. En otras palabras: la constante presencia de la batfamilia es lo que separa al Batman del Joker, es su punto de contacto con la humanidad, con la esperanza de que los que vienen siguiendo su legado no necesitarán caer en la excesiva gravedad con la que se toma su misión para ser responsables.

Con la salida del nuevo videojuego Batman: Arkham City, ha habido muchas voces críticas con el rumor de la aparición de Robin. Se ha destilado odio ante el hecho mismo de que el personaje (sin identificar cual de los ¡cinco! personajes que han tenido esa identidad sería) formase parte del juego, incluso del Universo del propio juego. Como si los villanos de inspiración carrolliana tuviesen más permiso para pertenecer al canon que la mitad del Dúo superhéroico. ¿De dónde nace ese desprecio? Evidentemente, de las adaptaciones cinematográficas antes mentadas, en los que directores como Tim Burton o Christopher Nolan no tuvieron el valor suficiente para encarar a Robin: el primero por huir del recuerdo del tono amable del Batman de Adam West y la influencia del infame libro de Fredic Wertham, La seducción del inocente que apuntaba a Batman como pedófilo; el segundo por mantenerse alejado en todo lo que trajese a la memoria del espectador el díptico de Joel Schumacher, Batman forever y Batman y Robin, de terrible fama.

Pero lo cierto es que Batman no tiene sentido sin su batfamilia, no solo por como le complementa. Frank Miller “defendía” a Robin como “la idea de un dibujante” por su poco peso literario y su capacidad icónica, haciendo más grande al héroe al situarse a un niño a su lado. Yo sí considero que Robin tiene, como el resto de personajes de la Batfamilia, un peso importante en la manera en la que Batman funciona, series como la reciente (y brillante) Batman: the brave and the bold demuestran como Batman brilla de otra forma en compañía. Y por supuesto, Robin en solitario ha protagonizado buenos tebeos, aunque el odio haga creer a los falsos fans que no es así. Cada vez que oímos que Batman es responsable de cada chiflado del crimen con un disfraz de Halloween parece olvidársenos que también inspira a su alrrededor a gente incluso más eficiente que él. La batfamilia es ahora el centro del excelente trabajo que mi adorado Grant Morrison está realizando en DC Comics y no puede excluírse tan fácilmente. Son, como el nombre indica, una familia, porque la mayoría de los murciélagos terminan formando, a su alrededor colonias de millones de individuos, y como tales, están ahí los unos para los otros.

PUM

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Vi mi primer episodio de Lost en el mejor momento posible. Era 2004, vivía en Ourense contra mi voluntad, acababa de cumplir la mayoría de edad y trataba de buscarle un sentido a todo. Siempre había encontrado un refugio muy interesante en la literatura de ciencia ficción y terror o los cómics más absurdos, de alguna forma, tenían mucho más sentido que la realidad mediocre que me tocaba vivir. Por eso fue tan especial encontrarme una serie que arrancaba como una gran aventura a la vieja usanza, con su isla misteriosa, sus arquetipos bien modelados, esa jungla que se abría ante nosotros.

El primer episodio de Lost que me convenció por completo llegó pronto. Es el tercer episodio, Walkabout. El personaje de John Locke se nos presenta entonces como un hombre atrapado en una vida miserable que buscaba tener su momento de gloria, su propia aventura con la que huir de todo. La gran relevación del episodio, el hecho de que se trataba de un minusválido, conectó inmediatamente conmigo tanto por una empatía como por un lado más frío y racional: la estructura elegida por los creadores de la serie se revelaba así sumamente importante para ofrecer una buena dosis de sorpresas y emoción, alimentando el relato con los flashbacks.

A medida que la serie evolucionó, lo hicieron sus métodos. No dejó de sorprenderme, se convirtió en una cuestión de debate personal sobre mi manera de entender la ficción. En Lost confluían King, Dick, Clarke, Stevenson, Morrison, Moore, Bioy Casares… cuanto más revelaba la serie sobre sí misma, cuanto más acercaba al tipo de literatura con la que crecí, más me convertía en un defensor fanático. No se trataba de Locke o de Jack, no se trataba de la complicidad que se generaba en esas salidas nocturnas encontrando por casualidad a alguien con quien discutir el episodio de la semana anterior. Se trataba de que Lost correspondía a toda una forma de entender la ficción, y cuando me quise dar cuenta, ya había elegido dedicar mi vida a ello.

