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Breves desde Sitges 2013

Sitges2013

Un año más, pasarse por el festival de Sitges supone una serie de tropiezos, idas y venidas para cuadrar un horario imposible y compromisos más allá de los cinematográficos. Eso supone una inevitable visión parcial del enorme catálogo que se proyecta, a lo que, desde luego, no contribuyen los errores técnicos y retrasos – más o menos excusables – y el poco adecuado trato que este año ha recibido un sector de la prensa aún habiendo esta pagado religiosamente. No es menos significativo como los cortometrajes o los largometrajes de menor presupuesto también se han visto afectados por una programación un tanto esquiva y cierta indiferencia de la organización. En cualquier caso,  y ciñéndonos a las películas, es difícil sacar una visión de conjunto del festival, y más en mis condiciones, donde motivos de salud me mantuvieron menos activo que otros años. Pero como me veo libre de compromisos cuando cubro mi experiencia personal, aquí un pequeño repaso a lo que este año he podido ver.

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A Field in England (Ben Weathley)

Si ya me interesaba el cine de Wheatley por sus anteriores trabajos – la atmósfera de Kill List (2011), el agudo discurso y humor de Turistas (2012) y el virtuosismo de su pieza para The ABCs of death (2012) – aquí parece aunar todos esos elementos en una misma dirección. Con la sencillez de medios de un Albert Serra y la capacidad para elaborar toda una historia bergmaniana entorno a la libertad del hombre, la película se sumerge primero en una increíble belleza, retablos manieristas incluídos, pero siempre tomando la distancia del humor para no caer en un exceso de solemnidad y aceptar, de pleno, su carácter juguetón e hipnótico.

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American Jesus (Aram Garriga)

Con el imperdonable prejuicio por mi parte de tratarse de un documental español sobre el fanatismo cristiano en EEUU, esperaba una película que se plantease desde esa visión europeísta de superioridad moral, de quien no quiere ver la viga en el ojo. Sin embargo, pronto – y tras una muy accidentada proyección – el documental saca sus cartas con un ritmo muy americano y una visión generalista de la multitud de iglesias estadounidenses. De esa manera, traza un elaborado retrato de la construcción no solo de ese fanatismo a través de la herencia del excepcionalismo y el capitalismo más salvaje – competencia y consumo como dos pilares del mundo espiritual americano – sino de la influencia de la religión en el partido Republicano en los últimos años y el ascenso de George W. Bush, el Tea Party y la escolarización mediante doctrinas antes que hechos. No todo lo terrorífica y exacta que podría ser para el tema que ocupa, pero ciertamente un entretenimiento mayúsculo para el interesado.

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Bienvenidos al fin del mundo (Edgar Wright)

No creo que completar una trilogía sea nada fácil, ni mucho menos cuando esta se sustenta sobre una serie de rasgos estilísticos más que de un verdadero hilo conductor. La anterior entrega, Arma Fatal, pese a sus evidentes valores, hablaba en términos con los que me sentía mucho menos identificado que en Shaun of the dead, y esa sensación de alejamiento generacional o temático, a la par que la sensación de que este cierre de trilogía surgía más por un mal entendido sentimiento de obligación que de la espontaneidad y frescura que caracterizan a Wright. Y no hay que engañarse: Bienvenidos al fin del mundo contiene todo lo que cabría esperarse del director a estas alturas, quizás con la salvedad de unas muy bien resueltas escenas de acción. Pero encierra un discurso sobre la necesidad de madurar e integrarse, un endiablado ritmo de diálogos cómicos y una extensa presentación de personajes que, cuando arranca la amenaza, nos ha permitido conectar perfectamente con el peligro y la metáfora que encierra.

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Blind detective (Johnnie To)

No es que Johnnie To sea ajeno en absoluto a la comedia, pero supongo que es más sencillo identificarlo como un director hongkonés de cine de acción que bebe de Jean-Pierre Melville sin ningún reparo. Vendida como uno de sus clásicos thrillers – y jugando con la confusión del título de otra de sus obras, Mad Detective (2007) – estamos ante una comedia romántica que, ay, con la algo cursi base de que el amor es ciego, coloca a un detective y su aprendiz femenina en la investigación de ciertas desapariciones por amor que tendrán que recrear para encontrar al culpable y a sus víctimas. Aunque a veces el humor caiga en ese tono tontorrón inevitable en la diferencia cultural con los asiáticos, no está exenta de momentos en los que To hace disfrutar plenamente de su gusto sibarita: el constante uso de la comida para expandir la sensación de las secuencias a un mundo de textura y sabor o la secuencia de montaje donde vemos las repetidas recreaciones de distintas rupturas románticas son solo dos de los momentos brillantes que esconde la película.

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Byzantium (Neil Jordan)

Rodada con un increíble buen gusto y cierto cuidado visual, lo que más sorprende de esta nueva aventura de Jordan en el mundo vampírico es la aparente ausencia de algo nuevo que aportar. Sin tener que proclamar la necesidad de que toda película deba ser rupturista, es imposible no pensar, a lo largo de su abultado metraje, mucho de lo que se cuenta y los recursos que se usan – la inocente vampira Saoirse Ronan vestida de Caperucita Roja, por ejemplo – están tan asociados a este tipo de cine que parece no dar más que vueltas sobre algo ya obvio: el vampirismo como metáfora del sexo o de aquellos descastados que se ven sepultados por décadas de marginalidad y que forman familias sobre los propios restos de sus identidades, o la diferencia entre la mujer promiscua y social y la inocente reclusiva. Nada de esto hace que la película sea menos entretenida de ver, pero sí ciertamente – y dejando de lado las dos grandes interpretaciones femeninas que contiene – la hace fácil de olvidar.

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Caídos (Jaime Herrero)

Conocí el proyecto de Caídos precisamente tres ediciones de Sitges atrás, cuando la idea de rodar directamente un largometraje de bajo o nulo presupuesto no estaba ni tan extendida ni tan confundida como ha empezado a estarlo. Me interesó mucho por el arrojo que mostraba, por las referencias – más The Black door (Kit Wong, 2001) que El proyecto de la bruja de Blair (Daniel Myrick & Eduardo Sánchez) – y porque suponía el debut en formato largo del autor de un corto que admiro mucho, El círculo Goligher (2009). Y aunque en el dificultado tránsito se han perdido elementos de esa ambientación onírica, la España del Este que presenta, con guerra civil de fondo, es la que permite convivir un cierto misticismo y hostilidad en la naturaleza con la agresión casi cómica de la ruta del bakalao en una propuesta de terror, en apariencia, mucho más clásica.

