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Mis tebeos de 2016

Aquí una lista modesta y muy incompleta de tebeos que he leído y me han sorprendido en el pasado año. Como siempre, las ausencias se deben a mi falta de tiempo para abarcar todo pero aquí al menos hay algunos tebeos cuya lectura no puedo más que recomendar.

c16-thevisionThe Vision

El high-concept es suficiente para vender la premisa: Visión, el androide superheróico miembro de los Vengadores, ha creado (literalmente) su propia familia y vive en las afuera de Washington haciendo de enlace entre su grupo de vigilantes y el gobierno. Lo que en principio es una vida apacible se convierte, poco a poco, en una pesadilla suburbana donde abunda la desconfianza y el prejuicio. Crímenes de odio y venganza que hablan alto y claro sobre la deshumanización de nuestros semejantes y aplica algunos de los más brillantes recursos narrativos del año.

c16-golemGolem

Una Italia cyberpunk y post-Eurozona (con todo los sentimientos apocalípticos que esta idea genera) es la excusa para un vibrante despliegue de colores y movimientos que recuerdan, sin ningún disimulo, la influencia de Katsuhiro Otomo y, en especial, “Akira” así como un leve toque de “Neon Genesis Evangelion”. Ahí es nada.

c16-providenceProvidence

Hablé de él aquí.

c16-archangelArchangel

Una conspiración del Presidente de los Estados Unidos para volver a un pasado nazi y cambiar el curso de la historia. Que desgraciadamente apropiado. Eso sí, su mayor atractivo reside en como este proyecto de William Gibson lleva al tebeo su obsesión por un detallismo en el tecno-espionaje que le ha llevado siempre a preveer el futuro de los próximos diez minutos, aunque aquí, con una coartada mucho más pulp.

c16-thetwilightchildrenThe Twilight Children

Canto de cisne del finado Darwyn Cooke, esta vez bajo el guión de Gilbert Hernandez. Obra pequeña y melancólica pese a su temática de fenómenos paranormales en un pequeño pueblo costero. Más que ver con celos, remordimientos y la búsqueda de una paz en común, de una población que reacciona con cierta tranquilidad a lo que ocurre y se muestra más intrigada y protectora que miedosa o agresiva. Tal vez no tengamos que ser nosotros los monstruos de Maple Street.

c16-supermanamericanalienSuperman: American alien

Más bien una colección de estampas en distintos momentos de la vida de Superman que un relato concreto, Max Landis hace su mejor trabajo hasta la fecha indagando en como diversos incidentes y primeros encuentros van definiendo la personalidad de un inseguro y pío Kal-El/Clark Kent entrando en un mundo donde el cinismo es mejor recibido. Si también es cierto que hay no pocas deudas con autores del pasado (un pasaje con Mr. Mxyzptlk parece una descripción muy cruda de las ideas de Grant Morrison), Landis reconoce que el personaje de Superman es mucho más grande e inspirador que los autores que tienen la suerte de compartir su visión del superhéroe.

c16-joyrideJoyride

No puede tener un título más ideal: ¿Qué tal ser un adolescente, robar una nave espacial y salir de tu burbuja distópica para cometer pequeños delitos por la amplia galaxia? Un muy colorido viaje espacial que contrasta y puede que complemente al tebeo, también de este año, “Empress” de Mark Millar pero que también tiene un ligero aroma al “Runaways” de Brian K. Vaughan. Space opera sin complejos ni nada que arrepentirse ¡YOLO!

c16-papergirlsPaper girls

Se habla mucho, y con razón, de como la nostalgia ha ido devorando una gran parte del panorama cultural, pero a veces es importante para poner las cosas en perspectiva: por ejemplo, el tiempo que has pasado en tu vida jugando al Arkanoid parece absurdo una vez que alcanzas la madurez. Y la madurez también puede parecer vacía y decepcionante cuando tu niña interior no está dispuesta a aceptarla. Por el medio hay un montón de sorpresas de carácter fantástico que son el simple aderezo para las conversaciones de estas cuatro chicas y su destino manifiesto en una noche aciaga.

