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Qué estoy haciendo ahora

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Puede que este sea el post menos interesante que escriba en los próximos meses. No por que considere que voy a escribir posts que despierten más interés, si no por el hecho de  que voy a escribir menos de lo que me gustaría. Los motivos de la intermitente actividad de este blog son varios: me gustaría decir que principalmente tiene que ver con encontrar un tema interesante que tratar, con un contenido u opinión que no pueda ser encontrado en cualquier blog y que además, me aporte algo a mi mismo en su redacción. Pero esos son los motivos por los que escribo, no los de porque no escribo. Los motivos a los que en realidad me refiero es al continuo bandeo de proyectos, trabajos, iniciativas y deseos a los que me veo sumido en esta etapa de mi vida. Mi creencia y mis mejores esperanzas es que esto sólo sea el comienzo de un largo proceso, pues es una necesidad de movilizar con todo lo que soy capaz actualmente, una forma de reafirmar aquellas cosas en las que creo – en un sentido secular – poniéndolas en prácticas.

Enumerarlas aquí sólo serviría para mi propio escarnio. Como el que hace propósito de año nuevo y se descubre en marzo habiendo olvidado sus aspiraciones y promesas. Lo más terrible de estos proyectos es que nunca hay un momento verdaderamente ideal para hablar de ellos públicamente: cuando no están confirmados, son solo ideas revoloteando que se pueden caer con una facilidad pasmosa; cuando están en funcionamiento, tienes cosas mejores de las que preocuparte que andar explicando que haces y contarlos, bueno, contarlo no va a darte ninguna seguridad de que lo concluyas tal y como querías. Sin embargo, puedo ser más genérico y limitarme a decir que si escribo menos aquí es porque estoy escribiendo más en otras partes. Una pequeña porción de esas partes ya las conocen: en ese proyecto gigantesco que es We Love Cinema pueden leer mi crónica del desencuentro entre el cine español y su público (y su segunda parte) y una modesta reflexión sobre el cine teen y sus ansias recicladoras, además de este minúsculo comentario que me han publicado (¡todo un honor!) en la mítica “Miradas de cine” sobre el  penúltimo proyecto de  mi admirado Don Hertzfeldt, que en realidad, creo que dice más de mi mismo – y lo demostraré a su debido tiempo con El autómata – que del animador californiano; este último artículo viene en función de mi lista de (algunas de) las mejores películas de la pasada década. El resto de escritos, la mayoría de ficción, estarán de momento buscando el modo de llegar de la mejor manera posible. Algunos vendrán en imágenes y otros no. La mayoría ni siquiera llegarán.

Mientras tanto, este sábado 1 de mayo, a las 23.30, podrán encontrar en Casa das Atochas (A Coruña) el cortometraje Cabeza de pescado – que dirigí hace ya… ¡dos años! – entre una selección de cortometrajes que, para que engañarles, admiro como una groupie histérica. La cita es Freakamacine, e incluye nombres como Velasco BrocaJavi CaminoRubén CocaOzo,Omar Rabuñal o Borja Crespo. Gente que ya ha contado más historias que yo.

Ya está. No hay nada más. Ninguna sorpresa, ninguna revelación. Has leído hasta aquí para nada.  Esto es el anticlimax del post. La parte optimista es suponer que si la primera frase de este texto no te ha desanimado lo suficiente como para llegar hasta aquí, algo estoy haciendo bien. Lo mejor que me pueda pasar es que haya mentido en esa primera frase. Este no debería ser el post menos interesante que escriba en meses. Debería ser  lo menos interesante que escriba en los próximos años.

