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Pinturas vivas

Edvard_Munch

Imaginaos entrar en una batalla de los levantamientos jacobitas  o en La Comuna de París con una cámara y un micrófono. O adelantarse al peor de los presagios y contemplar, como reporteros, las consecuencias de la radiación nuclear en Reino Unido. La viveza de hechos que nos parecen ajenos, la ruptura de la idea de que estamos solo ante una ficción recreada, es parte de lo que hace tan estimulante la filmografía de Peter Watkins.

El 12 de septiembre de 2013 me encontraba en Oslo, en la Nasjonalgalleriet, bastante abrumado por la angustia que las pinturas de Edvard Munch iban revelando poco a poco: la luz de los atardeceres proyectados como líneas sobre el mar, las ondas que forma el agua alrededor de las rocas, las perspectivas que cortan el cuadro, el uso de un fuerte color rojo. Sala a sala, el museo desvelaba a un pintor que iba simplificando los detalles de los rostros y acudía a colores cada vez más primarios. Era testigo de una secuencia de imágenes, de pinturas, que poco distinguían entre lo que se retrataba y la vida del artista, pero también un retrato interior cada vez más apesadumbrado, y, sin embargo, muy universal.

Munch_Det_Syke_Barn_1885-86

Lo que hace interesante esta propuesta televisiva de Watkins (tres horas y media muy fáciles de ver) es su condición de Friso de la Vida del autor retratado. Munch creía que exponer sus cuadros bajo un orden concreto revelaba una verdad mayor sobre la existencia y sobre el contenido de su obra, así que Watkins desordena hechos, vuelve sobre ellos o incide en pasajes paralelos con la intención de hacer los límites de su estampa lo más amplios posibles. El resultado es una película febril, donde actores amateurs miran a cámara con honestidad y algo de pudor en sus miradas, interrogantes hacia el espectador como el “Desayuno sobre la hierba” de Monet (1863) o “Muerte en la habitación” (1895) del propio Munch.

La narración se articula como un libre fluir de pensamientos donde cada imagen lleva a otra y, en ocasiones, el ambiente sonoro de una escena se solapa con el de otra, así el sufrimiento de Munch mientras termina un cuadro está acompañado de los aplausos a las diatribas de Hans Jaeger de las cervecerías de Kristiania en una yuxtaposición irónica. Más que un recurso freudiano (a lo que está claro que se presta: imágenes de las reprimendas de su padre violento justo antes de que cometa adulterio, los cuerpos núbiles de sus hermanas bañándose en una tina en comparación a a la dimensión y desafío del lienzo en blanco)  es una transposición de conceptos, enfermedad y erotismo caminando de la mano.

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Es interesante destacar que las recreaciones de la vida del pintor noruego no sean imitaciones exactas de sus cuadros: su hermana Sophie, que inspiraría el cuadro “La niña enferma” (1885-1886), aparece ataviada de blanco antes de teñir su camisón con su sangre, pero el famoso cuadro recrea una solemne serenidad de la muchacha, en ropas oscuras. Importa más lo que el cuadro transmite a lo que representa, y ese es el papel que dicho cuadro tiene en la obra de Munch: una ruptura con el Impresionismo, que buscaba la luz del momento frente a los post-impresionistas, más interesados en una visión subjetiva del mundo. La mancha de sangre sobre blanco sí aparece en la obra de Munch, en su cuadro “Primavera” (1888), nueva interpretación, más figurativa y a gusto del público, de “La niña enferma”.

Edvard_Munch_-_Spring_(1889)mancha_de_sangre

A lo largo de esta biografía y ensayo, Watkins intercala planos de diversas actuaciones y representaciones frente al estilo documental: malabaristas, coristas, forzudos, mítines. Es consciente de la danza de planos que le sirven de puntuación, también del constante regreso del pasado que atrapa a Munch en la vida adulta. Declaraciones a cámara que se confunden entre planos voyeur, miradas esquivas de niños actores a los que no les han dado indicaciones, incómodos en habitaciones cargadas por el peso de la muerte.

El 15 de septiembre de 2013 abandonaba Noruega con una pequeña cámara compacta. La cámara había sido intercambiada entre otros miembros de un albergue, forasteros todos, a los que se les propuso grabar los planos que mejor les describían la ciudad de Oslo. Aunque no pude acompañarlo de más voces de narración, el resultado, espontáneo y modesto, fue el cortometraje A meadow consecrated to the gods, que se ha pasado por Colombia, Argentina Chile, México, Serbia y las islas Azores, en un recorrido por festivales que ni me podía imaginar. Tres minutos de imágenes (de pobre resolución) en un día en Oslo, nada más. Y entre ellas, se coló un lugar especial: las cabinas de la Nasjonalgalleriet.

A meadow consecrated to the gods – English Subtitles from Henrique Lage on Vimeo.

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Breves desde Sitges 2013

Sitges2013

Un año más, pasarse por el festival de Sitges supone una serie de tropiezos, idas y venidas para cuadrar un horario imposible y compromisos más allá de los cinematográficos. Eso supone una inevitable visión parcial del enorme catálogo que se proyecta, a lo que, desde luego, no contribuyen los errores técnicos y retrasos – más o menos excusables – y el poco adecuado trato que este año ha recibido un sector de la prensa aún habiendo esta pagado religiosamente. No es menos significativo como los cortometrajes o los largometrajes de menor presupuesto también se han visto afectados por una programación un tanto esquiva y cierta indiferencia de la organización. En cualquier caso,  y ciñéndonos a las películas, es difícil sacar una visión de conjunto del festival, y más en mis condiciones, donde motivos de salud me mantuvieron menos activo que otros años. Pero como me veo libre de compromisos cuando cubro mi experiencia personal, aquí un pequeño repaso a lo que este año he podido ver.