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Casting blossoms to the sky (Nobuhiko Ôbayashi)

Nada te prepara para una película del director de Hausu (1977) y esta no es una excepción: su estilo atropellado, naif y pop se pone aquí al servicio de un ensayo fílmico que combina las tramas ficticias de una periodista con recreaciones de entrevistas (sic) y testimonios reales. Densa, larga, cargada de declaraciones fuertemente emocionales, la película recrea las catástrofes que han asolado a Japón durante los últimos años – desde los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, bombas nucleares incluídas, hasta el más reciente Fukushima – y la voluntad de los japoneses de sobreponerse y resurgir una y otra vez como parte de su cultura. Esa inevitable defensa de una sociedad acostumbrada a convivir con el apocalipsis se vuelve más y más difícil de ver a medida que los testimonios ponen el nudo en la garganta y Ôbayashi, en un acto de provocación increíble, recrea varias de esas catástrofes en su estilo infantil y colorista, haciéndolas más insoportables que si se mostrasen con un realismo morboso. Tengo que decir que fui incapaz de verla al completo, y dudo que vaya a ser fácil de recuperar, pero ciertamente es una película como no había visto nunca y que es imposible que no recuerde al reciente fenómeno de The Act of killing (Joshua Oppenheimer & Christine Cynn, 2012).

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El desierto de los tártaros (Valerio Zurlini)

La última película de Valerio Zurlini fue esta producción europea donde desfilan bastantes rostros conocidos, un casting muy poderoso – y prácticamente masculino – que sustenta la quietud que recorre su historia: la de los soldados apostados en una fortaleza en medio del desierto, esperando a un enemigo al que aún no han visto. Pronto, la película revela que ese castillo es, como los soldados, una ruina donde interpretar un papel, donde ceder a unas normas que devienen en protocolo y pronto en rituales vacíos. Esas carcasas vacías de hombres esperando que, por fin, la acción, la lucha, aquella meta elevada a la que han aspirado, se produzca al fin. La copia presente en Sitges estaba restaurada y con muy buena calidad, si bien el cine Prado no era la mejor sala para su proyección. Haberla visto tras la proyección de Milius ha sido un acierto, por las resonancias temáticas con su obra y persona.

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Dragon Ball Z: Battle of the Gods (Masahiro Hosoda)

La mayor expectación en torno a esta película no era tanto que se tratase del primer largometraje sobre Dragon Ball en 17 años, como el hecho de que prometiese toda la acción que los mediometrajes Dragon Ball GT: 100 años después (Osamu Kasai, 1997) y Dragon Ball Z: ¡Hey! ¡Vuelven Son Goku y sus amigos! (Yoshihiro Ueda, 2008) no tenían. Al menos íbamos a ver batallas en serio, ¿no? Lamentablemente, tras la presentación de un villano mucho más interesante que algunos de la propia serie, la película se estanca en un tono cómico que sirve para prolongar la tan ansiada pelea final y para recuperar – con la excusa de, ejem el cumpleaños de Bulma – a gran parte de la galería de personajes, aunque a veces con momentos realmente logrados como la intervención de un Gohan alcoholizado. Una vez que la historia se decide a dejar de lado ese lastre, el combate funciona pero obviamente no se sabe resolver. Eso sí, plantea dentro del universo de Goku una idea mucho más apetitosa de lo que podría parecer a simple vista: la existencia de jerarquías superiores, de enemigos aún por conocer y de una mitología de la que apenas conocemos una porción. Y cuando se nos revela que el viaje de Goku ha sido nimio, cuando parece que este ya no es el final del camino sino un nuevo viaje, es cuando resucita el amor por la aventura del personaje.

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Drug War (Johnnie To)

Bien avanzada Drug War, me asaltó un pensamiento: no había tenido lugar hasta entonces ni un solo de los espectaculares tiroteos que Johnnie To coreografía con tanto tino. Hasta entonces, la película había descansado en una creación y recreación de gestos para desbaratar todo un mercado de droga a gran escala, con un especial interés en como se desarrolla el caso desde el metódico plan policial. Es un detalle que escapa a las previsiones – la condición de sordomudos de los eslabones más débiles de la cadena – lo que desencadena la primera gran escena de acción de la película. Y a partir de ahí, se construye la capacidad de To para recrear desde el gesto más pequeño – una señal entre bandas para desenmascarar a un policía – hasta lo más grande, como la exhibición de movimiento naval para convencer a unos compradores. Drug War puede ser un ejemplo perfecto de las capacidades de su director para ofrecer espectáculo y madurez narrativa, llegando a niveles estratosféricos de puesta en escena en un tiroteo final donde los principales personajes se ubican y actúan con total claridad para el espectador, lejos de la habitual confusión en el cine de acción moderno.

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Escape from tomorrow (Randy Moore)

Promocionada por su condición de película presuntamente intrusa en los parques Disney de Florida, cabía preguntarse si la película estaba dispuesta a superar su propia anécdota y derivar en un producto con algo más que decir. Lo cierto es que es, sin duda, un cuento de terror adulto: la inseguridad laboral, la pérdida de conexión con tu pareja, la sensación de una vitalidad que se escapa o el instinto protector con los hijos son presentados a lo largo del metraje en un encadenamiento de secuencias no siempre del todo bien hilvanadas. Algunos de los momentos pecan de una enorme falta de soltura técnica, como los presuntos “sustos”, y otros parecen una solución apresurada para completar lo que no se ha podido grabar, solventando con cromas algo chuscos las secuencias que implican mayor trabajo de puesta en escena. Pero sería injusto no destacar la enorme fuerza arrolladora que desprende la película, aún con sus problemas estructurales, generando una continua tensión sobre como se desarrollará la siguiente escena, una sensación de continua sorpresa que, si bien revela que no se trata más que de otra fuga psicogénica, plantea momentos de verdadero estupor, desarmando totalmente al espectador.

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Grand Piano (Eugenio Mira)

Dentro de la capacidad que Eugenio Mira tiene para jugar con el espacio y abigarrar sus puestas en escena, cabría esperar que una propuesta como Grand Piano fuese idónea para desenvolver todos sus artilugios narrativos. Y es cierto que durante gran parte de la película la sombra de The Birthday – el hombre indefenso, casi en tiempo real, acosado por algo que no entiende, perdido entre una multitud inconsciente, la sincronización de eventos – recorre los mismos pasillos que Elijah Wood. Pero también resulta una película mucho menos arriesgada que aquella, más centrada en funcionar como un mecanismo – y por tanto, en resultar predecible – y ser accesible a toda costa. El problema para entrar de lleno en el mundo propuesto es si aceptamos que el descabellado punto de partida, la amenaza escrita en la partitura, no va a ir acompañada de un tono igualmente festivo, sino de una sensación de puzzle cerrado y de pocas piezas. Hay breves momentos, casi cómicos, donde ese exceso se sobrepone a los aspectos más convencionales y, en su conclusión, uno puede imaginar detrás todo un discurso del papel del director frente al público, de aceptar que la perfección no solo no existe sino que es indeseable.

