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Apuntes de metaficción (y III): El lector

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“Los directores de cine suelen contratar a los hombres que les gustaría ser y a las mujeres con las que les gustaría acostarse”
– Susan Sarandon

A. De cajas chinas

Larry David es una figura apasionante en muchos sentidos, pero en este momento, quiero destacar su vida: judío nacido en Brooklyn, cómico, empezó como monologuista por clubs neoyorkinos y no tardó en dar el salto como guionista de televisión. Siendo una parte responsable de programas como Fridays o Saturday Night Live. En 1993, crea junto al también monologuista Jerry Seinfield una sitcom revolucionaria: Seinfield. Los elementos que la configuran son excelentes, un cuarteto de excéntricos perdedores cuyas obsesiones, manías y mala pata les hacen darle una importancia exagerada a detalles minúsculos que, por supuesto, van en aumento, uno de ellos es el propio Seinfield, y su mejor amigo, George Constanza resulta ser un evidente alter ego del propio David. Juntos optan, en un momento determinado de la serie, proponer a una cadena de televisión una sitcom… protagonizada por el propioSeinfield y su círculo, en el cual, por supuesto, está incluido el mismo Constanza. De esa serie llegamos a ver el rodaje del piloto y a un Constanza desdoblado, viendo el aún más exagerado comportamiento de su doppelganger, en otras palabras, el personaje de Constanza, que era una simple caricatura de David, cobra vida propia como para poder permitirse tener otra representación de sí mismo sin que esta lo sea del propio David. Como curiosidad, conviene destacar el doble episodio final de Seinfield, donde el juego se vuelve increíblemente retorcido: las pequeñas cosas que se convertían en eje de capítulos completos terminan regresando una por una en forma de testimonios contra el cuarteto protagonista y siendo su perdición. La serie cobra entonces un nuevo sentido, no importa tanto la sobredimensión de sus problemas como la suma de todos ellos, por acumulación. Pero no estamos hablando ahora de eso.

No por obvio, el siguiente paso en la carrera de David ha dejado de ser sorprendente: tras nueve temporadas de éxito, inicia una nueva serie, Curb your enthusiasm que trata sobre él mismo. O mejor dicho, sobre una imagen de sí mismo que no se diferencia mucho de Constanza, salvo quizás en un tono mucho más atribulado fruto del marcado aire documental de la serie. Por supuesto, dentro de esta nueva serie, no tardamos en descubrir que el éxito de Seinfield produce muchos de los equívocos que llevan a David (en la ficción) a convertirse en un idiota desquiciado. Entre ellos, destacan unas conversaciones con los actores de Seinfield, primero con Jason Alexander, el intérprete tras George Constanza, y más tarde, con su compañera Julia Louis-Dreyfus (Elaine, en la serie), en torno a la necesidad de que David vuelva a la televisión con un nuevo proyecto. La única idea que se le ocurre a David resulta ser la de un actor que tras una serie de éxito no puede conseguir trabajo por la excesiva identificación de su rol con su propio yo… lo mismo que les ocurre a Alexander y a Louis-Dreyfus.

En definitiva: David ha ido perfilando un discurso dentro de otro discurso que tiene un rumbo evidente, la de cuestionarse a uno mismo y su entorno. Quizás por eso tampoco sorprende queWoody Allen (que, casualmente, también es un judío nacido en Brooklyn, que empezó como monologuista por clubs neoyorkinos y no tardó en dar el salto como guionista de televisión), esté a punto de estrenar un proyecto donde el protagonista no es él mismo, como suele ser habitual, si no Larry David, en una suerte de relevo o paralelismo que merece todo un estudio aparte.

B. Lo incontaminado

Dice Nacho Vigalondo, en relación al final de Un cortometraje de Alejandro Pérez que “podría haber terminado con una ventana abierta, con una habitación vacía, con una ausencia, en definitiva, pero nunca con un revólver”. El asunto es si a la hora de construir un cortometraje intelectualizado, a modo de gigantesco ensayo donde todas las piezas, en forma y fondo, están en función de lo que se cuenta, no nos estaremos olvidando de otra función mucho más importante, a mi juicio, en el cine: lo incontaminado.