c16-glupGlup

Sin palabras, valiéndose de un medido uso del color y la luz y trazos ondulantes. Un pequeño y modesto viaje creativo sobre la relación entre una niña y el mar y como esta relación evoluciona con los años. La vida que se origina y surge del mar pero también la que vuelve una y otra vez porque no puede abandonar ese vientre materno de los seres vivos, por aterrador que pueda ser a veces.

c16-black-widowBlack Widow

El segundo Vengador que aparece en esta lista lo hace manteniendo todos los clichés que conocemos del cine de espías: un agente con un pasado oscuro, un misterio por desvelar, perseguida por sus enemigos y aliados, y mucha, mucha, mucha acción. Tal vez el tebeo de superhéroes que más páginas ha dedicado a la acción este año, con algunos muy vistosos métodos para representarla entre viñetas y darle toda la potencia y seguridad de Jason Bourne pegando castañazos con un bolígrafo.

c16-houseofpenanceHouse of Penance

Conocida como el lugar más embrujado de Estados Unidos, la Mansión Winchester no era sólo la residencia de la viuda del heredero de un imperio de armas que pasaron a la historia como los rifles que conquistaron el Oeste. También era una extraña mezcla de estilos que, según Sarah Winchester, albergaban los espíritus de todos aquellos muertos por el legado que la había enriquecido. Esa sensación de culpa heredada se filtra en las paredes y extiende sus tentáculos sanguinolientos más allá de las viñetas, como si quisiera atraparnos y enloquecernos.

Como transformar un hogar roto en una Batcueva

batfamilia

Puede que hoy por hoy suene a licencia poética, pero esto que voy a relatar es estrictamente cierto. Hay que situarse en un pueblo de provincias, donde la distribución editorial es francamente nula y la capacidad para conseguir cómics dependía de la frecuencia con la que tú o tu familia viajaba fuera. Dentro de la poca oferta que uno podía encontrar en quioscos y librerías destacaban dos héroes: Batman Spiderman. No conozco ahora mismo el contexto de que aquellos cómics llegaran con más frecuencia a mi entorno que los de otros superhéroes, pero no me cuesta imaginar que el impulso de las películas de Tim Burton y las series de Spiderman de 1994 y el trabajo de Bruce Timm en Batman: the animated series tuvieran bastante que ver. El asunto es que, aunque la oferta escasease, tampoco había muchos coleccionistas de cómics en el pueblo; de ahí que llegara a un acuerdo con un amigo: yo coleccionaría todos los de Batman que llegase a mis manos y él haría lo mismo con los de Spiderman. A lo largo de los años nos íbamos intercambiando números hasta que esta práctica cayó en el olvido.

Por supuesto, los números no eran casi nunca consecutivos y mi manera de entender la mitología de Batman fue a través del Caos: el desorden, los cliffhangers que quedaban sin solución, la influencia de las dos series de televisión (la ya mentada serie de Timm, pero también la inolvidable serie de Adam West), la incapacidad para reconocer continuidades o series distintas. Todo ello contribuía a mi fascinación, a esa sensación que Alan Moore buscaba recrear en su Tom Strong de estar observando por un pequeño agujero una parte de una historia más amplia y compleja de lo que yo llegaría a descubrir nunca. Batman existía antes de que naciesen mis padres y existirá mucho después de que yo muera.