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L’etrange couleur des larmes de ton corps (Hélène Cattet & Bruno Forzani)

Con el referente de Amer (2009) era difícil esperar otra cosa de Cattet y Forzani. Insistentes en el uso de los elementos más fetichistas y parafílicos del giallo, y recurriendo de nuevo a una fragmentación de la escena en base a planos cortos, elaboran en este nuevo trabajo el mito de los hombres atrapados por una Mujer – muchas y una a la vez – en una tela de araña narrativa que va envolviendo poco a poco su capullo. Cargada de grandes ideas en su desarrollo, resulta también algo cargante por como el despliegue de virtuosismo parece rebelarse en una sucesión de pequeñas piezas que no llegan a conjugarse. Es probable que la hubiese disfrutado más sin el distanciamiento experimental que acusa, lo que me lleva a preguntarme si a veces lo más atrevido no será, precisamente, hacer algo más convencional y tener la misma historia en un giallo auténtico y no en una versión diseccionada y laminada del mismo hasta el punto de que parece querer mirar desde arriba a sus antecesores.

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Machete kills (Robert Rodriguez)

Lo confieso: no soy muy fan de Rodríguez, tampoco de la anterior entrega de Machete (2010) que, aún con varios hallazgos y momentos muy divertidos, me pareció que escondía en sus constantes homenajes cierta pereza creativa y exigía demasiada complicidad con el espectador. Pero sé que no es la opinión más popular. Sintiéndome más preparado para afrontar una nueva entrega con las expectativas más claras, la película arranca de un modo muy interesante – por ejemplo, reconociendo el papel de la serie 24 como parte del imaginario explotation de la cultura americana – para caer en un desfile de cameos – incluyendo un personaje que solo parece existir para justificar el desfile de caras conocidas – la reiteración de chistes – el “Machete don’t…” como latiguillo – y un tono algo menos hostil. No abandona su lectura política y su confianza en la construcción del mito como identidad cultural, pero más por mantener cierta coherencia con el universo creado que por aportar algo nuevo a la actualidad.

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Milius (Zak Knutson & Joey Figueroa)

Si la figura de John Milius siempre me ha fascinado es por como obedece a una coherencia total con sus personajes y con sus ansias de elevar los mitos del pasado a fuente de inspiración. Es probable que su figura esconda mucho más de lo que este documental, tan ceñido a testimonios y anécdotas variopintas, está dispuesto a contarnos. Valga como ejemplo la forma en la que se pasa por encima de su filmografía, llegando incluso a omitir algunas de sus películas por no ser tan reconocibles entre el gran público. Sin embargo, la mayor prueba de lo gozoso de este personaje eran las reacciones con las que el público de Sitges recibía cada nuevo dato o historia, casi leyendas urbanas, rodeando a un hombre empeñado en ser su propio modelo a seguir. Es en el último tramo cuando se pone un mayor peso sobre su papel como narrador y como ha convertido este en su misión en la vida, una manera honesta (e incómoda) de comunicarse con lo demás. Si Milius no podía vivir una de esas grandes historias que a él tanto le gustaban, decidió que su tarea sería contarlas. La nota positiva con la que acaba el documental, anunciando su “regreso”, no puede tener un efecto más opuesto: somos testigos de estar viendo el ocaso de un individuo fuera de lo común.

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Only God forgives (Nicholas Winding Refn)

Después de que Drive (2011) se convirtiese, para bien y para mal, en un fenómeno y ante la duda de cuantos habrán visto previamente Valhalla Rising (2009), la reacción preventiva a Only God forgives parecía estar sentenciada a cierta indiferencia. Supongo que la antipatía general por Ryan Gosling ya habían sido suficiente para no querer ver la obra como un ejercicio aparte. Es cierto que Only god forgives tiene sus repeticiones estilísticas – la prolongación de silencios, el hieratismo, los colores saturados fruto del daltonismo de Refn – e incluso temáticas – otra vez, el hombre violento como personaje patético – pero está articulada de un modo muy distinto, más dramática, más centrada en las relaciones de personajes y con una constante presencia de la violencia. Refn tiene claro que ahora busca un anticlímax, que la solución a que Only god forgives no sea, precisamente, otra película de venganzas es entender que esa espiral no tiene fin. También sospecho – y ayuda mucho su presentación en vídeo antes de la proyección – que se lo toma más a broma de lo que cabría esperarse. Se divierte, como parece habitual en muchos directores daneses, frustrando al público, llevándolo por sus propios pasillos. Aun con todo, es sin duda una película mucho más interesante de analizar que la media habitual.

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Real (Kiyoshi Kurosawa)

¿Que ha llevado al autor de Tokyo Sonata (2008) a volver a las pantallas con un producto tan inocuo? A la espera de una respuesta, resulta muy extraño presenciar Real como la obra de un director veterano y de cierto prestigio: un giro de guión que se adivina desde la segunda secuencia, un desarrollo que trufa de falsos misterios que jamás llegan a dar el pego y una resolución que llega a niveles tan irrisorios como soluciones ocultas en anagramas de cinco letras o metáforas de la culpabilidad que, una vez disipadas, vuelven para tratar de generar una ya perdida sensación de amenaza en un mundo que, desde el comienzo, sabemos virtual. Como si Kurosawa hubiese ignorado todo el subgénero al que su película pertenece y que tuvo un gran boom entre finales y principios de siglo, la película se muestra con una ingenuidad casi amateur. Es cierto que sí pervive parte de su discurso: los sentimientos como interferencias con la tecnología y la sociedad que vive dependiente de ella, la represión de las emociones y la memoria y el terror a perder la propia identidad, representado siempre en sus ya clásicos “fantasmas” – aquí, “zombies filosóficos” (sic) – que siguen manteniendo toda su efectividad. Pero para ese viaje no eran necesarias estas alforjas.