Vale, me detengo un momento porque esto es complicado y puede sonar muy presuntuoso si no lo esquivamos con cuidado. Hagamos un pequeño paréntesis. Hablamos de una película ahora mismo en cartelera y cuyo visionado recomiendo a toda persona con un mínimo de juicio: Ponyo en el acantilado (Hayao Miyazaki, 2008). La película es una adaptación muy libre de La Sirenita de Andersen y, a la vez, un nuevo escaparate de las constantes de su autor, pero sobre todo es una obra casi autobiográfica: es de sobra conocido que hace no muchos meses el propio Miyazaki protagonizó un escándalo en Japón cuando negó a su hijo la posibilidad de dirigir un proyecto dentro de su propia empresa, los famosos estudios Ghibli, y como este acabó tras el enfado familiar, confesando en una entrevista la infeliz infancia que tuvo cuando su padre se ausentaba para trabajar en hacer felices… a otros niños, niños desconocidos y anónimos. Ponyo en el acantilado supuso la reconciliación de esta familia, en la que el padre rinde homenaje al hijo y a las figuras paternales contando exactamente el mismo cuento que todas las noches le decía a su hijo. Así en la película tenemos a un niño que se divierte jugando solo, con un padre que le quiere pero que apenas está en casa ni vemos demasiado tiempo en la película, y la propia Ponyo tiene como antagonista a un padre muy ocupado en una gran labor como es la ecología marina que deviene a la vez en un hombre controlador y preocupado por su hija, pero siempre de la forma más bienintencionada. La prohibición del padre de Ponyo a que esta se convierta en humana (esto es: se independice de la vida marina) es la misma que protagonizó Miyazaki Senior con su vástago cuando este le pidió dirigir una película por sí solo.

En el ejemplar número 22 de Cahiers du cinema España, publicado el pasado Abril, cita Jordi Costa con motivo de esta misma película, las palabras de Picasso“A los quince años dibujaba como Miguel Ángel, y he tenido que llegar a viejo para dibujar como un niño”. Con ello pretende establecer la comparación con Miyazaki quien, descubre a sus 68 años, que la mejor historia que le puede contar a esos niños anónimos es aquella que sólo reservaba entonces para su hijo. La más sencilla de sus películas. Habla también Costa de la idea de “atrapar lo esencial” en un medio como la animación, donde absolutamente todo lo que parece en pantalla es irreal y por tanto, medido y calculado en función del presupuesto; mucho más en Japón, donde la animación es un emblema nacional casi tanto como la economía de recursos que les permite prescindir de lo “innecesario”, a veces con resultados catastróficos, y si no, que se lo pregunten a Disney. Resulta entonces destacable señalar que Miyazaki pasará a la historia como uno de los grandes directores, no sólo de animación, por hacer de lo innecesario el centro de su obra. A Miyazaki le interesa la poesía intrínseca de los pequeños detalles, los mismos que obsesionaban a los alter egos de Larry David, como pueden ser un plato de fideos calientes, un barquito de juguete o una manguera.

Dentro de la línea editorial de Cahiers (sí que esta existe) parecer haber en común una cierta tendencia a esa poética de lo pequeño, de lo aparentemente mundano, de lo incontaminado, aquello cuya ausencia, en definitiva, le está reprochando Vigalondo a Alejandro. Hablando en general, cuando nos enfrentamos a un rodaje es casi rutina intelectualizar todo desde el guión, por la necesidad de comprender los medios y el formato, saber aprovechar el lenguaje; sin embargo, la cruda realidad es que cuando ese rodaje tiene lugar, nos encontramos con una serie de imprevistos que serán los que marquen nuestro camino. En definitiva, que el cine es el medio donde el azar tiene más importancia, hasta el punto de que considero que los mejores directores no son sólo aquellos que brillan por sus virtudes si no los que son capaces de hacernos ignorar sus defectos. Por experiencia personal, me he encontrado en situaciones donde aquello que más me ha gustado de una obra mía ha sido fruto de la casualidad y no de la planificación, pero aquí viene algo importante: la casualidad por sí misma no es tan valiosa, es por ello por lo que grabar cualquier cosa con tu cámara de vídeo no siempre va a dar algo bueno. Creo firmemente en un método de trabajo donde una vez planificado todo al milímetro haya el suficiente espacio como para dejar paso al azar, a ver qué ocurre. Pero no podemos valorar más lo intelectual a lo estocástico, ni viceversa, si no al resultado que ambos nos pueden dar. En ese sentido, considero que la obra de Alejandro tiene el final que debe tener, incluso al carecer aparentemente de esos momentos de poesía cotidiana, pues del mismo modo que Miyazaki o David, ha terminado retratándose incluso aún sabiendo diferenciar personaje de autor, y ese retrato o caricatura pasa de forma intencionada por un proceso de descomposición que revela su propia forma de ver las cosas: es a través de un razonamiento como el protagonista del corto descubre la “trampa” de su propia historia, que esta sólo cobra su verdadera dimensión cuando retrata no una parte de una vida, si no una vida completa, y para ello pone fin a la misma. Siendo capcioso diría que en 7:35 de la mañana (Nacho Vigalondo, 2004) ocurría exactamente lo mismo.

