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Cineuropa 2009 (XI): Synecdoche, New York

synecdoche

La primera vez que ví Synecdoche, New York no eran las condiciones apropiadas: el ritmo de proyección de Sitges, una sala abarrotada en plena maratón y el hecho de estar programada entre otras películas más canónicas y dinámicas no repercutieron bien en mi apreciación de la película. Sin embargo, mis anteriores acercamientos al mundo de Charlie Kaufman habían sufrido una suerte parecida, en la que me resultaba muy difícil entrar en sus películas, más allá de un plano intelectual, y que sólo con el tiempo he podido apreciarlas como se merecen, como mastodónticos ejercicios individualistas, irrepetibles fenómenos cinematográficos que no por confusos o alejados de los modelos habituales, resultan menos brillantes. Mi segundo acercamiento a su debut como director se salda positivamente, pero sin evitar tener la idea de que de alguna forma he conseguido acercarme a la película no por sí misma si no por la justificación que de ella se puede extraer. Así, el personaje de Caden Cotard es, una vez más, un trasunto del propio Kaufman, paradójicamente convertido en director de su propio proyecto, de su vida, hasta que la historia se impone por encima de su creador y este pasa a formar parte de ella, como un personaje más, dirigidos por otros. De igual manera, a Kaufman parece escapársele la película entre los dedos y progresivamente perder el interés entre las continuas elipsis y juegos de espejos que propone, pero de alguna forma, el hecho de que el propio guión haga patente esto da un buen resultado: que nos encontremos, como ya vimos en Adaptation, ante un metarrelato de la frustración. Una historia inacabada sobre porqué no puede ser terminada. Un proyecto tan sumamente ambicioso como el que la película encierra en sus personajes. Nadie dice que tenga que ser bonito o fácil, pero el más sonoro fracaso de Kaufman hace el ruido más bello posible al caer.

Cineuropa 2009 (X): Cold Souls

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El debut de Sophie Barthes tiene que afrontar dos grandes barreras con su público: la primera es la de un relato de ciencia ficción de corte intimista, humor extremadamente marciano y una más que evidente denuncia social de fondo que convierte en esta película en un producto atípico y alejado de casi todo referente… el otro problema es que el único referente al que aferrarse es la filmografía de Charlie Kaufman, con quién tiene que soportar la comparación. Y es que Cold Souls incluye, desde el momento en el que Paul Giamatti se interpreta a sí mismo, hasta esa compañía que le ofrece guardar su alma como si de dinero en un banco se tratase, no pocos puntos en común con los guiones de Como ser John Malkovich u ¡Olvídate de mí!. Así, la película se mantiene en un juego de espejos y cajas chinas que funciona por reiteración, como que el tráfico de almas proceda de Rusia y Giamatti necesite desprenderse momentáneamente de la suya para interpretar Tío Vania de Anton Chèjov. Sin embargo, cuando la película se introduce en una extravagancia mayor (el interior del alma de Giamatti) o en terrenos más ordinarios (el viaje a Rusia) se descontrola, carece de pulso o interés, y lo que es más grave: de personalidad. Es injusto comparar esta película con las escritas por Kaufman, sobre todo porque carece de la inventiva visual de un Spike Jonze o un Michel Gondry, pero lo cierto es que la propia película parece no querer evitar esa comparación; y así, mientras las historias de Kaufman consiguen mantenerse con un tercer acto donde todo se repliega sobre sí mismo y nos sorprende más allá de su propuesta, extrayendo una conclusión nueva, Barthes parece incapaz de encontrar un final o una moraleja a su historia, cayendo en la desidia y arrastrando a esta al espectador.

