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Hitler’s Folly

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Quien haya seguido la carrera de Bill Plympton reconoce enseguida su estilo, tanto trazos y colores como una tendencia al humor negro, grotesco y a desafiar tabúes. Un dibujante artesanal y que he hecho gran parte de su producción desde la más absoluta independencia, con resultados irregulares. Su último proyecto, Hitler’s Folly, es un falso documental que especula sobre la afición de Adolf Hitler a la pintura y su gusto por Blancanieves y los Siete Enanitos para proyectar la trayectoria de un animador, desde su inspiración infantil, la admiración a los talentos predecesores y la pugna por hacerse un hueco en una industria inclemente. No hay mucho más, en principio, que desgranar: una premisa absurda que pretende ser una acumulación de gags como la construcción de un Disneylandia (Nazi Land) donde Plympton diseña cada versión bávara de las atracciones más populares o referencias a las malas condiciones de trabajo de los animadores y campos de concentraciones. Nada que escandalice a la persona familiarizada con el concepto de ucronía.

No me ha sorprendido que se haya recibido con cierta visceralidad. De entrada, es un largometraje que incluye muy pocos elementos de animación y apenas bosquejos de diseño conceptual de Plympton, como si esto fuera la única forma de dar salida a un guión más ambicioso pero que, por su temática, no encontraría financiación ni distribución. De ese modo, el largometraje se puede ver gratuitamente en la web de su creador y pretende funcionar como el clásico video conspirativo que encontrarías en Youtube: un falso documental sin ninguna coherencia formal, llena de imágenes en mala colidad, entrevistas con pésimo sonido, material de archivo arbitrario (alguno real, otro grabado para la ocasión con la torpeza de hacerlo en formato panorámico), pseudorecreacioneso fotomontajes. Los diez primeros minutos de la película, hasta que empezamos a seguir a un narrador no fiable llamado Josh, están ahí para acentuar la condición de payasada, de falta de rigor y del modo incoherente y contradictorio del pensamiento conspiracionista y, por inclusión, negacionista. No en vano se mencionan a los pseudodocumentales de History Channel.

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Es inevitable ver que el origen de la idea (Hitler como creador de un pato de dibujos animados) proviene del gag final de Daffy-The Commando (Fritz Freleng, 1943), donde un Hitler rotoscopiado directamente de sus discursos es golpeado con un mazo en la cabeza por El Pato Lucas. No es que la idea de hibridar las vidas de Walt Disney y Adolf Hitler sea nueva, pero sí hay una subversión sobre el planteamiento de que los cortometrajes animados de la propaganda aliada hacían uso de la animación para hablar de la guerra mientras que este Hitler artista hace uso de la guerra para promover la animación. En ello subyace un especial interés del falso documental por el terreno de la fantasía (conspiraciones, Los Nibelungos, Mickey Mouse, Pinocho, Babar, Winnie the Pooh) y el uso interesado de esta, tratando de diferenciar que representa en sí dicha fantasía de como se interpreta por intereses particulares.

Tras leer algunas críticas que parecen creer que Plympton se ha vuelto un negacionista de la noche a la mañana y ha salido de ese armario antisemita grabando, editando y publicando un largometraje que puede verse de forma gratuita. Yo no veo la diferencia entre la manipulación de la historia que presenta Plympton y la que representa ver a Woody Allen compartiendo plano con Hitler en Zelig (Woody Allen, 1983). De hecho, me resulta muy difícil separarlo del uso de la iconografía nazi y los estereotipos racistas en el cine animado de Ralph Bakshi, que pretendía destruir a base de la apropiación. El largometraje no sólo dibuja a Hitler como un personaje digno de burla (contrastando las buenas intenciones que le presupone el narrador no fiable frente a las imágenes de archivo que se muestran) sino que pretende hibridarlo con el carácter más autárquico de la industria de la animación.

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Nada de esto significa que el largometraje no tenga motivos para la crítica: es un proyecto apresurado, barato y hecho con cierta torpeza, casi de espíritu de fanzine, apenas se explora en profundidad salvo algunas bromas un tanto obvias e infantiles y no hay apenas una estructura narrativa en la que apoyarse, con constantes disgresiones y una división arbitraria por capítulos. Pero sin duda, lo peor de todo, es la extraña inseguridad que el autor muestra por su propio proyecto: primero apareciendo él mismo en una entradilla innecesaria, para hablar de la “corrección política” actual (excusatio non petita) y, más tarde, por boca de Josh, el narrador, comparando el documental con Los Productores (Mel Brooks, 1967). El mayor crimen de Hitler’s Folly es presentarse a la defensiva, poniendo excusas en su historia de artista incomprendido para eludir sus verdaderos problemas: una verdadera ambición por un largometraje competente y sin tanta autoindulgencia.

Pinturas vivas

Edvard_Munch

Imaginaos entrar en una batalla de los levantamientos jacobitas  o en La Comuna de París con una cámara y un micrófono. O adelantarse al peor de los presagios y contemplar, como reporteros, las consecuencias de la radiación nuclear en Reino Unido. La viveza de hechos que nos parecen ajenos, la ruptura de la idea de que estamos solo ante una ficción recreada, es parte de lo que hace tan estimulante la filmografía de Peter Watkins.

El 12 de septiembre de 2013 me encontraba en Oslo, en la Nasjonalgalleriet, bastante abrumado por la angustia que las pinturas de Edvard Munch iban revelando poco a poco: la luz de los atardeceres proyectados como líneas sobre el mar, las ondas que forma el agua alrededor de las rocas, las perspectivas que cortan el cuadro, el uso de un fuerte color rojo. Sala a sala, el museo desvelaba a un pintor que iba simplificando los detalles de los rostros y acudía a colores cada vez más primarios. Era testigo de una secuencia de imágenes, de pinturas, que poco distinguían entre lo que se retrataba y la vida del artista, pero también un retrato interior cada vez más apesadumbrado, y, sin embargo, muy universal.

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Lo que hace interesante esta propuesta televisiva de Watkins (tres horas y media muy fáciles de ver) es su condición de Friso de la Vida del autor retratado. Munch creía que exponer sus cuadros bajo un orden concreto revelaba una verdad mayor sobre la existencia y sobre el contenido de su obra, así que Watkins desordena hechos, vuelve sobre ellos o incide en pasajes paralelos con la intención de hacer los límites de su estampa lo más amplios posibles. El resultado es una película febril, donde actores amateurs miran a cámara con honestidad y algo de pudor en sus miradas, interrogantes hacia el espectador como el “Desayuno sobre la hierba” de Monet (1863) o “Muerte en la habitación” (1895) del propio Munch.

La narración se articula como un libre fluir de pensamientos donde cada imagen lleva a otra y, en ocasiones, el ambiente sonoro de una escena se solapa con el de otra, así el sufrimiento de Munch mientras termina un cuadro está acompañado de los aplausos a las diatribas de Hans Jaeger de las cervecerías de Kristiania en una yuxtaposición irónica. Más que un recurso freudiano (a lo que está claro que se presta: imágenes de las reprimendas de su padre violento justo antes de que cometa adulterio, los cuerpos núbiles de sus hermanas bañándose en una tina en comparación a a la dimensión y desafío del lienzo en blanco)  es una transposición de conceptos, enfermedad y erotismo caminando de la mano.

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Es interesante destacar que las recreaciones de la vida del pintor noruego no sean imitaciones exactas de sus cuadros: su hermana Sophie, que inspiraría el cuadro “La niña enferma” (1885-1886), aparece ataviada de blanco antes de teñir su camisón con su sangre, pero el famoso cuadro recrea una solemne serenidad de la muchacha, en ropas oscuras. Importa más lo que el cuadro transmite a lo que representa, y ese es el papel que dicho cuadro tiene en la obra de Munch: una ruptura con el Impresionismo, que buscaba la luz del momento frente a los post-impresionistas, más interesados en una visión subjetiva del mundo. La mancha de sangre sobre blanco sí aparece en la obra de Munch, en su cuadro “Primavera” (1888), nueva interpretación, más figurativa y a gusto del público, de “La niña enferma”.

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A lo largo de esta biografía y ensayo, Watkins intercala planos de diversas actuaciones y representaciones frente al estilo documental: malabaristas, coristas, forzudos, mítines. Es consciente de la danza de planos que le sirven de puntuación, también del constante regreso del pasado que atrapa a Munch en la vida adulta. Declaraciones a cámara que se confunden entre planos voyeur, miradas esquivas de niños actores a los que no les han dado indicaciones, incómodos en habitaciones cargadas por el peso de la muerte.

El 15 de septiembre de 2013 abandonaba Noruega con una pequeña cámara compacta. La cámara había sido intercambiada entre otros miembros de un albergue, forasteros todos, a los que se les propuso grabar los planos que mejor les describían la ciudad de Oslo. Aunque no pude acompañarlo de más voces de narración, el resultado, espontáneo y modesto, fue el cortometraje A meadow consecrated to the gods, que se ha pasado por Colombia, Argentina Chile, México, Serbia y las islas Azores, en un recorrido por festivales que ni me podía imaginar. Tres minutos de imágenes (de pobre resolución) en un día en Oslo, nada más. Y entre ellas, se coló un lugar especial: las cabinas de la Nasjonalgalleriet.

A meadow consecrated to the gods – English Subtitles from Henrique Lage on Vimeo.

Breves desde Sitges 2014

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Nueva edición del festival supone, una vez más, un repaso breve a las películas que he podido ver. Este año he tenido la sensación de que la incompatibilidad de horarios y la dificultad para conseguir entradas me ha hecho perder no sólo algunas de las películas de las que hablaremos en el futuro, sino también muchas otras de mi interés que no tendrán la suerte de ser recuperadas con tanta facilidad. Por lo tanto, se cumple el tópico de que no están todas las que fueron, pero son todas las que están. Que no son pocas.

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Adieu au langage 3D (Jean-Luc Godard)

El nuevo ensayo de Godard recupera muchos de sus tics característicos, pero los complementa con ciertas posibilidades del formato 3D: sus intertítulos saltan la pantalla, y la mayoría de los planos dan dolor de cabeza por una estereoscopía deficiente. Esto último es parte de la broma de una película donde el sonido colapsa con frecuencia, la música se detiene y vuelve con efectos cómicos, donde la imagen se distorsiona y se plantea en términos de mayor agresividad de los que acostumbra y donde el suizo se divierte haciendo mucho con muy poco esfuerzo.