C. Por qué y para quién: La misma pregunta.

Alejandro me habló del cortometraje por primera vez hace más de un año. Él ya lo tenía en mente desde mucho antes. Cuando lo vi, me impactó por muchos motivos, entre ellos, porque reflejaba convenientemente la etapa que yo mismo acababa de emprender, intentando entender que narices tenía que contarle al mundo que no se hubiese contado antes y mejor; pero también llamó mi atención el hecho de que no era en absoluto lo que me esperaba. En Un cortometraje de Alejandro Pérez hay un discurso que él mismo ha desglosado y al que yo he intentado dar un distorsionado reflejo, pero ojo, también hay poesía. Será la cadencia de la voz de José Luis Gil o la imagen de ese niño que ante una ventana y un televisor con Eugenio, elige lo segundo, yo que sé, pero me atrapó, hace que no me canse de verlo. Me descubro escribiendo a las tantas de la madrugada, poniendo en orden mis pensamientos, intentando racionalizar porqué me gusta ese corto… y descubro que estoy hablando de que en el fondo, no se puede racionalizar. Puedo desglosar sus virtudes, pero no explicar que me atrae en especial de este. No puedo porque soy el público, el lector del texto, de alguna forma, me falta información, y es porque, atención, redoble de tambores: solo me llega lo que realmente me “llega”. Lo que me emociona. Y es lo mismo que le pasa a un autor, que al final, sólo se preocupa de “llegar” y para ello, habla de lo que a él le emociona; a David es su alocada vida, a Miyazaki es su familia, a Vigalondo la torpeza del galanteo, a Alejandro Pérez… la descomposición y el razonamiento. La triste realidad es esta: no sabemos hablar más que de lo que somos, y lo hacemos, con la vaga esperanza, de que alguien ahí fuera, también lo (o nos) entienda.

Epílogo

Cuando me plantee empezar a escribir sobre este corto pasaron un montón de cosas. Entre ellas, la necesidad que tenía de arreglar muchos asuntos conmigo mismo y con el rumbo que estaba tomando. En el momento dije, pensé y escribí (no necesariamente en ese orden) que lo haría en tres partes, como finalmente ha sido. Lo cierto es que terminé el primer post sin saber que iba a decir en los siguientes, y las dos partes posteriores han sido fruto de breves momentos de, bueno, llamémosle “lucidez”, en los que he visto claro que quería decir en ese instante. Pero lo cierto es que tampoco sabía cómo iba a acabar este post, también lo empecé a escribir en sí mismo sin un final determinado, ha surgido sin más, y no sé si ha llegado a alguna parte. Pues bien, meditándolo un poco, me doy cuenta de algo: retrocedemos a la primera parte de estos apuntes y hablamos de que significaba retratar convenientemente el mundo del cine. No se me ocurre una metáfora mejor que estos tres posts, un intento de discurso hecho desde la primera persona, fruto del azar, y con la esperanza de que alguien, el lector, lo encuentre de alguna forma útil. De usted, desconocido, depende si lo he logrado o no.

Apuntes de metaficción (II): El mensaje

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“El arte debe contribuir a transformar, y no solo a entretener”
– John Gardner.

Cuando escribí este post lo pensé como varias partes, pero no tenía muy claro que más añadir. En cierto sentido, todo lo que me sugería el cortometraje de Alejandro no cabía y dedicarse al mero desglose sería menospreciar el trabajo de comunicación de dicha obra. Vamos, que el principal valor que acabé encontrando, tras mucho meditarlo, al cortometraje de Alejandro Pérez es que me dejaba sin herramientas para hablar sobre él porque… ya hablaba sobre sí mismo.

Una de las máximas de esta profesión y que, bajo mi punto de vista, no admite discusión alguna, tiene que ver con el papel del espectador en todo esto. Le corresponde al espectador completar siempre la obra, y eso no significa dejar las cosas a medias ni ser obligatoriamente sutil, si no aportarle al espectador la suficiente información para que deduzca algo nuevo, es decir, que sea su proceso mental al unir todos los componentes de la obra la que construya el mensaje y no nosotros quienes lo enunciemos, a viva voz, subrayado con rotulador fosforito. A lo largo de estas semanas, le he puesto el corto a mucha gente y he escuchado opiniones de todo tipo, y me resulta curioso la cantidad de gente que considera los “errores” del corto descuidos y no parte intencionada del proceso. No digo que sea una obra perfecta, digo que es muy osado considerar a los directores seres tan cegados por sus creaciones como para obviar ciertas cosas: cuando has escrito una docena de versiones de guión que te has releído una centena de veces, cuando has hecho desgloses, ensayos y has vivido un rodaje, cuando te has puesto a editar y posproducir hasta el último fotograma… no se otros, pero yo veo todos y cada uno de los fallos. Supongo que mi habilidad como director, o mi triunfo al menos, está en la forma en la que consigo que pasen desapercibidos, en la manera en la que centro la atención en lo verdaderamente importante. Eso explicaría por qué me encanta el montaje, por algo lo llaman el arte invisible.