Cineuropa (IX): Yuki & Nina

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Existe el peligro de que una historia no se desarrolle más allá de su propia sinopsis, avanzando con paso decidido pero sin atisbo de sorpresa, casi en una especie de suspense de aquello que ya tenemos anticipado por el discurrir de la acción, acción que no demuestra, en ningún momento, salirse del camino marcado. Yuki et Nina es una historia que, en principio, ya conocemos: Yuki, niña francojaponesa, ante la separación de sus padres, se ve obligada a volver a Japón, a lo cual se niega y opta por huir con su amiga Nina al bosque. Toda la perspectiva de la película se sitúa en la visión subjetiva de la niña, incapaz de comprender los motivos de la separación o como puede ser su vida en un país que le es, a la vez, propio y extraño. Sin embargo, todo ello nos impide saber más de los motivos de la película, se nos escamotea el origen del conflicto pero también la evolución de Yuki, cuyo cambio de parecer en ningún momento parece haber sido forzado, y no encontramos más explicación posible que la visión que esta tiene en el bosque, en una de las transiciones más bellas de los últimos años. Un ejemplo del confuso navegar de la película está precisamente en esa inexplicable transición, que resulta la mayor diferenciación de esta película y la que le dota de mayor interés y personalidad, además de emparentarla con la narrativa moderna que han popularizado algunas series actuales. Si ya de por sí resulta un soplo de aire fresco por lo evocador de ese ‘salto’ en la narrativa, no parece conveniente ahogar el tramo final de la película con un retorno al punto de origen, donde se nos explicitan varias cosas que era mucho mejor que el espectador llegase por sí mismo, aprendiendo a valorar el misterio por encima de un muy obvio discurso sobre la pérdida de la amistad, que reconduce la película por caminos más trillados. No es, en el fondo, la maravilla de la que tanto se ha hablado, pese a tener su muy importante punto de interés, pero perece este ante el poco riesgo y la excesiva condescendencia del relato.

Cineuropa 2009 (VII): Tres días con la familia

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La ópera prima de Mar Coll tiene en su principal baza, un excelente ojo para captar una realidad a través del estereotipo. Los personajes, iconos de una burguesía catalana de las formas y apariencias, mantienen dentro de su aspecto caricaturesco rasgos identificativos desde el guión, que permite a los actores desarrollar, con genuino talento, una vida propia a estos personajes del imaginario colectivo. En estos gestos, reconocemos la continua evolución de una familia que pretende seguir unida sólo por el mero hecho de serlo, y no por deseo de sus miembros. El reparto colectivo ayuda a introducirse en ese mundo de tíos, hermanos y primos y en tres generaciones, una de ellas ausente, que tratan de evitarse con el fin de no repetir sus errores; sin embargo, la afluencia de personajes funciona en detrimento de algunos, que ven reducido su tiempo en pantalla y apenas quedan dibujados como historias paralelas, interesantes pero sin desarrollar, saliendo beneficiados de esto la joven Nausicaa Bonníny sobre todo, Eduard Fernández, cuyo Josep María es el más empático de esta moribunda familia. En el campo visual, destaca su elegante fotografía y como el manejo de la cámara se hace invisible, parte cercana a los personajes, presentándonos de forma intrusiva en la intimidad de este entierro.

Hago una pequeña anotación al márgen para expresar mi descontento con la organización de Cineuropa. Es inconcebible que, en una comunidad autónoma bilingüe, en una ciudad que se sabe políglota, en el marco de un festival donde se ha respetado la versión original de todas las películas extranjeras… se haya pasado una copia doblada de Tres días con la familia, además de difícil audición. Es imposíble que se exija respeto a otras secciones, donde el cine gallego se pasa en su idioma original, cuando no otorgamos ese mismo respeto a otras comunidades bilingües. Quiero creer que ha tenido que ver más con un problema de distribución de copias que con el deseo de sus responsables, pues no hay otra justificación posible.

Cineuropa 2009 (IV): Help!

