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La segunda lágrima

jesuisparis

En el trasfondo de toda fe, religiosa o política, está el primer capítulo del Génesis, del que se desprende que el mundo fue creado correctamente, que el ser es bueno y que, por lo tanto, es correcto multiplicarse. A esta fe la denominamos acuerdo categórico del ser.

Si hasta hace poco la palabra mierda se reemplazaba en los libros por puntos suspensivos, no era por motivos morales ¡No pretenderá usted afirmar que la mierda es inmoral! El desacuerdo con la mierda es metafísico. El momento de la defecación es una demostración cotidiana de lo inaceptable de la Creación. Una de dos: o la mierda es aceptable (¡y entonces no cerremos la puerta del váter!) o hemos sido creados de un modo inaceptable.

De eso se desprende que el ideal estético del acuerdo categórico del ser es un mundo en el que la mierda es negada y todos se comportan como si no existiese. Ese ideal estético se llama kitsch.

es una palabra alemana que nació a mediados del sentimental siglo XIX y se extendió después a todos los idiomas. Pero la frecuencia del uso dejó borroso su original sentido metafísico, es decir: el kitsch es la negación absoluta de la mierda; en sentido literal y figurado: el kitsch elimina de su punto de vista todo lo que en la existencia humana es esencialmente inaceptable.

(…)

Había visto las manifestaciones del Primero de Mayo en la época en que la gente aún estaba entusiasmada o aún fingía plenamente el entusiasmo. (…) cuando los manifestantes se acercaban a la tribuna, hasta las caras más aburridas se iluminaban con una sonrisa, como si quisiesen demostrar que se alegraban convenientemente, o, más exactamente, que estaban convenientemente de acuerdo. Y no se trataba de un mero acuerdo político con el comunismo, sino de un acuerdo con el ser en tanto que tal. La festividad del Primero de Mayo bebía de la profunda fuente del acuerdo categórico del ser. La consigna tácita, implícita, de la manifestación no era “¡viva el comunismo!”, sino “¡viva la vida!”. La fuerza y la astucia de la política comunista consistían en haberse apoderado de esta consigna. Era precisamente esta estúpida tautología la que atraía a la manifestación comunista incluso a aquellos que eran indiferentes a las tesis comunistas.

(…)

Allí donde habla el corazón es de mala educación que la razón contradiga. En el reino del kitsch impera la dictadura del corazón.

Por supuesto el sentimiento que despierta el kitsch debe poder ser compartido por una gran cantidad de gente. Por eso el kitsch no puede basarse en una situación inhabitual, sino en las imágenes básicas que deben grabarse en la memoria de la gente: la hija ingrata, el padre abandonado, los niños que corren por el césped, la patria traicionada, el recuerdo del primer amor.

El kitsch provoca dos lágrimas de emoción, una inmediatamente después de la otra. La primera lágrima dice: “¡qué hermoso, los niños corren por el césped!”.

la segunda lagrima dice: “¡qué hermoso es estar emocionado junto con toda la humanidad al ver a los niños corriendo por el césped!”.

Es la segunda lagrima lo que convierte al kitsch en kitsch. La hermandad de todos los hombres del mundo solo podrá edificarse sobre el kitsch.

(…)

Todo lo que perturba al kitsch queda excluido de la vida: cualquier manifestación de individualismo (porque toda diferenciación es un escupitajo en la cara de la sonriente fraternidad), cualquier duda (porque el que empieza dudando de pequeñeces termina dudando de la vida como tal), la ironía (porque en el reino del kitsch hay que tomárselo todo en serio) y hasta la madre que abandona a su familia o el hombre que prefiere a los hombres y no a las mujeres y pone así en peligro la consigna sagrada “amaos y multiplicaos”.

(…)

En el momento en el que el kitsch es reconocido como mentira, se encuentro en un contexto de no-kitsch. Pierde su autoritario poder y se vuelve enternecedor, como cualquier debilidad humana. Porque ninguno de nosotros es un superhombre como para poder escapar por completo al kitsch. Por más que lo despreciemos, el kitsch forma parte del sino del hombre.

– Milan Kundera. La insoportable levedad del ser.