En esa sensación, la de una parte de un todo, la de un icono congelado para la eternidad y la de un ambiente folletinesco en constante expansión, volví a ver Judex (Georges Franju, 1963) la semana pasada. Judex es el remake de las películas de Louis Fouillade que este creó para rebatir las críticas a sus anteriores trabajos, en los que los villanos eran la atracción principal, y de los que se decía que glorificaban la violencia. El Judex de Franju es la perfecta película de Batman (con un punto artie) en muchos aspectos: Judex se presenta como un héroe metódico, vengativo pero nunca sangriento o violento, con su propia Batcueva llena de artilugios y un Alfred que la acompaña; el detective Cocantin es el, siempre un paso por detrás, Comisario Gordon, y va a acompañado de un vivaraz muchacho, cual Robin; juntos se enfrentan a Jacqueline, ladrona y ágil, embutida en un traje negro ceñido, una Catwoman de manual. No es sólo la presencia de una figura detectivesca (rasgo que esquivan casi siempre las películas oficiales de Batman) como Judex lo que fortalece la película, sino la interacción entre los distintos compañeros, enemigos y objetivos; el ser partícipes de los planes e investigaciones que se desarrollan entre subtramas coincidentes cuya conjunción resulta plenamente satisfactoria.

Ahora me encuentro leyendo Batman and Philosophy: the Dark Knight of the soul, editado por Mark D. White Robert Arp y me sorprende que, dentro de todos los artículos que componen el libro, no se encuentran muchas referencias a la batfamilia; sí, se habla del papel de tutor de Bruce Wayne a sus discípulos y colaboradores, pero no se les percibe como próximos o indispensables, sino como accesorios heredados de la Edad de Plata. La única cuestión verdaderamente relevante que plantea el libro es en el artículo “Is it right to make a Robin?”donde James DiGiovanna habla sobre la moralidad de entrenar adolescentes para luchar contra el crimen aún cuando Batman no empezó su andadura hasta ser adulto, tras una vida dedicada al entrenamiento. Me encuentro poco después con la ilustración arriba mostrada, de Gabzillaz, y me planteo algunas cuestiones sobre este grupo.

Si uno repasa el historial de la batfamilia encuentra muchos huérfanos (Dick GraysonJason Todd, Tim Drake, Barbara Gordon), muchos niños con padres ausentes (Damian Wayne,Stephanie Brown, Cassandra Caín). Todos vienen de hogares rotos. Esa necesidad de Bruce Wayne de rodearse de menores con problemas parte de su propia infancia, de la necesidad no sólo de proporcionarles lo mejor a aquellos que se ven en una situación similar a la suya, sino de crear en su entorno la familia que nunca tuvo. Si pensamos en lo que diferencia a Batman de Judex, el murciélago es el centro de la historia, mientras que Judex es percibido por otros personajes y por ello sus acciones pasan a segundo plano, manteniendo un halo de misterio. Batman no puede ser como Judex porque implicaría que el lector no estaría leyendo un cómic con Batman de protagonista, si no un cómic sobre otros personajes que son testigos (y a veces, parte activa) de una entidad llamada Batman. La excusa que da Tim Drake, el tercer Robin, cuando deduce la identidad secreta de Batman para adquirir su puesto, es la necesidad que Batman tiene de Robin, como ying y yang, una fuerza alegre que equilibre la oscuridad de Batman. lo cierto es que Robin tiene una función narrativa muy clara: como el Watson de Holmes, permite al lector escuchar las deducciones del detective sin tener que recurrir a voces en off y se transforma en la voz que plantea las preguntas adecuadas. En otras palabras: la constante presencia de la batfamilia es lo que separa al Batman del Joker, es su punto de contacto con la humanidad, con la esperanza de que los que vienen siguiendo su legado no necesitarán caer en la excesiva gravedad con la que se toma su misión para ser responsables.

Con la salida del nuevo videojuego Batman: Arkham City, ha habido muchas voces críticas con el rumor de la aparición de Robin. Se ha destilado odio ante el hecho mismo de que el personaje (sin identificar cual de los ¡cinco! personajes que han tenido esa identidad sería) formase parte del juego, incluso del Universo del propio juego. Como si los villanos de inspiración carrolliana tuviesen más permiso para pertenecer al canon que la mitad del Dúo superhéroico. ¿De dónde nace ese desprecio? Evidentemente, de las adaptaciones cinematográficas antes mentadas, en los que directores como Tim Burton o Christopher Nolan no tuvieron el valor suficiente para encarar a Robin: el primero por huir del recuerdo del tono amable del Batman de Adam West y la influencia del infame libro de Fredic Wertham, La seducción del inocente que apuntaba a Batman como pedófilo; el segundo por mantenerse alejado en todo lo que trajese a la memoria del espectador el díptico de Joel Schumacher, Batman forever y Batman y Robin, de terrible fama.

