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La chispa de la vida

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Nadie puede negar que la popularidad que Álex de la Iglesia se ha ganado dentro del cine patrio está más que merecida. Pese a una trayectoria errática hemos encontrado entre sus obras una marca personal, un gusto por el humor negro, la sátira de trazo grueso y una personalidad arrolladora; pero también nos hemos visto recompensados como espectadores por una serie de sorpresas y registros que creíamos impensables en nuestras fronteras, tomando prestados aquellos registros del cine norteamericano que en otrora se despreciaban e inspirando a una gran parte de las generaciones de cineastas actuales en España. Sin embargo, entre el recorrido de su agresivo comienzo y su última etapa es imposible no ver un hastío; dicho cansancio se traducía en las enormes diferencias que separaban la provocadora y enérgica Acción mutante de su más adocenada y convencional Plutón B.R.B Nero. Esa postura que iba derivado de un tono despreocupado ante un bipolar equilibrio entre lo respetuoso y su arrebato parecía partir de sus circunstancias personales, entre las que se incluye su experiencia igual de insegura como Presidente de la Academia de Cine. Balada triste de trompeta vino a confirmar que aquellas explosiones concentradas de júbilo y rabia se habían convertido en aparatosos fuegos artificiales. Si bien su cine siempre había tenido que lidiar con las dificultades de guiones no del todo bien cerrados, aquí nos enfrentábamos a una caótica proyección de imágenes enloquecidas, mal hilvanadas e insatisfactorias, que tejían una conclusión que se prometía incorrecta y resultaba retrógrada.

Su último trabajo, La chispa de la vida, hacía temer lo peor. Un proyecto que parecía salido de la nada, apurado en un último momento y a rebufo del éxito de su anterior película. Un proyecto que se anunciaba partiendo de la crisis, del 15M, de la telebasura. En definitiva, parecía una película que nadie necesitaba, ni siquiera su director, pero que buscaba a toda costa aprovechar las sinergías actuales. La verdad es que el guión de Randy Feldman llevaba ya algún tiempo moviéndose sin éxito, algo que tampoco era tranquilizador, hasta que cayó en manos del director bilbaíno. Pero, ¿quién sabía? tal vez el tratar con un guión ajeno haya impulsado a De la Iglesia en una dirección insospechada, aquí en un registro más dramático que en los anteriores. La película no deja de ser terriblemente fea en su trabajo de cámara, pero curiosamente esa caótica disposición, esa dejadez y prisas, ese montaje que hacía de Balada triste un continuo resoplar aquí no abandona ni un momento la tensión emocional del texto. De este modo, La chispa de la vida nos agarra con fuerza a la media hora de empezar, rompe todas las expectativas depositadas en el histerismo que anunciaba y, pese a alguna salida de tono, busca dejarte exhausto emocionalmente. De la Iglesia y Feldman disparan a tantos objetivos y a tanta velocidad que no es extraño que acierten muchos de sus tiros. Llena de defectos pero con la capacidad de atarte a la butaca, de generar una tensión y un horror asombrosos, el único gran escollo por salvar es su necesidad de subrayar sus intenciones más positivas; ahí es cuando la película encuentra los momentos donde uno puede, paradójicamente, acabar desconectando ante la constante búsqueda de empatía: el monólogo de José Mota sobre los bancos, el médico que compara la importancia de su labor con el sueldo de los artistas o el personaje de Juanjo Puigcorbé como encarnación de un Mal demasiado presente en nuestra sociedad. Sin abandonar un sentido humanista y de esperanza dentro de su oscurísima propuesta, De la Iglesia dispone este circo mejor de lo que hacía con sus anteriores payasos, dejando que esa siempre molesta moraleja flote sobre un más denso drama humano que, al final, es lo que más capta nuestra atención.

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Errores de juicio sobre Caprica

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Llevaba tiempo queriendo hablar de Caprica, la precuela de Battlestar Galactica que se está emitiendo en Syfy actualmente. Mi espolón ha sido el comentario de Hernán Casciari al respecto, que me ha llevado una vez más a comprobar el sentimiento de inferioridad y los prejuicios que el género de ciencia ficción sigue arrastrando. Del comentario de Casciari se puede deducir que el verdadero valor de Caprica es su acercamiento a la realidad, el hecho de que sea un mundo probable y que renuncie en primera estancia a aquellos elementos más evasivos. De todo ello saco en conclusión que Casciari ha visto Caprica, pero no le ha prestado ni la más mínima atención. Al menos reconoce no sentir ninguna empatía por el género, pero supongo que no excluye que su opinión, como la de muchos otros, ponga sobre el tapete un malentendido habitual con la ciencia ficción.

