Tag Archive | George Clooney

Los descendientes

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En la hambrienta necesidad que el cine norteamericano tiene de autores a los que respetar,Alexander Payne se ha convertido en una figura que, mediante el retrato de personajes de mediana edad afrontando dificultades cotidianas, ha intentado cubrir una cuota de madurez y crítica que hoy por hoy, parece vetada. Lo cierto es que lejos estamos de aquel feroz y desvergonzado ataque que supuso Election, su mejor película y una comedia a reivindicar. Sin embargo, Payne ha ido a formar parte de ese grupo que cubre la cuota de premios respetables con películas que resultan harto insuficientes. Mientras A propósito de Schmidt lidiaba con los problemas de un recién enviudado y jubilado que afrontaba una separación de todo lo que había supuesto su vida hasta ese momento, Entre copas hablaba de la infidelidad como salida a una realidad mediocre. Ese escapismo se vuelve a repetir siete años después de su última película, con Los descendientes, en un paisaje que no puede ser mayor símbolo de huida de la rutina como es Hawaii.

El problema es que Los descendientes no aporta nada a la trayectoria de Payne, ni supone un ejercicio de vaciado y sutilidad como algunos suponen, si no un regreso a la misma fórmula que le ha colocado donde está: después de un comienzo esperanzador con un monólogo introductorio que revienta las expectativas de la película, poco a poco nos vamos dando cuenta de que los temas de la infidelidad y la viudez aparecen de nuevo para constituir una de las películas más previsibles ¿Dónde ha quedado la furia de Election? ¿Se ha sustituido por una apatía, un conformismo que lo único que busca es que el personaje se redima de pecados ajenos? El argumento camina en círculos, haciendo difícil lo que se podría evitar con un enfrentamiento directo, retratando con torpeza las indecisiones del personaje de Clooney y elaborando una subtrama – las tierras vírgenes que posee su familia – que, a modo de metáfora barata, concluye del modo más cobarde posible. En general, la película parece no querer jugar nunca sus cartas y entrar de lleno en un punto inmóvil entre las celebraciones de la familia unida de Pequeña miss sunshine (Jonathan Daylon y Valerie Faris, 2006)  y la imagen pública de Clooney en productos como Up in the air (Jason Reitman, 2009) o el que nos ocupa. ¿Hay lugar entonces para un cine maduro o solo para su reflejo, para una película en la que Payne resulta invisible como director y se enfrenta a un texto sin dimensión alguna? ¿Hay lugar para un cineasta verdaderamente comprometido con lo que retrata o solo con la imagen necesaria para encontrar su hueco en la temporada de premios? Es difícil discernir porque mientras ciertas películas reciben alabanzas y mantienen el éxito de sus fórmulas, esas fórmulas nunca serán variadas.

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El fantástico señor Fox

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Todo cuento infantil es, en esencia, un relato de horror. Es, fantasía y eufemismos mediante, una forma de explicar al niño la complejidad y aparente sinsentido del caótico mundo adulto. En tiempos de corrección política, parece que no cabe en la cabeza que esos universos infantiles sean tan insoportablemente agresivos, y la tendencia ha sido a minusvalorar al espectador o lector infantil apartando de su mirada cualquier atisbo de complejidad, caos y visiones adultas y poco agradables. La literatura infantil, por suerte, ha contado con auténticos genios que han sabido entender mejor a los niños como el público ideal, ajeno a los prejuicios, abierto de mente e inquieto ante cualquier nueva sorpresa; y por tanto, un público que merece un respeto mayor o igual que el adulto, y que se ha de tratar de tú a tú. Uno de los autores que mejor entendió la inteligencia del lector infantil fue Roald Dahl. Sus mundos son viscerales, con personajes torturados, de carnes elásticas e ideales inamovibles. Sus personajes buscan un atisbo de esperanza en mundos crueles y el trayecto les lleva a sufrir transformaciones, a veces de su propio cuerpo, y enfrentarse a figuras oscuras y peligrosas; todo cargado de un humor negro, deforme y expresionista.

En su paso al cine, las obras de Dahl se han encontrado, como no podía ser menos, con directores igual de enamorados de esos mundos extraños, cruelemente cómicos y diferentes, como Mel Stuart (Un mundo de fantasía, 1971), Nicolas Roeg (Las brujas, 1990), Henry Selick (James y el melocotón gigante, 1996), Danny DeVito (Matilda, 1996) y Tim Burton (Charlie y la fábrica de chocolate, 2005). Todos ellos tienen en común que guardan una estrecha relación a la hora de afrontar ciertos temas y personajes muy afines al tenebrismo de Dahl. Por eso resulta mucho más extraña la intervención de Wes Anderson en la última adaptación del escritor, Fantástico señor FoxAnderson es un director que utiliza la cita para construir espacios emocionales difusos, atrapados en imágenes fijas de modelos, como congelados en el tiempo, como fotografías de un viejo álbum que encontrásemos escondido detrás de un armario, y que transmitiesen todo un aciago pasado en la actitud de sus personajes. En el cine de Anderson no hay, pues, ese contraste de luces y sombras, de creyentes y descreídos, de violentos y pacíficos; si no una cierta misantropía resignada, un maelstrom de sentimientos encontrados y ninguna salida fácil. Sin embargo, Fantástico señor Fox se ajusta perfectamente al binomio de Dahl y Anderson por el común gusto por la extrañeza del mundo adulto. Allí donde Academia Rushmore (1998) citaba a Schulz para ofrecer una batalla de desencanto generacional – la primera decepción junto a la crisis de edad – Fantástico señor Fox hace de Dahl un paisaje puramente andersoniano, en donde figuras paternas irresponsables, mujeres desengañadas e hijos celosos hacen frente a sus pesares con un contagioso (y sólo aparente) optimismo. Conviene sin embargo señalar que Anderson tampoco renuncia al poso trágico que ha marcado su trayectoria, y no duda en hacer del violento mundo de Dahl una forma de subrayar toda la oscuridad que subyace en los cuentos infantiles: las acciones equivocadas traen consecuencias nefastas.