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A Field in England (Ben Weathley)

Si ya me interesaba el cine de Wheatley por sus anteriores trabajos – la atmósfera de Kill List (2011), el agudo discurso y humor de Turistas (2012) y el virtuosismo de su pieza para The ABCs of death (2012) – aquí parece aunar todos esos elementos en una misma dirección. Con la sencillez de medios de un Albert Serra y la capacidad para elaborar toda una historia bergmaniana entorno a la libertad del hombre, la película se sumerge primero en una increíble belleza, retablos manieristas incluídos, pero siempre tomando la distancia del humor para no caer en un exceso de solemnidad y aceptar, de pleno, su carácter juguetón e hipnótico.

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American Jesus (Aram Garriga)

Con el imperdonable prejuicio por mi parte de tratarse de un documental español sobre el fanatismo cristiano en EEUU, esperaba una película que se plantease desde esa visión europeísta de superioridad moral, de quien no quiere ver la viga en el ojo. Sin embargo, pronto – y tras una muy accidentada proyección – el documental saca sus cartas con un ritmo muy americano y una visión generalista de la multitud de iglesias estadounidenses. De esa manera, traza un elaborado retrato de la construcción no solo de ese fanatismo a través de la herencia del excepcionalismo y el capitalismo más salvaje – competencia y consumo como dos pilares del mundo espiritual americano – sino de la influencia de la religión en el partido Republicano en los últimos años y el ascenso de George W. Bush, el Tea Party y la escolarización mediante doctrinas antes que hechos. No todo lo terrorífica y exacta que podría ser para el tema que ocupa, pero ciertamente un entretenimiento mayúsculo para el interesado.

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Bienvenidos al fin del mundo (Edgar Wright)

No creo que completar una trilogía sea nada fácil, ni mucho menos cuando esta se sustenta sobre una serie de rasgos estilísticos más que de un verdadero hilo conductor. La anterior entrega, Arma Fatal, pese a sus evidentes valores, hablaba en términos con los que me sentía mucho menos identificado que en Shaun of the dead, y esa sensación de alejamiento generacional o temático, a la par que la sensación de que este cierre de trilogía surgía más por un mal entendido sentimiento de obligación que de la espontaneidad y frescura que caracterizan a Wright. Y no hay que engañarse: Bienvenidos al fin del mundo contiene todo lo que cabría esperarse del director a estas alturas, quizás con la salvedad de unas muy bien resueltas escenas de acción. Pero encierra un discurso sobre la necesidad de madurar e integrarse, un endiablado ritmo de diálogos cómicos y una extensa presentación de personajes que, cuando arranca la amenaza, nos ha permitido conectar perfectamente con el peligro y la metáfora que encierra.

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Blind detective (Johnnie To)

No es que Johnnie To sea ajeno en absoluto a la comedia, pero supongo que es más sencillo identificarlo como un director hongkonés de cine de acción que bebe de Jean-Pierre Melville sin ningún reparo. Vendida como uno de sus clásicos thrillers – y jugando con la confusión del título de otra de sus obras, Mad Detective (2007) – estamos ante una comedia romántica que, ay, con la algo cursi base de que el amor es ciego, coloca a un detective y su aprendiz femenina en la investigación de ciertas desapariciones por amor que tendrán que recrear para encontrar al culpable y a sus víctimas. Aunque a veces el humor caiga en ese tono tontorrón inevitable en la diferencia cultural con los asiáticos, no está exenta de momentos en los que To hace disfrutar plenamente de su gusto sibarita: el constante uso de la comida para expandir la sensación de las secuencias a un mundo de textura y sabor o la secuencia de montaje donde vemos las repetidas recreaciones de distintas rupturas románticas son solo dos de los momentos brillantes que esconde la película.

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Byzantium (Neil Jordan)

Rodada con un increíble buen gusto y cierto cuidado visual, lo que más sorprende de esta nueva aventura de Jordan en el mundo vampírico es la aparente ausencia de algo nuevo que aportar. Sin tener que proclamar la necesidad de que toda película deba ser rupturista, es imposible no pensar, a lo largo de su abultado metraje, mucho de lo que se cuenta y los recursos que se usan – la inocente vampira Saoirse Ronan vestida de Caperucita Roja, por ejemplo – están tan asociados a este tipo de cine que parece no dar más que vueltas sobre algo ya obvio: el vampirismo como metáfora del sexo o de aquellos descastados que se ven sepultados por décadas de marginalidad y que forman familias sobre los propios restos de sus identidades, o la diferencia entre la mujer promiscua y social y la inocente reclusiva. Nada de esto hace que la película sea menos entretenida de ver, pero sí ciertamente – y dejando de lado las dos grandes interpretaciones femeninas que contiene – la hace fácil de olvidar.

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Caídos (Jaime Herrero)

Conocí el proyecto de Caídos precisamente tres ediciones de Sitges atrás, cuando la idea de rodar directamente un largometraje de bajo o nulo presupuesto no estaba ni tan extendida ni tan confundida como ha empezado a estarlo. Me interesó mucho por el arrojo que mostraba, por las referencias – más The Black door (Kit Wong, 2001) que El proyecto de la bruja de Blair (Daniel Myrick & Eduardo Sánchez) – y porque suponía el debut en formato largo del autor de un corto que admiro mucho, El círculo Goligher (2009). Y aunque en el dificultado tránsito se han perdido elementos de esa ambientación onírica, la España del Este que presenta, con guerra civil de fondo, es la que permite convivir un cierto misticismo y hostilidad en la naturaleza con la agresión casi cómica de la ruta del bakalao en una propuesta de terror, en apariencia, mucho más clásica.