And so it begins…

Dolce far niente

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Me dice un amigo que para ser este mi blog personal, hablo muy poco de mí mismo. Supongo que tiene que ver el lento transcurrir de las cosas, la poca seguridad que hay en los proyectos en los que estoy y un poco el temor a revivir heridas pasadas, donde la indiscrección terminaba siendo materia de reproches. Y es que parece mentira que el último trabajo que pueda anunciar ya halla cumplido más de un año: grabamos Dolce far niente en octubre de 2008, gracias a una ayuda de la Consellaría de Cultura y Deporte de la Xunta de Galicia. Cabeza de pescado había empezado a moverse, las vibraciones posteriores fueron más positivas de lo que esperaba y el corto me dió alguna alegría; Dolce far niente, en realidad, estaba planteado como una imagen inversa: donde uno era en blanco y negro, el otro destacaba por su color, donde uno era hermético el otro era diáfano, donde uno era decorados y estilización, el otro era realismo y localizaciones auténticas, donde uno era fantasía, el otro era cotidianidad aunque un punto de extrañeza. Supongo que la idea que me rondaba la cabeza era la de probarme a mí mismo las capacidades para levantar un proyecto así; y tengo seguro de que conté con un equipo con talento y sobre todo, paciencia para aguantar mis caprichos, pero que también el resultado se ajusta menos a lo que tenía en mente de lo que Cabeza de pescado significó para mí. Y de esto último me responsabilizo por completo. El verdadero valor que le encuentro a Dolce far niente es como experiencia propia. Digamos que si Cabeza de pescado era un cortometraje  que marcaba mis ambiciones, Dolce far niente es el que marca mis límites, o al menos, mis límites en aquel momento, pues quiero creer que en los últimos meses y tras este rodaje, soy una persona más precavida y metódica.

Entonces, la urgencia por continuar con los cortometrajes me venía por cierto miedo a que Cabeza de pescado hubiese sido una ilusión. Una anécdota. Supongo que de ahí vino mi testarudez, y mi imprudencia. Pero lo cierto es que más de un año después, no he vuelto a verme en la situación de dirigir un proyecto nuevo con un equipo considerable, aunque sí he aprovechado el tiempo en otras cosas, por ejemplo, en escribir un artículo para la gran iniciativa coral de We Love Cinema, o en obligarme a que mis próximos proyectos vengan con una base mucho más sólida, más elaborada; aunque yo siempre he compartido la opinión de Álex de la Iglesia, de que a hacer cine se aprende haciendo cine, bueno, malo o regular, pero cine. Entre medias, se ha caído algún proyecto bastante serio, y a la vez, están en camino otros de mayor envergadura y por tanto, menos plausibles. Pero si la cuestión es que será lo próximo, tengo en la recámara un cortometraje muy diminuto, grabado casi de imprevisto y del que estoy bastante contento, esperando a que pueda dedicarle unos días a concluir el montaje, y otros tantos a decidir que hacer con él después. Se titula El Autómata, y espero que no pase otro año antes de poder hablar detalladamente sobre él.

Apuntes de metaficción (I): La buena letra

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cada plano es como una palabra, que por si sola nada significa, o mejor aún, significa tantas cosas que de hecho es ininteligible…
– Robert Bresson

Con un corto terminado y otro en la récamara me asaltan un montón de dudas. No es que me preocupe seguir una línea o un discurso propio, pues pretendo ser lo menos consciente posible de lo que trato y sé que tengo las suficientes inquietudes personales como para llevar cualquier historia a mi terreno, quizás me debería preocupar más saber si puedo llevar esas mismas inquietudes a un espectador, pero no es eso, no de momento. Lo que más me preocupa últimamente es la cámara, con Cabeza de pescado tuve un storyboard mucho antes de tener un guión o siquiera un título, incluso antes de tener la oportunidad de hacerlo, quise ser milimétrico y estoy contento con el resultado. La cámara es en este negocio una pluma como la luz es la tinta, asi que depende de la suma de ambas y de los movimientos de la primera el desarrollo de una caligrafía decente, y rayos, yo tengo aún muy mala letra.

Una dicotomía interesante a la hora de juzgar técnicamente una película, es la siguiente, a los que disfrutamos toda una teoría de la planificación cinematográfica nos entusiasma el exhibicionismo hasta un grado casi infantil: que si el plano secuencia de Snake Eyes o que simboliza la cámara atravesando la ventana al final de El reportero son esas cosas que nos hacen vibrar como adolescentes entusiasmadas, nos encanta esa imagen del director ejecutando una proeza, un ejercicio de malabarismo inédito, una cabriola, y sin embargo, hace poco realmente comprendí que esos planos no son menos valiosos, pero si menos llamativos, que otros de esas mismas películas, planos que son tan necesarios como los más explícitos, pues estos últimos resultan tan majestuosos por contraste. Fue en concreto, ver a Nacho Vigalondo defendiendo planos que pasan absolutamente desapercibidos frente a la grúa final de su película Los Cronocrímenes, lo que me ha servido para ver las cosas de otro modo. Antes, me cuestionaba porqué me gustaban tanto la realización de peliculas como Mouchette o series como The Wire, la respuesta era muy sencilla: porque no era consciente de las mismas. Cuando he empezado a analizar la serie de David Simon (de la que espero hablar con propiedad en algún momento del futuro) me he visto atrapado por esos reencuadres, esos paneos y eso suaves y casi imperceptibles travellings y zooms que pueblan las calles de Baltimore, y que dicen más de ella que cualquier otro elemento. Así pues, la conclusión no puede ser más simple: el mejor movimiento de cámara es aquel que es imperceptible pero eficiente, porque así es doblemente eficiente.

