Cuando pasan las cigueñas

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Hay una historia muy interesante detrás de una canción reconocida por todos, esto es, la tonada soviética “Katyusha”, compuesta en 1938 y popularizada durante la Segunda Guerra Mundial. Reconocida internacionalmente como símbolo del Ejército Soviético aún hoy, podemos encontrar la misma música con distinta letra en himnos de ejércitos tan dispares como la División Azul (“Primavera”), la resistencia italiana (“Fischia il vento”) y El Frente de Liberación Nacional griego (“Ύμνος του ΕΑΜ”). Más allá de la pegadiza composición, esta constante re-apropiación de la música habla mucho de la necesidad de un relato coherente, un cántico de guerra si queremos, que agrupase los valores de los combatientes. En Cuando pasan las cigüeñas (Mikhail Kalatozov, 1957) Boris se encuentra en el centro de reclutamiento, esperando la llegada de su amada Veronika para despedirlo. Boris va camino de la guerra, “voluntario” y entre la multitud que separa a los dos amantes (madres llorosas, hombres compungidos, sonrisas nerviosas) se impone un himno sobre los anhelos de una mujer por la vuelta de su amado.

Todo parece interponerse entre estos dos amantes y, sin embargo, este relato se diferencia de otras películas soviéticas como La caída de Berlín (Mikheil Chiaureli, 1950) en cuanto a la ausencia de Stalin como demiurgo, tras el periodo de Deshielo iniciado por Khrushchev que fomentó una mayor libertad de expresión. Profundidad de campo y líneas de fuga invocan esa distancia: no sorprende el gran trabajo de cinematografía de Kalatozov, tan popular por el plano secuencia de Soy Cuba (1964), pero es verdad que impone un estilo muy apegado al relato, a la misericordia de sus personajes. El uso del sonido está a la par: tras un bombardeo y la negativa ante su declaración de amor, Mark, primo de Boris, carga en brazos a Veronika y el sonido de sus pasos sobre los cristales rotos funde (con el rostro invertido de Veronika mediante) a los chapoteos de las botas de los soldados. La mente de quien espera está en otra parte, en el frente y no en las bombas sobre su cabeza.

Lo más revolucionario del asunto es otorgar a estos personajes una dimensión más allá de las acciones del relato: un dolor en los lazos familiares, afectivos y en la pérdida que muestra la guerra como una catástrofe antes que como un deber. En la escena final del relato es Veronica, y no Boris, quien atraviesa una multitud: esta vez, soldados que regresan en lugar de partir. Sobre sus cabezas, vuelven a volar las cigüeñas, en “V” para la victoria, indiferentes a asuntos humanos. El tiempo no se detiene como tampoco lo hace el reloj en la casa bombardeada de Veronika, y da igual que las escaleras en caracol sean la emoción del amor, la inquietud por la familia o un último vahído antes de sucumbir. En ese final, las canciones no son melancólicas, el jolgorio llena la estación de tren y un breve discurso recuerda a los caídos. Entre ellos, si comparamos con la escena de despedida, reconocemos extras que se reúnen, con sus propias historias individuales, pero la cámara en mano de Sergey Urusevskiy se centra en el cambio que sufre Veronika, una liberación de la culpa autoinducida. Aquí, entre la multitud, un personaje con su propia historia, su propio dolor, un rostro que identificar.

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