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Space pirate: Captain Harlock (Shinji Aramaki)

¿Cómo reinventas un mito para una nueva generación? Parece casi obligado que este proceso se de a través de un tono más lúgubre y un falso barniz de realismo a todo producto del pasado, cargandolo de una solemnidad que no estuviese presente en la anterior encarnación. Con Capitán Harlock no era necesario: el tono melancólico, el mensaje humanista y la epicidad ya eran parte indisociable del manga original. Esta nueva versión carece, quizás, del humor que acompañaba las aventuras originales del pirata espacial, pero mantiene fidelidad al icono, a la representación de un héroe romántico intemporal. Con piruetas similares a las de Star Trek (J.J. Abrams, 2009), esta historia es, a la vez, reboot y parte del canon, bastante impresionante a nivel técnico y una delicia para el fan convencido. El espectador más ocasional quizás se encuentre con una rara mezcla de exceso de ruido de batallas espaciales – imitando, como no, a las navales – y demasiada conversación y exposición para situar el contexto de la historia, pero también puede quedar embrujado por la atmósfera de viejo navío fantasma que llamamos Arcadia.

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The Guest (Jovanka Vuckovic)

Ahora que los cortometrajes del festival han quedado algo más relegados, ha sido difícil coger alguno antes de una proyección. The Guest parecía ideal para abrir una sesión por dos motivos: es increíblemente conciso y contiene al menos un par de imágenes poderosas que ponen en guardia al espectador. Adolece de ser un ejercicio de estilo que tampoco tiene más que contar que el retrato de una pulsión y los retazos de un acto de violencia omitida, pero funciona como píldora que despierte el interés.

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La tumba de Bruce Lee (Canódromo Abandonado)

Entré con menos referencias de las que tenía para la mayoría de películas aquí expuestas, abierto a esperar cualquier cosa, como página en blanco. Tan solo el murmullo en redes sociales habían despertado la curiosidad por ver esta película rodada en Seattle con un presupuesto mínimo. La mayor sorpresa es lo entretenida que resulta, frente a otras producciones similares que acaban resultando plomizas, y la capacidad que tiene, en momentos puntuales, de sacar la sonrisa con ideas especialmente retorcidas que a mi me recordó al cine de Quentin Dupieux, con quién coinciden en la programación. Añádanle que mi interés por la figura de Bruce Lee incrementaba la relevancia que le daba a las distintas digresiones – entre la mística new age, el relato kafkiano y lo desmitificador – y a como ese “mundo sin Bruce Lee” parece traer la idea de un mundo que vive gobernado por un cadáver, por el fantasma de una autoridad tan insustituible que quizás nunca estuvo allí en primer lugar. Los jóvenes españoles, perdidos y motivados por las sobras de un sistema que se ha quedado congelado en el tiempo y que impide que avancen y cumplan sus propios deseos.

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Ugly (Anurag Kashyap)

Con el antecedente del díptico Gangs of Wasseypur (2012), Anurag Kashyap se ha ganado todo mi interés, que sale reforzado tras ver Ugly. Un thriller incómodo y agobiante, lleno de personajes miserables que, en el transcurso de la investigación de la desaparición de una niña, se entorpecen unos a otros en sus constantes rencillas y chanchullos, esperando sacar tajada en río revuelto. Sin un exceso de violencia y con cierta dosis de humor – aunque un humor nada liberador, sino que incrementa la enorme tensión y desesperación que transmite todo el metraje – consigue resultar tremendamente impactante, siendo, de todas las sesiones a las que acudí en el festival, la que generó una respuesta más expresiva en el público cuando uno de sus personajes revela estar tan corrupto como el resto. Esta espiral de angustia se ciñe bastante bien a la historia que quiere contar y llegar a ser bastante exhaustiva en todo un proceso de pinchazos telefónicos y densos interrogatorios.

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Upstream color (Shane Carruth)

Me es difícil hablar de Upstream color porque, por algún motivo, he conectado más con ella que con ninguna otra película aquí mentada; lo cual no deja de tener gracia, puesto que de conexiones inexplicables va la cosa. He encontrado en ella ideas que ya eran sustanciales a proyectos propios, pero mejor desarrolladas y rodadas con cierto cariño. Mucho más cálida que Primer (2004) pero igual de ‘marciana’ en su retrato de un modo de vida que ya no contemplamos pero que vuelve a ponerse de manifiesto con la crisis. Algo menos críptica pero con cierto enrevesamiento que, salvando distancias, parece más propio de un Malick reciente. Si pudiese escribir con propiedad mi experiencia con esta película, sería una experiencia totalmente distinta. Y que a veces es mejor no tener nada que decir de una película, que narices.

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Why don’t you play in hell? (Sion Sono)

Lo que aparenta ser un caos narrativo con yakuzas y la visión romantizada de los propios inicios de Sono como cineasta amateur y artista callejero, en realidad, parte de la enésima visión del cine dentro del cine y de constantes rupturas de la cuarta pared para hablar no tanto de un sacrificio por el arte y por los demás – ese cineasta que daría su vida por una película, ese yakuza empeñado en producir una para su mujer – como de la muerte de una manera desprejuiciada de hacer las cosas, paradójicamente vinculado a la nostalgia por los 35 mm.  Esa confusión entre la vitalidad de la juventud y la conveniencia del formato es precisamente un problema de actualidad, donde el espectador criado con el cine analógico se siente demasiado apegado emocionalmente a este como para valorar en su justa medida el digital que, irremediablemente, es la única perspectiva de futuro. Al margen del mensaje, la película trufa de ese humor asiático tan irregular todo el metraje, llegando a ser más efectiva en su tercio final, durante el combate que se ha anticipado y donde el desfile de gags alcanza su mejor momento.

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Wrong cops (Quentin Dupieux)

Quién no conozca a estas alturas las películas de Dupieux quizás se vea un poco contrariado por Wrong Cops. A mi, sin embargo, me ha parecido mucho más accesible que sus dos trabajos anteriores, al menos al seguir un simulacro de trama dentro de su desfile de gags absurdos. Pero también me hizo preguntarme si el hecho de conocer su obra previa no habría borrado mucho elemento de sorpresa en esos gags y en su efectividad. Por suerte, la película acumula los suficientes momentos de risa nerviosa como para ver que mantiene todo lo que cualquier espectador fiel exigiría de él, incluyendo no solo la música sino su constante uso argumental. Wrong cops viene a confirmar que el universo Dupieux está cohesionado pese a su constante ruptura de la lógica, y supone más la descripción de una reacción ante lo inaudito – aquí, la terrible sensación de que el trabajo policial no se vincula a la vocación de servicio – que un verdadero desorden o una fantasía.

Breves desde Sitges 2010

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He aquí unos breves comentarios sobre las películas del festival de Sitges que he podido ver este año. Muchas sorpresas, muchos nombres a tener en cuenta y sobre todo, lo mejor del género se han vuelto a dar cita en las salas de cine del festival catalán. No descarto ampliar muchas de estas opiniones en cuanto sus estrenos sean mayoritarios, pero este aperitivo pretende servir de pequeño adelanto y guía de referencia personal, apuntando también algunos de los cortometrajes más sorprendentes del festival.