Pero quizás donde mejor se adapta el cuento al mundo de Anderson es su tono revolucionario, de esa sociedad comunista de animales y ese gusto por el viñeteado y el frontalismo tan godardiano, que aquí, como ilustraciones de un cuento, se torna más necesario que nunca; comparte además con sus dos últimos trabajos, The life aquatic with Steve Zissou (2004) y Viaje a Darjeeling (2007) un clímax donde la figura animal, totémica, trae consigo una mirada nueva del personaje al mundo que le rodea. Y si Zissou encontraba la aceptación a la muerte de su amigo y los hermanos FrancisPeter y Jack a la de su padre, el señor Fox se reencuentra con su propia naturaleza, y a modo de gag, – y bellamente acompañado por uno de los mejores trabajos del genial Alexandre Desplat –  desacraliza el mundo salvaje, restándole importancia a su caústica condición de depredador. Es, en esencia, un Anderson que encuentra sus raíces en la añoranza infantil, en esa primera decepción de Max Fischer que simboliza el paso a la edad adulta, el enfrentamiento a la realidad; pero también es un Anderson más relajado que nunca, autoparódico y accesible, y quizás, su mejor muestra de madurez hasta la fecha.

Up in the air

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Llegadas estas fechas, nos inundan las películas norteamericanas cuyo objetivo principal es promocionarse en el circuito de premios que lleva hasta los Oscars, y con ello, la habitual sensación de que se tratan de películas cortadas por el mismo patrón, donde todos los años tenemos la cinta brillante como la purpurina, la exótica, el sleeper, la taquillera o la pelicula con la que solventar premios nunca entregados. Up in the air viene formada en el ambiente propicio para hacernos entender que pertenece a esta categoría: su director  Jason Reitman es una joven promesa que ya había sido nominado por Juno el año pasado, su protagonista es George Clooney otro habitual de los Oscars y ganador como actor de reparto, el espacio es el hermético universo de los aeropuertos como lugar confortable que ya vimos en La Terminal de Spielberg y el tono de película de madurez podría ser un descarado intento de consagración. En cambio, dentro de su muy marcado y elegante estilo de reverencia setentera y elementos románticos, se encuentra la misma ambigüedad de Gracias por fumar o la imagen del mediador en las relaciones amorosas que resulta efectivo por su propio distanciamiento sobre el romanticismo, que también era un momento clave en Juno; volviendo a sus obras anteriores,Reitman elabora su mejor película hasta la fecha: un dramático retrato de un hombre del futuro, que se erige defensor del trato humano en una sociedad hipertecnificada pero que al mismo tiempo vive y predica una actitud solitaria, nómada y desprendida. Reitman juega en todo momento a que su película deje caer esa imagen de sí misma, de su protagonista y su promoción, para llevarnos al desencanto de una doble crisis, la de madurez y la económica. Y es destacable la manera en la que esta última aparece en la película, bajo las entrevistas documentales por un lado, con gente real sin empleo escenificando como fue su despido, y el contraste con los rostros famosos (Zach GalifianakisJ.K. Simmons y en cierta forma, también el personaje de Sam Elliot) que se unen al mismo planteamiento desafiando su propia imagen pública en un paralelismo con lo que Reitman hace del triunfador George Clooney. Es, por tanto, una iniciativa a la par de Malditos Bastardos (Quentin Tarantino, 2009), que encuentra su mayor fuerza en ocultar sus verdaderas intenciones mientras da una imagen alterada de sí misma; pero también es un relato clásico donde el derrumbe personal se convierte en el fresco que retrata la sociedad del momento a la manera de un Elia Kazan de fino humor. He de destacar que me sorprende que mucha gente interprete la película como un producto conservador, cuando creo que ataca directamente a la línea de flotación de lo tradicional (el personaje de la hermana, definido en dos suaves pinceladas) y pone en primer término a uno de los personajes más individualistas de los últimos años, cuyo verdadero dilema no es que su vida no se ajuste al sistema, si no que haya obtenido el precioso bien de la libertad y sin embargo, no sepa que hacer con ella.