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Burying the Ex (Joe Dante)

No sé si por cierta admiración hacia el director de Gremlins, podía esperar de Burying the Ex algo más de lo aquí otorga. La historia presenta a un prototipo clásico de espectador de Sitges – un coleccionista y amante del terror clásico – atrapado en una relación con su (glups) ¡ecologista! y muy bella novia. Cuando la susodicha fallece, ahí está otra chica, tan guapa y encantadora como la anterior pero menos preocupada por el medio ambiente y más por oscuras marcas de cereales basadas en monstruos clásicos, Joey Ramone y Val Lewton. ¿Para qué asumir que una relación es encontrar espacios de convivencia cuando una chica con tus mismos gustos no te exigirá lo más mínimo? Más pendiente de generar complicidad a lo Kevin Smith que de trazar alternativas como Edgar Wright (y en ese sentido, el personaje del hermanastro es definitorio), al menos tiene algunos momentos inspirados en la dirección pese a su escasísimo presupuesto.

Dinosaurios

Dinosaurios (Joaquim Baceló, Amanda Gómez)

Ingenioso cortometraje con introducción a cargo de J.G. Ballard, lo que planta la semilla para mostrar la belleza de un mundo abandonado, en el que los humanos han dejado de existir. El retrato de esos espacios es acompañado de una profusa voz en off, de inspiración poética, al modo de la introducción de El año pasado en Marienbad (Alain Resnais, 1961). Lo cierto es que consigue presentar su atmósfera y utilizar bien sus cartas al ceñirse a mostrarnos ruinas de nuestro mundo desde una perspectiva ajena, con la fascinación por como esos lugares son devorados por el tiempo y la naturaleza, pero permanecen en espíritu.

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Dios local (Gustavo Hernández)

Nueva incursión del director de La casa muda, esta vez partiendo de un trío musical de viaje al interior de una cueva con motivo del rodaje de un videoclip. Tres historias que cruzan entre ellas para ser contadas tanto de forma independiente como para crear una simultaneidad de los acontecimientos. La propuesta busca generar misterio en aquellos elementos que solo son comprensibles una vez conocidas las tres historias al completo, pero también hace un más confuso uso del flashback que, como en la película que le antecedía, pretende sorprender a base de ocultar una información que el espectador siempre desconoce y no puede intuir porque le ha sido escatimada. Pese a ello, algunos elementos atmosféricos funcionan bastante bien y no pretende ser más de lo que uno espera.

Faults

Faults (Riley Stearns)

Partiendo de una gran premisa – el proceso de desprogramación de un miembro de una secta por parte de un experto en horas bajas – Stearns realiza una pequeña pieza en torno a una habitación de motel donde los espacios (baño, puerta contigua, etc) determinan las distintas jerarquías entre personajes. Apoyado principalmente en el diálogo y las interpretaciones, no escatima en recursos visuales para apoyar su texto y trazar un juego de dominación, deseo y esperanzas a través de las triquiñuelas que desprogramador y sectaria ejecutan el uno sobre el otro. Pese a que a es fácil intuir, como aficionado al género, el rumbo que va a llevar, este se precipita en su tercer acto rompiendo la forma orgánica en la que los personajes se relacionan y apresurándose en llegar a su inevitable conclusión con menos convencimiento del esperado, pero también mostrando a un autor prometedor.

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Filth (Jon S. Baird)

Partiendo de la novela de Irvine Welsh, este retrato de una Escocia corrupta y que esconde sus vergüenzas es representado por un carismático James McAvoy divirtiéndose como nunca. Todo el abanico de excesos desplegados recuerda inevitablemente a Trainspotting (Danny Boyle, 1996), así como en su discurso sobre la (imposibilidad de) redención. La película navega por distintas subtramas para ofrecernos una muestra del desenfreno de su protagonista, pero a veces parece caer presa del mismo y, en su lisergia y humor negro, acaba por no encontrar el camino de vuelta a la narración, con lo que apresura giros y pretensiones para justificar su moraleja. Orgullosa de su propia liviandad y su halo de caricatura, se mantiene como una película entretenida pero con menos que decir de lo que el tono le permite.

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Fish & Cat (Shahram Mokri)

Esta película iraní presentada en Venecia busca una excusa de género para hablar de un caso real de un restaurante que supuestamente servía carne humana. Anunciando este caso en su introducción – en cierta tradición al estilo La Matanza de Texas (Tobe Hooper, 1974) – todo el suspense nace de esa anticipación y la promesa de verlo cumplido cuando un grupo de universitarios de Teherán acampan cerca del restaurante. A través de un extensísimo plano secuencia vamos intercambiando personajes en una coreografía que, como cinta de Möebius, es continua pero intersecciona entre sí, partiendo de déjà vus, fantasmas y presuntos psíquicos. Este juego con el tiempo retrasa constantemente el tan anunciado clímax, navegando entre las conversaciones triviales o las nada veladas relaciones entre la juventud iraní y la “libertad” de las redes sociales. Es, por supuesto, una película sobre el edaísmo que nos escatima la sangre para enunciar la violencia de viva voz, como el trámite necesario para mostrar la trascendencia de cierta atmósfera.

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Hard to be a God (Aleksei German)

Una película con más de una década en producción debería reflejar parte de ese enloquecido proceso y este caso no defrauda. Basándose en el relato de los hermanos Strugatski – autores también de Picnic junto al camino, que inspiraría Stalker (Andrei Tarkovski, 1979) – que ya había contado con otra versión más convencional a cargo de Peter Fleischmann y con Werner Herzog o Jean-Claude Carrière en sus créditos. Toda ella es un auténtico viaje por texturas y olores cinematográficos, un repertorio de sensaciones y un desfile de imágenes brillantes a cargo de un excelente trabajo de steadycam y puesta en escena que va desvelando cada nuevo encuadre con el impacto de quien descubre una ilusión óptica. Para mayor profundidad y fisicidad de las imágenes, recurre con poca mesura a personajes mirando directamente a cámara u objetos y animales cruzando el cuadro en primer término, en ocasiones más de una docena de veces por escena. Este recurso me recuerda poderosamente a Marketa Lazarová (Frantisek Vlácil, 1967) u On the Silver Globe (Andrzej Zulawski, 1987) con las que la película guarda una atmósfera común. Todo ello se hace imprescindible de ver aún cuando resulta fatigoso seguir el embrollado hilo narrativo para quien no conozca la (por otra parte, muy recomendable) novela original.

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Honeymoon (Leigh Janiak)

Obra debut que se enclava en una tradición de películas en las que los conflictos de pareja adquieren una dimensión de fantasía. Parte del atractivo de la cinta está en las pesquisas de su protagonista por desentrañar el extraño comportamiento de su mujer e integrarse en su casa del lago. Algunos de los pulsos presentes – miedo al embarazo, sospechas de infidelidad, etc – trazan la difícil conversión de roles, pero las diversas variaciones de tono y la sospecha de que su trama fantástica solo funciona como espoleta de los conflictos maritales, no me termina de convencer. Su mejor faceta es el aprovechamiento de los recursos en favor de Rose Leslie, que afronta su evolución como personaje de un modo más paulatino y llega a crear un personaje más complejo de lo que, en realidad, la historia busca mostrar.

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How I live now (Kevin MacDonald)

Historia de adolescente norteamericana que, en el despertar de una Tercera Guerra Mundial, marcha a vivir con sus primos a la campiña inglesa. Aunque presentada como la clásica adaptación young adult de telón distópico, se aleja de este tipo de sagas al centrar la atención en la visión parcial del conflicto: una guerra lejana que solo se atisba y se acompaña con el brío de un buen diseño de sonido. La película funciona mejor en cuanto esa amenaza se mantiene como espada de Damocles y no como herramienta para hacer mover la acción con cierta brusquedad. Aún con lo fallida que pueda resultar, mantiene una cierta sensibilidad presentando a sus personajes.

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Is the man who is tall happy? (Michel Gondry)

Parte de lo que hace tan atractivo este documental, más allá de mi interés por el método creativo en un director tan mudable como Gondry, está en el proceso en sí: no se trata tan solo de hablar con Noam Chomsky sobre el lenguaje, sino explorar la capacidad del propio documental para transmitir ese mensaje del modo más correcto posible. Gondry admite su derrota desde el mismo prólogo y acepta que la única forma de ser justo con el espectador es borrar cualquier atisbo de falsa objetividad. Para ello utiliza bucles de animación sobre las entrevistas para ilustrarlas, hace acotaciones de su estado emocional y su día a día mientras termina de montarlo y reconoce muchos de sus propios problemas para completar la película, como su dificultad para hacerse entender en inglés o el miedo a que Chomsky, ay, fallezca antes de ver la película terminada. Toda la inseguridad que rodea el proyecto, paradójicamente, genera mayor confianza en la honestidad casi infantil de Gondry al abordarlo.

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It Follows (David Robert Mitchell)

Partiendo de la imagen de la figura al fondo para crear tensión, en un método que recuerda a Halloween (John Carpenter, 1978) y que ha sido adoptado, por ejemplo, por Rob Zombie en su reciente The Lords of Salem (2012), es, sin duda, mi película favorita de cuantas he podido ver en esta edición. Primero, por presentar con inteligencia el tema del sexo en la adolescencia y de adaptarlo a las leyendas urbanas en una tradición que puede recordar a los fantasmas del cine de Kiyoshi Kurasawa o a los relatos de Junji Ito, pero prescindiendo de las partes más escabrosas. La indefensión de este mundo donde apenas intuimos adultos se refuerza en la necesidad de crear un círculo de confianza ante la amenaza, algo que me llevó a preguntarme cuanto de coacción hay en las decisiones de su protagonista y si en el fondo no está, en su sencillez como relato, abriendo espacio para abordar temas más complejos. Quizás no estoy aún preparado para juzgarla con rigor y necesitaría volver a verla.

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The Last Days on Mars (Ruairi Robinson)

Película de bajo presupuesto con un reparto bastante sólido y bastante interés en su desarrollo dramático, que, sin embargo, cae presa de los convencionalismos del género zombie, aquí combinado con las dificultades de la vida en el espacio. La estructura previsible y la falta de originalidad en su premisa y desarrollo dan al traste algunos de los logros atmosféricos pretendidos. Cabe preguntarse si una película con un presupuesto humilde no debería aprovechar para poner toda la carne en el asador en lugar de asirse a fórmulas que cualquier aficionado al género prevee sin dificultad.

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Lawless (John Hillcoat)

No conseguí entrar en la propuesta de Hillcoat, la historia real de tres hermanos que venden licor ilegal en su gasolinera, durante la Ley Seca. Si bien el reparto y la premisa son motivo de sobra para crear buenas esperanzas, la película parece tener ciertos problemas de ritmo o algunas dificultades para hacer fluir su relato de un modo más natural. Se suceden entradas y salidas de personajes y breves lapsos de impacto y violencia, pero me resulta complicado no verlo más como una puesta en escena de los hechos – con sus inevitables concesiones dramáticas – que como una historia con su propia fuerza. Me he sentido algo desconectado, pensando a menudo (e injustamente) en Boardwalk Empire y como hubiesen solucionado un escenario similar.

