Tag Archive | Don Siegel

No habrá paz para los malvados

santos_trinidad

El esquivo cine de Enrique Urbizu ha trazado, mediante ecos del thriller, un retrato seco de la España negra y de sus más terribles grietas. La violencia es latente en gran parte de su filmografía como una vía de escape a los problemas de un país cargado de frustración, atado (y bien atado) de pies y manos ante la incompetencia y las malas intenciones, el cinismo y la estupidez. Urbizu retrata España como un lugar real, familiar para todos nosotros, sin tratar de aparentar lo que no es, sin huir de la propia imagen que tenemos de ella, de todos sus defectos. No se regodea en ella con ironía ni se evade proyectando fantasías estadounidenses, solo hay sinceridad sin artificios, algo muy impropio de tiempos tan globalizados.

Y es que esa globalización es algo que marca el discurso de su última película. No habrá paz para los malvados pone las manifestaciones antisistema frente a las amenazas terroristas y el polémico hacer del cuerpo policial. Esa imagen de la España de las Tres Culturas, la del talante y la multiculturalidad, se contrapone aquí con una imagen de la península ibérica como territorio fronterizo, como el México de Quiero la cabeza de Alfredo García (Sam Peckinpah, 1974) o los barrios de Los Ángeles en The Shield (2002-2008), es en las fronteras, en esa tierra de nadie separada por líneas difusas, donde las distintas civilizaciones se entrecruzan y su roce da lugar a la hostilidad y el trapicheo. Estamos ya, desde el plano que abre la película, en el terreno del western, porque, como venía a decir Urbizu tanto en Todo por la pasta (1991) y La caja 507 (2002) nuestro western no es la Guerra de Fiesta Parda Española; nuestro western está siendo la democracia, el ladrillazo, el 11-M.

El resultado es francamente austero, lleno de recovecos, de callejones sin salida, de tiempos muertos. Aquí el impedimento de la burocracia que atribuíamos a The Wire (2002 – 2008) pasa al terreno de Mariano José de Larra en su dantesco desinterés. También es polémico: la imagen que proyecta la película tiene unas lecturas políticas francamente terribles y la intranquilidad que su último y sostenido plano nos transmite remite inevitablemente a la fatalidad. Como también remiten los sugestivos detalles a nuestro imaginario del terrorismo post-11S: aeropuertos, trenes, metros. ¿Quién no ha pensado en el tercer acto en el atentado Hipercor? Santos Trinidad se convierte en el alma de la película, su nombre le muestra destinado a ser un cruzado accidental contra una invasión islamista, pero eso sería una imagen simplista. El personaje deJosé Coronado trasciende el tópico de Harry el Sucio (Don Siegel, 1971) y el Teniente Corrupto (Abel Ferrara, 1992), y sobrevuela la parodia de ambos que reconocemos en Torrente (Santiago Segura, 1998) y se convierte, en su redención de héroe melvilliano, en nuestro Ethan Edwards.

Clint Eastwood, invicto

invictus

Hay en Clint Eastwood una transformación que le lleva desde películas tan radicales como Infierno de cobardes (1972) y de ser el heredero del legado de Don Siegel y Sergio Leone, a convertirse en el adalid de un cierto clasicismo que busca en él una última figura de otros tiempos a la que aferrarse como a un tablón en un naufragio. La consecuencia principal de todo esto es que Eastwood ha terminado por ser un intocable que no suele ser puesto en duda, haciendo que los principales defectos de sus obras se omitan en función del mito, tendencia que llegó al paroxismo con Gran Torino (2008), una película que bajo el señuelo de devolver al estereotipo de tío duro que ha quedado como imagen colectiva de este actor y director, encontraba un paralelismo con su propia trayectoria al convertirse en un proyecto inofensivo y redentor, de formas simples, que buscaba un reconocimiento de un rol clásico antes que una transgresión del mito. Pero que este antifanatismo no nos lleve al extremo opuesto: Eastwoodmantiene en todas sus películas un talento innato para la dirección que sitúa cada película suya, por vago y poco interesante que sea el proyecto, como una cita ineludible.