Debate o polarización

RogerEbert

Conocí la figura de Roger Ebert a través de su famosa crítica de Terciopelo Azul, donde calificaba de inmoral el trato que Lynch le había reservado a Isabella Rossellini. No me cayó bien, para que engañarnos. Su fama a través de Siskel & Ebert y el sistema de crítica basado en una polarización entre si la película recibía “pulgares arriba” o “pulgares abajo” caracterizaron el marketing cinematográfico en Hollywood durante una buena década, cuando la opinión auctoritas de los críticos todavía era un gran reclamo en la publicidad.

Life Itself (Steve James, 2014) pretende ser la película que reclame el legado del único crítico cinematográfico en ganar el premio Pulitzer. Para ello, desgrana su don de gentes, su estilo directo, informativo y sencillo, así como los nombres de aquellos autores que fueron beneficiados por la atención que les prestó: un lloroso Martin Scorsese, un incrédulo Errol Morris que probablemente no habría tenido carrera sin la constante promoción de Gates of Heaven en televisión o la más reciente Ava DuVernay.

No es, tal vez, el mejor documento para adentrarse en su influencia, dado que el peso dramático de sus operaciones de cáncer, su matrimonio en dichas circunstancias y su fallecimiento antes de concluir el rodaje se apoderan del metraje con menor fortuna que, digamos, E Agora? Lembra-me (Joaquim Pinto, 2013). Por ello se pasa de puntillas por la irrupción de Pauline Kael, su polémica sobre la banalización de la crítica (ya con tintes apocalípticos en ¡1990!) con Richard Corliss o con entrevistados menos laudatorios como Jonathan Rosenbaum. 

Herzog sobre porqué dedicó ‘Encounters at the end of the world’ a Ebert.

Hay todavía mucho por explorar en torno a la responsabilidad de la divulgación. Cuando Ebert se muestra reticente a acortar las frases del guión para el programa lo hace con alarde de ego, pero también parece querer resaltar que, el formato televisivo, coarta y simplifica lo que él considera más valioso de la crítica de cine: el debate. Y esto es muy interesante, como Ebert especial énfasis ,en un momento de archivo del documental, como mucha gente acepta la autoridad del erudito en muchos ámbitos de su vida, pero todo el mundo está abierto a disentir de una crítica de cine. Todo el mundo se siente capacitado para expresar que transmite una película porque todos viven esa experiencia, informados o no.

Ebert adoptó el blog como medio para seguir compartiendo sus pensamientos, estaba depositando su confianza en ese debate público del cine. Un “populista” por convicción, como se le define durante el documental. Su blog le permitió expresarse con la comodidad que la fama televisiva y su rol público no permitían, y hablar con más matices para todos, o volver sobre obras y autores a los que consideraba, no había juzgado con propiedad. Me gusta esta cita:

I’ve had a problem with Kiarostami, but I eagerly await his next one, just as I awaited David Lynch’s work in years when I wasn’t responding to it. There’s no doubt in my mind Kiarostami is a serious artist with a fierce dedication, and whether he connects with me is not his problem, it’s mine. A director who creates outside crass, dumbed-down channels is a human resource.

The best film here this year will quite likely be by a director I’m unfamiliar with. That’ll be all the better. (link)

También quiero destacar su respuesta a la enorme repercusión de su artículo negando que los videojuegos fueran un arte. Reconoce su propio error al juzgar sin mayor conocimiento, aunque sigue manteniendo firme su postura, también afirma que hay limitaciones propias que provocan que los videojuegos no sean para él, la misma experiencia que tienen jugadores más jóvenes.

Sigo disintiendo en muchos aspectos con el trabajo de Ebert. Pero no creo que el papel de un crítico deba ser en base a cuantas veces “acertó” o cuantas veces compartimos opinión y perspectiva. Mi posición actual con el cine tiene más que ver con que puede aportarme una película que en tratar de enjuiciarla bajo criterios variables. Creo que a veces el rol del crítico puede reducirse a estimular a quien le escucha transmitir esa misma pasión por el cine, y disentir con alguien no tiene porqué ser una cuestión de “tener la razón” sino de ofrecer múltiples ángulos a un mismo trabajo. En sus últimos años, Ebert abrazó internet no como la muerte del crítico cinematográfico, enterrado bajo la agresividad de tumultos profanos, sino como un renacer de ese debate público, del interés por usar el cine como excusa para expresarse, aún cuando sigue habiendo que separar entre la voz instruida y la boutade. Una tarea de filtro que ya no corresponde a la autoridad que otorgaba la columna en el periódico, sino que queda a nuestro propio discernimiento.

