Ghost in the Shell (2017)

Hay una parte de la necesidad de encuadrar Ghost in the shell (Rupert Sanders, 2017) como una película reaccionaria que viene alimentada de un debate previo sobre la etnicidad de su protagonista. Es cierto que la obra de Masamune Shirow está ampliamente sumergida en la identidad japonesa y en el paisaje urbano de Tokio; pero no es menos cierto que, en su manga original, tiene un mayor peso el humor y el erotismo que, por ejemplo, no está tan presente en las dos adaptaciones al largometraje a cargo de Mamoru Oshii. Lo que sí conservaba Oshii era el interés por soñar un futuro más allá de lo básico: como y de que manera cambiaría la tecnología nuestra humanidad, nuestra forma de relaccionarnos, nuestra política o incluso las pequeñas trivilialidades de la vida que damos por sentadas. Otras adaptaciones en series anime sobre el mismo material se han centrado en la acción y la violencia por encima de ese contenido. En definitiva: no hay un solo Ghost in the shell, hay muy distintas aproximaciones. Tengamos claro que la dependencia con el canon es irrelevante para este caso.

Pero si algo tienen en común todas esas adaptaciones era la proyección en un futuro inquietante pero inevitable. La película de Sanders, en cambio, bebe más de la primera adaptación de Oshii, en especial en lo estético pero también ofreciendo una (muy) descafeinada y telegrafiada versión de su mensaje – uno de los primeros diálogos de la película es Juliette Binoche explicando la “metáfora” del propio título de la película – que se ha señalado como uno de los principales inconvenientes de la película. Esta podía ser la historia de Major reconciliándose con su identidad mixta, abandonando su aislamiento (una conclusión opuesta a la de Oshii) e integrándose con los elementos más humanos de su vida. En cambio, apenas se dibujan como giros de guión bastante convencionales, casi siguiendo la misma estructura que Robocop (Paul Verhoeven, 1987) al mostrar a un agente de la ley convertido en propiedad, recuperando su libre albedrío y luchando con una versión deshumanizada de si mismos en el clímax. Ya conocemos este tropo: Inspector Gadget, la mujer biónica, el hombre de los seis millones de dólares…

Algunas escenas de acción se resuelven sin demasiado brío: un tiroteo en un bar yakuza se muestra desde planos medios y frontales, sin demasiada claridad en el ángulo en el que se encuentran los tiradores. Otras no necesitan más que presencia, como es el caso de una muy breve y agradecida escena con Takeshi Kitano, probablemente uno de los actores que mejor reacciona a los disparos, ya los provoque él o los reciba. Hay tiempo para esbozar la personalidad de un secundario tan intrigante como Batou pero no para que Michael Pitt pueda hacer lo propio con su antagonista. Pero lo que más se impone es un sentido de familiaridad nada reconfortante. Tanto su estética como las ideas que proponen no son sólo propias de décadas pasadas sino que se dibujan con cierto tono reaccionario: sin desvelar mucho, hay elementos de neoludismo que plantean el futuro representado como una distopía, a diferencia de en sus versiones japonesas que lo ofrecen con la misma complejidad y amoralidad que exhibe nuestro presente.

No es que la cuestión racial sea menor, pero a veces se ha esgrimido por la fidelidad a la obra original cuando es obvio que los motivos son más bien logísticos. La manera en la que la película justifica la polémica es torpe, sin ninguna duda, sobre todo porque no hay ningún interés en profundizar en ello y encontrar algo significativo que decir. En Ghost in the shell se mencionan gobiernos, manifiestos, antisistemas, terroristas, inmigrantes… pero ni el más minimo atisbo de conflicto ideológico. Es ese intento de neutralidad, esa negativa a mojarse, lo que más termina arrastrando la película y más lo separa del resto de adaptaciones de la franquicia.

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