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Agnosia (Eugenio Mira)

Eugenio Mira vuelve tras la incomprendida The Birthday para romper de nuevo las expectativas. Agnosia podría ser el terreno ideal para las conspiraciones de folletín pero en su lugar tenemos un elegante mcguffin que deriva poco a poco en una set piece central hipnótica, en la que la lucha de dos hombres por el amor de una misma mujer va alcanzando trazos gestuales minúsculos como principal voz. Cerrada con un plano que demuestra la intención más poética que narrativa de la película, se le achaca ciertos quiebros en la estructura, dificil de diferenciar si son problemas de montaje o guión, que no terminan de dejar respirar la película lo suficiente como para resultar del todo orgánica.

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La casa muda (Gustavo Hernández)

Ante una película que presume primero de sus herramientas que de la función de las mismas, nos encontramos con lo que no deja de ser un escudo de titular periodístico ante cualquier envite sobre su contenido, tirando a nulo. Desde el “basado en una historia real” hasta el (falso) plano secuencia, la película contiene breves aciertos que mantienen el interés pero que cristalizan en un conjunto amateur y que pronto se revela como una lamentable excusa para crear un producto impostado.

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Colorful (Keichii Hara)

Vamos a echar mucho de menos a Satoshi Kon. Colorful demuestra como materiales sumamente delicados del anime pueden convertirse en desastre en las manos equivocadas. Sin explotar nunca su vertiente más visual, pese a que el origen fantástico de la trama como el título pueden llevar a engaño, tampoco consigue que su costumbrismo bienintencionado deje el poso necesario. De esto hay que culpar en gran medida a una historia que abre y descuelga subtramas sin motivo aparente, dedicándole excesivo tiempo a secuencias pretendidamente bellas pero fallidas, como la búsqueda de la ruta original de un tranvía, mientras desperdicia algunos de los mejores elementos emocionales, empezando por una relación madre e hijo que en buenas manos habría sido digna del maestro Ozu.

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Confessions (Tetsuya Nakashima)

Tengo una particular debilidad por las tramas de giros complejos y venganzas subterráneas, Confessions podría ser eso si su director dejase en algún momento de abusar de la slow motion y no se entregase a unos veinte minutos finales eternos, cargados de monólogos explicativos con los que busca atar y dejar claro todo lo ocurrido en la trama. El contenido más descaradamente pop y la indefinición de un protagonista no casan con el buscado dramatismo.

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L’Enfer d’Henri-Georges Clouzot (Serge Bromberg y Ruxandra Medrea)

Documental de visión obligatoria, no sólo por el rescate las imágenes que revela de la que pudo haber sido una de las películas más legendarias del pasado, una película que se soñaba como el paso adelante a Ocho y medio de Fellini; si no que además tenemos la oportunidad de ver la otra historia, aquella que el recientemente fallecido Chabrol no pudo recuperar, la historia que envuelve a esta película, en la que el prestigioso y minucioso Clouzot se da de bruces contra una nueva forma de entender el cine a la que no es capaz de adaptar su forma de trabajo, fracasando estrepitosamente. No es sólo la historia de un hombre que se vuelve loco de celos, si no la del hombre que quiere llevar esa historia a la pantalla y durante el proceso, se vuelve loco a sí mismo.

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Fire of Conscience (Dante Lam)

Casi una guía perfecta para entender el thriller hongkonés, Fire of Conscience consigue resultar el modelo idóneo con el que se mueven arquetipos perfectamente sincronizados. Aunque falto de la precisión y lirismo de un Johnnie To afortunado o del temple de Ringo Lam, la película contiene algunas secuencias de acción tan maravillosas y sorprendentemente físicas que uno se pregunta porqué seguimos dándole bola al cine norteamericano y sus cgis. Falto de pretensiones pero insuficiente en su carga dramática, Fire of conscience nunca termina de ser el gran film que podría haber sido, lo que no la hace menos entretenida.

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Insidious (James Wan)

Aunque es fácil quedarse con que se trata de una relectura nada vistosa de Poltersgeit hay que reconocerle a Wan una capacidad para aderezar sus películas con ciertos elementos barrocos que las diferencian de productos más acomodaticios. El espectador ya habituado se encuentra quizás con una película demasiado previsible y falta de garra, pero con un entretenimiento mayúsculo salpicado por alguna imagen poderosa.

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Jack (Kryshan Randel)

La vuelta de tuerca ha dejado de ser vuelta hace mucho: colocar a un elemento inusual como asesino vengador ya no basta. Jack sabe que le consume en el tiempo a cada plano que gasta en contar algo que conocemos, así que lo despacha con inmediatez y sentido del humor, como una pildorita que consigue que un chiste muy gastado se haga más gracioso contándolo a mayor velocidad. Realizado en 48 horas, el resultado puede no ser el más ingenioso pero es dificil imaginárselo mejor hecho en ese plazo.

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Je t’aime (Mamoru Oshii)

Mamoru Oshii se entrega a una base de videoclip para presentar una pieza corta donde se cruzan dos obsesiones: los perros de raza Basset Hound y la anormal belleza de seres artificiales femeninos. En una competición entre candidez y estallido de violencia, el supremo trabajo de animación no compensa la falta de enjundia de lo que no pasa de una demo técnica. Quizás un pequeño salto entre la lírica de la propuesta y cierta cursilería impostada, obligatoria cuando el nombre del director antecede cualquier proyecto.

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Juan con miedo (Daniel Romero)

La obra más redonda de Daniel Romero tiende un inusitado puente entre la estructura de relato corto americano (presente en el cómic al estilo Weird Science que porta el protagonista) y una tradición más castiza que bien podría remontarse hasta Goya. Conjuga una historia de inocencia, que podríamos relacionar con cierto despertar sexual y de anteposición a los miedos de la infancia (tanto los reales como los de la fantasía), todo ello en la marcada tradición española de los pueblos como lugar de eterno retorno, aunque sea estacional.

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L.A. Zombie (Bruce LaBruce)

Bruce LaBruce dispuesto a presentarnos un producto de porno gay entre mendigos zombies que pretende relaccionar tanto los vaciles de una identidad sexual como la invisibilidad de las minorías. Es una pena que el asunto no de para mucho y lo que podrían ser grandes ideas, como la relación entre el coito y la resurrección, termine quedándose en un running gag que pierde fuelle a cada secuencia.