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Casting blossoms to the sky (Nobuhiko Ôbayashi)

Nada te prepara para una película del director de Hausu (1977) y esta no es una excepción: su estilo atropellado, naif y pop se pone aquí al servicio de un ensayo fílmico que combina las tramas ficticias de una periodista con recreaciones de entrevistas (sic) y testimonios reales. Densa, larga, cargada de declaraciones fuertemente emocionales, la película recrea las catástrofes que han asolado a Japón durante los últimos años – desde los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, bombas nucleares incluídas, hasta el más reciente Fukushima – y la voluntad de los japoneses de sobreponerse y resurgir una y otra vez como parte de su cultura. Esa inevitable defensa de una sociedad acostumbrada a convivir con el apocalipsis se vuelve más y más difícil de ver a medida que los testimonios ponen el nudo en la garganta y Ôbayashi, en un acto de provocación increíble, recrea varias de esas catástrofes en su estilo infantil y colorista, haciéndolas más insoportables que si se mostrasen con un realismo morboso. Tengo que decir que fui incapaz de verla al completo, y dudo que vaya a ser fácil de recuperar, pero ciertamente es una película como no había visto nunca y que es imposible que no recuerde al reciente fenómeno de The Act of killing (Joshua Oppenheimer & Christine Cynn, 2012).

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El desierto de los tártaros (Valerio Zurlini)

La última película de Valerio Zurlini fue esta producción europea donde desfilan bastantes rostros conocidos, un casting muy poderoso – y prácticamente masculino – que sustenta la quietud que recorre su historia: la de los soldados apostados en una fortaleza en medio del desierto, esperando a un enemigo al que aún no han visto. Pronto, la película revela que ese castillo es, como los soldados, una ruina donde interpretar un papel, donde ceder a unas normas que devienen en protocolo y pronto en rituales vacíos. Esas carcasas vacías de hombres esperando que, por fin, la acción, la lucha, aquella meta elevada a la que han aspirado, se produzca al fin. La copia presente en Sitges estaba restaurada y con muy buena calidad, si bien el cine Prado no era la mejor sala para su proyección. Haberla visto tras la proyección de Milius ha sido un acierto, por las resonancias temáticas con su obra y persona.

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Dragon Ball Z: Battle of the Gods (Masahiro Hosoda)

La mayor expectación en torno a esta película no era tanto que se tratase del primer largometraje sobre Dragon Ball en 17 años, como el hecho de que prometiese toda la acción que los mediometrajes Dragon Ball GT: 100 años después (Osamu Kasai, 1997) y Dragon Ball Z: ¡Hey! ¡Vuelven Son Goku y sus amigos! (Yoshihiro Ueda, 2008) no tenían. Al menos íbamos a ver batallas en serio, ¿no? Lamentablemente, tras la presentación de un villano mucho más interesante que algunos de la propia serie, la película se estanca en un tono cómico que sirve para prolongar la tan ansiada pelea final y para recuperar – con la excusa de, ejem el cumpleaños de Bulma – a gran parte de la galería de personajes, aunque a veces con momentos realmente logrados como la intervención de un Gohan alcoholizado. Una vez que la historia se decide a dejar de lado ese lastre, el combate funciona pero obviamente no se sabe resolver. Eso sí, plantea dentro del universo de Goku una idea mucho más apetitosa de lo que podría parecer a simple vista: la existencia de jerarquías superiores, de enemigos aún por conocer y de una mitología de la que apenas conocemos una porción. Y cuando se nos revela que el viaje de Goku ha sido nimio, cuando parece que este ya no es el final del camino sino un nuevo viaje, es cuando resucita el amor por la aventura del personaje.

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Drug War (Johnnie To)

Bien avanzada Drug War, me asaltó un pensamiento: no había tenido lugar hasta entonces ni un solo de los espectaculares tiroteos que Johnnie To coreografía con tanto tino. Hasta entonces, la película había descansado en una creación y recreación de gestos para desbaratar todo un mercado de droga a gran escala, con un especial interés en como se desarrolla el caso desde el metódico plan policial. Es un detalle que escapa a las previsiones – la condición de sordomudos de los eslabones más débiles de la cadena – lo que desencadena la primera gran escena de acción de la película. Y a partir de ahí, se construye la capacidad de To para recrear desde el gesto más pequeño – una señal entre bandas para desenmascarar a un policía – hasta lo más grande, como la exhibición de movimiento naval para convencer a unos compradores. Drug War puede ser un ejemplo perfecto de las capacidades de su director para ofrecer espectáculo y madurez narrativa, llegando a niveles estratosféricos de puesta en escena en un tiroteo final donde los principales personajes se ubican y actúan con total claridad para el espectador, lejos de la habitual confusión en el cine de acción moderno.

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Escape from tomorrow (Randy Moore)

Promocionada por su condición de película presuntamente intrusa en los parques Disney de Florida, cabía preguntarse si la película estaba dispuesta a superar su propia anécdota y derivar en un producto con algo más que decir. Lo cierto es que es, sin duda, un cuento de terror adulto: la inseguridad laboral, la pérdida de conexión con tu pareja, la sensación de una vitalidad que se escapa o el instinto protector con los hijos son presentados a lo largo del metraje en un encadenamiento de secuencias no siempre del todo bien hilvanadas. Algunos de los momentos pecan de una enorme falta de soltura técnica, como los presuntos “sustos”, y otros parecen una solución apresurada para completar lo que no se ha podido grabar, solventando con cromas algo chuscos las secuencias que implican mayor trabajo de puesta en escena. Pero sería injusto no destacar la enorme fuerza arrolladora que desprende la película, aún con sus problemas estructurales, generando una continua tensión sobre como se desarrollará la siguiente escena, una sensación de continua sorpresa que, si bien revela que no se trata más que de otra fuga psicogénica, plantea momentos de verdadero estupor, desarmando totalmente al espectador.

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Grand Piano (Eugenio Mira)

Dentro de la capacidad que Eugenio Mira tiene para jugar con el espacio y abigarrar sus puestas en escena, cabría esperar que una propuesta como Grand Piano fuese idónea para desenvolver todos sus artilugios narrativos. Y es cierto que durante gran parte de la película la sombra de The Birthday – el hombre indefenso, casi en tiempo real, acosado por algo que no entiende, perdido entre una multitud inconsciente, la sincronización de eventos – recorre los mismos pasillos que Elijah Wood. Pero también resulta una película mucho menos arriesgada que aquella, más centrada en funcionar como un mecanismo – y por tanto, en resultar predecible – y ser accesible a toda costa. El problema para entrar de lleno en el mundo propuesto es si aceptamos que el descabellado punto de partida, la amenaza escrita en la partitura, no va a ir acompañada de un tono igualmente festivo, sino de una sensación de puzzle cerrado y de pocas piezas. Hay breves momentos, casi cómicos, donde ese exceso se sobrepone a los aspectos más convencionales y, en su conclusión, uno puede imaginar detrás todo un discurso del papel del director frente al público, de aceptar que la perfección no solo no existe sino que es indeseable.