El cortometraje de Alejandro es una interesante excepción: verbaliza su mensaje pero al mismo tiempo me dejó suficientes caminos de pensamiento como para, de momento, dos posts; por otro lado, he aquí un post del propio autor señalando fallos con el dedo. Concluye con un mensaje que me ha obligado a terminar este hilo de pensamiento y dejarlo escrito: a mayor bienestar, más posibilidades tenemos de centrar nuestros trabajos, y por tanto nuestras vidas, en actividades que nos resulten más placenteras. Que sin necesidad hay caprichos. Y con ello hay un planteamiento antropológico: el arte surge a partir de una sociedad que ya no tiene que dedicar tanto esfuerzo a su propia supervivencia.

Sin embargo, quiero añadir un pequeño apunte. Entendamos la cultura como la superestructura del materialismo cultural. Marvin Harris hablaba de que los principales motores de cambio en las sociedades eran la tecnología y la reproducción, es decir, nuestras herramientas para mejorar nuestra subsistencia y la salud de la que gocemos como especie. Hasta aquí ningún problema. Sin embargo creo firmemente que no se puede negar la infravaloración de la cultura como carácter transformador. Es cierto que el fin de la peste negra y una bonanza económica beneficiaron que existiese el Renacimiento, pero es imposible negar la importancia de cómo ciertos cánones artísticos han terminado siendo axiomas de nuestra sociedad hasta tal punto de que hayan sido también elementos transformadores de la misma. En palabras más simples: la función del arte es cambiar a una sociedad, no a través de su capacidad de supervivencia natural si no a través de su pensamiento.

Mientras escribía el post de Watchmen, leí gracias al Focoforo una entrevista a Alan Moore en la que decía:

En las primeras referencias, la magia se llamaba ‘el arte’ y creo que esto es literal. Creo que la magia es arte, y que el arte, sea la escritura, la música, la escultura o cualquier forma, es literalmente mágico. El arte es, como la magia, la ciencia de manipular símbolos, palabras o imágenes para conseguir un cambio en las conciencias. ‘To cast a spell’ (hacer un hechizo) es simplemente ‘to spell’ (deletrear), manipular palabras. Grimorio es una forma elegante de decir gramática.

Cualquiera que se haya leído Promethea entenderá perfectamente que Moore entiende que cualquier proceso creativo, por simple que sea, provoca un cambio en nuestro entorno.

Hace una semana ví una entrevista a David Cronenberg donde compartía el mismo punto de vista con estas palabras:

Creo que son mis principios existencialistas los que me dirigen hacia eso: crear nuestra propia realidad a través de nuestra cultura y nuestro arte. Creamos una realidad que parece tan real como cualquier otra cosa, pero de hecho, es transitoria. Es una proyección de nuestra propia voluntad creativa.

Así que al final, he llegado a otro punto que sigue el post de Alejandro y por supuesto, su corto. Es cierto que un voto del público en el Notodofilmfest supone recibir el aprecio de gente que, por el mismo contexto, podemos deducir que un rodaje no le resulta algo ajeno; sin embargo es más bonito olvidarse de la endogamia de la metaficción y planteárselo de otro modo. Que si cada obra se dedica a transformar las conciencias de los receptores, las obras que hablan de sí mismas tienen como función hacer lo mismo para los emisores.

En la misma entrevista, Cronenberg dijo lo siguiente, que no podía ser de otra forma, comparto al cien por cien:

Mi deseo es siempre hacer una película compleja, que puedes ver varias veces y que la recuerdes. No un mero objeto de consumo que se olvida a las 2 horas de verlo. Quiero que el espectador sea parte activa de la película. Creo que mi función como director es plantear un montón de preguntas, aún cuando nadie tenga claras las respuestas.