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Non Fiction Diary (Jung Yoon-suk)

Un documental muy oportuno para ver en estos momentos y donde es inevitable sacar paralelismos con nuestro propio país. La historia del clan Jijon y de sus atentados en nombre de “matar a los ricos” no se queda solo en el retrato oficial, sino que se muestra en paralelo con la actitud de la justicia buscando responsables al derrumbamiento de un centro comercial y el juicio por dos intentos de golpe de estado. Aunque de factura muy convencional – entrevistas acompañando al material de archivo – el contenido estremece tanto por lo escabroso del asunto como la impunidad y la falta de sensación de justicia que muestra, a su vez, ser una parábola de la transformación de Corea del Sur desde la dictadura militar hasta potencia del capitalismo. En sus últimos momentos, la mirada se torna hacia la pena de muerte y la necesidad de encontrar otras formas de hacer justicia.

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Over your dead body (Takashi Miike)

A estas alturas es complicado que Miike nos pille con la guardia baja: es lógico que su cine es juguetón y desprejuiciado, pero también cargado de tabúes y tensiones que no lo hacen accesible para todo el mundo. En su prolija filmografía nos hemos enfrentado a casi todo, y ahora, haciendo su propia versión del cuento tradicional Yotsuya Kaidan, resulta más sencillo aprehender sus intenciones: por un lado, los imposibles ensayos de una obra de teatro basada en el cuento, donde el decorado, los escenarios, los efectos especiales y la puesta en escena desafían los medios físicos de una representación convencional. Por otra parte, la vida privada de los amantes protagonistas, también amantes en la intimidad, y la necesidad de un compromiso y una fidelidad representada en el fantasma de un hijo no-nato que lleva al límite a la mujer. Ese doble juego aboga por una representación tradicional del relato y otra reinterpretación que marca las tintas en ese papel femenino y los motivos de su venganza.

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R100 (Hitoshi Matsumoto)

Las películas de Matsumoto juegan, con frecuencia, entre varias realidades: una que recrea un dolor por sus personajes, condenados a vidas grises y mediocres, y otra de auténtico surrealismo. Cuando esos mundos interactúan – de un modo explícito en Symbol (2009) – se va desentrañando el verdadero discurso presente en su obra. Hay, sobre todo, esa necesidad de escapar de la rutina y de aventurarse a los márgenes de la sociedad, pero también una trama metalingüistica que habla sobre el placer: tanto el protagonista que se involucra en un club sadomasoquista como el director centenario que ha armado esta historia, encuentran placer en aquello que se sale de lo convencional y parecen estar pidiendo, en ambos casos, comprensión. Una aceptación de unos gustos alejados de lo que se considera correcto pero que son parte atávica de ellos y a la que no están dispuestos a renunciar. Matsumoto narra la transición de víctima a sádico, una “oda a la alegría” que parece admitir lo mucho que disfruta siendo la figura dominante que maneja y “tortura” al espectador a su antojo, en busca de una catarsis. Un discurso con el que creo que Luis Buñuel habría estado de acuerdo.

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Relatos salvajes (Damián Szifron)

Con bastante expectación, Relatos salvajes se ha ido convirtiendo en una de las películas argentinas del año. Lo cierto es que estas cinco historias, cargadas de frustración y con ninguna necesidad de ser sutiles, son de lo más interesantes. Capaces de combinar momentos graciosos con arrebatos (moderados, eso sí) de violencia y angustia, es fácil proyectarse en esos personajes hartos de un sistema que les traiciona y que deciden tomar sus propias riendas. No es, realmente, tan “salvaje” como su título apunta, pero se lleva con buen (y macabro) humor y, al no pretender ser en nada realista, se convierten en breves historias de tebeo cumpliendo su función social, al estilo EC Cómics. Cabe destacar la banda sonora a cargo de Gustavo Santaolalla que es uno de los grandes aciertos que hacen a esta película más memorable.

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The Rover (David Michôd)

Aunque me temo que se recibió con bastante frialdad, esta historia post-debacle económica que podría perfectamente no serlo, tiene muchas cosas que me llaman poderosamente la atención. En primer lugar, un Guy Pearce al que solo he podido definir como “Mad Max en pantalón corto” y una de esas historias susurrada y dura que crece gracias a la dirección y el tono que se genera a su alrededor más que al contenido de la misma, apenas una anécdota. Con menos sorpresas de lo que cabría suponer, la película está más preocupada de ser una experiencia que de ser original o profundizar en este relato de hermandades y fidelidades. Recorre la película una falta de esperanza, un limbo donde los condenados esperan su castigo y carecen de rumbo o metas y donde, precisamente, esa nimia historia se torna épica porque es lo único a lo que los propios personajes pueden agarrarse en tiempos desesperados, donde cada uno vaga solo y cava las tumbas de otros.

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The Signal (William Eubank)

Este uno de esos casos donde en una película parecen convivir varias: por un lado, una historia sobre una pareja a punto de separarse cuando ella cambia de universidad. Por otro, un relato de abducciones que aquellos que conozcan bien La Dimensión Desconocida reconocerán con anticipación. Y antes de su conclusión, un clímax heredero de Chronicle (Josh Trank, 2012) que parece navegar sin rumbo hasta que su desenlace vuelve a colocar las piezas en su sitio. No es que la película no funcione en sus primeros dos tercios, pero todos los logros allí formulados están únicamente sujetos a ese colofón que funciona de manera independiente, dejando en el aire todo lo construido sobre las relaciones de los personajes, ciñéndose a las metas personales de su protagonista y obviando su entorno. Hay ganas y garra, pero también un devenir errático que no hace de la película un producto tan coherente como en un principio indica.

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Sorcerer (William Friedkin)

El festival de Sitges, en colaboración con Phenomena, recuperó este clásico de los setenta, una de las tantas películas desquiciadas que el ego de sus autores nos regaló por aquel entonces. Tomando el modelo de la magistral El salario del miedo (Henri Georges Clouzot, 1953), Friedkin expande las denuncias colonialistas y del trabajo pesado al hálito místico de la selva, donde traza destinos y maldiciones nunca enunciados. Poco a poco el viaje se va transformando en una penitencia a la espera de redención, no tanto de una lucha del hombre contra la naturaleza como una visión de la ayahuasca (en quechua: “soga del muerto”) que hace que su “carga maldita” no sea refiera tanto a la nitroglicerina en los camiones como a la que los personajes, en sus extensos recorridos antes de encontrarse en la selva, han traído consigo desde distintas partes del globo.

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That Demon Within (Dante Lam)

El hongkonés Dante Lam vuelve sobre sus pasos en otra historia policíaca en torno a la conciencia y a la capacidad de redención. En este caso, un policía que salva, sin saberlo, a un peligroso jefe de bandas se ve atormentado por el fantasma de este. La película mantiene la tensión y energía que son marca de la casa en su director, pero apuesta por una desestructuración del relato que omite información al espectador buscando el mayor impacto posible, algo que no beneficia a un relato que, en mi opinión, hubiese funcionado de igual modo con todas las cartas sobre la mesa y el insondable pesar de su protagonista.

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Under the skin (Jonathan Glazer)

Tan hipnótica en su planteamiento formal como derivativa, la última película de Glazer examina la definición social de lo femenino desde la perspectiva alienigena de su protagonista, tratando de cumplir su misterioso cometido mientras anhela en secreto integrarse en su género. Cargada de momentos inquietantes pero con algunas secuencias un tanto fallidas que hacen anhelar un montaje alternativo, uno que contemple todo lo que se nos escamotea en cámara oculta. Trazada como una historia de depredación y seducción, pronto la incomodidad y el aislamiento se apoderan de la historia para, precisamente, perder esa distancia con su protagonista en su periplo por encontrar algo de humanidad.

Wetlands

Wetlands (David F. Wnendt)

Escatológica obra que hace de la higiene femenina – algo que por algún motivo sigue siendo un tabú – la excusa para trazar un personaje orgulloso de explorar su cuerpo y sus deseos aún a costa de su salud. Todo ello no deja de tener su envoltorio edulcorado y la premisa de la búsqueda de un amor en forma del enfermero que cuida de la chica tras una fisura anal. En cualquier caso, un desafío a unas figuras paternas que conforman la mediocridad de una clase media que tapa sus vergüenzas bajo la alfombra. Un reto hacia esa resignación y las innumerables decepciones que conlleva: el deseo de no estar sola, la presión para formar una familia, la intromisión de la religión o las ideas preconcevidas respecto al sexo. La película acaba trazando una idea de la intimidad en torno a la falta de prejuicios con la higiene que resulta una idea muy divertida y, si bien es menos provocadora de lo que aparenta, consigue crear esporádicas sensaciones de náusea que imagino serían del gusto de Cronenberg moderno.

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When animals dream (Jonas Alexander Arby)

 Cinta danesa que mantiene su mayor fuerza y personalidad mientras acepta ser un retrato social y con los pies en la tierra. La joven protagonista que debe asumir un empleo limpiando pescado para poder sostener a su padre y su madre enferma, se ve acosada y vejada por sus compañeros de trabajo. Pronto empieza a desarrollar síntomas de la misma enfermedad que su madre y se hace patente que el pueblo ha llegado a un pacto con su padre por mantener bajo control a madre e hija. Es a partir de entonces cuando la película decide abandonar esas sutilezas y tomar un camino más ordinario, con una posterior matanza que no llega a ser todo lo perturbadora que se propone.

Breves desde Sitges 2013

Sitges2013

Un año más, pasarse por el festival de Sitges supone una serie de tropiezos, idas y venidas para cuadrar un horario imposible y compromisos más allá de los cinematográficos. Eso supone una inevitable visión parcial del enorme catálogo que se proyecta, a lo que, desde luego, no contribuyen los errores técnicos y retrasos – más o menos excusables – y el poco adecuado trato que este año ha recibido un sector de la prensa aún habiendo esta pagado religiosamente. No es menos significativo como los cortometrajes o los largometrajes de menor presupuesto también se han visto afectados por una programación un tanto esquiva y cierta indiferencia de la organización. En cualquier caso,  y ciñéndonos a las películas, es difícil sacar una visión de conjunto del festival, y más en mis condiciones, donde motivos de salud me mantuvieron menos activo que otros años. Pero como me veo libre de compromisos cuando cubro mi experiencia personal, aquí un pequeño repaso a lo que este año he podido ver.