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L’etrange couleur des larmes de ton corps (Hélène Cattet & Bruno Forzani)

Con el referente de Amer (2009) era difícil esperar otra cosa de Cattet y Forzani. Insistentes en el uso de los elementos más fetichistas y parafílicos del giallo, y recurriendo de nuevo a una fragmentación de la escena en base a planos cortos, elaboran en este nuevo trabajo el mito de los hombres atrapados por una Mujer – muchas y una a la vez – en una tela de araña narrativa que va envolviendo poco a poco su capullo. Cargada de grandes ideas en su desarrollo, resulta también algo cargante por como el despliegue de virtuosismo parece rebelarse en una sucesión de pequeñas piezas que no llegan a conjugarse. Es probable que la hubiese disfrutado más sin el distanciamiento experimental que acusa, lo que me lleva a preguntarme si a veces lo más atrevido no será, precisamente, hacer algo más convencional y tener la misma historia en un giallo auténtico y no en una versión diseccionada y laminada del mismo hasta el punto de que parece querer mirar desde arriba a sus antecesores.

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Machete kills (Robert Rodriguez)

Lo confieso: no soy muy fan de Rodríguez, tampoco de la anterior entrega de Machete (2010) que, aún con varios hallazgos y momentos muy divertidos, me pareció que escondía en sus constantes homenajes cierta pereza creativa y exigía demasiada complicidad con el espectador. Pero sé que no es la opinión más popular. Sintiéndome más preparado para afrontar una nueva entrega con las expectativas más claras, la película arranca de un modo muy interesante – por ejemplo, reconociendo el papel de la serie 24 como parte del imaginario explotation de la cultura americana – para caer en un desfile de cameos – incluyendo un personaje que solo parece existir para justificar el desfile de caras conocidas – la reiteración de chistes – el “Machete don’t…” como latiguillo – y un tono algo menos hostil. No abandona su lectura política y su confianza en la construcción del mito como identidad cultural, pero más por mantener cierta coherencia con el universo creado que por aportar algo nuevo a la actualidad.

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Milius (Zak Knutson & Joey Figueroa)

Si la figura de John Milius siempre me ha fascinado es por como obedece a una coherencia total con sus personajes y con sus ansias de elevar los mitos del pasado a fuente de inspiración. Es probable que su figura esconda mucho más de lo que este documental, tan ceñido a testimonios y anécdotas variopintas, está dispuesto a contarnos. Valga como ejemplo la forma en la que se pasa por encima de su filmografía, llegando incluso a omitir algunas de sus películas por no ser tan reconocibles entre el gran público. Sin embargo, la mayor prueba de lo gozoso de este personaje eran las reacciones con las que el público de Sitges recibía cada nuevo dato o historia, casi leyendas urbanas, rodeando a un hombre empeñado en ser su propio modelo a seguir. Es en el último tramo cuando se pone un mayor peso sobre su papel como narrador y como ha convertido este en su misión en la vida, una manera honesta (e incómoda) de comunicarse con lo demás. Si Milius no podía vivir una de esas grandes historias que a él tanto le gustaban, decidió que su tarea sería contarlas. La nota positiva con la que acaba el documental, anunciando su “regreso”, no puede tener un efecto más opuesto: somos testigos de estar viendo el ocaso de un individuo fuera de lo común.

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Only God forgives (Nicholas Winding Refn)

Después de que Drive (2011) se convirtiese, para bien y para mal, en un fenómeno y ante la duda de cuantos habrán visto previamente Valhalla Rising (2009), la reacción preventiva a Only God forgives parecía estar sentenciada a cierta indiferencia. Supongo que la antipatía general por Ryan Gosling ya habían sido suficiente para no querer ver la obra como un ejercicio aparte. Es cierto que Only god forgives tiene sus repeticiones estilísticas – la prolongación de silencios, el hieratismo, los colores saturados fruto del daltonismo de Refn – e incluso temáticas – otra vez, el hombre violento como personaje patético – pero está articulada de un modo muy distinto, más dramática, más centrada en las relaciones de personajes y con una constante presencia de la violencia. Refn tiene claro que ahora busca un anticlímax, que la solución a que Only god forgives no sea, precisamente, otra película de venganzas es entender que esa espiral no tiene fin. También sospecho – y ayuda mucho su presentación en vídeo antes de la proyección – que se lo toma más a broma de lo que cabría esperarse. Se divierte, como parece habitual en muchos directores daneses, frustrando al público, llevándolo por sus propios pasillos. Aun con todo, es sin duda una película mucho más interesante de analizar que la media habitual.

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Real (Kiyoshi Kurosawa)

¿Que ha llevado al autor de Tokyo Sonata (2008) a volver a las pantallas con un producto tan inocuo? A la espera de una respuesta, resulta muy extraño presenciar Real como la obra de un director veterano y de cierto prestigio: un giro de guión que se adivina desde la segunda secuencia, un desarrollo que trufa de falsos misterios que jamás llegan a dar el pego y una resolución que llega a niveles tan irrisorios como soluciones ocultas en anagramas de cinco letras o metáforas de la culpabilidad que, una vez disipadas, vuelven para tratar de generar una ya perdida sensación de amenaza en un mundo que, desde el comienzo, sabemos virtual. Como si Kurosawa hubiese ignorado todo el subgénero al que su película pertenece y que tuvo un gran boom entre finales y principios de siglo, la película se muestra con una ingenuidad casi amateur. Es cierto que sí pervive parte de su discurso: los sentimientos como interferencias con la tecnología y la sociedad que vive dependiente de ella, la represión de las emociones y la memoria y el terror a perder la propia identidad, representado siempre en sus ya clásicos “fantasmas” – aquí, “zombies filosóficos” (sic) – que siguen manteniendo toda su efectividad. Pero para ese viaje no eran necesarias estas alforjas.