Pero lo cierto es que Batman no tiene sentido sin su batfamilia, no solo por como le complementa. Frank Miller “defendía” a Robin como “la idea de un dibujante” por su poco peso literario y su capacidad icónica, haciendo más grande al héroe al situarse a un niño a su lado. Yo sí considero que Robin tiene, como el resto de personajes de la Batfamilia, un peso importante en la manera en la que Batman funciona, series como la reciente (y brillante) Batman: the brave and the bold demuestran como Batman brilla de otra forma en compañía. Y por supuesto, Robin en solitario ha protagonizado buenos tebeos, aunque el odio haga creer a los falsos fans que no es así. Cada vez que oímos que Batman es responsable de cada chiflado del crimen con un disfraz de Halloween parece olvidársenos que también inspira a su alrrededor a gente incluso más eficiente que él. La batfamilia es ahora el centro del excelente trabajo que mi adorado Grant Morrison está realizando en DC Comics y no puede excluírse tan fácilmente. Son, como el nombre indica, una familia, porque la mayoría de los murciélagos terminan formando, a su alrededor colonias de millones de individuos, y como tales, están ahí los unos para los otros.

PUM

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Vi mi primer episodio de Lost en el mejor momento posible. Era 2004, vivía en Ourense contra mi voluntad, acababa de cumplir la mayoría de edad y trataba de buscarle un sentido a todo. Siempre había encontrado un refugio muy interesante en la literatura de ciencia ficción y terror o los cómics más absurdos, de alguna forma, tenían mucho más sentido que la realidad mediocre que me tocaba vivir. Por eso fue tan especial encontrarme una serie que arrancaba como una gran aventura a la vieja usanza, con su isla misteriosa, sus arquetipos bien modelados, esa jungla que se abría ante nosotros.

El primer episodio de Lost que me convenció por completo llegó pronto. Es el tercer episodio, Walkabout. El personaje de John Locke se nos presenta entonces como un hombre atrapado en una vida miserable que buscaba tener su momento de gloria, su propia aventura con la que huir de todo. La gran relevación del episodio, el hecho de que se trataba de un minusválido, conectó inmediatamente conmigo tanto por una empatía como por un lado más frío y racional: la estructura elegida por los creadores de la serie se revelaba así sumamente importante para ofrecer una buena dosis de sorpresas y emoción, alimentando el relato con los flashbacks.

A medida que la serie evolucionó, lo hicieron sus métodos. No dejó de sorprenderme, se convirtió en una cuestión de debate personal sobre mi manera de entender la ficción. En Lost confluían King, Dick, Clarke, Stevenson, Morrison, Moore, Bioy Casares… cuanto más revelaba la serie sobre sí misma, cuanto más acercaba al tipo de literatura con la que crecí, más me convertía en un defensor fanático. No se trataba de Locke o de Jack, no se trataba de la complicidad que se generaba en esas salidas nocturnas encontrando por casualidad a alguien con quien discutir el episodio de la semana anterior. Se trataba de que Lost correspondía a toda una forma de entender la ficción, y cuando me quise dar cuenta, ya había elegido dedicar mi vida a ello.

6 años más tarde, las cosas son distintas para mí, Lost ha terminado y la casualidad ha querido que el episodio final me haya sorprendido en otro momento de cambio. Podría decir que no es casualidad, pero ese no es el debate. Hace seis años me subí al mismo avión que esa gente y ahora he crecido como Walt, he engordado como Hurley y tengo tantos problemas para afeitarme como Jack. De momento no hay perspectivas de que me vaya a quedar tan calvo como Locke.