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A Field in England (Ben Weathley)

Si ya me interesaba el cine de Wheatley por sus anteriores trabajos – la atmósfera de Kill List (2011), el agudo discurso y humor de Turistas (2012) y el virtuosismo de su pieza para The ABCs of death (2012) – aquí parece aunar todos esos elementos en una misma dirección. Con la sencillez de medios de un Albert Serra y la capacidad para elaborar toda una historia bergmaniana entorno a la libertad del hombre, la película se sumerge primero en una increíble belleza, retablos manieristas incluídos, pero siempre tomando la distancia del humor para no caer en un exceso de solemnidad y aceptar, de pleno, su carácter juguetón e hipnótico.

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American Jesus (Aram Garriga)

Con el imperdonable prejuicio por mi parte de tratarse de un documental español sobre el fanatismo cristiano en EEUU, esperaba una película que se plantease desde esa visión europeísta de superioridad moral, de quien no quiere ver la viga en el ojo. Sin embargo, pronto – y tras una muy accidentada proyección – el documental saca sus cartas con un ritmo muy americano y una visión generalista de la multitud de iglesias estadounidenses. De esa manera, traza un elaborado retrato de la construcción no solo de ese fanatismo a través de la herencia del excepcionalismo y el capitalismo más salvaje – competencia y consumo como dos pilares del mundo espiritual americano – sino de la influencia de la religión en el partido Republicano en los últimos años y el ascenso de George W. Bush, el Tea Party y la escolarización mediante doctrinas antes que hechos. No todo lo terrorífica y exacta que podría ser para el tema que ocupa, pero ciertamente un entretenimiento mayúsculo para el interesado.

bienvenidosalfindelmundo

Bienvenidos al fin del mundo (Edgar Wright)

No creo que completar una trilogía sea nada fácil, ni mucho menos cuando esta se sustenta sobre una serie de rasgos estilísticos más que de un verdadero hilo conductor. La anterior entrega, Arma Fatal, pese a sus evidentes valores, hablaba en términos con los que me sentía mucho menos identificado que en Shaun of the dead, y esa sensación de alejamiento generacional o temático, a la par que la sensación de que este cierre de trilogía surgía más por un mal entendido sentimiento de obligación que de la espontaneidad y frescura que caracterizan a Wright. Y no hay que engañarse: Bienvenidos al fin del mundo contiene todo lo que cabría esperarse del director a estas alturas, quizás con la salvedad de unas muy bien resueltas escenas de acción. Pero encierra un discurso sobre la necesidad de madurar e integrarse, un endiablado ritmo de diálogos cómicos y una extensa presentación de personajes que, cuando arranca la amenaza, nos ha permitido conectar perfectamente con el peligro y la metáfora que encierra.

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Blind detective (Johnnie To)

No es que Johnnie To sea ajeno en absoluto a la comedia, pero supongo que es más sencillo identificarlo como un director hongkonés de cine de acción que bebe de Jean-Pierre Melville sin ningún reparo. Vendida como uno de sus clásicos thrillers – y jugando con la confusión del título de otra de sus obras, Mad Detective (2007) – estamos ante una comedia romántica que, ay, con la algo cursi base de que el amor es ciego, coloca a un detective y su aprendiz femenina en la investigación de ciertas desapariciones por amor que tendrán que recrear para encontrar al culpable y a sus víctimas. Aunque a veces el humor caiga en ese tono tontorrón inevitable en la diferencia cultural con los asiáticos, no está exenta de momentos en los que To hace disfrutar plenamente de su gusto sibarita: el constante uso de la comida para expandir la sensación de las secuencias a un mundo de textura y sabor o la secuencia de montaje donde vemos las repetidas recreaciones de distintas rupturas románticas son solo dos de los momentos brillantes que esconde la película.

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Byzantium (Neil Jordan)

Rodada con un increíble buen gusto y cierto cuidado visual, lo que más sorprende de esta nueva aventura de Jordan en el mundo vampírico es la aparente ausencia de algo nuevo que aportar. Sin tener que proclamar la necesidad de que toda película deba ser rupturista, es imposible no pensar, a lo largo de su abultado metraje, mucho de lo que se cuenta y los recursos que se usan – la inocente vampira Saoirse Ronan vestida de Caperucita Roja, por ejemplo – están tan asociados a este tipo de cine que parece no dar más que vueltas sobre algo ya obvio: el vampirismo como metáfora del sexo o de aquellos descastados que se ven sepultados por décadas de marginalidad y que forman familias sobre los propios restos de sus identidades, o la diferencia entre la mujer promiscua y social y la inocente reclusiva. Nada de esto hace que la película sea menos entretenida de ver, pero sí ciertamente – y dejando de lado las dos grandes interpretaciones femeninas que contiene – la hace fácil de olvidar.

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Caídos (Jaime Herrero)

Conocí el proyecto de Caídos precisamente tres ediciones de Sitges atrás, cuando la idea de rodar directamente un largometraje de bajo o nulo presupuesto no estaba ni tan extendida ni tan confundida como ha empezado a estarlo. Me interesó mucho por el arrojo que mostraba, por las referencias – más The Black door (Kit Wong, 2001) que El proyecto de la bruja de Blair (Daniel Myrick & Eduardo Sánchez) – y porque suponía el debut en formato largo del autor de un corto que admiro mucho, El círculo Goligher (2009). Y aunque en el dificultado tránsito se han perdido elementos de esa ambientación onírica, la España del Este que presenta, con guerra civil de fondo, es la que permite convivir un cierto misticismo y hostilidad en la naturaleza con la agresión casi cómica de la ruta del bakalao en una propuesta de terror, en apariencia, mucho más clásica.

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Casting blossoms to the sky (Nobuhiko Ôbayashi)

Nada te prepara para una película del director de Hausu (1977) y esta no es una excepción: su estilo atropellado, naif y pop se pone aquí al servicio de un ensayo fílmico que combina las tramas ficticias de una periodista con recreaciones de entrevistas (sic) y testimonios reales. Densa, larga, cargada de declaraciones fuertemente emocionales, la película recrea las catástrofes que han asolado a Japón durante los últimos años – desde los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, bombas nucleares incluídas, hasta el más reciente Fukushima – y la voluntad de los japoneses de sobreponerse y resurgir una y otra vez como parte de su cultura. Esa inevitable defensa de una sociedad acostumbrada a convivir con el apocalipsis se vuelve más y más difícil de ver a medida que los testimonios ponen el nudo en la garganta y Ôbayashi, en un acto de provocación increíble, recrea varias de esas catástrofes en su estilo infantil y colorista, haciéndolas más insoportables que si se mostrasen con un realismo morboso. Tengo que decir que fui incapaz de verla al completo, y dudo que vaya a ser fácil de recuperar, pero ciertamente es una película como no había visto nunca y que es imposible que no recuerde al reciente fenómeno de The Act of killing (Joshua Oppenheimer & Christine Cynn, 2012).

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El desierto de los tártaros (Valerio Zurlini)

La última película de Valerio Zurlini fue esta producción europea donde desfilan bastantes rostros conocidos, un casting muy poderoso – y prácticamente masculino – que sustenta la quietud que recorre su historia: la de los soldados apostados en una fortaleza en medio del desierto, esperando a un enemigo al que aún no han visto. Pronto, la película revela que ese castillo es, como los soldados, una ruina donde interpretar un papel, donde ceder a unas normas que devienen en protocolo y pronto en rituales vacíos. Esas carcasas vacías de hombres esperando que, por fin, la acción, la lucha, aquella meta elevada a la que han aspirado, se produzca al fin. La copia presente en Sitges estaba restaurada y con muy buena calidad, si bien el cine Prado no era la mejor sala para su proyección. Haberla visto tras la proyección de Milius ha sido un acierto, por las resonancias temáticas con su obra y persona.

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Dragon Ball Z: Battle of the Gods (Masahiro Hosoda)

La mayor expectación en torno a esta película no era tanto que se tratase del primer largometraje sobre Dragon Ball en 17 años, como el hecho de que prometiese toda la acción que los mediometrajes Dragon Ball GT: 100 años después (Osamu Kasai, 1997) y Dragon Ball Z: ¡Hey! ¡Vuelven Son Goku y sus amigos! (Yoshihiro Ueda, 2008) no tenían. Al menos íbamos a ver batallas en serio, ¿no? Lamentablemente, tras la presentación de un villano mucho más interesante que algunos de la propia serie, la película se estanca en un tono cómico que sirve para prolongar la tan ansiada pelea final y para recuperar – con la excusa de, ejem el cumpleaños de Bulma – a gran parte de la galería de personajes, aunque a veces con momentos realmente logrados como la intervención de un Gohan alcoholizado. Una vez que la historia se decide a dejar de lado ese lastre, el combate funciona pero obviamente no se sabe resolver. Eso sí, plantea dentro del universo de Goku una idea mucho más apetitosa de lo que podría parecer a simple vista: la existencia de jerarquías superiores, de enemigos aún por conocer y de una mitología de la que apenas conocemos una porción. Y cuando se nos revela que el viaje de Goku ha sido nimio, cuando parece que este ya no es el final del camino sino un nuevo viaje, es cuando resucita el amor por la aventura del personaje.

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Drug War (Johnnie To)

Bien avanzada Drug War, me asaltó un pensamiento: no había tenido lugar hasta entonces ni un solo de los espectaculares tiroteos que Johnnie To coreografía con tanto tino. Hasta entonces, la película había descansado en una creación y recreación de gestos para desbaratar todo un mercado de droga a gran escala, con un especial interés en como se desarrolla el caso desde el metódico plan policial. Es un detalle que escapa a las previsiones – la condición de sordomudos de los eslabones más débiles de la cadena – lo que desencadena la primera gran escena de acción de la película. Y a partir de ahí, se construye la capacidad de To para recrear desde el gesto más pequeño – una señal entre bandas para desenmascarar a un policía – hasta lo más grande, como la exhibición de movimiento naval para convencer a unos compradores. Drug War puede ser un ejemplo perfecto de las capacidades de su director para ofrecer espectáculo y madurez narrativa, llegando a niveles estratosféricos de puesta en escena en un tiroteo final donde los principales personajes se ubican y actúan con total claridad para el espectador, lejos de la habitual confusión en el cine de acción moderno.

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Escape from tomorrow (Randy Moore)

Promocionada por su condición de película presuntamente intrusa en los parques Disney de Florida, cabía preguntarse si la película estaba dispuesta a superar su propia anécdota y derivar en un producto con algo más que decir. Lo cierto es que es, sin duda, un cuento de terror adulto: la inseguridad laboral, la pérdida de conexión con tu pareja, la sensación de una vitalidad que se escapa o el instinto protector con los hijos son presentados a lo largo del metraje en un encadenamiento de secuencias no siempre del todo bien hilvanadas. Algunos de los momentos pecan de una enorme falta de soltura técnica, como los presuntos “sustos”, y otros parecen una solución apresurada para completar lo que no se ha podido grabar, solventando con cromas algo chuscos las secuencias que implican mayor trabajo de puesta en escena. Pero sería injusto no destacar la enorme fuerza arrolladora que desprende la película, aún con sus problemas estructurales, generando una continua tensión sobre como se desarrollará la siguiente escena, una sensación de continua sorpresa que, si bien revela que no se trata más que de otra fuga psicogénica, plantea momentos de verdadero estupor, desarmando totalmente al espectador.

