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TED y “Prometheus”: Powerpoints desde el futuro

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Creo que no escandalizo a nadie a estas alturas si digo que Alien es una película perfecta; o al menos todo lo perfecta que puede ser una película. Es uno de los trabajos más fascinantes que he visto, tanto como aficionado al séptimo arte como al género, y lo es por una alquímica suma de talentos y circunstancias tan improbable que solo podríamos considerarlo un “milagro termodinámico”. Es por eso por lo que miro con escepticismo Prometheus ese remake-o-reboot-pero-no en manos del mismo director, un escepticismo que también viene acompañado de cierta excitación infantil, porque ¿quién sabe?

Prometheus se promociona con este viral escrito por Damon Lindelof y dirigido por Luke Scott. Me gusta mucho, por supuesto. Y ha generado un debate interesante (en este link cortesía deHijotonto) a raíz de que TED – la interesante web de conferencias donde admito pasar el mismo tiempo que otros dedican en internet al porno – sea el centro del propio vídeo, mostrando no solo una imagen nada amable de sus conferencias, si no una especie de visión de futuro bastante desagradable, que arroja una inusual sombra sobre su actualidad: un empresario retratado negativamente dando una charla triunfalista, vacía e insustancial para vender su propio producto. Exactamente el mismo motivo por el que considero las presentaciones de E3 como el mayor espectáculo cómico del año, pero eso es otra historia.

Antes he dicho que me encanta el viral, pero eso no significa que no le encuentre multitud de defectos. Un ejemplo superficial: cualquiera que vea habitualmente charlas y conferencias grabadas se ha familiarizado con un tipo de realización muy imperfecta. Los que hemos grabado galas y eventos sabemos de sobra que es imposible que nunca se cuele algo: un cable, un técnico, una pantalla fuera de sitio, un conferenciante que se mueve de la marca y queda durante unos segundos cortado por el cuadro. Pongo por ejemplo esta charla de Steven Pinker que vi hace un par de días y el técnico que aparece a su derecha, pasando de todo en el minuto 4:09. Haber incluído algo así y no esa ubicuidad milimetrada de planos le habría dado un tono más verosímil y, por supuesto, más aterrador.

Pero, a raíz de un conmentario en Twitter sobre el mito de los “mad doctors” me he dado cuenta de otro detalle que no me termina de funcionar en ese vídeo. Veamos: Guy Pearce como el empresario Peter Weyland aparece con su aire altivo, su traje impecable y su pelo engominado en lo que podría ser una caricatura de la imagen del “empresario sin escrúpulos”. Podríamos decir que Peter Weyland está hecho del mismo material ideológico que el atolondrado Cave Johnson; pero donde el personaje de Portal 2 aparece proyectado en un pasado próximo que remite a Walt DisneyNikola Tesla o Howard Hughes, en cambio, Weyland aparece en un año 2023… representado como un empresario de los años 50.

¿Quiénes copan las portadas (metafóricas) actuales como gurús tecnológicos? Gente como Mark Zuckerberg o David Karp. Antes he mencionado el E3 porque es ahí donde uno puede ver que la cara del mundo de los videojuegos la ponen gente como Hideo Kojima o Suda 51. Incluso aquellos que no hacen de cierta actitud “rebelde” su imagen, gente como Gabe NewellWill WrightTim Schafer o Reggie Fils no se parecen en nada a este Peter Wayland. ¿Quién sí aparece en el E3 con esa conducta de ejecutivo chulesco? Kevin Butler, una parodia, interpretada por el actor Jerry Lambert y creada para los anuncios de Sony, de ese modelo de chupatintas alejado del público que consume su producto. Hasta la imagen de Steve Jobs en pantalones vaqueros y zapatillas de deporte se ha convertido en prácticamente un estandar. Véase un ejemplo en esta charla de Christopher Poole que contrasta mucho con la ostentosidad del viral. Las presentaciones tecnológicas actuales se hacen vestido de “sport”.

Esa imagen del “mad doctor” actual – que me corrija Noel Ceballos que es experto en la materia – viste con sandalias, chandals y todavía tiene acné. Desde Kevin Mitnick (y en paralelo con el nacimiento de la literatural cyberpunk) la imagen de la tecnología y el progreso está ligado a lo “geek”, y lo “geek”, poco a poco, se ha ido ligando a una imagen de “rock star”. Las charlas de 2023 en TED no deberían parecerse a las presentaciones de una Expo mundial del siglo XX, si la tendencia se mantiene (o si conseguimos recordarnos a nosotros mismos que la ciencia ficción no es más que nuestro presente caricaturizado y no una verdadera especulación sobre el futuro) los Peter Weyland del futuro harán sus presentaciones en batín y calzoncillos.

