Notas sobre “Consumidos”

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En 2014, el cineasta canadiense David Cronenberg publicó su primera novela. Es importante tener en cuenta que, en su juventud, Cronenberg trató de ser escritor sin mucho éxito antes de empezar una carrera en cine. Consumidos, la obra que nos ocupa, empezó a su vez como un guión de largometraje que ha completado el círculo transformándose en novela. La historia sigue las andanzas paralelas de una pareja: Naomi, que investiga el asesinato (y posterior digestión) de la filósofa francesa Celéstine a manor de su marido, también filósofo, Aristide Arosteguy y Nathan, que durante una entrevista a un cirujano húngaro contrae una enfermedad venérea ya erradicada y decide ponerse en contacto con el médico que la descubrió originalmente. Esta es la superficie: el resto incluye parejas que solo conviven a través de la pantalla para esporádicos encuentros físicos en hoteles, la cuestión de que significa ser realmente revolucionario (y sus consecuencias) y una posible conspiración internacional. Me ha parecido interesante unos apuntes rápidos que surgieron durante su lectura.

  • Me resulta difícil desconectarme de todas las menciones a aparatos electrónicos de grabación con la que Cronenberg siembra sus páginas. Modelos, software, accesorios de toda clase y, porqué no decirlo, gama especialmente alta que no es sólo una forma de destacar la preponderancia de la marca en la tecnología diaria (el siglo XX se ha empeñado en que nos olvidemos que no siempre fue así) sino una agobiante carrera contra la obsolescencia humana. Esto se hace más notable en un pasaje sobre la etapa aragonesa de MotoGP (!) donde el escritor y cineasta se plantea si los vehículos no son ya más precisos y exactos de lo que sus pilotos humanos son capaces de explotar. Todas las menciones a lentes ópticas y programas de edición son, inevitablemente, parte de un paisaje que reconozco demasiado bien.
  • Además de cierto lenguaje que apunta a especificaciones y acotaciones cinematográficas (zooms, encuadres concretos) dentro de la naturaleza voyeuristica de la historia, hay inevitables vínculos con su propio oficio. Un caricaturesco episodio durante la deliveración de un jurado en el Festival de Cannes retrotrae a su presidencia en dicho festival en 1999, durante la 52ava edición, donde fue premieda con la Palma de Oro Rosetta (Jean-Pierre & Luc Dardenne), Gran premio del jurado para L’humanité (Bruno Dumont) y el premio del jurado para La lettre (Manoel de Oliveira). Es pura especulación si el tenso ambiente de la deliveración en Consumidos refleja sus propias tensiones como presidente en aquella edición y la necesidad de buscar películas “de consenso” antes que premiar una obra que pudiese incomodar. Me decanto porque solo sea pura ficción desapasionada, pero habla muy bien de la diferencia entre la imagen que se proyecta en público y el fanatismo interno para defender películas que han calado a un nivel personal a un miembro del jurado, por encima de las consecuencias que suponga premiarla. No obstante Cronenberg conoce bien Cannes como paisaje ballardiano y no sería tan raro que lo percibiera en los mismos términos que su maestro, como un artificio decadentista.
  • En un momento de la novela se compara desnudar a una mujer con el “unboxing”, el acto definitivo de fetichismo del consumo: la anticipación ante la apertura del embalaje del objeto por encima del objeto en sí. La proliferación de vídeos de unboxing tiene su propia explicación materialista cuando el usuario, llevado ahora por la compra online, necesita una comprobación visual del estado en el que se encuentra un producto todavía intangible. Esa intangibilidad recorre toda la novela: un misterio que está lejos de quedar claro, una relación de pareja de la que solo somos testigos durante la distancia de ambos, la incapacidad para renunciar a impulsos animales.
  • Gran parte de la trama gira entorno a la falsificación de lo real a través de la tecnología digital. Toda la recopilación de datos del caso de canibalismo se queda en mera pantalla de humo cuando conocemos los pormenores, una historia de intimidad y tal vez conspiración política que ni los rumores ni la percepción de la pareja de filósofos llega a rozar. Podemos saber todos los escabrosos detalles sobre la muy liberal sexualidad de la pareja y  enumerar su colección de amantes pero eso no significa que los conozcamos en absoluto. La perversión sexual, parece querer decir el canadiense, está en nuestra percepción externa y es el conflicto entre nuestra propia forma de pensar y el proceso interior de quien es percibido como perverso.
  • Es inevitable que gran parte de la historia está inundada de amoralidad: infidelidades, búsqueda de lo morboso para el crecimiento personal, mirar al Otro como alguien totalmente ajeno y los consiguientes juicios de valor que solo enmarañan la historia. Sin embargo, el corazón del relato es la confesión del filósofo como una reivindicación de un amor verdadero y puro, de total aceptación de su pareja y de viaje en común donde ambos se van adaptando al otro por una felicidad común. Un amor anciano que no se presenta como ruina ni rutina, sino como la lenta pero inexorable hibridación de dos cuerpos en decaimiento, dos almas empeñadas en ser una sola con todas las fronteras (físicas, sociales, morales) en su contra. En realidad, Cronenberg parece más interesado en cuestionar hasta que punto cometeríamos un tabú por amor que en subvertir las bases que lo convierten en tabú.

Con suerte, esto anima a alguien a darle una oportunidad a una novela que explícitamente menciona La invasión divina de Philip K. Dick como uno de sus principales referentes ¿Merece la pena salvar a esta humanidad? ¿O es lo grotesco parte indispensable de lo que nos hace únicos?

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