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Space pirate: Captain Harlock (Shinji Aramaki)

¿Cómo reinventas un mito para una nueva generación? Parece casi obligado que este proceso se de a través de un tono más lúgubre y un falso barniz de realismo a todo producto del pasado, cargandolo de una solemnidad que no estuviese presente en la anterior encarnación. Con Capitán Harlock no era necesario: el tono melancólico, el mensaje humanista y la epicidad ya eran parte indisociable del manga original. Esta nueva versión carece, quizás, del humor que acompañaba las aventuras originales del pirata espacial, pero mantiene fidelidad al icono, a la representación de un héroe romántico intemporal. Con piruetas similares a las de Star Trek (J.J. Abrams, 2009), esta historia es, a la vez, reboot y parte del canon, bastante impresionante a nivel técnico y una delicia para el fan convencido. El espectador más ocasional quizás se encuentre con una rara mezcla de exceso de ruido de batallas espaciales – imitando, como no, a las navales – y demasiada conversación y exposición para situar el contexto de la historia, pero también puede quedar embrujado por la atmósfera de viejo navío fantasma que llamamos Arcadia.

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The Guest (Jovanka Vuckovic)

Ahora que los cortometrajes del festival han quedado algo más relegados, ha sido difícil coger alguno antes de una proyección. The Guest parecía ideal para abrir una sesión por dos motivos: es increíblemente conciso y contiene al menos un par de imágenes poderosas que ponen en guardia al espectador. Adolece de ser un ejercicio de estilo que tampoco tiene más que contar que el retrato de una pulsión y los retazos de un acto de violencia omitida, pero funciona como píldora que despierte el interés.

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La tumba de Bruce Lee (Canódromo Abandonado)

Entré con menos referencias de las que tenía para la mayoría de películas aquí expuestas, abierto a esperar cualquier cosa, como página en blanco. Tan solo el murmullo en redes sociales habían despertado la curiosidad por ver esta película rodada en Seattle con un presupuesto mínimo. La mayor sorpresa es lo entretenida que resulta, frente a otras producciones similares que acaban resultando plomizas, y la capacidad que tiene, en momentos puntuales, de sacar la sonrisa con ideas especialmente retorcidas que a mi me recordó al cine de Quentin Dupieux, con quién coinciden en la programación. Añádanle que mi interés por la figura de Bruce Lee incrementaba la relevancia que le daba a las distintas digresiones – entre la mística new age, el relato kafkiano y lo desmitificador – y a como ese “mundo sin Bruce Lee” parece traer la idea de un mundo que vive gobernado por un cadáver, por el fantasma de una autoridad tan insustituible que quizás nunca estuvo allí en primer lugar. Los jóvenes españoles, perdidos y motivados por las sobras de un sistema que se ha quedado congelado en el tiempo y que impide que avancen y cumplan sus propios deseos.

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Ugly (Anurag Kashyap)

Con el antecedente del díptico Gangs of Wasseypur (2012), Anurag Kashyap se ha ganado todo mi interés, que sale reforzado tras ver Ugly. Un thriller incómodo y agobiante, lleno de personajes miserables que, en el transcurso de la investigación de la desaparición de una niña, se entorpecen unos a otros en sus constantes rencillas y chanchullos, esperando sacar tajada en río revuelto. Sin un exceso de violencia y con cierta dosis de humor – aunque un humor nada liberador, sino que incrementa la enorme tensión y desesperación que transmite todo el metraje – consigue resultar tremendamente impactante, siendo, de todas las sesiones a las que acudí en el festival, la que generó una respuesta más expresiva en el público cuando uno de sus personajes revela estar tan corrupto como el resto. Esta espiral de angustia se ciñe bastante bien a la historia que quiere contar y llegar a ser bastante exhaustiva en todo un proceso de pinchazos telefónicos y densos interrogatorios.

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Upstream color (Shane Carruth)

Me es difícil hablar de Upstream color porque, por algún motivo, he conectado más con ella que con ninguna otra película aquí mentada; lo cual no deja de tener gracia, puesto que de conexiones inexplicables va la cosa. He encontrado en ella ideas que ya eran sustanciales a proyectos propios, pero mejor desarrolladas y rodadas con cierto cariño. Mucho más cálida que Primer (2004) pero igual de ‘marciana’ en su retrato de un modo de vida que ya no contemplamos pero que vuelve a ponerse de manifiesto con la crisis. Algo menos críptica pero con cierto enrevesamiento que, salvando distancias, parece más propio de un Malick reciente. Si pudiese escribir con propiedad mi experiencia con esta película, sería una experiencia totalmente distinta. Y que a veces es mejor no tener nada que decir de una película, que narices.

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Why don’t you play in hell? (Sion Sono)

Lo que aparenta ser un caos narrativo con yakuzas y la visión romantizada de los propios inicios de Sono como cineasta amateur y artista callejero, en realidad, parte de la enésima visión del cine dentro del cine y de constantes rupturas de la cuarta pared para hablar no tanto de un sacrificio por el arte y por los demás – ese cineasta que daría su vida por una película, ese yakuza empeñado en producir una para su mujer – como de la muerte de una manera desprejuiciada de hacer las cosas, paradójicamente vinculado a la nostalgia por los 35 mm.  Esa confusión entre la vitalidad de la juventud y la conveniencia del formato es precisamente un problema de actualidad, donde el espectador criado con el cine analógico se siente demasiado apegado emocionalmente a este como para valorar en su justa medida el digital que, irremediablemente, es la única perspectiva de futuro. Al margen del mensaje, la película trufa de ese humor asiático tan irregular todo el metraje, llegando a ser más efectiva en su tercio final, durante el combate que se ha anticipado y donde el desfile de gags alcanza su mejor momento.