Sobre marketing y mass media

massmedia

Los sponsors recurren a medidas económicas de este tipo: divide el costo por el número de oyentes de la clase que les interesa, y obtienen una cifra económica que llaman “coste por mil”. Estas investigaciones están claramente estimuladas por una necesidad de comprobación científica de costes, que permite trabajar más tranquilamente si se apoya en un número: la decisión parece apoyarse entonces en “algo”. Pero si analizamos ese “algo”, vemos que hay en él ante todo la decisión de dirigirse a un público bien determinado, y de comunicar según un gusto preescogido, no basándose en un medida de gustos. Se hace un programa para teen agers ateniéndose a la idea de un modelo teen agers, cual se desearía para que resultase el cliente ideal del producto anunciado. En lugar de ser el espectador el que modifica el gusto del programa, es una inconsciente política cultural la que determina al espectador.

La televisión puede así convertirse en instrumento eficaz para una acción de pacificación y de control, en garantía de conservación del orden, establecido a través de la repetición de aquellas opiniones y de aquellos gustos medios que la clase dominante juzga más aptos para mantener el statu quo.

En una sociedad totalitaria, si bien existen medios claros de persuasión y propaganda, tienden estos a inculcar directamente la ideología imperante, sin temores a un “approach” problemático: se impone a la población un modo de pensar, de meditar – en términos dogmáticos – sobre los principios que regulan la propia sociedad.

En una civilización en la que, en cambio, el respeto a la autonomía individual es un principio declarado y la diversidad de opiniones un artículo de fe, y en la que sin embargo, por exigencia económicas, se ejerce una dirección “oculta” de la opinión, además de orientarla en el ámbito del sistema, la industria cultural, al proponer al público su implícita y fácil visión del mundo, adopta los medios de la persuasión comercial, y en lugar de dar al público lo que este quiere, le sugiere lo que debe querer o creer querer.

– Umberto Eco

 

Todos hemos pasado por la experiencia de ser demasiado vagos y estar demasiado ocupados como para ver ese drama familiar vietnamita (sin subtítulos) y un marketing segmentado ha venido en nuestro rescate, por así decirlo, ofreciéndonos una herramienta muy útil y muy perniciosa para no tener que enfrentarnos con este torrente de material nuevo y sin clasificar. La expectativa más extendida hoy en día es que, a menos que algún tipo de eslogan publicitario me ponga sobre aviso y me lo traduzca, la experiencia por la que voy a pagar es, probablemente, demasiado incierta como para que merezca la pena el esfuerzo: ante la duda, elige una marca comercial […] El consenso nunca cuestionado de nuestra tradición social (formulado por unos medios de comunicación guiados exclusivamente por la publicidad) es que la primera obligación del producto cultural es garantizar el placer; es decir, entretener, es decir, evitar todo riesgo.

– Nataša Durovicová

Los que dirigen el mercado están convencidos de que somos muy diferentes entre nosotros, principalmente porque, en teoría, necesitamos campañas publicitarias muy distintas. La verdad es que soy más que escéptico al respecto. Lo terrible es que, de alguna forma, estamos dejando que la gente que idea las campañas publicitarias nos diga quienes somos; algo que, normalmente, significa también quiénes no se supone que debemos ser.

– Jonathan Rosenbaum

Jugar siendo el Otro

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En el fervor de estos días, donde tanto se ha dedicado a la representatividad en los videojuegos, se han esgrimido argumentos desde los que se distingue un enorme problema del medio en cuanto a reconocer algunos de los patrones básicos que lo configuran. Entendemos que el papel de nuestro avatar no se sustenta sólo en definir una imagen condescendiente de nuestro ideal del yo, como fantasía de poder, sino también la capacidad de los videojuegos para hacer de esa proyección una suerte de empatía.

Puesto que ninguno de nosotros se verá jamás en la situación de ser un marine espacial -de hecho, quizás tu interés en una carrera militar sea nulo- luchando contra hordas de alienígenas, todos aceptamos que parte del atractivo a la hora de jugar es vivir esa fantasía, aceptar un rol, con sus ventajas y limitaciones, que no son, de ningún modo, idénticas a nosotros. Sí, el jugador dependerá siempre de su repertorio de habilidades propias para progresar, pero nunca fuera de un sistema prediseñado donde dichos recursos no estén orientados por el diseñador del juego.