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Grand Piano (Eugenio Mira)

Dentro de la capacidad que Eugenio Mira tiene para jugar con el espacio y abigarrar sus puestas en escena, cabría esperar que una propuesta como Grand Piano fuese idónea para desenvolver todos sus artilugios narrativos. Y es cierto que durante gran parte de la película la sombra de The Birthday – el hombre indefenso, casi en tiempo real, acosado por algo que no entiende, perdido entre una multitud inconsciente, la sincronización de eventos – recorre los mismos pasillos que Elijah Wood. Pero también resulta una película mucho menos arriesgada que aquella, más centrada en funcionar como un mecanismo – y por tanto, en resultar predecible – y ser accesible a toda costa. El problema para entrar de lleno en el mundo propuesto es si aceptamos que el descabellado punto de partida, la amenaza escrita en la partitura, no va a ir acompañada de un tono igualmente festivo, sino de una sensación de puzzle cerrado y de pocas piezas. Hay breves momentos, casi cómicos, donde ese exceso se sobrepone a los aspectos más convencionales y, en su conclusión, uno puede imaginar detrás todo un discurso del papel del director frente al público, de aceptar que la perfección no solo no existe sino que es indeseable.

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L’etrange couleur des larmes de ton corps (Hélène Cattet & Bruno Forzani)

Con el referente de Amer (2009) era difícil esperar otra cosa de Cattet y Forzani. Insistentes en el uso de los elementos más fetichistas y parafílicos del giallo, y recurriendo de nuevo a una fragmentación de la escena en base a planos cortos, elaboran en este nuevo trabajo el mito de los hombres atrapados por una Mujer – muchas y una a la vez – en una tela de araña narrativa que va envolviendo poco a poco su capullo. Cargada de grandes ideas en su desarrollo, resulta también algo cargante por como el despliegue de virtuosismo parece rebelarse en una sucesión de pequeñas piezas que no llegan a conjugarse. Es probable que la hubiese disfrutado más sin el distanciamiento experimental que acusa, lo que me lleva a preguntarme si a veces lo más atrevido no será, precisamente, hacer algo más convencional y tener la misma historia en un giallo auténtico y no en una versión diseccionada y laminada del mismo hasta el punto de que parece querer mirar desde arriba a sus antecesores.

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Machete kills (Robert Rodriguez)

Lo confieso: no soy muy fan de Rodríguez, tampoco de la anterior entrega de Machete (2010) que, aún con varios hallazgos y momentos muy divertidos, me pareció que escondía en sus constantes homenajes cierta pereza creativa y exigía demasiada complicidad con el espectador. Pero sé que no es la opinión más popular. Sintiéndome más preparado para afrontar una nueva entrega con las expectativas más claras, la película arranca de un modo muy interesante – por ejemplo, reconociendo el papel de la serie 24 como parte del imaginario explotation de la cultura americana – para caer en un desfile de cameos – incluyendo un personaje que solo parece existir para justificar el desfile de caras conocidas – la reiteración de chistes – el “Machete don’t…” como latiguillo – y un tono algo menos hostil. No abandona su lectura política y su confianza en la construcción del mito como identidad cultural, pero más por mantener cierta coherencia con el universo creado que por aportar algo nuevo a la actualidad.

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Milius (Zak Knutson & Joey Figueroa)

Si la figura de John Milius siempre me ha fascinado es por como obedece a una coherencia total con sus personajes y con sus ansias de elevar los mitos del pasado a fuente de inspiración. Es probable que su figura esconda mucho más de lo que este documental, tan ceñido a testimonios y anécdotas variopintas, está dispuesto a contarnos. Valga como ejemplo la forma en la que se pasa por encima de su filmografía, llegando incluso a omitir algunas de sus películas por no ser tan reconocibles entre el gran público. Sin embargo, la mayor prueba de lo gozoso de este personaje eran las reacciones con las que el público de Sitges recibía cada nuevo dato o historia, casi leyendas urbanas, rodeando a un hombre empeñado en ser su propio modelo a seguir. Es en el último tramo cuando se pone un mayor peso sobre su papel como narrador y como ha convertido este en su misión en la vida, una manera honesta (e incómoda) de comunicarse con lo demás. Si Milius no podía vivir una de esas grandes historias que a él tanto le gustaban, decidió que su tarea sería contarlas. La nota positiva con la que acaba el documental, anunciando su “regreso”, no puede tener un efecto más opuesto: somos testigos de estar viendo el ocaso de un individuo fuera de lo común.

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Only God forgives (Nicholas Winding Refn)

Después de que Drive (2011) se convirtiese, para bien y para mal, en un fenómeno y ante la duda de cuantos habrán visto previamente Valhalla Rising (2009), la reacción preventiva a Only God forgives parecía estar sentenciada a cierta indiferencia. Supongo que la antipatía general por Ryan Gosling ya habían sido suficiente para no querer ver la obra como un ejercicio aparte. Es cierto que Only god forgives tiene sus repeticiones estilísticas – la prolongación de silencios, el hieratismo, los colores saturados fruto del daltonismo de Refn – e incluso temáticas – otra vez, el hombre violento como personaje patético – pero está articulada de un modo muy distinto, más dramática, más centrada en las relaciones de personajes y con una constante presencia de la violencia. Refn tiene claro que ahora busca un anticlímax, que la solución a que Only god forgives no sea, precisamente, otra película de venganzas es entender que esa espiral no tiene fin. También sospecho – y ayuda mucho su presentación en vídeo antes de la proyección – que se lo toma más a broma de lo que cabría esperarse. Se divierte, como parece habitual en muchos directores daneses, frustrando al público, llevándolo por sus propios pasillos. Aun con todo, es sin duda una película mucho más interesante de analizar que la media habitual.

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Real (Kiyoshi Kurosawa)

¿Que ha llevado al autor de Tokyo Sonata (2008) a volver a las pantallas con un producto tan inocuo? A la espera de una respuesta, resulta muy extraño presenciar Real como la obra de un director veterano y de cierto prestigio: un giro de guión que se adivina desde la segunda secuencia, un desarrollo que trufa de falsos misterios que jamás llegan a dar el pego y una resolución que llega a niveles tan irrisorios como soluciones ocultas en anagramas de cinco letras o metáforas de la culpabilidad que, una vez disipadas, vuelven para tratar de generar una ya perdida sensación de amenaza en un mundo que, desde el comienzo, sabemos virtual. Como si Kurosawa hubiese ignorado todo el subgénero al que su película pertenece y que tuvo un gran boom entre finales y principios de siglo, la película se muestra con una ingenuidad casi amateur. Es cierto que sí pervive parte de su discurso: los sentimientos como interferencias con la tecnología y la sociedad que vive dependiente de ella, la represión de las emociones y la memoria y el terror a perder la propia identidad, representado siempre en sus ya clásicos “fantasmas” – aquí, “zombies filosóficos” (sic) – que siguen manteniendo toda su efectividad. Pero para ese viaje no eran necesarias estas alforjas.

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Space pirate: Captain Harlock (Shinji Aramaki)

¿Cómo reinventas un mito para una nueva generación? Parece casi obligado que este proceso se de a través de un tono más lúgubre y un falso barniz de realismo a todo producto del pasado, cargandolo de una solemnidad que no estuviese presente en la anterior encarnación. Con Capitán Harlock no era necesario: el tono melancólico, el mensaje humanista y la epicidad ya eran parte indisociable del manga original. Esta nueva versión carece, quizás, del humor que acompañaba las aventuras originales del pirata espacial, pero mantiene fidelidad al icono, a la representación de un héroe romántico intemporal. Con piruetas similares a las de Star Trek (J.J. Abrams, 2009), esta historia es, a la vez, reboot y parte del canon, bastante impresionante a nivel técnico y una delicia para el fan convencido. El espectador más ocasional quizás se encuentre con una rara mezcla de exceso de ruido de batallas espaciales – imitando, como no, a las navales – y demasiada conversación y exposición para situar el contexto de la historia, pero también puede quedar embrujado por la atmósfera de viejo navío fantasma que llamamos Arcadia.

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The Guest (Jovanka Vuckovic)

Ahora que los cortometrajes del festival han quedado algo más relegados, ha sido difícil coger alguno antes de una proyección. The Guest parecía ideal para abrir una sesión por dos motivos: es increíblemente conciso y contiene al menos un par de imágenes poderosas que ponen en guardia al espectador. Adolece de ser un ejercicio de estilo que tampoco tiene más que contar que el retrato de una pulsión y los retazos de un acto de violencia omitida, pero funciona como píldora que despierte el interés.

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La tumba de Bruce Lee (Canódromo Abandonado)

Entré con menos referencias de las que tenía para la mayoría de películas aquí expuestas, abierto a esperar cualquier cosa, como página en blanco. Tan solo el murmullo en redes sociales habían despertado la curiosidad por ver esta película rodada en Seattle con un presupuesto mínimo. La mayor sorpresa es lo entretenida que resulta, frente a otras producciones similares que acaban resultando plomizas, y la capacidad que tiene, en momentos puntuales, de sacar la sonrisa con ideas especialmente retorcidas que a mi me recordó al cine de Quentin Dupieux, con quién coinciden en la programación. Añádanle que mi interés por la figura de Bruce Lee incrementaba la relevancia que le daba a las distintas digresiones – entre la mística new age, el relato kafkiano y lo desmitificador – y a como ese “mundo sin Bruce Lee” parece traer la idea de un mundo que vive gobernado por un cadáver, por el fantasma de una autoridad tan insustituible que quizás nunca estuvo allí en primer lugar. Los jóvenes españoles, perdidos y motivados por las sobras de un sistema que se ha quedado congelado en el tiempo y que impide que avancen y cumplan sus propios deseos.

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Ugly (Anurag Kashyap)

Con el antecedente del díptico Gangs of Wasseypur (2012), Anurag Kashyap se ha ganado todo mi interés, que sale reforzado tras ver Ugly. Un thriller incómodo y agobiante, lleno de personajes miserables que, en el transcurso de la investigación de la desaparición de una niña, se entorpecen unos a otros en sus constantes rencillas y chanchullos, esperando sacar tajada en río revuelto. Sin un exceso de violencia y con cierta dosis de humor – aunque un humor nada liberador, sino que incrementa la enorme tensión y desesperación que transmite todo el metraje – consigue resultar tremendamente impactante, siendo, de todas las sesiones a las que acudí en el festival, la que generó una respuesta más expresiva en el público cuando uno de sus personajes revela estar tan corrupto como el resto. Esta espiral de angustia se ciñe bastante bien a la historia que quiere contar y llegar a ser bastante exhaustiva en todo un proceso de pinchazos telefónicos y densos interrogatorios.