Alejandro Pérez es un tipo consecuente: autor de un blog imprescindible, de pocos posts pero todos excelentes, y de una corta pero siempre interesante filmografía. Recuerdo que, en una ocasión, le llamé la atención por el diseño de su blog, que me parecía “soso” y traté de convencerlo para que lo cambiase ya que con un diseño atractivo podría conseguir más lectores, él me contestó que si un lector necesitaba un envoltorio agradable para interesarse por sus textos, entonces no le importaba perderlo. Yo me equivocaba, por supuesto. Su último corto es una deliciosa caja china: titulado Un cortometraje de Alejandro Pérez es exactamente lo que promete, la corta historia de su vida y su empeño en realizar un cortometraje sobre como él realiza un cortometraje. Antes he definido a Alejandro como un tipo consecuente, y eso implica que una vez metido en este extraño bucle, lo va a desarrollar hasta el final, la conclusión que saca en limpio es magnífica: la imposibilidad de salir bien parado de contar algo partiendo de la endogamia, o lo que es lo mismo, la confirmación de que el único espectador de un cortometraje son los propios cortometrajistas, y de que a los únicos que les interesan las películas sobre cine es a los propios cineastas. Estamos emborrachados de nosotros mismos, porque estamos tan fascinados por el proceso en sí que olvidamos que son sólo formalismos, que en el fondo, se trata de contar algo y contarlo bien. es como si nos quedásemos prendados de la buena letra de alguien y no de lo que esas palabras dicen y como lo dicen.

Yo tambien quiero sacar una conclusión de todo esto, aunque me temo que no puedo. Una conclusión implica, de un modo u otro, el final de un razonamiento y estoy demasiado lejos de ese final, y espero estar así por mucho tiempo (al menos, por otros dos posts como este). En cambio, he decidido sacar una lección, algo que quizás sea de perogrullo pero que, como esos movimientos de cámara imperceptibles, conviene recordar que está ahí: las mejores peliculas sobre el mundo del cine no son las que lo retratan si no las que hacen uso del mismo sin más alardes. En este cortometraje, Alejandro Pérez hace ambas cosas, y sale victorioso.

(Continuará)

Cabeza bien, gracias

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Hay una contradicción inherente al trabajo artístico que a siempre me hace pensar: todos los que apreciamos la creatividad estoy seguro de que lo hacemos pensando en la capacidad inspiradora que resulta de realizar trabajos íntimamente personalizados en una libertad que se reduce a nosotros mismos… pero tambien queremos que la obra guste, que se pueda ver, que podamos sacar algún beneficio de ella; no nos engañemos.

En esa línea, plantearse un trabajo como Cabeza de pescado, un cortometraje de 3 minutos apenas ininteligible, tiene una respuesta muy franca al dilema planteado, estando más cerca de un ejercicio onanista, de pequeño capricho si no prefieren la ordinariez, que de una obra exhibible. Por eso no me extraña que su carrera por los circuitos habituales sea más limitada de lo normal (que no de lo esperado), lo que realmente me sorprende es la respuesta que produce.Si ya es difícil saber que recepción puede tener un cortometraje, más lo es en este caso, no ajustándose a casi ningún canon, y sin embargo Cabeza de pescado me reporta todavía alguna felicidad diaria. ¿la última? compartir espacio con un corto meritoriamente más conseguido como 2 manos zurdas y un racimo de ojos manchados de gris de Antonio Trashorras en un blog tan imprescindible como El rincón de Alvy Singer. No soy de los que se embelesan con palabras bonitas (y las de Singer lo son y mucho), me interesa mucho más el grado de empatías que genera el corto, las referencias e interpretaciones que sacan; incluso en las opiniones más negativas, como algunas de las que se pudieron leer en el pasado Digital Short Film Fest me intrigan, especialmente por la forma en la que se sustrae a partir del corto mis errores y ambiciones, mis aciertos y desintereses.

 Lo interesante de internet no es que elimine intermediarios entre autor y público., dando esa libertad y posibilidad de exhibición sin problemas. Lo que realmente ha sido un gran beneficio es dotar de la misma libertad al público para opinar y al autor para escuchar. Eso es la gloria.