Siempre que arranca un juego, se asume un papel y unas normas que forman parte de la evasión. Considero que gran parte de los debates presentes estos días tienen mucho que ver con esto: con el miedo a perder ese factor de evasión ante una toma de conciencia que se presenta más como un cúmulo de responsabilidades que como el ocio que procuramos.

En realidad, estamos ante un problema de diversidad, tanto en la oferta como en el público al que llegar, que en muchos casos ha servido para excusar algo más que la exclusión y defender un mercado copado de productos gemelos y, con frecuencia, construidos bajo parámetros tan férreos que despojan a dichas obras de personalidad, asumen escasos riesgos, se ajustan a una narrativa arcaica y hegemónica y, en definitiva, muestran una total desidia por la importancia del producto.

Cuando Alex Amancio recurrió a hablar del coste y esfuerzo que supondría animar personajes femeninos en el multijugador de Assassin’s Creed: Unity, estaba implícitamente diciendo varias cosas: por ejemplo, que el equipo de Ubisoft considera una mayor prioridad recrear hasta el más mínimo detalle de la Francia de finales del XVIII que ofrecer exactamente la misma alternativa multijugador que ya habían implementado enAssassin’s Creed: Black Flag. Lo que se increpa es la falacia, y sin embargo es percibido por ciertos sectores como un ataque a la libertad creativa de la compañía.

La elección de sexo dentro de los juegos es parte del debate de la representatividad, pero no es tan comentado porque ese sistema de elección lleva a otros tipos de juegos: aquellos donde la identidad del personaje es un mero bosquejo sobre el que proyectarnos o aquellos que hacen de esa elección la base para analizar dos puntos de vista en el relato. A veces no se trata de una elección al comienzo de la campaña tanto como una oportunidad de alternar entre varios personajes o un breve episodio donde manejamos a alguien más que al héroe principal. Y no resulta extraño leer que inconscientemente esto afecta al modo que jugamos incluso cuando la diferencia es puramente estética.

El ejemplo más primitivo que he podido encontrar de elección de sexo se remonta a 1983: se trata de Ghost Manor, juego de Xonox para Atari 2600 y Commodore VIC-20 donde uno podía escoger entre ser el chico que rescata a la chica de las manos de Drácula (sic) o viceversa, en un raro caso de “doncel en apuros”. Por algún motivo, su remake paraTurboGrafx-16, nueve años más tarde, toma esa elección de sexo por nosotros y escoge al chico al rescate de la chica. Creo que es aquí donde Assassin’s Creed y Ghost Manorconsiguen mostrar algo importante: una característica que ambas marcas contenían en una versión previa, desaparece en la siguiente. Cuando los juegos se han sustentado en nuestra libertad para interactuar con ellos, menos libertad supone un paso atrás. Y es esa falta de libertad e integración lo que limita a esta industria.

Pensemos en un caso tan popular y querido como The Elder Scrolls V: Skyrim, donde, con total naturalidad, formamos parte de un mundo de fantasía, una sociedad igualitaria entre hombres y mujeres que, paradójicamente, pasa desapercibida. Nos engañamos día a día creyendo que la cultura se reduce a nuestro espacio más inmediato, o incluso a nuestro propio punto de vista, y por ello no percibimos que en Skyrim pase nada fuera de lo normal. Y aun así, esa sociedad es tan irreal como cazar dragones.

Le toca el turno a la obligada experiencia personal: recuerdo burlas entre mis amigos cuando, en nuestras partidas de Golden Axe, escogía a Tyris Flare, la amazona. Se veía como una idea antinatural: seleccionar a la amazona pudiendo tener al guerrero y al enano barbudo parecía una estupidez, un castigo. Lo cierto es que Tyris Flare tenía la magia más poderosa de los tres: al máximo de su capacidad, invocaba a un dragón que quemaba a todos los enemigos en pantalla, pero además era bastante más rápida con su arma corta. Todo ello se reducía a que yo viese al personaje como una herramienta frente a compañeros que traducían mi elección como un alter ego que les confundía.