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Upstream color (Shane Carruth)

Me es difícil hablar de Upstream color porque, por algún motivo, he conectado más con ella que con ninguna otra película aquí mentada; lo cual no deja de tener gracia, puesto que de conexiones inexplicables va la cosa. He encontrado en ella ideas que ya eran sustanciales a proyectos propios, pero mejor desarrolladas y rodadas con cierto cariño. Mucho más cálida que Primer (2004) pero igual de ‘marciana’ en su retrato de un modo de vida que ya no contemplamos pero que vuelve a ponerse de manifiesto con la crisis. Algo menos críptica pero con cierto enrevesamiento que, salvando distancias, parece más propio de un Malick reciente. Si pudiese escribir con propiedad mi experiencia con esta película, sería una experiencia totalmente distinta. Y que a veces es mejor no tener nada que decir de una película, que narices.

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Why don’t you play in hell? (Sion Sono)

Lo que aparenta ser un caos narrativo con yakuzas y la visión romantizada de los propios inicios de Sono como cineasta amateur y artista callejero, en realidad, parte de la enésima visión del cine dentro del cine y de constantes rupturas de la cuarta pared para hablar no tanto de un sacrificio por el arte y por los demás – ese cineasta que daría su vida por una película, ese yakuza empeñado en producir una para su mujer – como de la muerte de una manera desprejuiciada de hacer las cosas, paradójicamente vinculado a la nostalgia por los 35 mm.  Esa confusión entre la vitalidad de la juventud y la conveniencia del formato es precisamente un problema de actualidad, donde el espectador criado con el cine analógico se siente demasiado apegado emocionalmente a este como para valorar en su justa medida el digital que, irremediablemente, es la única perspectiva de futuro. Al margen del mensaje, la película trufa de ese humor asiático tan irregular todo el metraje, llegando a ser más efectiva en su tercio final, durante el combate que se ha anticipado y donde el desfile de gags alcanza su mejor momento.

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Wrong cops (Quentin Dupieux)

Quién no conozca a estas alturas las películas de Dupieux quizás se vea un poco contrariado por Wrong Cops. A mi, sin embargo, me ha parecido mucho más accesible que sus dos trabajos anteriores, al menos al seguir un simulacro de trama dentro de su desfile de gags absurdos. Pero también me hizo preguntarme si el hecho de conocer su obra previa no habría borrado mucho elemento de sorpresa en esos gags y en su efectividad. Por suerte, la película acumula los suficientes momentos de risa nerviosa como para ver que mantiene todo lo que cualquier espectador fiel exigiría de él, incluyendo no solo la música sino su constante uso argumental. Wrong cops viene a confirmar que el universo Dupieux está cohesionado pese a su constante ruptura de la lógica, y supone más la descripción de una reacción ante lo inaudito – aquí, la terrible sensación de que el trabajo policial no se vincula a la vocación de servicio – que un verdadero desorden o una fantasía.

Los límites del encuadre

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Cuando se habla del fuera de campo se hace en aquellos términos donde, lo que sucede fuera de la pantalla, queda implícito. Ya sea gracias al sonido o algún elemento que ejerce de metonimia de la imagen omitida. Sin embargo, esa utilización de los límites del encuadre busca una reacción inmediata, el dejar claro lo ocurrido con una variación mínima de tiempo al momento en el que ha ocurrido. Hay dos cortometrajes que, aprovechando al máximo su formato, suponen magníficos ejemplos de un reto distinto.

El primero es “Ensayo sobre la ceguera” (Alberto González Vázquez, 2010), con su título ya parte sobre las propias limitaciones del espectador. En dicho cortometraje, Alejandro Tejería interpreta a un muchacho invidente que hace frente a dos revelaciones: una ruptura sentimental y una ruptura con las convenciones, al escuchar a su pareja, que se confiesa invisible. La conclusión del corto revela el engaño por partido doble: la muchacha y su amante no son invisibles, si no que, al igual que el campo de visión limitado del protagonista, hemos sido víctimas del engaño. Este engaño es comprensible dentro de la minusvalía del personaje de Tejería, pero resulta más inexcusable en el caso del espectador, que si resulta engañado es por el exceso de confianza en que nada puede existir fuera del plano.

Algo similar ocurre con otro cortometraje más reciente, “Tengo que matar a María” (Manuel Bartual, 2012). Aquí, la suposición parte de dos pequeños trucos: el primero es la voz en off del protagonista, que nos indica que su objetivo es acabar con una mujer a la que sigue a todas partes; mientras tanto, la imagen que apoya a ese texto es la de la actriz Rocío León, realizando esas actividades que le suponemos a la víctima. Todo ello nos hace intuir que nuestro protagonista se encuentra fuera de campo y, en una suerte de punto “subjetivo”, seguimos a su víctima. Pero pronto descubrimos como nuestra suposición es de nuevo errónea y León no interpreta a la víctima, si no al verdugo disfrazado. Aquí el uso de fuera de campo es opuesto al del corto de Alberto González: si allí no contábamos con el fuera de campo, aquí suponemos que tiene que existir a la fuerza. Ambos cortometrajes muestran un uso muy inteligente del plano, y ambos nos recuerdan que nunca tenemos que dar nada por sentado en esto del cine.

Breves desde Sitges 2011

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Un año más tengo la satisfacción de volver al Festival de Sitges, una de las citas cinéfagas más divertidas del panorama patrio, donde he tenido la suerte de estar presente como parte del equipo del cortometraje en sección oficial Carabás, de F. Calvelo. Entre pases, compromisos, cenas y reencuentros aún queda tiempo (cada vez menos) para ver la enorme y complejísima programación del festival, que enfrenta una temporada donde la crisis y las polémicas pacatas no han podido hacer sombra a una exhibición de lo mejor del cine de género del presente año. E aquí las pocas películas que he tenido oportunidad ver:

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Attack the block (Joe Cornish)

Construída como un desafío a Amblin, Attack the block es la gran sorpresa de este año, un título cargado de ritmo y humor salvaje que lleva su propuesta de delincuentes juveniles contra aliens cabreados más lejos de lo que podría parecer. A la imparable cadencia y desfile de brutalidades se le une un extravagante subtexto político sobre los nacionalismos y la necesidad de rebelación contra la autoridad que bien podría formar parte del zeitgeist de las recientes revueltas en Londres.

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Beyond the black rainbow (Panos Cosmatos)

Aunque la comparación con David Cronenberg es más que evidente, esta historia de un 1983 alternativo donde un científico esotérico retiene a una niña con poderes mentales se acerca más al cine del incorregible Ken Russell que a la nueva carne canadiense. Rodada con un esteticismo muy cuidado pero con una constante repetición de recursos de cámara, la película consigue resultar simpática pese a las dificultades con las que avanza y la variedad de géneros que maneja.

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Decapoda Shock (Javier Chillón)

Divertidísimo cortometraje que explora los límites de la imaginería pop y la deconstrucción del icono a través de un astronauta mutado en busca de venganza. En tan solo unos minutos, Chillón comprime una historia compleja que se apoya en los espacios vacíos que llena el espectador y que supone una construcción en off de un arco de personaje, aprovechando el formato corto con mucho cariño, al estilo de ese hermoso panorama oculto que desarrolla gente como Velasco Broca o Chema García Ibarra. Mi mayor pesar es que esa escasa duración me haga desear más y que sus potentes imágenes se dejasen caer en un formato largo, pero más que un inconveniente, es un lamento.

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Extraterrestre (Nacho Vigalondo)

El regreso de uno de nuestros directores más populares viene de la mano de esta película valiente, donde combina la falta de medios con un guión al completo servicio de los actores y una planificación ingeniosa. El humor pasa de un estilo clásico al disparate más propio de los miembros de Muchachada Nui que aquí aparecen para hacer una película más accesible para el público que Los Cronocrímenes sin sacrificar su base teórica, y regalando, como en aquella, algún que otro momento icónico.

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Gantz (Shinsuke Sato)

Decepcionante adaptación del autor de The princess blade, basado en uno de los mangas más disparatados y angustiosos.  La película renuncia a desarrollar la psicología de su protagonista (un sociópata en potencia que se ve arrastrado a un juego de caza alienígena para recuperar su vida) a medida que prescinde de la violencia y sexo que servían de motor al personaje en favor de un tono más complaciente que, sin embargo, mantiene aciertos tan divertidos como el enfrentamiento a un robot melómano. Es inevitable lamentar que no sea un producto tan descarado y subversivo como la obra de la que surge.

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La Granja (Ignacio Lasierra)

Lo primero que cabe destacar es su acabado profesional, algo ya poco habitual en el mundo del corto pero que no tendría mayor mérito de no ser de la utilidad en la que se dispone: esta historia de suspense se mantiene en un tono tan ambiguo y poco dado a los alardes que demuestra a un gran director detrás, sin los vicios tan habituales de los cortometrajistas dados a utilizar el formato como plataforma y no como un fin en sí mismo. Una historia que encaja perfectamente en su duración aunque la mala proyección en Brigadoon impidió que se apreciase los momentos más oscuros de la obra.

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Hell (Tim Fehlbaum)

Partiendo de una premisa prometedora, donde el mundo sufre de tormentas solares que ha subido la temperatura mundial y convertido el agua en un producto de lujo, Fehlbaum pronto se olvida de ella para ofrecer una obra mucho más convencional, tomando como modelo la portentosa La matanza de Texas (Tobe Hooper, 1974) con muy pocas innovaciones y de atmósfera más relajada. Incapaz de estallar en ningún momento, se convierte en una película inofensiva.

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Melancholia (Lars Von Trier)

El enfant terrible por excelencia vuelve con una película donde combina lo mejor de su cine: la mala leche, su brillante imaginación simbólica y la capacidad para frustrar al espectador como nadie. Aunque menos ágil que Anticristo, la película se divide en dos partes donde la primera recupera lo mejor de la escuela Dogma para conducirnos después a su nueva etapa como un realizador en deuda con Tarkovski Bergman, en un ejercicio por sumir al espectador en un ambivalente estado de asombro y depresión ante una catarsis final que debe ser apreciada en pantalla grande y al máximo volumen. Von Trier, consciente de todos aquellos defectos que pueden achacar a esta nueva película, juega a autojustificarse en boca de los personajes y devuelve la pelota con una sonrisa maléfica.