Apuntes de metaficción (I): La buena letra

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cada plano es como una palabra, que por si sola nada significa, o mejor aún, significa tantas cosas que de hecho es ininteligible…
– Robert Bresson

Con un corto terminado y otro en la récamara me asaltan un montón de dudas. No es que me preocupe seguir una línea o un discurso propio, pues pretendo ser lo menos consciente posible de lo que trato y sé que tengo las suficientes inquietudes personales como para llevar cualquier historia a mi terreno, quizás me debería preocupar más saber si puedo llevar esas mismas inquietudes a un espectador, pero no es eso, no de momento. Lo que más me preocupa últimamente es la cámara, con Cabeza de pescado tuve un storyboard mucho antes de tener un guión o siquiera un título, incluso antes de tener la oportunidad de hacerlo, quise ser milimétrico y estoy contento con el resultado. La cámara es en este negocio una pluma como la luz es la tinta, asi que depende de la suma de ambas y de los movimientos de la primera el desarrollo de una caligrafía decente, y rayos, yo tengo aún muy mala letra.

Una dicotomía interesante a la hora de juzgar técnicamente una película, es la siguiente, a los que disfrutamos toda una teoría de la planificación cinematográfica nos entusiasma el exhibicionismo hasta un grado casi infantil: que si el plano secuencia de Snake Eyes o que simboliza la cámara atravesando la ventana al final de El reportero son esas cosas que nos hacen vibrar como adolescentes entusiasmadas, nos encanta esa imagen del director ejecutando una proeza, un ejercicio de malabarismo inédito, una cabriola, y sin embargo, hace poco realmente comprendí que esos planos no son menos valiosos, pero si menos llamativos, que otros de esas mismas películas, planos que son tan necesarios como los más explícitos, pues estos últimos resultan tan majestuosos por contraste. Fue en concreto, ver a Nacho Vigalondo defendiendo planos que pasan absolutamente desapercibidos frente a la grúa final de su película Los Cronocrímenes, lo que me ha servido para ver las cosas de otro modo. Antes, me cuestionaba porqué me gustaban tanto la realización de peliculas como Mouchette o series como The Wire, la respuesta era muy sencilla: porque no era consciente de las mismas. Cuando he empezado a analizar la serie de David Simon (de la que espero hablar con propiedad en algún momento del futuro) me he visto atrapado por esos reencuadres, esos paneos y eso suaves y casi imperceptibles travellings y zooms que pueblan las calles de Baltimore, y que dicen más de ella que cualquier otro elemento. Así pues, la conclusión no puede ser más simple: el mejor movimiento de cámara es aquel que es imperceptible pero eficiente, porque así es doblemente eficiente.

Alejandro Pérez es un tipo consecuente: autor de un blog imprescindible, de pocos posts pero todos excelentes, y de una corta pero siempre interesante filmografía. Recuerdo que, en una ocasión, le llamé la atención por el diseño de su blog, que me parecía “soso” y traté de convencerlo para que lo cambiase ya que con un diseño atractivo podría conseguir más lectores, él me contestó que si un lector necesitaba un envoltorio agradable para interesarse por sus textos, entonces no le importaba perderlo. Yo me equivocaba, por supuesto. Su último corto es una deliciosa caja china: titulado Un cortometraje de Alejandro Pérez es exactamente lo que promete, la corta historia de su vida y su empeño en realizar un cortometraje sobre como él realiza un cortometraje. Antes he definido a Alejandro como un tipo consecuente, y eso implica que una vez metido en este extraño bucle, lo va a desarrollar hasta el final, la conclusión que saca en limpio es magnífica: la imposibilidad de salir bien parado de contar algo partiendo de la endogamia, o lo que es lo mismo, la confirmación de que el único espectador de un cortometraje son los propios cortometrajistas, y de que a los únicos que les interesan las películas sobre cine es a los propios cineastas. Estamos emborrachados de nosotros mismos, porque estamos tan fascinados por el proceso en sí que olvidamos que son sólo formalismos, que en el fondo, se trata de contar algo y contarlo bien. es como si nos quedásemos prendados de la buena letra de alguien y no de lo que esas palabras dicen y como lo dicen.

Yo tambien quiero sacar una conclusión de todo esto, aunque me temo que no puedo. Una conclusión implica, de un modo u otro, el final de un razonamiento y estoy demasiado lejos de ese final, y espero estar así por mucho tiempo (al menos, por otros dos posts como este). En cambio, he decidido sacar una lección, algo que quizás sea de perogrullo pero que, como esos movimientos de cámara imperceptibles, conviene recordar que está ahí: las mejores peliculas sobre el mundo del cine no son las que lo retratan si no las que hacen uso del mismo sin más alardes. En este cortometraje, Alejandro Pérez hace ambas cosas, y sale victorioso.

(Continuará)