Parece que la tendencia entre algunos jugadores masculinos es escoger a personajes del sexo contrario sea por un motivo de recreamiento estético como por una intención de control y posesión. Tendemos muy poco a aceptar un nuevo rol, es frecuente ver como se adopta una actitud irónica, una distancia cínica para no comprometernos. Los juegos nos permiten situarnos en situaciones peligrosas desde la seguridad, nos permite conocer cosas nuevas de nosotros mismos y, por supuesto, ponernos en los zapatos de otros. Elección no binaria de sexo y género, una variedad de razas y apariencias y quizás de ahí aprendamos algo. Si la intención es defender los aspectos positivos de los juegos, será mejor que no los reduzcamos únicamente a una forma de evadirnos de los obstáculos del día a día, sino también de hacerles frente.

El Woody Allen esotérico

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Banda sonora para este artículo: click!

La próxima película de Woody Allen – un director que nos ha malacostumbrado a tener al menos una película por año – Se llama Magic in the moonlight y nos sitúa en los intentos de un hombre por desenmascarar un posible fraude relacionado con el espiritismo. No es la primera vez que una obra del director neoyorkino se aproxima a estos temas: es curioso que nadie dude de la inspiración que Allen toma de Ingmar Bergman, pero nadie le atribuya, entre sus intereses comunes, cierto misticismo no teísta, una preocupación no solo por el llamado “silencio de Dios” (cuyo máximo exponente en Allen es Delitos y faltas) sino también por el temor a una realidad supranatural que tome dominio de nosotros, como en El rostro o La maldición del escorpión de jade. Ambos comparten esa visión del ateísmo en su postura más negativa, una ausencia de fe se convierte en una orfandad.

En Recuerdos (1980), la imagen de un niño mago ejerce de alter ego de esta faceta. En La comedia sexual de una noche de verano (1982) Allen interpreta a un inventor que pasa el fin de semana en la campiña con una bola para atrapar espíritus.  En su segmento para Historias de Nueva York (1989), titulado Edipo reprimido, la madre del protagonista desaparece dentro de un armario mágico para reaparecer sobre el cielo de la ciudad y reprender a su hijo, un popular abogado.

 En Conversaciones con Woody Allen, Eric Lax pregunta por el germen de la idea de Alice (1990) volviéndose invisible:

W.A: Recuerdo que en aquella época tenía amigos que iban a un curandero del barrio chino, que les cobraba una fortuna por unas hierbas que les daba. Podrían haber sido peligrosas, pero desde luego de eficaces no tenían nada. ¿Le he contado alguna vez la historia de los bigotes de gato en el ojo?

E.L:: cuéntemela otra vez.

W.A.: A mí todo eso siempre me ha parecido una tontería. El caso es que una vez tuve un problema en los ojos y no había manera de solucionarlo. Estuve con molestias mucho tiempo y probé todo tipo de medicamentos. Al final una amiga me dijo: «Voy a pagarte una sesión con este médico y ya verás como él te lo cura. Te lo garantizo». «No pienso ir al barrio chino», repliqué. Y ella me respondió: «El irá a tu casa y te curará. No tienes nada que perder. Tú deja que te visite una vez, y si no te cura no pasa nada». Así que al final accedí a que el tipo viniera a casa y se presentó con unos bigotes de gato. Me los puso en el conducto lacrimal y se largó… Por supuesto eso no me hizo ningún efecto. Cuando se lo conté al oculista me dijo: «¡No dejes nunca que nadie te ponga nada ahí! Podría provocarte una infección. A saber lo que podría pasar». Y cuando estaba escribiendo Alice se me ocurrió que esta señor del Upper East Side oyera hablar a sus amigas de uno de esos curanderos que hacen milagros, y decidiera bajar al centro y consiguiera un montón de pociones. Entonces me dice: «¿Y si fueran pócimas mágicas de verdad?».

Lax también pregunta al director neoyorkino por su afición a la magia y su utilidad dentro de sus guiones:

E.L.: Gracias a sus conocimientos de magia sabe un montón de tácticas de distracción, y en esta película se vale muy bien de ellas.