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Mi burro (Zach Passero)

Astracanada orgullosa de su descaro, Mi burro es un viaje a tópicos latinos donde la mayoría del humor se sustenta en unos increíbles diálogos en español macarrónico. Aunque se trata de la primera parte de una trilogía, y por tanto apenas una presentación de personajes, se apunta su mal gusto con orgullo y resulta un pequeño aperitivo para lo que después fue la angustiosa proyección de The Woman (ver más adelante), siendo un alivio que, sin embargo, destila tan mala leche como la película a la que precede.

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Ocho (Raúl Cerezo)

Siguiente paso en el manierismo de Raúl Cerezo que aquí destila algunas de sus obsesiones en forma de relato mistérico. Sustentado por la banda sonora y ningún diálogo, Cerezo recurre a la memoria cinéfila del espectador para que rellene una obra de constante intensidad que poco a poco va rebelándose, paradójicamente, como un cuento más sencillo y clásico de lo que a primera vista parece. Resalta el envidiable diseño de sus planos, tan mimados y obsesivos que delatan la creciente necesidad de que el talento de su director de un salto inmediato al largometraje para seguir destilando sus atmósferas más densas.

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Osamu Tezuka’s Buddha: the great departure (Kôzô Morishita)

Primera parte de una trilogía sobre la vida de Buda tomada literalmente de la obra de Osamu Tezuka, que ya se había tomado sus libertades en la obra original. Destilando el humanismo que caracteriza al autor que corona el título de esta película, está, sin embargo, algo por debajo de los fenomenales hallazgos que el Dios del Manga había realizado en el campo de la animación, conformándose con ser una obra épica de marcado tono kitsch. Aunque su estructura puede llevar a la confusión a un espectador nada familiarizado con esta historia en particular, resulta un viaje intrigante por las dobleces de una parte de la historia y la geografía no lo suficientemente bien explorada en el cine.

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Quantum Men (Carlos Serrano Azcona)

Documental sobre las prácticas psicochamanísticas de Alejandro Jodorowsky (más un clon de su padre que un hijo), pronto se extiende sobre temas más generales al trazar la idea del rito como elemento de sanación de la mente y la catarsis a través del simbolismo, el teatro y la comunicación indirecta con el subconsciente. Demasiado ocupada a veces en mostrar la absurdez de los chamanes modernos en comparación con el sincretismo de Jodorowsky Junior, no consigue llegar a una conclusión satisfactoria, si bien el discurso de su figura central resulta sorprendentemente coherente pese a caminar, demasiadas veces, sobre el borde que separa al idealista del timador.

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The Turin Horse (Bela Tarr y Ágnes Hranitzky)

Si hacemos caso a sus declaraciones, esta es la última obra de Bela Tarr, lo que supone un cierre consciente a través de dos imágenes que sustentan el discurso de esta última película: en primer lugar, la anécdota de Nietzsche volviéndose loco y dejando que su vida se apague como una vela; en segundo lugar, el retrato de la rutinaria vida de un cochero y su hija, en un páramo ululante, donde el fin del mundo se presenta en seis días como la deconstrucción de un relato al que cada vez le faltan más elementos mientras interactúa con los vestigios de un mundo en off. Intencionadamente inaguantable, destacan los planos secuencia que Tarr construye en torno a los distintos puntos de vista en los que, cada día, filma la misma acción repetida con ligeras variaciones, como una sinfonía extraña e hipnótica.

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Twixt (Francis Ford Coppola)

A pesar de su escasa calidad técnica, cabría preguntarse, a la vista de la conclusión de esta película, si no está el otrora director de El Padrino tratando decirnos algo. Desde luego, la figura del escritor en horas bajas tratando de recuperar una historia que salga de sus entrañas y que es visitado por un Virgilio con el rostro de Edgar Allan Poe. De este modo, Coppola pone en boca de Poe sus propias palabras a la hora de abordar El Cuervo como manual para construir la obra melancólica perfecta y termina llevando la película al campo del exorcismo personal, haciendo de la identificación entre el personaje de Val Kilmer y el propio Coppola algo más que evidente. Mientras tanto, la trama se desenvuelve como un absoluto caos mientras se nos presentan tan solo ¡dos escenas! en 3D que parecen puestas ahí exclusivamente para enfurecer al público. El resultado final no solo bordea el ridículo, sino que lo hace con el orgullo de un director que sabe que no volverá a vivir días mejores… y al que no le importa en absoluto.

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Verbo (Eduardo Chapero-Jackson)

Director reconocido antes de debutar con este largometraje, Chapero-Jackson propone un salto sin red del que cuesta discernir su responsabilidad. Justificado por la ingenuidad de su protagonista pequeño-burguesa y las ansias de partir del inexistente cine para adolescentes de nuestro país, es inevitable que no se vea con cierto cinismo el resultado final, que peca no ya de un anacronismo (basando parte de los diálogos en rimas de los raperos Nach Scratch y Liriko, aparecidas en el disco Poesía difusa hace ya más de 8 años) sino de una sensación de vaciado aséptico que no termina de ser un producto puramente comercial ni refleja la libertad que su autor mostraba en sus cortometrajes. Es así, pues, un perro verde que pretende ser espejo de una realidad que no existe más que en las distorsionadas mentes de los despachos, siendo su retrato “de la calle” tan artificial como lo ha sido siempre

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The Woman (Lucky McKee)

La gran sorpresa del festival, aún cuando su autor goza de un status de culto más que merecido, es esta película de la que poco o nada se puede decir sin desvelar una enrevesada trama sobre lo que suponen los núcleos familiares y las construcciones sociales. Con un salvajismo impropio, si bien su nivel de violencia se mantiene más bajo que su irreverencia social, desvela unas poderosísimas interpretaciones y un incómodo humor negro donde el director juega a cambiar nuestras empatías a medida que avanza el relato, tratando de entender un retrato familiar donde parecen ocultas más cosas de las que se ven a simple vista.

Breves desde Sitges 2010

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He aquí unos breves comentarios sobre las películas del festival de Sitges que he podido ver este año. Muchas sorpresas, muchos nombres a tener en cuenta y sobre todo, lo mejor del género se han vuelto a dar cita en las salas de cine del festival catalán. No descarto ampliar muchas de estas opiniones en cuanto sus estrenos sean mayoritarios, pero este aperitivo pretende servir de pequeño adelanto y guía de referencia personal, apuntando también algunos de los cortometrajes más sorprendentes del festival.

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Agnosia (Eugenio Mira)

Eugenio Mira vuelve tras la incomprendida The Birthday para romper de nuevo las expectativas. Agnosia podría ser el terreno ideal para las conspiraciones de folletín pero en su lugar tenemos un elegante mcguffin que deriva poco a poco en una set piece central hipnótica, en la que la lucha de dos hombres por el amor de una misma mujer va alcanzando trazos gestuales minúsculos como principal voz. Cerrada con un plano que demuestra la intención más poética que narrativa de la película, se le achaca ciertos quiebros en la estructura, dificil de diferenciar si son problemas de montaje o guión, que no terminan de dejar respirar la película lo suficiente como para resultar del todo orgánica.

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La casa muda (Gustavo Hernández)

Ante una película que presume primero de sus herramientas que de la función de las mismas, nos encontramos con lo que no deja de ser un escudo de titular periodístico ante cualquier envite sobre su contenido, tirando a nulo. Desde el “basado en una historia real” hasta el (falso) plano secuencia, la película contiene breves aciertos que mantienen el interés pero que cristalizan en un conjunto amateur y que pronto se revela como una lamentable excusa para crear un producto impostado.

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Colorful (Keichii Hara)

Vamos a echar mucho de menos a Satoshi Kon. Colorful demuestra como materiales sumamente delicados del anime pueden convertirse en desastre en las manos equivocadas. Sin explotar nunca su vertiente más visual, pese a que el origen fantástico de la trama como el título pueden llevar a engaño, tampoco consigue que su costumbrismo bienintencionado deje el poso necesario. De esto hay que culpar en gran medida a una historia que abre y descuelga subtramas sin motivo aparente, dedicándole excesivo tiempo a secuencias pretendidamente bellas pero fallidas, como la búsqueda de la ruta original de un tranvía, mientras desperdicia algunos de los mejores elementos emocionales, empezando por una relación madre e hijo que en buenas manos habría sido digna del maestro Ozu.

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Confessions (Tetsuya Nakashima)

Tengo una particular debilidad por las tramas de giros complejos y venganzas subterráneas, Confessions podría ser eso si su director dejase en algún momento de abusar de la slow motion y no se entregase a unos veinte minutos finales eternos, cargados de monólogos explicativos con los que busca atar y dejar claro todo lo ocurrido en la trama. El contenido más descaradamente pop y la indefinición de un protagonista no casan con el buscado dramatismo.

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L’Enfer d’Henri-Georges Clouzot (Serge Bromberg y Ruxandra Medrea)

Documental de visión obligatoria, no sólo por el rescate las imágenes que revela de la que pudo haber sido una de las películas más legendarias del pasado, una película que se soñaba como el paso adelante a Ocho y medio de Fellini; si no que además tenemos la oportunidad de ver la otra historia, aquella que el recientemente fallecido Chabrol no pudo recuperar, la historia que envuelve a esta película, en la que el prestigioso y minucioso Clouzot se da de bruces contra una nueva forma de entender el cine a la que no es capaz de adaptar su forma de trabajo, fracasando estrepitosamente. No es sólo la historia de un hombre que se vuelve loco de celos, si no la del hombre que quiere llevar esa historia a la pantalla y durante el proceso, se vuelve loco a sí mismo.

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Fire of Conscience (Dante Lam)

Casi una guía perfecta para entender el thriller hongkonés, Fire of Conscience consigue resultar el modelo idóneo con el que se mueven arquetipos perfectamente sincronizados. Aunque falto de la precisión y lirismo de un Johnnie To afortunado o del temple de Ringo Lam, la película contiene algunas secuencias de acción tan maravillosas y sorprendentemente físicas que uno se pregunta porqué seguimos dándole bola al cine norteamericano y sus cgis. Falto de pretensiones pero insuficiente en su carga dramática, Fire of conscience nunca termina de ser el gran film que podría haber sido, lo que no la hace menos entretenida.

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Insidious (James Wan)

Aunque es fácil quedarse con que se trata de una relectura nada vistosa de Poltersgeit hay que reconocerle a Wan una capacidad para aderezar sus películas con ciertos elementos barrocos que las diferencian de productos más acomodaticios. El espectador ya habituado se encuentra quizás con una película demasiado previsible y falta de garra, pero con un entretenimiento mayúsculo salpicado por alguna imagen poderosa.

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Jack (Kryshan Randel)

La vuelta de tuerca ha dejado de ser vuelta hace mucho: colocar a un elemento inusual como asesino vengador ya no basta. Jack sabe que le consume en el tiempo a cada plano que gasta en contar algo que conocemos, así que lo despacha con inmediatez y sentido del humor, como una pildorita que consigue que un chiste muy gastado se haga más gracioso contándolo a mayor velocidad. Realizado en 48 horas, el resultado puede no ser el más ingenioso pero es dificil imaginárselo mejor hecho en ese plazo.