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Wrong cops (Quentin Dupieux)

Quién no conozca a estas alturas las películas de Dupieux quizás se vea un poco contrariado por Wrong Cops. A mi, sin embargo, me ha parecido mucho más accesible que sus dos trabajos anteriores, al menos al seguir un simulacro de trama dentro de su desfile de gags absurdos. Pero también me hizo preguntarme si el hecho de conocer su obra previa no habría borrado mucho elemento de sorpresa en esos gags y en su efectividad. Por suerte, la película acumula los suficientes momentos de risa nerviosa como para ver que mantiene todo lo que cualquier espectador fiel exigiría de él, incluyendo no solo la música sino su constante uso argumental. Wrong cops viene a confirmar que el universo Dupieux está cohesionado pese a su constante ruptura de la lógica, y supone más la descripción de una reacción ante lo inaudito – aquí, la terrible sensación de que el trabajo policial no se vincula a la vocación de servicio – que un verdadero desorden o una fantasía.

Los límites del encuadre

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Cuando se habla del fuera de campo se hace en aquellos términos donde, lo que sucede fuera de la pantalla, queda implícito. Ya sea gracias al sonido o algún elemento que ejerce de metonimia de la imagen omitida. Sin embargo, esa utilización de los límites del encuadre busca una reacción inmediata, el dejar claro lo ocurrido con una variación mínima de tiempo al momento en el que ha ocurrido. Hay dos cortometrajes que, aprovechando al máximo su formato, suponen magníficos ejemplos de un reto distinto.

El primero es “Ensayo sobre la ceguera” (Alberto González Vázquez, 2010), con su título ya parte sobre las propias limitaciones del espectador. En dicho cortometraje, Alejandro Tejería interpreta a un muchacho invidente que hace frente a dos revelaciones: una ruptura sentimental y una ruptura con las convenciones, al escuchar a su pareja, que se confiesa invisible. La conclusión del corto revela el engaño por partido doble: la muchacha y su amante no son invisibles, si no que, al igual que el campo de visión limitado del protagonista, hemos sido víctimas del engaño. Este engaño es comprensible dentro de la minusvalía del personaje de Tejería, pero resulta más inexcusable en el caso del espectador, que si resulta engañado es por el exceso de confianza en que nada puede existir fuera del plano.

Algo similar ocurre con otro cortometraje más reciente, “Tengo que matar a María” (Manuel Bartual, 2012). Aquí, la suposición parte de dos pequeños trucos: el primero es la voz en off del protagonista, que nos indica que su objetivo es acabar con una mujer a la que sigue a todas partes; mientras tanto, la imagen que apoya a ese texto es la de la actriz Rocío León, realizando esas actividades que le suponemos a la víctima. Todo ello nos hace intuir que nuestro protagonista se encuentra fuera de campo y, en una suerte de punto “subjetivo”, seguimos a su víctima. Pero pronto descubrimos como nuestra suposición es de nuevo errónea y León no interpreta a la víctima, si no al verdugo disfrazado. Aquí el uso de fuera de campo es opuesto al del corto de Alberto González: si allí no contábamos con el fuera de campo, aquí suponemos que tiene que existir a la fuerza. Ambos cortometrajes muestran un uso muy inteligente del plano, y ambos nos recuerdan que nunca tenemos que dar nada por sentado en esto del cine.

TED y “Prometheus”: Powerpoints desde el futuro

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Creo que no escandalizo a nadie a estas alturas si digo que Alien es una película perfecta; o al menos todo lo perfecta que puede ser una película. Es uno de los trabajos más fascinantes que he visto, tanto como aficionado al séptimo arte como al género, y lo es por una alquímica suma de talentos y circunstancias tan improbable que solo podríamos considerarlo un “milagro termodinámico”. Es por eso por lo que miro con escepticismo Prometheus ese remake-o-reboot-pero-no en manos del mismo director, un escepticismo que también viene acompañado de cierta excitación infantil, porque ¿quién sabe?

Prometheus se promociona con este viral escrito por Damon Lindelof y dirigido por Luke Scott. Me gusta mucho, por supuesto. Y ha generado un debate interesante (en este link cortesía deHijotonto) a raíz de que TED – la interesante web de conferencias donde admito pasar el mismo tiempo que otros dedican en internet al porno – sea el centro del propio vídeo, mostrando no solo una imagen nada amable de sus conferencias, si no una especie de visión de futuro bastante desagradable, que arroja una inusual sombra sobre su actualidad: un empresario retratado negativamente dando una charla triunfalista, vacía e insustancial para vender su propio producto. Exactamente el mismo motivo por el que considero las presentaciones de E3 como el mayor espectáculo cómico del año, pero eso es otra historia.

Antes he dicho que me encanta el viral, pero eso no significa que no le encuentre multitud de defectos. Un ejemplo superficial: cualquiera que vea habitualmente charlas y conferencias grabadas se ha familiarizado con un tipo de realización muy imperfecta. Los que hemos grabado galas y eventos sabemos de sobra que es imposible que nunca se cuele algo: un cable, un técnico, una pantalla fuera de sitio, un conferenciante que se mueve de la marca y queda durante unos segundos cortado por el cuadro. Pongo por ejemplo esta charla de Steven Pinker que vi hace un par de días y el técnico que aparece a su derecha, pasando de todo en el minuto 4:09. Haber incluído algo así y no esa ubicuidad milimetrada de planos le habría dado un tono más verosímil y, por supuesto, más aterrador.

Pero, a raíz de un conmentario en Twitter sobre el mito de los “mad doctors” me he dado cuenta de otro detalle que no me termina de funcionar en ese vídeo. Veamos: Guy Pearce como el empresario Peter Weyland aparece con su aire altivo, su traje impecable y su pelo engominado en lo que podría ser una caricatura de la imagen del “empresario sin escrúpulos”. Podríamos decir que Peter Weyland está hecho del mismo material ideológico que el atolondrado Cave Johnson; pero donde el personaje de Portal 2 aparece proyectado en un pasado próximo que remite a Walt DisneyNikola Tesla o Howard Hughes, en cambio, Weyland aparece en un año 2023… representado como un empresario de los años 50.