[…]

W.A.: Siempre he creído que los años que me he pasado haciendo magia me vienen muy bien en ese tipo de situaciones. Puedo engañar perfectamente cuando me lo propongo; sé como valerme de esos truquillos de magia que pueden hacer que algo parezca lo más inocente. Suelo servirme de esas pequeñas sutilezas que despistan al espectador hasta tal punto que no tienen la menor idea de por dónde voy a salir. Es exactamente el mismo principio que se emplea en un juego de magia cuando uno hace algo que despista al espectador. Digamos que dentro de un rato voy a tener que sacar mi cartera de alguna manera; media hora antes puedo sentarme y sacarla varias veces, de modo que cuando hago el gesto más tarde lo hago sin levantar la menor sospecha.

Al menos dos películas de Allen reflejan la preferencia por un mundo de fantasía que irrumpa y añada aquello que nos falta, un destino o una escapatoria, que permita soportar las tribulaciones vitales de sus protagonistas: el ejemplo más conocido es la interacción entre el héroe en la pantalla, Jeff Daniels, y la espectadora Mia Farrow en La rosa púrpura del Cairo, pero también la salvación de Allen a manos del mago Armstead en Sombras y niebla (1992) utilizando un espejo mágico que le conduce a otro dimensión.

Esa utilización de la fantasía no reduce su función al escapismo, sino que sirve como marco de referencia, de contraste, ante aquellos aspectos naturales de la vida (como un asesinato que queda sin castigo) que no parecen formar parte del ‘relato’ que consideramos ideal. Así, un periodista vuelve de la tumba a través del truco de un ilusionista para desvelar la identidad de un asesino en Scoop (2006) y una mujer en el otoño de su vida puede hacer su vida más llevadera escuchando a la pitonisa de Conocerás al hombre de tus sueños (2010). Al respecto de Match Point (2005), menciona:

W.A.: Hay dos clases de historias de misterio y asesinato: las que sirven de lectura ligera en un avión y las que – y que conste que no hago ningún tipo de comparación – dan al asesinato un valor más significativo, como en Macbeth, Crimen y castigo o Los hermanos Karamazov; en estos casos el asesinato se utiliza, no como argumento para una novela policíaca, sino como un motivo de reflexión filosófica. Mi intención era dar un poco de fundamento a la historia para que no se quedara en un mero ejercicio de género.

Creo pertinente señalar que Allen, más adelante, también cita como influencia un tebeo de su infancia, Crime Does Not Pay, historias moralizantes de crímenes que, como la popular EC Cómics, sufriría el ataque del psiquiatra Fredric Wertham en su famoso libro La seducción del inocente.

Es curioso lo sencillo que resulta todo si entendemos que cada acto dentro de un guión tiene algo de sortilegio. Cuando en Interiores (1978) Pearl rompe el jarrón de Eve, funciona como una metáfora de la presunta ‘vulgaridad’ que el personaje de Maureen Stapleton ejerce en el ambiente y que termina por “quebrar” a Geraldine Page. El personaje de Pearl es jovial y místico y supone un atisbo de luz dentro de una película soterrada en una penumbra de tristeza: Pearl vive el sueño inconsciente y alocado de disfrutar de la vida, no existen preocupaciones cuando un orden superior a la realidad determina todo.

Finalmente, me gustaría destacar dentro del libro Lax este  curioso símil que Allen hace con su carrera:

W.A.: Uno se pregunta cómo he durado tanto en un negocio tan corrupto y feroz como el cine, en especial dados todos mis defectos, mis limitaciones tanto en el plano profesional como en el personal, mis fobias, mis manías, mis pretensiones artísticas, mis exigencias creativas sin condiciones y con un talento menor como única arma. La respuesta es la siguiente: de niño me encantaba la magia y podría haber acabado dedicándome a ello si no me hubiera ido por otros derroteros. Y así, echando mano de todas mis aptitudes para la prestidigitación, de mis malas artes, de mis sutiles subterfugios y de mi sentido de la teatralidad, es decir, de todo lo que aprendí estudiando mis libros de magia cuando era un crío, he sido capaz de crear una fantástica ilusión que lleva durando más de cincuenta años y que incluye un montón de películas. Houdini, Blackstone, Thurston, todos los prestidigitadores de mi juventud habrían estado orgullosos de mí. [Se encoge de hombros.] Ojalá estuviera bromeando.