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The last exorcism (Daniel Stamm)

Abandonando el camino trillado de sustos fáciles sin ningún interés al estilo “Paranormal Activity”, “The last exorcism” podría ser la película de terror pensada para Richard Dawkins oLouis Theroux. La película se encuentra siempre en la disyuntiva de hacer lo que más le conviene a la trama o al arco del personaje principal, optando por favorecer a lo segundo y entrando una línea más próxima a “Ordet” y a los primeros momentos de “El exorcista” original que a cierta gratuidad de los sustos. La elegancia con la maneja un tema tan delicado como la fe o el pánico que generan las supersticiones la colocan como una película que se aleja del gore y los sustos a base de subir el volumen para entrar el camino de la atmósfera y de un final donde una única silueta recortada se torna de una fuerza espiritual apabullante.

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Monsters (Gareth Edwards)

Me fascinan varias cosas de esta película: desde su acercamiento a la naturaleza hasta su separación, tanto en la manera de “ver América desde fuera” (con claro contenido político) como en la de entender el género como una frustración de las expectativas. Vendida como el nuevo District 9 pero más próxima a Vinyan (película más atmosférica pero peor realizada) o El año que vivimos peligrosamente, Monsters no puede satisfacer a ningún fan del género que no espere más que una intrahistoria enmarcada en parajes naturales. El fantástico no solo como la aproximación a unos códigos genéricos, de hipótesis y elementos imaginarios, si no como la fascinación que nos puede producir una selva o una muralla. Ni que decir tiene que me posiciono totalmente a favor de esta película.

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La otra hija (Luiso Berdejo)

Berdejo, un cortometrajista veterano que nunca ha abandonado su personalidad, demuestra que tampoco la ha dejado de lado en esta película. Sin embargo, aunque mantenga un buen ojo y un talento técnico envidiable para relatar los terrores infantiles, y pese a que la sombra de Shyamalan (y en especial de Señales) navega durante los momentos más críticos, el resultado final es tan arrítmico que su clímax solo puede entenderse como humor negro. La sutileza se convierte en una cuestión de ritmo cuando, una vez estirada la propuesta y girando siempre sobre sí misma, la descripción del personaje de Ivana Baquero empieza a ser excesivamente obvia.

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Outrage (Takeshi Kitano)

El cine de Takeshi Kitano ha funcionado siempre por contrastes, por un distanciamiento de lo que cuenta que ya fuese a través de la introspección como de la ironía, hacía del planteamiento clásico algo más llevadero y personal. Tras una etapa donde su propia figura ha estado muy presente, convendría esperar que Kitano volvería al género yakuza con otros planteamientos. Sin embargo, parece que Outrage es más bien una hoja en blanco, un nuevo punto de partida donde su habitual lírica y sus dispersiones se dejan en favor del humor negro y la contundencia visual. Los fans estarán encantados y los detractores no entenderán nada, así que se puede decir que Kitano ha hecho suyo aquello de que todo debe cambiar para que nada cambie.

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Rubber (Quentin Dupieux)

Lo que empieza como un inteligente discurso sobre la independencia y la libertad creativa en el cine actual y una manera particularmente divertida de darle la vuelta a los elementos más trillados del slasher se convierte en un bucle infinito que se autojustifica en demasía, llegando a un punto muerto que es adelantado por la propia película para evitar frustraciones. Desde luego, cuando parece que la película podría jugar muchas bazas, como la no existencia de la ficción cuando esta no es observada, se queda sin comodines, aunque aún respire algo de ingenio por debajo.

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Secuestrados (Miguel Ángel Vivas)

Con la pericia técnica de los planos secuencia, Miguel Ángel Vivas consigue implicarnos en una historia de asalto a chalets de lujo y crear tensión y arrebatos de violencia francamente perturbadores. No sólo el trabajo de dirección le imprime un ritmo a la historia que se puede considerar todo un hallazgo en la puesta en escena, si no que la interpretación de Manuela Vellés se sale de la escala para (re)crear toda una angustia en primer plano. Si hay que indicarle alguna pega es su final, excesivo hasta límites (intencionadamente) cómicos y con remate de créditos irónicos (algo que he visto recientemente repetido en Buried de Rodrigo Cortés) que le quita todo el enorme peso dramático que la película ha depositado en la hora y media anterior.

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A serbian film (Srdjan Spasojevic)

Construida como una gigantesca caja donde almacenar todo lo tabú y desagradable, A serbian film no es solo una jocosa manera de crear un producto autoconsciente a partir de la provocación, si no que consigue cumplir con su cometido al elevar lo límite de lo permitido para ver en una película más allá de lo que podríamos haber imaginado. Brutal desde la primera secuencia, y nunca tomándose demasiado en serio a sí misma, es un festín del mal gusto para el que los estómagos entrenados se encontrarán agradecidos de tener, una vez más, algo con lo que epatarse.

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The Shock Labyrinth 3D: Extreme (Takashi Shimizu)

¿Se ha convertido el subgénero de fantasmas orientales en un callejón sin salida? Porque este supuesto laberinto solo tiene una dirección a seguir y es la de repetición de clichés a base de las manías de los peores actores vistos. Hasta el ‘extreme’ del título suena ya a tomadura de pelo ante una película que se limita a navegar con increíble flaqueza por recursos pobres e inofensivos. Ni ese 3D usado sin criterio alguno (difuminados y encadenados impiden que la cosa funcione como corresponde) consigue ser aprovechado lo más mínimo, ni para un triste susto contra la platea. Poco a poco, la película revela su verdadera naturaleza como material promocional de una casa encantada en un parque de atracciones de Japón y no como un producto exportable y cinematográfico.

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Super (James Gunn)

Allí donde la blandengue adaptación de Matthew Vaughn del rompedor cómic de Mark Millar, Kick Ass, fracasaba, James Gunn demuestra que el underground es algo que se lleva en la sangre y no una tendencia sobre la que crea la impostura de turno. Super consigue combinar herejía, violencia gratuita y ambigüedad moral con un deje poético y lacónico sobre su protagonista, del que nunca llega a compadecerse ni a engrandecer si no al que comprende en todas sus patéticas dimensiones para extraer, de lo que en principio podría haber sido una simple parodia de superhéroes, toda una forma de entender los éxitos de la vida con un, digamos, optimismo de resignación. Porque una película donde Rob Zombie hace de Dios y Nathan Fillion de su profeta merece siempre un fervoso aplauso, aunque solo sea por descubrirnos la faceta menos conocida de Ellen Page: la de eufórica ninfómana.