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Je t’aime (Mamoru Oshii)

Mamoru Oshii se entrega a una base de videoclip para presentar una pieza corta donde se cruzan dos obsesiones: los perros de raza Basset Hound y la anormal belleza de seres artificiales femeninos. En una competición entre candidez y estallido de violencia, el supremo trabajo de animación no compensa la falta de enjundia de lo que no pasa de una demo técnica. Quizás un pequeño salto entre la lírica de la propuesta y cierta cursilería impostada, obligatoria cuando el nombre del director antecede cualquier proyecto.

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Juan con miedo (Daniel Romero)

La obra más redonda de Daniel Romero tiende un inusitado puente entre la estructura de relato corto americano (presente en el cómic al estilo Weird Science que porta el protagonista) y una tradición más castiza que bien podría remontarse hasta Goya. Conjuga una historia de inocencia, que podríamos relacionar con cierto despertar sexual y de anteposición a los miedos de la infancia (tanto los reales como los de la fantasía), todo ello en la marcada tradición española de los pueblos como lugar de eterno retorno, aunque sea estacional.

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L.A. Zombie (Bruce LaBruce)

Bruce LaBruce dispuesto a presentarnos un producto de porno gay entre mendigos zombies que pretende relaccionar tanto los vaciles de una identidad sexual como la invisibilidad de las minorías. Es una pena que el asunto no de para mucho y lo que podrían ser grandes ideas, como la relación entre el coito y la resurrección, termine quedándose en un running gag que pierde fuelle a cada secuencia.

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The last exorcism (Daniel Stamm)

Abandonando el camino trillado de sustos fáciles sin ningún interés al estilo “Paranormal Activity”, “The last exorcism” podría ser la película de terror pensada para Richard Dawkins oLouis Theroux. La película se encuentra siempre en la disyuntiva de hacer lo que más le conviene a la trama o al arco del personaje principal, optando por favorecer a lo segundo y entrando una línea más próxima a “Ordet” y a los primeros momentos de “El exorcista” original que a cierta gratuidad de los sustos. La elegancia con la maneja un tema tan delicado como la fe o el pánico que generan las supersticiones la colocan como una película que se aleja del gore y los sustos a base de subir el volumen para entrar el camino de la atmósfera y de un final donde una única silueta recortada se torna de una fuerza espiritual apabullante.

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Monsters (Gareth Edwards)

Me fascinan varias cosas de esta película: desde su acercamiento a la naturaleza hasta su separación, tanto en la manera de “ver América desde fuera” (con claro contenido político) como en la de entender el género como una frustración de las expectativas. Vendida como el nuevo District 9 pero más próxima a Vinyan (película más atmosférica pero peor realizada) o El año que vivimos peligrosamente, Monsters no puede satisfacer a ningún fan del género que no espere más que una intrahistoria enmarcada en parajes naturales. El fantástico no solo como la aproximación a unos códigos genéricos, de hipótesis y elementos imaginarios, si no como la fascinación que nos puede producir una selva o una muralla. Ni que decir tiene que me posiciono totalmente a favor de esta película.

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La otra hija (Luiso Berdejo)

Berdejo, un cortometrajista veterano que nunca ha abandonado su personalidad, demuestra que tampoco la ha dejado de lado en esta película. Sin embargo, aunque mantenga un buen ojo y un talento técnico envidiable para relatar los terrores infantiles, y pese a que la sombra de Shyamalan (y en especial de Señales) navega durante los momentos más críticos, el resultado final es tan arrítmico que su clímax solo puede entenderse como humor negro. La sutileza se convierte en una cuestión de ritmo cuando, una vez estirada la propuesta y girando siempre sobre sí misma, la descripción del personaje de Ivana Baquero empieza a ser excesivamente obvia.

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Outrage (Takeshi Kitano)

El cine de Takeshi Kitano ha funcionado siempre por contrastes, por un distanciamiento de lo que cuenta que ya fuese a través de la introspección como de la ironía, hacía del planteamiento clásico algo más llevadero y personal. Tras una etapa donde su propia figura ha estado muy presente, convendría esperar que Kitano volvería al género yakuza con otros planteamientos. Sin embargo, parece que Outrage es más bien una hoja en blanco, un nuevo punto de partida donde su habitual lírica y sus dispersiones se dejan en favor del humor negro y la contundencia visual. Los fans estarán encantados y los detractores no entenderán nada, así que se puede decir que Kitano ha hecho suyo aquello de que todo debe cambiar para que nada cambie.

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Rubber (Quentin Dupieux)

Lo que empieza como un inteligente discurso sobre la independencia y la libertad creativa en el cine actual y una manera particularmente divertida de darle la vuelta a los elementos más trillados del slasher se convierte en un bucle infinito que se autojustifica en demasía, llegando a un punto muerto que es adelantado por la propia película para evitar frustraciones. Desde luego, cuando parece que la película podría jugar muchas bazas, como la no existencia de la ficción cuando esta no es observada, se queda sin comodines, aunque aún respire algo de ingenio por debajo.

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Secuestrados (Miguel Ángel Vivas)

Con la pericia técnica de los planos secuencia, Miguel Ángel Vivas consigue implicarnos en una historia de asalto a chalets de lujo y crear tensión y arrebatos de violencia francamente perturbadores. No sólo el trabajo de dirección le imprime un ritmo a la historia que se puede considerar todo un hallazgo en la puesta en escena, si no que la interpretación de Manuela Vellés se sale de la escala para (re)crear toda una angustia en primer plano. Si hay que indicarle alguna pega es su final, excesivo hasta límites (intencionadamente) cómicos y con remate de créditos irónicos (algo que he visto recientemente repetido en Buried de Rodrigo Cortés) que le quita todo el enorme peso dramático que la película ha depositado en la hora y media anterior.

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A serbian film (Srdjan Spasojevic)

Construida como una gigantesca caja donde almacenar todo lo tabú y desagradable, A serbian film no es solo una jocosa manera de crear un producto autoconsciente a partir de la provocación, si no que consigue cumplir con su cometido al elevar lo límite de lo permitido para ver en una película más allá de lo que podríamos haber imaginado. Brutal desde la primera secuencia, y nunca tomándose demasiado en serio a sí misma, es un festín del mal gusto para el que los estómagos entrenados se encontrarán agradecidos de tener, una vez más, algo con lo que epatarse.

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The Shock Labyrinth 3D: Extreme (Takashi Shimizu)

¿Se ha convertido el subgénero de fantasmas orientales en un callejón sin salida? Porque este supuesto laberinto solo tiene una dirección a seguir y es la de repetición de clichés a base de las manías de los peores actores vistos. Hasta el ‘extreme’ del título suena ya a tomadura de pelo ante una película que se limita a navegar con increíble flaqueza por recursos pobres e inofensivos. Ni ese 3D usado sin criterio alguno (difuminados y encadenados impiden que la cosa funcione como corresponde) consigue ser aprovechado lo más mínimo, ni para un triste susto contra la platea. Poco a poco, la película revela su verdadera naturaleza como material promocional de una casa encantada en un parque de atracciones de Japón y no como un producto exportable y cinematográfico.

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Super (James Gunn)

Allí donde la blandengue adaptación de Matthew Vaughn del rompedor cómic de Mark Millar, Kick Ass, fracasaba, James Gunn demuestra que el underground es algo que se lleva en la sangre y no una tendencia sobre la que crea la impostura de turno. Super consigue combinar herejía, violencia gratuita y ambigüedad moral con un deje poético y lacónico sobre su protagonista, del que nunca llega a compadecerse ni a engrandecer si no al que comprende en todas sus patéticas dimensiones para extraer, de lo que en principio podría haber sido una simple parodia de superhéroes, toda una forma de entender los éxitos de la vida con un, digamos, optimismo de resignación. Porque una película donde Rob Zombie hace de Dios y Nathan Fillion de su profeta merece siempre un fervoso aplauso, aunque solo sea por descubrirnos la faceta menos conocida de Ellen Page: la de eufórica ninfómana.

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The United Monster Talent Agency (Greg Nicotero)

Vale, es cierto que es fácil ganarse el aprecio del público a base de codazos cómplices, como pueden ser el cine dentro del cine y los guiños a los iconos más reconocibles. Pero es indiscutible que el trabajo de Greg Nicotero en esta pieza corta es uno de los más divertidos y adecuados vistos en el festival, no ya porque maneje unos medios inusuales para un formato tan denostado como el cortometraje, si no porque revela un acto más apasionado que cerebral. Podríamos decir que aquí la búsqueda de cómplices no es sólo un método para ganarse la confianza del espectador, si no una forma de hacerlo partícipe de una mitología compartida y festiva.

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Vanishing on 7th street (Brad Anderson)

Brad Anderson se limita a presentar un producto aceptable que vuelve a ver del mismo esquema de grupo heterogéneo enfrentándose a amenaza exteriorque tanto relacionamos con Howard Hawks o John Carpenter. Quedándose ahí, en todos los tics y problemas de un subsubgénero, Anderson desaprovecha la parte más mística de la amenaza, la duda sobre el origen de esta y el destino que aguarda a los acechados, malgastando la oportunidad de acercarse a las enfermizas atmósferas de películas como Kairo.

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The ward (John Carpenter)

Vuelve Carpenter y uno se pregunta que le ha mantenido no sólo nueve años alejado de la gran pantalla, si no porqué decide volver con una película tan impropia de él. Cargada de algunos sustos francamente previsibles pero con un desarrollo y un giro final sumamente gastados, es dificil encontrar momentos aislados donde el maestro tras las cámaras brille a todo su potencial. Quizás una aislada secuencia de baile entre mujeres arquetipo propias de fantasías masculinas, donde Carpenter conecta su trabajo con aquel al que Tarantino homenajeaba en Death Proof, sea el momento más liberador de una película que en ocasiones parece hecha con plantilla.

Zebraman: Attack on Zebra City (Takashi Miike)

Hacer una segunda parte de una película tan forzosamente demencial como Zebraman no es un reto baladí. Pero si de algo sabe Miike es de sorprender constantemente incluso al mayor de sus adeptos: videoclips insertados entre chistes de humor negro, pedos gigantes que arrastran ciudades, metáforas sobre centrifugado que se vuelven literales, una repetición del clímax de la original con vuelta de tuerca… el bombardeo de ideas absurdas es tal que, como una ametralladora, mal será que alguna bala no dé en el blanco. Quizás irregular por momentos, sobre todo en aquellos donde la trama se desarrolla de un modo más convencional y en la obligatoriedad de lo pop al que el cine japonés más comercial está supeditado.