Invictus parte, como viene siendo habitual de los últimos proyectos de Eastwood, de un proyecto a priori blando y poco significativo: una puesta en escena hollywoodiense del libro El factor humano de John Carlin que venía apadrinada por su compañero y amigo Morgan Freeman, contando con el beneplácito de Nelson Mandela. En ella se trata la recuperación de Sudáfrica tras el apartheid, la lima de asperezas entre blancos y negros y la trayectoria de la selección nacional de rugby, camino de la final. En resumen: un proyecto que en las manos equivocadas acabaría siendo un edulcorado e insoportable viaje al corazón del tópico y la nadería. Sin embargo, Eastwood sabe imprimir nervio y talento a la hora de resolver secuencias emocionalmente embarazosas, y se la juega a no darle el habitual sentido épico al deporte como alegoría del país, centrándose más en las reacciones del país ante los triunfos de su selección; un gran acierto. La película no destaca por su componente interpretativo, y desde luego, la indefinición genérica de la trama, que navega entre thriller político e historia de superación deportiva, no apoyan a un conjunto endeble, salpicado de buenos momentos, regalándonos una imagen tan bella como Mandela recitando el poema que da título a la película. Quizás Eastwoodsí sea el ejemplo último de clasicismo: aquel que no puede vivir en la sociedad actual porque la valentía de su obra debe permanecer oculta para agradar, la imagen de un director que no puede ser atrevido en tiempos de corrección política, como un reflejo invertido de Mandela o dePienaar que buscan, ante todo, evitar el conflicto y unir a todos bajo una misma carpa; puede ser que Eastwood nos esté diciendo así que sus películas son como ese partido final: una forma de hermanar espectadores, de pulir sus diferencias, sin afrontar el origen de estas.

Fantasmas por el rabillo del ojo

changeling

El Orfanato (J.A. Bayona, 2007) es una historia protagonizada por una madre coraje que pierde a su hijo y continúa buscándolo, aún cuando el Sistema le ha fallado. Hay ruidos extraños, un misterio, parapsicología, fantasmas. Es un cuento de terror.

 El intercambio (Clint Eastwood, 2008) también.

Antes hay que referirse a esta película con su nombre original: Changeling, un vocablo inglés que se define como el acto cometido por un ser mágico, un duende, un diablillo, al sustituir con su presencia a un infante; antes tenemos una película de título similar que aquí se conoce como Al final de la escalera (Peter Medak, 1980), nuevo cuento de horror que, que casualidad, estaba de una u otra forma presente en todo El Orfanato.

Una vez aclarado esta simpleza, me molesta soberanamente como se ha convertido a Eastwood en un tótem de un clascisimo dramático al que no pertenece. Hablamos del alumno aventajado de Leone y Siegel, que de clásicos tenían poco, y el drama eran casi sus excusas para innumerables tropelías formales. Eastwood tambien es un cafre que juega a ser clásico, que tiñe de glamour unos textos banalizados, basados en hechos reales, para acabar contando historias de terror, puro american gothic, una forma bruta de dignificar el morbo. En su (pen)última película se adivinan fantasmas a través de huecos, a través de presencias que son ausencias, a través de un relato que viaja y vuelve, muy lejos de una veracidad periodística y tan manipulable como el cuentacuentos que es.

Así, El intercambio puede parecer un drama de esos que se estilan tanto en estas fechas, que parecen venir con una etiqueta ya en el proceso de preproducción que dice For your consideration; pero no lo es. Es una película de terror, sólo que los monstruos cantan villancicos, los fantasmas están fuera de campo y la protagonista es una señora en una época donde para seguir siendo considerada como tal, había que callarse y no protestar. El intercambio es la más efectiva película de terror para madres que he visto nunca.