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The United Monster Talent Agency (Greg Nicotero)

Vale, es cierto que es fácil ganarse el aprecio del público a base de codazos cómplices, como pueden ser el cine dentro del cine y los guiños a los iconos más reconocibles. Pero es indiscutible que el trabajo de Greg Nicotero en esta pieza corta es uno de los más divertidos y adecuados vistos en el festival, no ya porque maneje unos medios inusuales para un formato tan denostado como el cortometraje, si no porque revela un acto más apasionado que cerebral. Podríamos decir que aquí la búsqueda de cómplices no es sólo un método para ganarse la confianza del espectador, si no una forma de hacerlo partícipe de una mitología compartida y festiva.

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Vanishing on 7th street (Brad Anderson)

Brad Anderson se limita a presentar un producto aceptable que vuelve a ver del mismo esquema de grupo heterogéneo enfrentándose a amenaza exteriorque tanto relacionamos con Howard Hawks o John Carpenter. Quedándose ahí, en todos los tics y problemas de un subsubgénero, Anderson desaprovecha la parte más mística de la amenaza, la duda sobre el origen de esta y el destino que aguarda a los acechados, malgastando la oportunidad de acercarse a las enfermizas atmósferas de películas como Kairo.

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The ward (John Carpenter)

Vuelve Carpenter y uno se pregunta que le ha mantenido no sólo nueve años alejado de la gran pantalla, si no porqué decide volver con una película tan impropia de él. Cargada de algunos sustos francamente previsibles pero con un desarrollo y un giro final sumamente gastados, es dificil encontrar momentos aislados donde el maestro tras las cámaras brille a todo su potencial. Quizás una aislada secuencia de baile entre mujeres arquetipo propias de fantasías masculinas, donde Carpenter conecta su trabajo con aquel al que Tarantino homenajeaba en Death Proof, sea el momento más liberador de una película que en ocasiones parece hecha con plantilla.

Zebraman: Attack on Zebra City (Takashi Miike)

Hacer una segunda parte de una película tan forzosamente demencial como Zebraman no es un reto baladí. Pero si de algo sabe Miike es de sorprender constantemente incluso al mayor de sus adeptos: videoclips insertados entre chistes de humor negro, pedos gigantes que arrastran ciudades, metáforas sobre centrifugado que se vuelven literales, una repetición del clímax de la original con vuelta de tuerca… el bombardeo de ideas absurdas es tal que, como una ametralladora, mal será que alguna bala no dé en el blanco. Quizás irregular por momentos, sobre todo en aquellos donde la trama se desarrolla de un modo más convencional y en la obligatoriedad de lo pop al que el cine japonés más comercial está supeditado.

Velasco Broca. Una aproximación.

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La siguiente entrevista viene de lejos, concretamente, de un año atrás en el tiempo; en el transcurso de los meses, tanto la vida del entrevistado como del encuestador han tomado nuevos matices y esta continua evolución, sumada a la incompatibilidad de dos agendas muy apretadas, han provocado la tardanza de esta cita, creo que la espera ha merecido la pena. Lo que no se debe dudar, es que el cine de César Velasco Broca (Amurrio, Álava, 1978) es lo suficientemente peculiar para despertar filias y fobias a su alrededor, es curioso que en principio, esta entrevista se hubiese planteado como un modo de dar a conocer a uno de los cineastas patrios más interesantes de la actualidad, pero se ha vuelto ha demostrar la máxima de que los talentos ocultos no permanecen en ese estado demasiado tiempo y tras su éxito en los festivales de Slamdance, Escorto, Sitges y la Quincena de Realizadores de Cannes, Cameo acaba de editar un dvd recopilando toda su obra bajo el título Echos Der Buchrüken. Pocas modificaciones hay entre las preguntas planteadas hace un año y las respondidas hace tan sólo unos días, el lector tendría entonces derecho a quejarse de los temas que no se tratan o de lo poco profundo de los que sí se presentan, pero considero más oportuno que la entrevista se mueva en estos términos, más inocentes y pretéritos, quizás como ejemplo de determinismo. Quien sabe donde estaremos nosotros dentro de un año…

– Antes de nada, creo que es conveniente presentarse. Nosotros ya nos conocemos, pero probablemente hay mucha gente que se pregunte quien es César Velasco y porqué cree este que sus respuestas a esta entrevista pueden interesarle.

César Velasco es un chaval que conocí pero que no se conocía. Poco queda de él. Nada de lo que yo pueda decir le interesará a nadie y mucho menos a él.

– Cuando me enfrenté por primera vez a su obra fue con el visionado de Kinky Hoodo Voodoo (2004). Tengo que reconocer que las primeras referencias que cruzaron mi mente fueron algo a medio camino entre Luis Buñuel y Cory McAbee. Conozco lo difícil que sería responder a una pregunta sobre sus influencias, por ello, creo que es más fácil responder con que directores o películas cree que resultaría más fácil relacionar su obra.

Bresson es probablemente el director que de manera consciente más me haya influido. Los planos que por problemas de producción, más rápido tuve que rodar, fueron salvados gracias a una pequeña reflexión mía sobre un gran recuerdo suyo.

– Es bien conocida su afición al escritor norteamericano Philip Kindred Dick. Con él parece compartir la lucha de los seres humanos ordinarios contra los designios de entidades que escapan a su entendimiento.

Efectivamente. Además guardo un especial cariño por el Gnosticismo Valentiniano.

– ¿Qué fue Pasaje al planeta clandestino?

Un aventura riojana en forma de fanzine de cómic. Llegamos a editar más de 7 números pero nunca pasamos de la numeración 2. Allí coincidimos Kb, Alberto Bueno, elreydespaña, Mauro Entrialgo, Miguel A. Martín. Representó para mí una de mis mejores épocas, aunque no lo echo de menos.

– ¿Cómo y de que manera empieza su andadura por el mundo de la producción musical electrónica y la creación del sello Batan Bruits?

A raiz de una exposición universitaria por parte de mi diseñador de sonido, Roberto Fernández, y mi gran camarada Manuel Sánchez Muñoz, me interesé por el sonido electrónico y sintético, sobre todo por Kraftwerk. De ahí salté a Esplendor Geométrico. Y desde esa perspectiva industrial, caí en Ivan Pavlov aka Coh. Allá por el 2002 me zambuí en la electrónica minimalista post digital de la escuela Raster-Noton. Por esa época conozco, por intermediación de Miguel A. Martín, al cartero de mi barrio y pionero de música electrónica española Miguel A. Ruiz aka Orfeon Gagarin. Cuando escuché las antiguas bobinas y casetes de Ruiz, supe inmediatamente que había que reeditar todo ese material. Con ese propósito fundamos Batan Bruits. Y ahí seguimos.

