La tortuga roja

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Un gag de la segunda temporada Rick & Morty proponía la simulación de una vida completa, larga y llena de empatía y relaciones. La proyección en “Roy”, un alter ego mundano distrae a Morty de su propia identidad: ha experimentado décadas de supervivencia que pronto quedarán reducidas a un simple sueño. Michael Dudok de Wit propone, en La Tortuga Roja, una identificación con su protagonista, un Robinson Crusoe anónimo, una tábula rasa que carece del trasfondo de personajes como los de Náufrago (Robert Zemeckis, 2000) o Cuando todo está perdido (J.C. Chandor, 2013) y, al mismo tiempo que él tiene que (re)inventarse de ese estado embrionario – la primera parte de la película está llena de “renacimientos” simbólicos – nosotros vamos adoptando su punto de vista.

Esto es inusual porque los grandes detalles en La tortuga roja son casi expresionistas: muda, de grandes planos generales bañados por la luz, rostros de línea clara que apenas asumen una personalidad propia. Son las acciones y el paso del tiempo los que van determinando un desarrollo del personaje y de su relación con un entorno del que ya no puede separarse. Dudok de Wit ya tenía una experiencia demostrada para esta clase de relato, como demuestran obras como su impresionante cortometraje Father and daughter (2000).

Sin desvelar mucho, la historia muestra un proceso de adaptación. Esa adaptación es un mecanismo de supervivencia que bien puede ser la alucinación de una mente que necesita contacto humano o un acto de bondad de la naturaleza, que le proporciona consuelo en su tiempo en la isla. Sea como fuere, la causa se torna irrelevante porque es lo que la propia pantalla muestra lo que recibe el mayor foco de atención: procedan de donde procedan esas relaciones humanas, el énfasis está en como se establecen esas relaciones y su necesidad, nuestro propio apetito social junto a la satisfacción de la buena compañía.

No es una cuestión de su carácter de fábula sino de como todos los personajes presentes se establecen entre sí y en una relación inevitable con la isla, que acaba adquiriendo su propia (malumorada y posesiva) personalidad. En la calma y serenidad de sus imágenes, los ojos vagan sin tener que saciarse de información, pues la historia se desarrolla sin grandes giros de guión ni escenas de acción. Es un momento para contemplar una vida ajena sobre la que proyectarnos, para tomarnos un respiro y contemplar la agresividad y belleza de nuestro entorno y nuestra propia condición.

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