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El infravalorado Richard Lester, un indomable desconocido para la mayoría del público, puso en su díptico con los Beatles, el punto de enlace entre el scopitone y los videoclips. Help! es la segunda colaboración con los cuatro de Liverpool y un ejemplo de cine instantáneo en respuesta al éxito mundial del grupo, estrenada tan sólo un año después de A hard day’s night y rodada con más dinero pero con condiciones igual de precarias y caóticas. De ella se extrae un contenido menos documental y más pulp, jugando abiertamente con su condición de ficción exploit, pulverizando los mecanismos de la saga Bond (en ese punto en el que confluyen Mortadelo y Filemón y El prisionero) y su exótica rebuscada y abriéndose paso entre el slapstick más cazurro, la flema británica y el cine fantástico y de ciencia ficción más modesto. Se trata de un ejercicio tan libérrimo como la imagen pública de los propios Beatles, un envidiable entretenimiento, fruto de la improvisación y la capacidad de Lester para extraer el potencial de los actores, la puesta en escena y un, pese a todo, meticuloso montaje que le da ese característico y disfrutable ritmo a la vez que resuelve las evidentes deficiencias del rodaje y las calamitosas elipsis de su trama. Es por ello un delicioso material de derribo a su propia y asumida condición, a las instituciones británicas, a perpetuar y a la vez romper estereotipos de estos famosos músicos, y a, directamente, divertir con sus ingeniosos diálogos y su disparatada puesta en escena.

Cineuropa 2009 (III): Tokyo Sonata

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En el plano final de Tokyo Sonata, una audiencia de espaldas a cámara se gira hacia nosotros, nos miran, sin saber que decir, asombrados. Como si se tratase de un espejo, la nueva película de Kiyoshi Kurosawa termina dejando claro su condición de rareza, de algo indefinible, donde la única certeza es que se trata de un producto de gran nivel. En la trágica historia que envuelve a una familia japonesa en plena crisis (económica, psicológica, familiar y moral) sorprende encontrarse con un extraño humor blanco dentro de su kafkiana ambientación. Kurosawa no teme navegar entre distintos géneros, de la risa al llanto, como no teme hacer notar en su película presencias tan dispares como Ozu o De Palma; se permite el lujo de hacer del plano general su mejor forma para retratar el gesto más delicado y del primer plano algo sorprendente e imaginativo. Hay en sus formas, las heredadas por un Antonioni en plena forma, una lenta seducción de la aduencia, que le permite moverse con excelente fortuna entre esos ambientes enrarecidos y estas historias tan inclasificables. Hasta accede al capricho de crear una secuencia onírica, reminiscencia de sus mayores éxitos comerciales dentro del cine fantástico y elaborar, con todos estos elementos, una hermosa parábola sobre Japón y la capacidad para seguir adelante por muy grandes que sean los obstáculos.

Cineuropa 2009 (II): The Children

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En los mejores momentos de The Children los ojos de una niña nos demuestran su creciente paranoia ante la conducta extremamente caótica de sus compañeros de juegos, y como esta parece ser la única capaz de percibir lo que sucede, ante unos adultos ajenos, demasiado ocupados en sus intrascendentes diálogos. En los peores momentos, Tom Shankland subraya en exceso la atmósfera del film con bruscos efectos de montaje, ralentizados o abruptos insertos con los que buscar esa mezcla de irrealidad y susto que no es capaz de dar ni en la composición ni en la puesta en escena. Hay en ella un interesante punto de vista, donde es imposible tomar partido entre adultos estúpidos y niños bestializados entre los que se sitúa una adolescente prototipo que produce indiferencia; las intrincadas travesuras de los niños, elaborados planes de violencia contra los adultos mantienen su interés por lo disparatado de la propuesta: casi un Saw o un Destino final donde los verdugos son niños con sus juegos. Sin embargo, la película nunca escapa de los códigos genéricos, como el espacio aislado cercado por una naturaleza hostil, así como las anodinas escenas de transición en las que la música y los efectos visuales se empeñan en resaltar el suspense del que carece. Su verdadero punto a favor es el caos y la histeria en la que se recrea cuando por fin la película entra en materia, y aunque jamás llega a brillar con la intensidad de ¿Quién puede matar a un niño? (Chicho Ibañez Serrador, 1976) o la más reciente, aunque con intenciones completamente distintas, La cinta blanca (Michael Haneke, 2009) sí consigue crear el desconcierto que ese grupo de salvajes criaturas va generando con sus azarosas brutalidades. Es, por ello, una interesante película de género que jamás consigue avanzar más allá de su propuesta, pero que se sigue con cierto interés.