– Háblenos de Ensoñaciones de un chico de provincias, cortometraje de escuela que, tengo entendido, protagonizó.

Le dí rienda suelta a mis fantasías fetichistas. Nos marcamos un vídeo erótico en medio de un bosquecillo del Campus de la Complutense en el que lamía los pies de mi amiga y productora Deneb Martos, y era pisoteada por mi diseñadora de producción Beatriz Navas Valdés. Cormac, mi socio y productor, también salía al final del video. Recuerdo que nos puntuaron con un 8, y eso que no habíamos hecho balance de blanco y teníamos una dominante azul tan acusada que parecía una noche americana. Gracias a eso coló.

La Costra Láctea obtuvo el honor de ser clasificado como el cortometraje más raro emitido en el programa Versión Española. ¿Cómo se sale de semejante apuro?

Con Tranxilium. Se puede ver en la grabación del programa.

– Se puede argumentar que existe una nueva corriente de cortometrajistas que, próximos a un mismo grado de correlación, van poco a poco haciéndose notar y proponiendo un enfoque distinto a la cinematografía nacional. Pero… ¿realmente se puede hablar de una generación?

Vendría a ser la generación del 77. Hablaré de aquellos que me quedan más cercanos: Nacho Vigalondo, Eugenio Mira, Alberto González y Borja Cobeaga. No son los únicos, pero al menos puedo decir que he visto a dos de ellos desnudos y que he dormido en la cama de todos y con todos. Yo me incluyo en esta generación de la que soy, por otra parte, el más joven.

Me gusta siempre hacer comparaciones entre estos directores, jugar con sus diferencias.

Siempre digo que Eugenio es el más inteligente. Es muy rápido, muy hábil con el escudo, se escabulle detrás de tus orejas, y todavía no le has visto los ojos. Pero está loco, probablemente irrecuperable. Si hay alguien que anda a dos palmos del suelo es él. Una especie de Quijote sin escudero. Y su cine es exactamente igual. Completamente impenetrable y monstruosamente hiperreferencial. Grandes cantidades de fosas y murallas, si bien grandes y bellas. Sin embargo, cuando juega la baza del video doméstico, atraviesa multitud de líneas sin detenerse en ningún punto. Monta directamente mientras graba y edita el sonido también en tiempo real. El resultado es sorprendente. Diría que son absolutas obras de arte, unos vídeos de gran fuerza trasmutadora. Por desgracia, él apenas le da importancia a estas piezas suyas, y las difunde entre amigos como meros registros lumierenses. Espero que en un futuro podamos disfrutar de una selección de estos videos suyos en alguna hermosa edición.

Nacho se desliza entre todos los tejidos de la comunicación. Su hiperactividad le hace muy prolífico y resulta del todo imposible poderle seguir la pista. Su interés por los media no es meramente especulativo. Existe en él una profunda reflexión de las herramientas propias de cada una de estas expresiones, muchas de ellas jóvenes e incluso todavía sin nacer. Como es cántabro se mete directamente por el coño de las instituciones que ostentan estos medios, y que ni siquiera saben que están embarazadas, y si lo saben, desde luego desconocen la identidad del padre, ni a qué especie pertenece. Y ahí está Nacho dándole con el cincel a ese embrión. Y cada nacimiento es celebrado por todos nosotros. Puede parecer que trabajo con metáforas pero no es así. Todo lo que digo debe tomarse de manera absolutamente literal. Si hay un experimentador en esta generación es él. Siempre se ha dicho que yo soy el raro, el del cine experimental, pero no es así. Código 7, El Club de la Eta, Cambiar el Mundo, 7:35 de la mañana… son punto y aparte en la historia del audiovisual español. Por otra parte, siendo como es él uno de lo más grandes, también es el más miedoso. Vive demasiado pendiente de la respuesta del publico, sufre cada vez que muestra un nuevo trabajo. Quizá pueda llegar a estar obsesionado por el éxito. No creo que esto sea beneficioso para su obra, pero en cualquier caso, ha demostrado salvar en muchísimas ocasiones esta pequeña falta, este pequeño temblor en su voz. Sin lugar a dudas, el audiovisual internacional acabará asumiendo una gran deuda con él.

De Alberto González, poco puedo decir. Es sencillamente un genio. Y un vago también. Nacho me comentó en una ocasión que si tuviese que elegir entre Alberto González o un pack de 10 DVDs con más de 20 horas de trabajos producidos por el propio Alberto, sin dudar le metería un tiro en la cabeza y se llevaría el pack a casa.

Pero lo mejor de todo esto es que Alberto es la MEJOR persona con la que puedes compartir tu tiempo. Su obra no es sólo tan sólo reflejo de lo peor de su alma, también lo es de lo mejor del alma española.

El bueno de Borja Cobeaga nos aguanta al resto del nosotros. Es el más clásico. Muy lúcido en las reglas y con un gran entrenamiento profesional. Una especie de Carlos Saura con dolor de cabeza y pelo erótico. Esto es, Berlanguiano sin una pierna.

Lo que nos une y lo que permite la nomenclatura de generación es la multitud de cruces en el espacio-karaoke y en el tiempo-canción. La reflexión física de cada uno de nosotros hacia el resto. Y por último, el amor hacia una misma mujer.

– Háblenos de Noches Transarmónicas, su largamente acariciado proyecto de largometraje, que parte de un guión de Nacho Vigalondo, en principio, con lo que parece ser una mezcla de Las noches blancas de San Petersburgo de Dostoievski y A vuestros cuerpos dispersos de Philip J. Farmer.

Será una coproduccion hispanobrasileira rodada entre La Rioja y Brasilia. Se están cerrando todos los tratos todavía, así que el futuro todavía le es bastante incierto. En cualquier caso rodaremos un Teaser de 4 minutos en Enero, para poder llegar a Cannes con él. Parece más inminente el rodaje de la serie de TV las Aventuras Galácticas de Jaime de funes y Arancha. Quizá dentro de un mes y medio pueda decir algo.

-No sorprende que un cine tan particular como el suyo se haya visto enfrentado ocasionalmente ante la incompresión de muchos. Empezando por cierta historia suya que tiene que ver con La cóstra láctea (2002) y la amenaza de cortarse un pulgar, o la reciente segunda exclusión del catálogo Kimuak del que se ha hecho eco en su web. ¿Cómo ve esta clase de, digamos, incidentes?

Lo contemplo más como accidentes. Cuando se trabaja en la remodelación de ciertos imaginarios ya ineficaces, también se enfrenta uno a todas sus consecuencias nefastas. El símbolo es una de las grandes tragedias humanas. El imperio nunca tuvo fin.