Todo lo que podría explicar aquí no tendría mucho sentido. Van a encontrar reflexiones más sabias sobre el final de la mano de gente mucho más preparada que yo, van a encontrar defensas sobre este artefacto narrativo con mayor base de la que mi ignorancia me permite; igualmente, encontraran detractores con buenos argumentos para su causa, y sensaciones de indiferencia con la misma honestidad. Por eso no he querido decirle adios a Lost hablando sobre que significa esto o aquello, o porqué es mejor o peor, ni siquiera hablar del fenómeno que ha generado.

El final ha dado un debate que es, digámoslo claro, estéril. No importa realmente. Lo único que importa es que he disfrutado de una serie que ha transcurrido, paralelamente al último lustro de mi vida, y que me ha hablado de tú a tú.  Eso es lo que he querido devolverle a la serie: quería hablar con ella como una parte de mi ocio, pero también como una influencia latente, como una ‘realidad alternativa’ a mis propias vivencias. Lost ha sido una serie de mi tiempo, de mi generación y me alegro de haber hecho el viaje juntos. Ahora solo queda… dejarla ir.

Nos vemos en el otro lado.

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Alan Moore: la autopsia del héroe

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Si hay una figura que ha dignificado el medio del cómic ese es Alan Moore. No porque gente como Will EisnerArt Spiegelman o Hergé merezcan menos reconocimiento, ya que es ineludible su aportación al formato, si no porque la figura de Alan Moore no solo venía acompañada de un talento excepcional para explorar los límites del formato, si no porque además consiguió su popularidad siendo la persona adecuada, en el sitio oportuno y en el momento justo. El cómic llevaba ya explotados muchos de sus mejores recursos narrativos, pero a pesar de ello, seguía minusvalorado en una sociedad que seguía identificándolo como un medio infantil, ajeno a cualquier tipo de intelectualismo; Moore fue lo suficientemente avispado para hacer de su erudición algo distintivo, pero a costa de ganarse una merecida fama que no buscaba. Desde entonces, sus proyectos son pantagruélicos collages de metaficción tan densos como hipnóticos, y hace de cada uno de sus guiones una catedral con la que expande las formas de interpretar el dibujo secuencial, en una simbiosis con sus dibujantes ciertamente notable. Pese a la poca justicia que sus adaptaciones al cine le han hecho a su obra, más allá de ocupar espacio en algún dominical distraído, Moore sigue existiendo en el inconsciente colectivo como totémico representante de todo un formato, un clásico en vida que es, a menudo, malinterpretado o analizado con excesiva frivolidad. He aquí la paradoja: la de un genio que es popular, pero a la vez, incomprendido en su tiempo.

La Editorial Dólmen ha tenido a bien dejar en manos de J.J. Vargas un libro monográfico – el más completo sobre el autor de Promethea que existe en español – en la que, incluso dejando de lado aspectos inabarcables pero igual de intrigantes como su faceta estrictamente literaria,  su excéntrica vida privada, sus hobbies musicales y performances, su condición de mago o su execrable relación con el cine, abarca unas nada desdeñables 300 páginas en las que suceden obras de lo más variado del género, desde el fanzine punk hasta la novela gráfica de prestigio, lo cual da una imagen global del amor que desprende Moore por su profesión, al no despreciar ninguna oportunidad. Lo más destacable del trabajo de Vargas es que consigue la difícil gesta de examinar ampliamente las rebujadas obras del mago de Northampton haciendo un libro ameno y entretenido, incluso para los que desconocen totalmente al autor de V de Vendetta. De alguna forma, ha conseguido que el abundante y caótico multiverso de Moore sea accesible para todos, y lo ha hecho de un modo en el que el homenajeado estaría orgulloso: desde la referencia cruzada, desde la disección erudita pero popular, abriendo con dos emotivas introducciones (una a cargo de Nacho Vigalondo) y cerrando con una vuelta de tuerca a lo escrito. Con buen pulso de cirujano, esta es la autopsia de un tipo distinto de héroe: el que desde la ficción ha buscado cambiar el mundo.