 

El hombre más fuerte del mundo

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En jerga, el término gar hace referencia a un sentimiento de admiración por personajes masculinos de anime de marcada virilidad. Se trata de una correspondencia moderna con el término latino “virtus”, surgido en la Antigua Roma para calificar un tipo de comportamiento público basado en el carácter, el coraje y la excelencia. Ambos términos ejemplifican una imagen de actitud del varón que sirve de ejemplo o de idealización de atributos que se toman por exclusivamente masculinos. Dentro del anime tenemos ejemplos de sobra conocidos: El puño de la estrella del norte es el más paradigmático, cuya herencia se deja ver en parodias como Bobobo o JoJo’s Bizarre Adventure, pero también podemos mencionar ejemplos tan dispares como Berserk, Capitán Harlock, Dragon Ball o Hajime no Ippo.

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¿Obedece esto solo a un referente del anime? Este año, Warner Bros ha presentado, directa a vídeo, Superman: Sin límites (James Tucker, 2013) en el 75º aniversario del personaje y con la disparidad entre esta adaptación de Brainiac de Geoff Johns, la versión de Zack Snyder El hombre de acero y el presente del personaje en cómics bajo la etapa New 52. En el clímax de la historia, Superman vence a Brainiac cuando conduce su pelea a un pantano y el cyborg extraterrestre termina saturado por el estallido de vida y microorganismos presente, fuera del ambiente artificial que él mismo ha creado. Esta resolución es similar a la adquisición de poderes de Lex Luthor en All-Star Superman de Grant Morrison, donde la percepción de una realidad holística “despierta” al villano de su errado comportamiento.

Más allá de la similitud, lo que realmente pone de manifiesto esta comparativa, donde dos de los principales villanos de Superman son derrotados de similar manera, es un método. Un método por el cual un personaje como Superman, cuya fortaleza física es solo la excusa para hablar de una fortaleza de espíritu, no puede resolver simplemente sus conflictos solo a base de puñetazos. Si tomamos a uno de los protagonistas de JoJo’s Bizarre Adventure, Joseph Joestar, vemos como toma la costumbre de anunciar lo que su rival va a decir para demostrar que había previsto hasta el más mínimo detalle y que, por tanto, el hecho mismo de mostrar esa predicción a su enemigo es la confirmación de su victoria, puesto que la trampa ya ha sido colocada previamente. Joestar insiste en que jamás participa en una batalla o en una prueba que no tenga ganada de antemano. Es su sagacidad la que ha determinado su triunfo en la pelea.

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Es aquí donde se entiende como el gar o el virtus son términos que forman parte de algo más que de la agresividad mostrada. Esa admiración se centra siempre en una justificación ética para dicho comportamiento y no suele tener por objeto los personajes cuya violencia no obedece a cierto sentido del honor o a un posicionamiento moral estricto.  Se trata de un ideal de “caballero”, del comportamiento noble. Volviendo a All-star Superman, Superman tenía un encuentro con Sansón y Atlas, mito hebreo y griego, donde los tres disputaban los favores de Lois Lane, viajaban al inframundo, enfrentaban temibles criaturas y acertijos y terminaban con una competición de pulsos. Este encuentro está inspirado en Action Comics Vol 1 Nº 279 (Agosto de 1961), donde Sansón y Hércules – que quizás Morrison no incluyó para que no se confundiese con el homólogo de Marvel – conquistaban a Lois Lane y Lana Lang ante un celoso Superman. Sabedor de que las mitologías son el origen del héroe moderno y que obedecen a ese mismo ideal – de belleza, fuerza, inteligencia, compromiso y carácter – en el que nos inspiramos y encontramos admiración.

#Escándalos, almohadilla delante

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Es el París de 1955, y Luis Buñuel y André Breton toman algo en una cafetería, de camino a la casa de Eugène Ionesco. En un momento, la conversación deriva a las expulsiones de Dalí yMax Ernst del grupo surrealista. Aduciendo la pérdida de valores que dichos miembros habían llevado vendiéndose como comerciantes y no como artistas, Breton se queda pensativo, y apenado, y dirige estas palabras al aragonés:

– Es triste tener que reconocerlo, mi querido Luis; pero el escándalo ya no existe.