¿Quiénes copan las portadas (metafóricas) actuales como gurús tecnológicos? Gente como Mark Zuckerberg o David Karp. Antes he mencionado el E3 porque es ahí donde uno puede ver que la cara del mundo de los videojuegos la ponen gente como Hideo Kojima o Suda 51. Incluso aquellos que no hacen de cierta actitud “rebelde” su imagen, gente como Gabe NewellWill WrightTim Schafer o Reggie Fils no se parecen en nada a este Peter Wayland. ¿Quién sí aparece en el E3 con esa conducta de ejecutivo chulesco? Kevin Butler, una parodia, interpretada por el actor Jerry Lambert y creada para los anuncios de Sony, de ese modelo de chupatintas alejado del público que consume su producto. Hasta la imagen de Steve Jobs en pantalones vaqueros y zapatillas de deporte se ha convertido en prácticamente un estandar. Véase un ejemplo en esta charla de Christopher Poole que contrasta mucho con la ostentosidad del viral. Las presentaciones tecnológicas actuales se hacen vestido de “sport”.

Esa imagen del “mad doctor” actual – que me corrija Noel Ceballos que es experto en la materia – viste con sandalias, chandals y todavía tiene acné. Desde Kevin Mitnick (y en paralelo con el nacimiento de la literatural cyberpunk) la imagen de la tecnología y el progreso está ligado a lo “geek”, y lo “geek”, poco a poco, se ha ido ligando a una imagen de “rock star”. Las charlas de 2023 en TED no deberían parecerse a las presentaciones de una Expo mundial del siglo XX, si la tendencia se mantiene (o si conseguimos recordarnos a nosotros mismos que la ciencia ficción no es más que nuestro presente caricaturizado y no una verdadera especulación sobre el futuro) los Peter Weyland del futuro harán sus presentaciones en batín y calzoncillos.

Cinegrafía microespacial

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Cinegrafía microespacial es el título del cortometraje que he realizado exclusivamente para el LifeCam Shorts Film Festival y que se puede ver, antes de leer el siguiente texto, aquí.

Como creo que es evidente para cualquiera que esté ligeramente familiarizado con su obra (y léxico), el cortometraje viene inspirado por la figura de José Val del Omar, más concretamente, por mi reciente lectura del libro Desbordamiento de Val del Omar, editado con motivo de la próxima exposición en el Reina Sofía de la obra de este cinemista. Me sorprende encontrarme esta misma mañana un excelente artículo sobre Velasco Broca, actualmente trabajando en el laboratorio PLAT del propio Val del Omar, y donde define su obra como “hechizos, como encantamientos cinematográficos”. Mi intención con esta pequeña travesura audiovisual era llevar esa misma sensación que comparto por la obra del granadino, a un terreno literal: el cortometraje es la herramienta de un personaje /alter ego que utiliza una webcam para preservarse a sí mismo a través de insertar imágenes, con un hechizo, en la mente de ingenuos espectadores. Las sincronías no acaban aquí y no me ha dado cuenta hasta más tarde que el cortometraje tiene una consonancia real en mi mismo, a través de otra distracción personal como son los “Diarios Visuales”, pequeños montajes perezosamente trabajados que pretenden darle otra vida a planos al azar que conservo en todo el material que grabo, incluyendo viajes, vacaciones, rodajes, edición de videos ajenos o momentos de pura perplejidad. Simplemente, un ejercicio, o un recuerdo grabado de un sentimiento temporal a los que intento volver de vez en cuando, buscando menos el resultado técnico como lo percibido en las fechas que incluyo en ellos. Puede que estos pequeños montajes no los haga, como el protagonista de Cinegrafía microespacial, para ser vistos por el público, pero dejarlos a la vista forma parte del hechizo.

Qué estoy haciendo ahora

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Puede que este sea el post menos interesante que escriba en los próximos meses. No por que considere que voy a escribir posts que despierten más interés, si no por el hecho de  que voy a escribir menos de lo que me gustaría. Los motivos de la intermitente actividad de este blog son varios: me gustaría decir que principalmente tiene que ver con encontrar un tema interesante que tratar, con un contenido u opinión que no pueda ser encontrado en cualquier blog y que además, me aporte algo a mi mismo en su redacción. Pero esos son los motivos por los que escribo, no los de porque no escribo. Los motivos a los que en realidad me refiero es al continuo bandeo de proyectos, trabajos, iniciativas y deseos a los que me veo sumido en esta etapa de mi vida. Mi creencia y mis mejores esperanzas es que esto sólo sea el comienzo de un largo proceso, pues es una necesidad de movilizar con todo lo que soy capaz actualmente, una forma de reafirmar aquellas cosas en las que creo – en un sentido secular – poniéndolas en prácticas.

Enumerarlas aquí sólo serviría para mi propio escarnio. Como el que hace propósito de año nuevo y se descubre en marzo habiendo olvidado sus aspiraciones y promesas. Lo más terrible de estos proyectos es que nunca hay un momento verdaderamente ideal para hablar de ellos públicamente: cuando no están confirmados, son solo ideas revoloteando que se pueden caer con una facilidad pasmosa; cuando están en funcionamiento, tienes cosas mejores de las que preocuparte que andar explicando que haces y contarlos, bueno, contarlo no va a darte ninguna seguridad de que lo concluyas tal y como querías. Sin embargo, puedo ser más genérico y limitarme a decir que si escribo menos aquí es porque estoy escribiendo más en otras partes. Una pequeña porción de esas partes ya las conocen: en ese proyecto gigantesco que es We Love Cinema pueden leer mi crónica del desencuentro entre el cine español y su público (y su segunda parte) y una modesta reflexión sobre el cine teen y sus ansias recicladoras, además de este minúsculo comentario que me han publicado (¡todo un honor!) en la mítica “Miradas de cine” sobre el  penúltimo proyecto de  mi admirado Don Hertzfeldt, que en realidad, creo que dice más de mi mismo – y lo demostraré a su debido tiempo con El autómata – que del animador californiano; este último artículo viene en función de mi lista de (algunas de) las mejores películas de la pasada década. El resto de escritos, la mayoría de ficción, estarán de momento buscando el modo de llegar de la mejor manera posible. Algunos vendrán en imágenes y otros no. La mayoría ni siquiera llegarán.