Grant Morrison revindicando el dadá

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Me entero de la existencia de este documental en torno a la figura de uno de mis creadores predilectos, el guionista de cómics Grant Morrison, mente preclara, lisérgica y chamanística que es capaz de crear alguna de las historias más inteligentes y desasogantes que he tenido el placer de leer, así como nunca exentas de una poética visual, independientemente del dibujante que le acompañe. Morrison, pese a gozar de una muy merecida fama, nunca ha ocupado portadas de suplementos dominicales, es decir, no ha saltado más allá de los que seguimos el mundo del cómic con cierto interés; pero también se ha de tener en cuenta que los autores que sí lo han hecho, como Alan MooreStan Lee o Frank Miller (nombres más familiares para el profano) lo han sido en relación a las adaptaciones de sus obras al cine. Con el futuro abierto para que tanto Morrison como Mark Millar o Warren Ellis den saltos de relevancia a la gran pantalla en el próximo lustro, me interesa destacar la figura del autor de Animal Man y Los Invisibles en función de algo no muy apreciado: la narrativa caótica. Y es que figuras como el mentado Alan Moore basan sus textos en elaborados y complejos discursos metalingüisticos, autorreferenciales y plagados de subtramas y personajes empáticos, algo que resulta tremendamente fácil de apreciar por dos simples motivos: se pone en evidencia durante la primera lectura y por su propia complejidad, nos acerca al duro trabajo que hay detrás de cada línea de guión. Esto ocasiona una animadversión a toda aquella narrativa no calculada, en el sentido de que no viene precedida de grandes discursos morales o de intrincadas tramas con resoluciones que cojan desprevenido al lector. Sim embargo, la lectura de obras de Morrison como Seaguy (que él mismo ha calificado como “su Watchmen”) o Doom Patrol revelan un particular interés por interrelacionar iconos o escribir diálogos más por su sonoridad, su poética surreal, que por resultar informativo o mucho menos, sermonístico. Más allá de las complejas mitologías superheróicas, Morrison parece mucho más interesado en el símbolo que en su significado; lo que me lleva a apreciar, entre otros muchos motivos, su obra por la libertad que deja al lector de asumir toda esa información caótica por sí mismo, sin corolarios obvios, sin renunciar al cómic como una amalgama de personajes, realidades y argumentos cogidos con pinzas de la ciencia ficción más marginal para entrener mensualmente al lector con épìcas aventuras de estéticas horteras. Sin despreciar, ni mucho menos, la obra de Alan Moore o semejantes, solemos infravalorar todo aquellos que no esté calculado y medido bajo un canon, despreciamos con frecuencia la inventiva y el carácter más impulsivo y sensorial de un medio, en este caso el cómic, que ha demostrado que nos puede llevar más allá de donde nos imaginamos.

Apuntes de metaficción (II): El mensaje

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“El arte debe contribuir a transformar, y no solo a entretener”
– John Gardner.

Cuando escribí este post lo pensé como varias partes, pero no tenía muy claro que más añadir. En cierto sentido, todo lo que me sugería el cortometraje de Alejandro no cabía y dedicarse al mero desglose sería menospreciar el trabajo de comunicación de dicha obra. Vamos, que el principal valor que acabé encontrando, tras mucho meditarlo, al cortometraje de Alejandro Pérez es que me dejaba sin herramientas para hablar sobre él porque… ya hablaba sobre sí mismo.

