L’ombre des femmes

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Al comienzo de esta película de Philippe Garrel, se pueden predecir muchos de los palos que la historia termina por tocar. Un tanto por la tradición de una cine sobre la infidelidad (y más, un cine rabiosamente francés) y otro por la universalidad de las experiencias en pareja. No es sencillo simpatizar con Pierre (Stanislas Mehrar) en sus ambiciones poliamorosas, dejando de lado a Manon (Clotilde Courau) y el compromiso que, no solo como pareja, sino como compañeros en su proyecto de un documental sobre la Resistencia Francesas, les mantiene apegados el uno al otro. Por su modo de vida está claro que es ese doble compromiso – emocional, artístico y político – lo que les sustenta, pues sus dificultades económicas señalan una precariedad que reserva todas sus energías para la relación y el proyecto. Pierre no sólo rompe un pacto cuando se deja llevar por los encantos de Elisabeth (Lena Paugam) sino que no parece mostrar ningún remordimiento y racionaliza su pasión como una forma de librarse de ataduras.

Esa ausencia de pesar habría encerrado la película en el estereotipo de bohemio francés de no ser porque es a través de su amante como Pierre descubre que Manon tiene su propia aventura amorosa. No hay posibilidad de esconder la hipocresía de sus acciones y, en general, el desencanto que se adueña de todos: ninguno parece estar a la altura de los ideales del otro, ni tan siquiera los sujetos de su documental. La intervención de Jean-Claude Carrière en el guión (a los habituales Carloine Douras y Arlette Langmann) propicia ese desconcierto emocional que me resulta más áspero en otras películas de Garrel. El formato anamórfico (una de las constantes del director) y el blanco negro apoyan una mirada nada forzada a los personajes, siempre algo distantes de nosotros y rodeados de pisos casi desnudos y calles nada vivaces, pero no por ello exentos de sentimiento, en especial la interpretación de Courau. Los actores trabajan desde textos muy ensayados y, en ocasiones, con una única toma que sigue sus pasos: encerrados. Un giro irónico final sustenta el conjunto como un muestrario de la amargura que nos procuramos unos a otros, y el temor a la soledad, funeral mediante, como un impulso más fuerte que el resentimiento, secuestrados el uno por el otro.

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