Mientras tanto, este sábado 1 de mayo, a las 23.30, podrán encontrar en Casa das Atochas (A Coruña) el cortometraje Cabeza de pescado – que dirigí hace ya… ¡dos años! – entre una selección de cortometrajes que, para que engañarles, admiro como una groupie histérica. La cita es Freakamacine, e incluye nombres como Velasco BrocaJavi CaminoRubén CocaOzo,Omar Rabuñal o Borja Crespo. Gente que ya ha contado más historias que yo.

Ya está. No hay nada más. Ninguna sorpresa, ninguna revelación. Has leído hasta aquí para nada.  Esto es el anticlimax del post. La parte optimista es suponer que si la primera frase de este texto no te ha desanimado lo suficiente como para llegar hasta aquí, algo estoy haciendo bien. Lo mejor que me pueda pasar es que haya mentido en esa primera frase. Este no debería ser el post menos interesante que escriba en meses. Debería ser  lo menos interesante que escriba en los próximos años.

And so it begins…

La nueva autoafirmación del meme

iamamotherfucker

Cuando Richard Dawkins acuñó el término ‘meme’ en su libro El gen egoísta lo hizo para definir el concepto del elemento cultural que se transmitía a partir de la replicación y por tanto, de la imitación. El meme es aquel elemento que adquiere relevancia en función de cuantas veces es reproducido, o lo que es lo mismo, la clave del meme es la reiteración. Con la llegada de internet, el meme obtuvo una relevancia inusual: una red de comunicación donde los contenidos se repetían constantemente pero que también se perdían en un incontable mar de referencias y enlaces continuos. El meme alcanzaba así una notoriedad inusual, en muy poco tiempo unas pocas personas podían hacer de un elemento un meme perpetuo pero, como ya hemos señalado, eso implicaba que la relevancia del meme era inversamente proporcional a su significado: cuanto más popular es un meme, menos sentido tiene y menos sabemos de su origen. Asi que la repetición y consolidación del meme no estaba a la par que la autoafirmación, pues la popularidad traía consigo una negación del meme en sí mismo. Hay en internet un afán por ser una nueva biblioteca de Alejandría que sirva como compendio del saber de la humanidad, incluso de sus elementos más intrascendentes y el meme no iba a ser menos: un meme puede ser popular y a la vez no perder su significado, pero para ello, hay que indagar. Un código que todo el mundo conoce como símbolo pero cuyo significado solo es de dominio para unos pocos puede perpetuarse, pero su efectividad está puesta entredicho. Por lo tanto, internet reaccionó y descubrió que la mejor de evitar la pérdida de esos significados pasada por dos fases: la primera era definirlos, de lo que se encargan páginas como Urban Dictionary, pero el siguiente paso era aún más complejo, se trataba de documentar el origen y evolución del meme, y pese a los objetivos enciclopédicos de internet, su rapidez es pareja a la celeridad con la que evoluciona y por lo tanto, con la facilidad con la que los datos no solo pueden estar realmente lejos de búsquedas concienzudas, si no directamente, que la información se haya perdido. Know your meme ha ido recopilando algunos de los memes más populares, con un buen puñado de ejemplos y con programas que no solo explican origen y evolución de esos memes, si no los motivos de su popularidad o reflexiones más o menos atrevidas sobre su relevancia en la sociedad.

Uno de los últimos memes en destacar ha sido Epic Beard Man: a partir de este vídeo en la que un hombre maduro golpea a un chico de raza negra en un autobús público de Oakland (California), empezó la popularidad de Thomas Bruso, un veterano de Vietnam cuya salud mental es motivo de duda. el incidente obtuvo una respuesta inmediata, incluyendo una localización del lugar donde la persona que lo registró vívia y que al parecer había sustraído la mochila del veterano, la responsable del vídeo y su continuación era Iyanna Washington, que ante la presión de los internautas acabó grabando un video de respuestas por el robo y por sus comentarios racistas, provocando al chico negro para aumentar la hostilidad entre este y Bruso. La propia autora del vídeo resultaba perjudicada por los comentarios que hacía en él, y su actitud posterior en una entrevista a la cadena de televisión CBS 5. Pero lo cierto es que no era el primer incidente en el que toma parte Bruso y que había sido popular en internet: en agosto del año pasado, Bruso era increpado por varios guardias de seguridad en un partido de béisbol, y finalmente caía en redondo ante el uso nada justificado de un taser eléctrico por parte de uno de los agentes. Con todo esto en pocos días, Epic Beard Man había nacido. Por todo lo dicho antes, el hecho de que existiese un amplio registro de toda la evolución del meme simultáneamente a como se iba creando, podría significar que había información más que suficiente para estar satisfecho, incluyendo en ella, una posterior entrevista a Bruso con su versión de la historia. Pero I Am A Motherfucker es un documental en dos partes, dirigido por Nathan Mass, que sigue una jornada con Bruso, un pequeño repaso a la probablemente desquiciada mente de este californiano de 62 años, a como acepta su nueva popularidad, a su vida, su entorno y, como el propio nombre del documental recalca, su actitud. Con ello, la necesidad de indagar en los memes adquiere un carácter nuevo: la de acercarse al lado humano, sea este positivo o negativo, que hay detrás de ellos; dejar de lado el chascarrillo o la endogamia de la red para salir a la calle y dar otro punto de vista al mundo.