6 años más tarde, las cosas son distintas para mí, Lost ha terminado y la casualidad ha querido que el episodio final me haya sorprendido en otro momento de cambio. Podría decir que no es casualidad, pero ese no es el debate. Hace seis años me subí al mismo avión que esa gente y ahora he crecido como Walt, he engordado como Hurley y tengo tantos problemas para afeitarme como Jack. De momento no hay perspectivas de que me vaya a quedar tan calvo como Locke.

Todo lo que podría explicar aquí no tendría mucho sentido. Van a encontrar reflexiones más sabias sobre el final de la mano de gente mucho más preparada que yo, van a encontrar defensas sobre este artefacto narrativo con mayor base de la que mi ignorancia me permite; igualmente, encontraran detractores con buenos argumentos para su causa, y sensaciones de indiferencia con la misma honestidad. Por eso no he querido decirle adios a Lost hablando sobre que significa esto o aquello, o porqué es mejor o peor, ni siquiera hablar del fenómeno que ha generado.

El final ha dado un debate que es, digámoslo claro, estéril. No importa realmente. Lo único que importa es que he disfrutado de una serie que ha transcurrido, paralelamente al último lustro de mi vida, y que me ha hablado de tú a tú.  Eso es lo que he querido devolverle a la serie: quería hablar con ella como una parte de mi ocio, pero también como una influencia latente, como una ‘realidad alternativa’ a mis propias vivencias. Lost ha sido una serie de mi tiempo, de mi generación y me alegro de haber hecho el viaje juntos. Ahora solo queda… dejarla ir.

Nos vemos en el otro lado.

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Grant Morrison revindicando el dadá

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Me entero de la existencia de este documental en torno a la figura de uno de mis creadores predilectos, el guionista de cómics Grant Morrison, mente preclara, lisérgica y chamanística que es capaz de crear alguna de las historias más inteligentes y desasogantes que he tenido el placer de leer, así como nunca exentas de una poética visual, independientemente del dibujante que le acompañe. Morrison, pese a gozar de una muy merecida fama, nunca ha ocupado portadas de suplementos dominicales, es decir, no ha saltado más allá de los que seguimos el mundo del cómic con cierto interés; pero también se ha de tener en cuenta que los autores que sí lo han hecho, como Alan MooreStan Lee o Frank Miller (nombres más familiares para el profano) lo han sido en relación a las adaptaciones de sus obras al cine. Con el futuro abierto para que tanto Morrison como Mark Millar o Warren Ellis den saltos de relevancia a la gran pantalla en el próximo lustro, me interesa destacar la figura del autor de Animal Man y Los Invisibles en función de algo no muy apreciado: la narrativa caótica. Y es que figuras como el mentado Alan Moore basan sus textos en elaborados y complejos discursos metalingüisticos, autorreferenciales y plagados de subtramas y personajes empáticos, algo que resulta tremendamente fácil de apreciar por dos simples motivos: se pone en evidencia durante la primera lectura y por su propia complejidad, nos acerca al duro trabajo que hay detrás de cada línea de guión. Esto ocasiona una animadversión a toda aquella narrativa no calculada, en el sentido de que no viene precedida de grandes discursos morales o de intrincadas tramas con resoluciones que cojan desprevenido al lector. Sim embargo, la lectura de obras de Morrison como Seaguy (que él mismo ha calificado como “su Watchmen”) o Doom Patrol revelan un particular interés por interrelacionar iconos o escribir diálogos más por su sonoridad, su poética surreal, que por resultar informativo o mucho menos, sermonístico. Más allá de las complejas mitologías superheróicas, Morrison parece mucho más interesado en el símbolo que en su significado; lo que me lleva a apreciar, entre otros muchos motivos, su obra por la libertad que deja al lector de asumir toda esa información caótica por sí mismo, sin corolarios obvios, sin renunciar al cómic como una amalgama de personajes, realidades y argumentos cogidos con pinzas de la ciencia ficción más marginal para entrener mensualmente al lector con épìcas aventuras de estéticas horteras. Sin despreciar, ni mucho menos, la obra de Alan Moore o semejantes, solemos infravalorar todo aquellos que no esté calculado y medido bajo un canon, despreciamos con frecuencia la inventiva y el carácter más impulsivo y sensorial de un medio, en este caso el cómic, que ha demostrado que nos puede llevar más allá de donde nos imaginamos.