Una de las máximas de esta profesión y que, bajo mi punto de vista, no admite discusión alguna, tiene que ver con el papel del espectador en todo esto. Le corresponde al espectador completar siempre la obra, y eso no significa dejar las cosas a medias ni ser obligatoriamente sutil, si no aportarle al espectador la suficiente información para que deduzca algo nuevo, es decir, que sea su proceso mental al unir todos los componentes de la obra la que construya el mensaje y no nosotros quienes lo enunciemos, a viva voz, subrayado con rotulador fosforito. A lo largo de estas semanas, le he puesto el corto a mucha gente y he escuchado opiniones de todo tipo, y me resulta curioso la cantidad de gente que considera los “errores” del corto descuidos y no parte intencionada del proceso. No digo que sea una obra perfecta, digo que es muy osado considerar a los directores seres tan cegados por sus creaciones como para obviar ciertas cosas: cuando has escrito una docena de versiones de guión que te has releído una centena de veces, cuando has hecho desgloses, ensayos y has vivido un rodaje, cuando te has puesto a editar y posproducir hasta el último fotograma… no se otros, pero yo veo todos y cada uno de los fallos. Supongo que mi habilidad como director, o mi triunfo al menos, está en la forma en la que consigo que pasen desapercibidos, en la manera en la que centro la atención en lo verdaderamente importante. Eso explicaría por qué me encanta el montaje, por algo lo llaman el arte invisible.

El cortometraje de Alejandro es una interesante excepción: verbaliza su mensaje pero al mismo tiempo me dejó suficientes caminos de pensamiento como para, de momento, dos posts; por otro lado, he aquí un post del propio autor señalando fallos con el dedo. Concluye con un mensaje que me ha obligado a terminar este hilo de pensamiento y dejarlo escrito: a mayor bienestar, más posibilidades tenemos de centrar nuestros trabajos, y por tanto nuestras vidas, en actividades que nos resulten más placenteras. Que sin necesidad hay caprichos. Y con ello hay un planteamiento antropológico: el arte surge a partir de una sociedad que ya no tiene que dedicar tanto esfuerzo a su propia supervivencia.

Sin embargo, quiero añadir un pequeño apunte. Entendamos la cultura como la superestructura del materialismo cultural. Marvin Harris hablaba de que los principales motores de cambio en las sociedades eran la tecnología y la reproducción, es decir, nuestras herramientas para mejorar nuestra subsistencia y la salud de la que gocemos como especie. Hasta aquí ningún problema. Sin embargo creo firmemente que no se puede negar la infravaloración de la cultura como carácter transformador. Es cierto que el fin de la peste negra y una bonanza económica beneficiaron que existiese el Renacimiento, pero es imposible negar la importancia de cómo ciertos cánones artísticos han terminado siendo axiomas de nuestra sociedad hasta tal punto de que hayan sido también elementos transformadores de la misma. En palabras más simples: la función del arte es cambiar a una sociedad, no a través de su capacidad de supervivencia natural si no a través de su pensamiento.

Mientras escribía el post de Watchmen, leí gracias al Focoforo una entrevista a Alan Moore en la que decía:

En las primeras referencias, la magia se llamaba ‘el arte’ y creo que esto es literal. Creo que la magia es arte, y que el arte, sea la escritura, la música, la escultura o cualquier forma, es literalmente mágico. El arte es, como la magia, la ciencia de manipular símbolos, palabras o imágenes para conseguir un cambio en las conciencias. ‘To cast a spell’ (hacer un hechizo) es simplemente ‘to spell’ (deletrear), manipular palabras. Grimorio es una forma elegante de decir gramática.

Cualquiera que se haya leído Promethea entenderá perfectamente que Moore entiende que cualquier proceso creativo, por simple que sea, provoca un cambio en nuestro entorno.

Hace una semana ví una entrevista a David Cronenberg donde compartía el mismo punto de vista con estas palabras:

Creo que son mis principios existencialistas los que me dirigen hacia eso: crear nuestra propia realidad a través de nuestra cultura y nuestro arte. Creamos una realidad que parece tan real como cualquier otra cosa, pero de hecho, es transitoria. Es una proyección de nuestra propia voluntad creativa.