Si Caprica es un acercamiento medianamente realista y cargado de diálogos antes que evasivo y lleno de acción es por motivos puramente presupuestarios. Desengáñense de una vez, por favor: la estaticidad y el realismo no son superiores al dinamismo y la fantasía; en realidad, sería más fácil decir que son inferiores, porque ponen de relieve unos límites, ya sean de medios o de imaginación, que acotan el producto final. Eso que vaya por delante. El otro hecho que se ha de considerar es que lo menos interesante de Caprica, y en realidad, de toda la ciencia ficción, es el reflejo que esta hace de la realidad. No necesitamos la ciencia ficción como una engolada metáfora de la actualidad; es cierto que tiene ese potencial y hay más de una obra maestra del género que se mueve en esos contextos, pero la ciencia ficción tiene la capacidad de tener virtudes independientes de cuanto dicen u omiten de nuestro presente. En el caso de Galactica, por ejemplo, el hilo principal habla del clásico problema de identidad: un personaje en el que conviven tres entidades separadas (cuerpo, mente y alma) y que sabemos que darán lugar a los cylon, los robots asesinos de Battlestar Galactica. Los entramados empresariales, los melodramas privados, las cuestiones religiosas y étnicas son un vehículo para esa trama principal, que no tiene reflejo tangible en la realidad. El corazón de Caprica es, en realidad, un conflicto fantasioso y elevado, fuera de lo mundano. Dejemos de revindicar la ciencia ficción por ser capaz de lanzar “mensajes” o “metáforas” de tres al cuarto, o plantear conflictos propios de telenovela y olvidemonos de términos como “anticipación”  o “especulativo”: a la ciencia ficción no le corresponde el deber de ser un género profético, si no que utiliza una base sólida y reconocible como es la tecnología o las hipótesis científicas para crear un mundo imaginario, irreal porque supone la alteración de algún factor con respecto a nuestro presente (o a nuestro pasado, si se trata de  subgéneros como las ucronías o el steampunk) que la exime de responsabilidad con lo real. Lo interesante de la ciencia ficción es que expone alternativas a lo real, que ponen con ello de manifiesto muchas de las cosas que definen nuestro mundo, pero que de ningún modo tienen como interés que sean “mundos probables”.

Lo que hay es una actitud clasista, como si el aficionado a la ciencia ficción fuese menos respetable porque se fija en lo evasivo y no en “grandes cuestiones”, cuando precisamente son esas evasiones las que nos plantean, desde su desproporción, desde lo alternativo en tiempo y espacio, nuestro lugar en el cosmos. El no aficionado tiene que justificarse entonces con la ausencia del aspecto más injustamente considerado “infantil” a través de una ciencia ficción que se parezca lo menos posible a la ciencia ficción más popular. Caprica no es el caso, y sigue siendo una historia de robots que se preguntan quienes son, como Galactica cuestionaba a todos y cada uno de los miembros de su enorme elenco su propia identidad y lugar en el mundo, algo que no hacía a través de grandilocuencia melodramática, si no a partir de algo tan “evasivo” como una profecía  divina o la existencia de robots humanoides; algo que no le es ajeno a gente como Philip K. DickIsaac Asimov o Stanislaw Lem. Lo que mola de la ciencia ficción son los robots, los viajes en el tiempo, las realidades alternativas, los extraterrestres, los cyborgs, las naves espaciales, lo virtual… Porque lo que nos gusta, lo que nos apasiona de verdad de la ciencia ficción no es en lo que se parezca a nuestra realidad, si no en lo que se diferencia de ella, pues es de esa comparación inconsciente de donde se extraen las mejores ideas de la ciencia ficción.

Green Zone

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Paul Greengrass se ha ido convirtiendo poco a poco en una voz de la última década, la que cubre Domingo sangriento (2002) y sus dos entregas de Bourne, asi como United 93 (2006), hasta esta última incursión en el caótico y hostil mundo del terrorismo y el tecnoespionaje, como si trazase un mapa que tratara de buscarle un sentido a nuestra violenta actualidad, rebuscando entre los lugares más insospechados: desde los pensamientos de las víctimas hasta el orden burocrático. Es por ello que las expectativas con Green Zone, una película que parecía anunciar el matrimonio entre la contundencia de Bourne y su búsqueda de las causas del conflicto irakí – aquí bajo el mcguffin, en la realidad y en la ficción, de las Armas de Destrucción Masiva – no podían ser más elevadas. Quizás que Matt Damon repita como protagonista nos predispone demasiado a aquellos tics reconocibles de la saga del espía desmemoriado, y hasta cierto punto, cumple con lo esperado: al igual que en las películas de Bourne, el conflicto se divide entre una trama de combate físico y otra en los despachos, hay una pequeña persecución automovilística, una pequeña pelea a puñetazo limpio y tensas escaramuzas… pero el tratamiento de las mismas es menos exhibicionista de lo que cabría esperar, y pierde parte de su encantadora espectacularidad. Quizás el verdadero problema de Green Zone es como se ajusta a un modelo de espionaje más propio de un Tom Clancy desprovisto de jerga militar, y como esto trae como consecuencia una simplificación de los elementos que la componen ante la responsabilidad de ajustarse no sólo a lo “histórico” si no a la latente necesidad de explicitar su posición política, su moraleja a modo de falsa expiación. La película parece que necesita poner en boca de sus personajes todas las posturas irreales que comparten, reduciendo a sus personajes a marionetas de un teatro con mensaje. Si bien Greengrass mantiene ese famoso pulso en las escenas de acción que lo hacen un realizador contundente y digno de admiración, esta vez quedan enterradas ante la imperiosa obligación de ser un reflejo moral, de dejar constancia de lo importante que es el contexto en el que se mueve, olvidando con ello todo el carácter lúdico que, a estas alturas, una película de estas características debería tener. Y es que el verdadero perdón no llega con la postura del arrepentimiento, si no con la frivolidad que otorga la distancia en el tiempo.