Esta historia está relatada por el propio Buñuel en sus memorias, el magnífico libro que es Mi último suspiro y cuya relectura no puede ser más estimulante, tanto por la figura y tiempos que retrata como por la actitud vital que demuestra, cargado de animosidad en su doble acepción. Esa frase plantea ahora muchas preguntas. ¿Lleva muerto el escándalo más de medio siglo? Y si es así, ¿Qué es lo que queda? ¿Qué ocupa su lugar?

Para empezar, primero habría que definir el escándalo tal y como lo concebían el grupo surrealista. Lejos estaba dicho movimiento de ofrecer una homogeneidad y una constancia en aquellas ideas, si bien algunos temas eran frecuentes preocupaciones, pero con el escándalo sucedía algo muy particular: si bien no se buscaba con frecuencia o periodicidad alguna, tampoco se eludía y algunas oportunidades se buscaban hasta el punto de convertirse en auténticos delitos. El escándalo surrealista era, en realidad, cualquier ataque al orden establecido, un desafío antiburgués que busca ser un estallido, un llamamiento a despertar conciencias y transgredir el adocenamiento. No es extraño pues, que Buñuel acabe recordando al grupo a raíz de Mayo del 68 (que Breton, muerto en el 66, no llegó a ver) y termine su filmografía con una muy coherente explosión, stando sus últimas películas trufadas de referencias a un terrorismo abstracto, sin ideología, que solo pretende destruirse como individuo en el proceso de llevarse el mundo con él.

¿Hay lugar ahora para esa clase de escándalo? No en cuanto a dos motivos: el primero, que surge de la escasez de agentes que busquen ese cambio de orden en cuanto a que prefieren formar parte del orden establecido, algo que podemos comprobar en la medida que muchos “escándalos” han servido más para consagrar a sus autores que para derribar el modelo al que atacaban; en segundo lugar, la enorme capacidad del sistema de fagocitar esos “escándalos” y adaptarse a ellos con las menores variaciones posibles. Una popular cita de Slavoj Zizek lo define mejor:

“es fácil imaginar el fin del mundo, o un asteroide destruyendo la vida, pero no podemos imaginar el fin del capitalismo. (…) Así vivimos; tenemos todas las libertades que queremos, pero no tenemos tinta roja: el lenguaje para articular nuestra no-libertad. La forma en que nos enseñan a hablar acerca de la libertad -la guerra contra el terrorismo, por ejemplo- falsifica la libertad.”.

El descafeinado escándalo actual ya no es, pues, una ruptura sino una reafirmación. En estos días nos hemos levantado con la noticia de que el cantautor Javier Krahe va a ser juzgado por un cortometraje realizado hace 34 años y emitido hace 8 en una cadena privada y sin su consentimiento. Tampoco está tan lejos un juicio similar como el de Ángel Sala, acusado de distribuir pornografía infantil con motivo de la película de ficción A serbian film (Srdjan Spasojevic, 2010). Son buenos ejemplos de como los escándalos han pasado de ser actos espontáneos que desafiaban al sistema a ser creados de la nada – fomentar la polémica donde no la hay, básicamente – para así mantener la ilusión de que el sistema todavía tiene enemigos (morales) que lo amenazan. Por supuesto, como bien apuntaba Nacho Vigalondo recientemente en su twitter, estas polémicas se disipan tan rápido como aparecen, y aquellos que las han promovido, se callan, agachan la cabeza y cambian de tema. Esos escándalos solo han servido de banderitas que agitar, pero no han derribado ningún palacio.

El sistema no está en absoluto amenazado. De hecho, está con mejor salud que nunca. El escándalo ya no es una arma subversiva útil, es una herramienta más que el sistema utiliza para espolearnos. Pensemos, por ejemplo, en los hastags. En programas de telerrealidad como ¿Quién quiere casarse con mi hijo? pensados específicamente para interpelar al espectador mediante pequeñas provocaciones, o en una campaña reciente de una exclusiva marca de bolsos, que hacía de la ofensa una buena herramienta de marketing. Ni tan siquiera eso: muchos políticos han aprendido lo fácil que resulta dejar caer globos sonda para ver como reacciona su electorado, sin mojarse las manos. Los #escándalos, con almohadilla delante, son ahora frecuentes, continuados y tan livianos que entre tweet y tweet han cambiado de foco de atención. Y mientras nosotros nos escandalizamos poquito a poquito, día sí, día también, el sistema afianza sus cimientos sobre la tumba de Breton.