Así que al final, he llegado a otro punto que sigue el post de Alejandro y por supuesto, su corto. Es cierto que un voto del público en el Notodofilmfest supone recibir el aprecio de gente que, por el mismo contexto, podemos deducir que un rodaje no le resulta algo ajeno; sin embargo es más bonito olvidarse de la endogamia de la metaficción y planteárselo de otro modo. Que si cada obra se dedica a transformar las conciencias de los receptores, las obras que hablan de sí mismas tienen como función hacer lo mismo para los emisores.

En la misma entrevista, Cronenberg dijo lo siguiente, que no podía ser de otra forma, comparto al cien por cien:

Mi deseo es siempre hacer una película compleja, que puedes ver varias veces y que la recuerdes. No un mero objeto de consumo que se olvida a las 2 horas de verlo. Quiero que el espectador sea parte activa de la película. Creo que mi función como director es plantear un montón de preguntas, aún cuando nadie tenga claras las respuestas.

Nada acaba nunca

Watchmen

De entre lo mejor que podemos sacar en limpio del fenómeno Watchmen están estas dos joyas: un videojuego beat’em up estilo Kung Fu Master (1984) que demuestra mucho cariño en la campaña promocional, y por el otro lado, esta parodia de los dibujos animados de sábado por la mañana, poniendo a los personajes creados por Alan Moore como simples arquetipos desenfadados y moralistas, que tienen su máximo esplendor en ese Rorschach transformado en alivio cómico. Los guiños en esta pequeña animación son tan variados como acertados: Scooby Doo, Las Tortugas Ninja, Los Cazafantasmas, Turbo Teen… videojuego y animación son reflejo de un elseworld donde una de las obras totémicas del género es infinitamente más sencilla, menos intelectual y más abierta a todo el público, aún a costa de perder las virtudes que diferencian a la obra original.

A la vista está que la versión de Zack Snyder funciona de la misma manera: como un ampuloso reflejo de todos los tics de la adaptación superficial, como una parodia involuntaria de si misma, con una supuesta ironía hacia la tendencia actual de Hollywood al adaptar comics de superhéroes en versiones macarras, forzadas y caducas. Pero seamos claros:  Snyder no es Paul Verhoeven, probablemente su sentido del humor tienda más al lado de Michael Bay, donde nos resulta difícil diferenciar entre lo que es involuntariamente cómico y lo que es auténtico sentido del humor. Así, los planos transcurren despacio cuando le pide al fan que reconozca ahí la viñeta en un lento movimiento, los personajes sueltan las mismas frases que en la novela gráfica pero uno nunca termina de creérselo, todo está cubierto por un envoltorio de ambición feísta pero va demasiado deprisa en una película de 3 horas, una difícil contradicción que es quizás el mejor término que se le puede aplicar a este Watchmen, un elseworld que se niega a si mismo en base a defender todo aquello que no demuestra ser.

¿es una sátira política? ¿es una parodia del género con ambiciones de clásico? La obra original era ambas cosas y además dejaba espacio para la metaficción, que aquí desaparece en base a actores que se ven obligados a replicar textos y posturas, pero nunca actuar. Moore se aleja de estas adaptaciones por un mito muy claro, no porque deformen su obra para ofrecer una versión atrofiada si no porque se siga manteniendo un modelo de cine para masas en el que su obra no puede encajar. Es imposible no sonreir con una película que empieza a ritmo de The Times They Are A-Changin’ pero donde todo permanece igual, en un sistema equivocado y pagado de sí mismo.

Lo cierto es que Snyder no deja de ser un hombre de su tiempo: el barniz falsamente intelectual rodea un envoltorio glam de gore caricaturesco y sexo profundamente hortera, y para ello, ha estrenado su película en cines como un mérito trámite, casi una herramienta publicitaria donde la gente paga por ver un tráiler de una obra incompleta, que solo puede entender desde el formato doméstico. Una vez sentado ante el dvd, la película cobrará otra vida, ya que como pasando las páginas de un tebeo, podremos retroceder y avanzar para entender toda esa serie de detalles inútiles que solo están como réplica a algo tan absurdo como la fidelidad, una virtud para unos pocos, una condena para lasa adaptaciones de comic.