Super 8

Super8

¿Qué es una película clásica? No me refiero a esa época de los estudios que se usa para definir el término, sino a lo que hace que una estructura sea funcional y atemporal. Pienso en como se habla de los años cincuenta a los que mucha parte del cine de los ochenta miraba sin ningún pudor, y como ahora Super 8 es una película que mira a los ochenta del mismo modo que las de aquel entonces miraban a los años cincuenta. Es fácil tomar el dato numérico e interpretarlo: hay una distancia de treinta años en cada una de esas “etapas”, marcan los momentos en que los niños que entonces vieron aquellas películas pasan a ser ellos mismos directores y guionistas. Son ciclos, que pretenden volver a esa única patria del hombre. Dios me libre de justificar la nostalgia: más que recuperar ese tiempo que nunca fue, Super 8 trata de encontrar esas esencias que han perdurado y que mantienen su vigencia. Esto es, lo “clásico”. El mecanismo que lo hace funcionar. Y lo pone patas arriba.

“Mistery Box”, la famosa charla del TED de J.J. Abrams se ha ido revelando poco a poco no solo como una declaración de intenciones, sino el manual perfecto para interpretar su visión artística. Si la mayoría del peso de sus anteriores productos provenía del objeto que daba título a la charla, esto es, del mecanismo que produce el interés por encima de todo, ahora hace hincapié en ese “valor añadido” que ejemplificaba a través de una de las secuencias menos comentadas de Tiburón (Steven Spielberg, 1975): aquella en la que se remarcaba brevemente y con maestría la complicidad entre el padre y el hijo. Los asuntos paterno-filiales son ya un tópico dentro de la marca Abrams como también lo son los misterios y los callejones sin salida, de este modo, Super 8 cumple todas las expectivas incluso cuando abusa demasiado de conflictos sentimentales que quedan sin desarrollar hasta el final.

Porque aquí tenemos ese relato coral, abierto, y cargado de información (hay más de La Cosa de Carpenter de lo que a primera vista parece) pero también ese espacio emocional y personal que habla de como canalizar a través del cine el recuerdo de infancias saturadas por el escapismo, y donde el conflicto principal, una amenaza tan atroz que resulta imposible imaginar en el contexto de esas pequeñas ciudades norteamericanas, asoma en un segundo y terrorífico plano, sin servir más que de catalizador, como lo hacía la amenaza de los misiles rusos en ese cuento de amor (juvenil, pero también al cine) que era la tardo-ochentera Matinée (Joe Dante, 1993). El sentido de comunidad no solo como el pueblo pequeño o el núcleo familiar sino como los propios espectadores de la sala (esa especie en vías de extinción) era parte esencial de El terror no tiene forma (Chuck Russell, 1988) con guión del spielbergiano Frank Darabont, remake del icónico clásico de 1958 que en su sentido de la comunidad norteamericana ha propiciado incluso un festival en su honor, el Blobfest. Esos elementos están más ligados a “Super 8″ que otras películas más abanderadas por fans de Amblin, como Los Goonies (Richard Donner, 1985) y más  próxima a ese tono agrio, secreto y conflictivo de la más olvidada Exploradores (Joe Dante, 1985), de un clímax no muy diferente en su comprensión interestelar.

Ese elemento de base en la construcción de Spielberg, el working class hero en una situación que lo supera, es sustituído aquí por otro working class hero donde la situación pasa a un segundo plano y es parte ajena de su conflicto principal pero catalizador del mismo. Es algo que ya hemos visto con anterioridad en Abrams, sea Lost (2004 – 2010) y la certeza de que el paso de los personajes por aquella misteriosa isla era solo un fragmento de una mitología infinitamente más compleja, sea Monstruoso (Matt Reeves, 2008) como kaiju eiga percibido desde la confusión, donde el monstruo es menos importante que las consecuencias de su presencia. El extraterrestre no viene ahora como la criatura de Carlo Rambaldi a traer el consuelo de un padre ausente sino a convertirse en el doloroso recuerdo de una madre, un recuerdo al que hay que dejar volar, que desaparezca para que, igual que se anunciaba en la conclusión de la serie de Lindelof Cuse, hay que dejarlo ir. Abandonar la figura paterna partiendo del recuerdo de la misma es lo que Abrams hace con Spielberg en esta película.

