Hitler’s Folly

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Quien haya seguido la carrera de Bill Plympton reconoce enseguida su estilo, tanto trazos y colores como una tendencia al humor negro, grotesco y a desafiar tabúes. Un dibujante artesanal y que he hecho gran parte de su producción desde la más absoluta independencia, con resultados irregulares. Su último proyecto, Hitler’s Folly, es un falso documental que especula sobre la afición de Adolf Hitler a la pintura y su gusto por Blancanieves y los Siete Enanitos para proyectar la trayectoria de un animador, desde su inspiración infantil, la admiración a los talentos predecesores y la pugna por hacerse un hueco en una industria inclemente. No hay mucho más, en principio, que desgranar: una premisa absurda que pretende ser una acumulación de gags como la construcción de un Disneylandia (Nazi Land) donde Plympton diseña cada versión bávara de las atracciones más populares o referencias a las malas condiciones de trabajo de los animadores y campos de concentraciones. Nada que escandalice a la persona familiarizada con el concepto de ucronía.

No me ha sorprendido que se haya recibido con cierta visceralidad. De entrada, es un largometraje que incluye muy pocos elementos de animación y apenas bosquejos de diseño conceptual de Plympton, como si esto fuera la única forma de dar salida a un guión más ambicioso pero que, por su temática, no encontraría financiación ni distribución. De ese modo, el largometraje se puede ver gratuitamente en la web de su creador y pretende funcionar como el clásico video conspirativo que encontrarías en Youtube: un falso documental sin ninguna coherencia formal, llena de imágenes en mala colidad, entrevistas con pésimo sonido, material de archivo arbitrario (alguno real, otro grabado para la ocasión con la torpeza de hacerlo en formato panorámico), pseudorecreacioneso fotomontajes. Los diez primeros minutos de la película, hasta que empezamos a seguir a un narrador no fiable llamado Josh, están ahí para acentuar la condición de payasada, de falta de rigor y del modo incoherente y contradictorio del pensamiento conspiracionista y, por inclusión, negacionista. No en vano se mencionan a los pseudodocumentales de History Channel.

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Es inevitable ver que el origen de la idea (Hitler como creador de un pato de dibujos animados) proviene del gag final de Daffy-The Commando (Fritz Freleng, 1943), donde un Hitler rotoscopiado directamente de sus discursos es golpeado con un mazo en la cabeza por El Pato Lucas. No es que la idea de hibridar las vidas de Walt Disney y Adolf Hitler sea nueva, pero sí hay una subversión sobre el planteamiento de que los cortometrajes animados de la propaganda aliada hacían uso de la animación para hablar de la guerra mientras que este Hitler artista hace uso de la guerra para promover la animación. En ello subyace un especial interés del falso documental por el terreno de la fantasía (conspiraciones, Los Nibelungos, Mickey Mouse, Pinocho, Babar, Winnie the Pooh) y el uso interesado de esta, tratando de diferenciar que representa en sí dicha fantasía de como se interpreta por intereses particulares.

Tras leer algunas críticas que parecen creer que Plympton se ha vuelto un negacionista de la noche a la mañana y ha salido de ese armario antisemita grabando, editando y publicando un largometraje que puede verse de forma gratuita. Yo no veo la diferencia entre la manipulación de la historia que presenta Plympton y la que representa ver a Woody Allen compartiendo plano con Hitler en Zelig (Woody Allen, 1983). De hecho, me resulta muy difícil separarlo del uso de la iconografía nazi y los estereotipos racistas en el cine animado de Ralph Bakshi, que pretendía destruir a base de la apropiación. El largometraje no sólo dibuja a Hitler como un personaje digno de burla (contrastando las buenas intenciones que le presupone el narrador no fiable frente a las imágenes de archivo que se muestran) sino que pretende hibridarlo con el carácter más autárquico de la industria de la animación.

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Nada de esto significa que el largometraje no tenga motivos para la crítica: es un proyecto apresurado, barato y hecho con cierta torpeza, casi de espíritu de fanzine, apenas se explora en profundidad salvo algunas bromas un tanto obvias e infantiles y no hay apenas una estructura narrativa en la que apoyarse, con constantes disgresiones y una división arbitraria por capítulos. Pero sin duda, lo peor de todo, es la extraña inseguridad que el autor muestra por su propio proyecto: primero apareciendo él mismo en una entradilla innecesaria, para hablar de la “corrección política” actual (excusatio non petita) y, más tarde, por boca de Josh, el narrador, comparando el documental con Los Productores (Mel Brooks, 1967). El mayor crimen de Hitler’s Folly es presentarse a la defensiva, poniendo excusas en su historia de artista incomprendido para eludir sus verdaderos problemas: una verdadera ambición por un largometraje competente y sin tanta autoindulgencia.

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