La muerte en directo

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Cuando volvemos a las obras de ciencia ficción del pasado tendemos a dar por hecho que su objetivo era predecir un futuro. La verdad es que, casi siempre, la intención es representar los efectos sociales del presente en el que fueron creadas y, con ello, no solo acaban por dejar un inequívoco rastro de su contexto, sino que también mucho dice de si llegamos a escuchar las advertencias. Así, lo que entonces era una caricatura, una sátira, un esperpento, pronto se convierte en algo que hemos dado por hecho, no siempre en términos tan catastróficos pero ciertamente inquietantes. Cuando me asomo a películas como Starship Troopers (Paul Verhoeven, 1997), donde es imposible no reescribir su contenido en términos de la Segunda Guerra del Golfo, o El Show de Truman (Peter Weir, 1999), cuando la intimidad es una nueva moneda de cambio para aferrarse al estado de bienestar, no puedo evitar una sonrisa en como de obvios parecen ahora sus discursos. Incluso algo más próximo, como Hijo de los hombres (Alfonso Cuarón, 2006) nos devuelven a las imágenes de refugiados en Grecia o Calais ante un Reino Unido aislacionista y una Unión Europea sumida en su discordia.

La mort en direct o Death Watch (Bertrand Tavernier, 1980) tiene algo de ingenua hoy en día. Como muchas otras distopías parte de un lugar donde la sociedad parecía a punto de colapsar: el Glasgow de los años setenta cuyo amplio desempleo y bandas juveniles había convertido en un paisaje de ruinas, basura y desesperanza como bien muestra Ratcatcher (Lynne Ramsay, 1999). Por ejemplo, no hay nada de sutileza en apellidos de personajes como Mortenhoe o Graves ni en un único y fuera de lugar plano donde, de fondo, reconocemos las dos principales influencias de la película: El hombre con rayos X en los ojos (1963) y La máscara de la muerte roja (1964), dos de las mejores películas de Roger Corman. La pelicula está dedica a Jacques Tourneur, como guiño a las limitaciones de su cine fantástico o a su aventura escocesa, Círculo de peligro (1951).

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B asada en la novela de David G. Compton The Continuous Katherine Mortenhoe, Or The Unsleeping Eye, el argumento nos sitúa en la vida de Roddy (Harvey Keitel) que, tras un pasado traumático en la guerra, opta por convertirse en cyborg implantándose globos oculares en constante grabación y monotorizados por el productor de la cadena NTV (Harry Dean Stanton). El plan de la cadena es seguir a una mujer llamada Katherine (Romy Schneider) a quien se le comunica su pronta muerte en una época en la que ya nadie muere de forma natural y convertir sus últimos días en el gran evento televisivo de su época. Está claro que la pobre Schneider está condenada a esos papeles de objeto de deseo pigmaloniano y de obsesión por la imagen – para muestra: Lo importante es amar (Andrzej Zulawski, 1983) – que solo un poderoso y expresivo primer plano como el suyo pueden hacer creíble: es nuestro antojo de mirarla, incluso en su sufrimiento, lo que vertebra la idea de la imagen perversa, del morbo en el que incluso su personaje está a punto de caer cuando sopesa encontrar una televisión para descubrir que pasó con el programa.

A partir de esta premisa se dibuja una realidad algo chocante, empezando por los propios actores que a veces parecen desconectados o ausentes a lo que sucede a su entorno, con una extraña seguridad en sí mismos en especial en el personaje de Keitel o el pusilánime marido de Kate. Como distopía, no podía faltar un modo de justificar este comportamiento en un proceso de aclimatación a las injusticias de su contexto y hacen acto de presencia distintos tipos de drogas para el comportamiento que, junto con los implantes de Roddy y la obsesión por una humanidad conectada (aunque sea por señal UHF y no por Wifi), hacen de esta película un precedente claro del cyberpunk. Otros detalles aportan más información de este mundo: Kate es una “programadora de libros electrónicos” lo que aquí significa que no los escriba ella sino que debate con una máquina obsesionada con protagonistas hermosos y finales felices, una forma de señalar la evasión de los lectores pero también un enorme contraste con el morbo que genera su agonía, que aparece reiteradamente descrito como interesante por su carácter de “real” en un mundo sin dolor. Otros detalles, como profesores siendo sustituídos por máquinas o la expulsión de los desempleados y vagabundos lejos de las ciudades, no ensombrecen sino que elevan el relato principal.

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¿Tiene algo nuevo que decirnos la película a día de hoy? Bueno, antes que volver sobre la telerrealidad que nos ha acompañado los últimos veinte años, podemos empezar por como la figura del youtuber tiene por objeto esa atracción por lo “real”: no un presentador, no un guión, sino la (presunta) reacción espontánea y natural del interlocutor lo que llama el interés a sus seguidores. Roddy es la cámara humana en esta historia, pero un personaje muy interesante por sí mismo, temoroso de la oscuridad (o de la ausencia de estímulo) no duerme ni cierra los ojos porque le aterra perderse algo, lo que la sociedad de información ha desarrollado como el constante incentivo de la novedad, breve, perecedero, de consumo inmediato. Roddy graba todo lo que ve, pero nunca para verlo por segunda vez, para detenerse en lo que contempla y reflexionar, lo que le hace más máquina que hombre: una herramienta al servicio de una cadena sin escrúpulos, un hombre que ya no sueña.

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