Así, el objetivo de Abrams no es tanto rendir ese homenaje a los tics más reconocibles de Spielberg – que igualmente, ahí están – si no utilizar sus mismas herramientas para llegar el corazón de las mismas: secuencias como la ya mentada complicidad padre-hijo en Tiburón o la ausencia paterna en E.T. (1982). Depurando así la esencia perdurable del maestro judío que tantos alumnos ha dado si bien raro es el que ha sido tan certero. Esta escuela Abramsiana, tiene en Reeves otro gran aprendiz mientras que su contemporáneo Shyamalan ha perdido el favor de muchos. Es bueno soñar con una idea continuista de lo mejor que ha legado Spielberg aplicado a un mundo mucho más descreído, saturado y cínico que hace treinta años, aún cuando Abrams no parece cumplir del todo con personajes como el de Elle Fanning, una herramienta fenomenalmente introducida en su primera secuencia pero gravemente desaprovechada como apunta este (quizás un tanto injusto) artículo de Indiewire sobre las mujeres abramsianas; su personaje enamora a la cámara, en ese gesto tan puro, tan ajeno al deseo, que es la búsqueda de una inocencia, una mezcla de curiosidad y miedo ante el objeto de atracción siendo parte del discurso que el director introduce en Super 8.  Abrams sabe que lo que perdura, más allá de iconicidades y nostalgias es ese “valor añadido”. Aquí tenemos a un formalista tratando de buscar una especie de fórmula matemática para encontrar su contenido emocional, con todos los defectos que acarrea, sí, pero sin despreciar ninguna de sus virtudes.

El comienzo de la cuenta atrás

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Enfrentarse ahora a Lost (2004 – 2010) implica que ya está todo dicho: desde la relación entre personajes y espectadores, en busca de una misma respuesta y aprehendidos a la fe y la confianza en sus respectivos demiurgos, hasta la forma en que han sido capaz de actualizar sus referentes, mayoritariamente literarios por su naturaleza episódica, con una sensibilidad del siglo XXI que la convierte en la obra de ficción más representativa de la pasada década; pasando por sus intrincados juegos narrativos de flashbacks, flashforwards, líneas temporales y ahora, quizá, universos paralelos. En su día destaqué aquí mismo la interactividad de la propuesta, hoy me veo con la necesidad de cuestionarme esa interactividad: hasta que punto la serie ha alcanzado su propio autoconsciencia.

Damon Lindelof y Cartlon Cuse saben perfectamente que hagan lo que hagan, van a decepcionar a mucha gente: seis años son mucho tiempo para que los fans desarrollen sus propias teorías y se adhieran a ellas sin remisión. Además, les ha tocado lidiar con internet, con la inmediatez que produce que los dos primeros episodios de esta temporada, emitidos ayer, ya estuvieran disponibles horas antes en un formato cochambroso. El asunto es como se mantiene con firmeza la respuesta a una pregunta tan ansiada, tan puesta en duda, y como mantener su efectividad donde guardar secretos se vuelve más difícil. La expectativa, ese tema que rara vez me saco de la cabeza hoy en día, ha ido creciendo hasta el punto en el que es humanamente imposible evitar la decepción. ¿Cual es entonces el mejor recurso? ¿Como dar una solución satisfactoria?

Parece que a la década del hype nos ha marcado tanto como para no plantearnos futuras tendencias. En una sociedad sobreinformada empiezan a aparecer síntomas de la búsqueda del silencio, de hacer un esfuerzo en forzarse a no escuchar anticipos, en otras palabras: los spoilers se han vuelto algo que rehuír, una blasfemia. Hay esa necesidad del descubrimiento propio que nos lleva a navegar en las recomendaciones de Spotify antes que en sus lístas de éxitos. Y eso conlleva a mantener y devolverle el sentido sagrado a la intimidad del ocio y de nuestro vínculo con la ficción. Lost es una serie que no ha descuidado nunca su parte emocional, no sólo por como esto funciona de un modo multitarget, haciendo de ello un gancho para público menos interesado en las jugarretas narrativas y los géneros, si no como el verdadero eje de la serie. El recuerdo de Lost será el recuerdo de sus personajes, de su viaje y su sufrimiento por encima de todo, de la dicotomía entre resignarse al destino o poner a prueba el libre albedrío, de ser hombre de ciencia u hombre de fe, de si un personaje tan complejo como Locke resulta un ejemplo de una voluntad patética o de un espíritu humanista admirable, de tratar de salvar a todos aún a costa de perderse a uno mismo, de esas pequeñas cosas, tan frágiles y tan comunes a todos que persisten en el recuerdo y esa la más importante argucia de todas: que Lost sobreviva a la decepción a través de la memoria. El 23 de mayo, cuando el mapa esté por fin completo, dejaremos que la perspectiva dicte un juicio más con las entrañas que con las ansias.