La segunda lágrima

jesuisparis

En el trasfondo de toda fe, religiosa o política, está el primer capítulo del Génesis, del que se desprende que el mundo fue creado correctamente, que el ser es bueno y que, por lo tanto, es correcto multiplicarse. A esta fe la denominamos acuerdo categórico del ser.

Si hasta hace poco la palabra mierda se reemplazaba en los libros por puntos suspensivos, no era por motivos morales ¡No pretenderá usted afirmar que la mierda es inmoral! El desacuerdo con la mierda es metafísico. El momento de la defecación es una demostración cotidiana de lo inaceptable de la Creación. Una de dos: o la mierda es aceptable (¡y entonces no cerremos la puerta del váter!) o hemos sido creados de un modo inaceptable.

De eso se desprende que el ideal estético del acuerdo categórico del ser es un mundo en el que la mierda es negada y todos se comportan como si no existiese. Ese ideal estético se llama kitsch.

es una palabra alemana que nació a mediados del sentimental siglo XIX y se extendió después a todos los idiomas. Pero la frecuencia del uso dejó borroso su original sentido metafísico, es decir: el kitsch es la negación absoluta de la mierda; en sentido literal y figurado: el kitsch elimina de su punto de vista todo lo que en la existencia humana es esencialmente inaceptable.

(…)

Había visto las manifestaciones del Primero de Mayo en la época en que la gente aún estaba entusiasmada o aún fingía plenamente el entusiasmo. (…) cuando los manifestantes se acercaban a la tribuna, hasta las caras más aburridas se iluminaban con una sonrisa, como si quisiesen demostrar que se alegraban convenientemente, o, más exactamente, que estaban convenientemente de acuerdo. Y no se trataba de un mero acuerdo político con el comunismo, sino de un acuerdo con el ser en tanto que tal. La festividad del Primero de Mayo bebía de la profunda fuente del acuerdo categórico del ser. La consigna tácita, implícita, de la manifestación no era “¡viva el comunismo!”, sino “¡viva la vida!”. La fuerza y la astucia de la política comunista consistían en haberse apoderado de esta consigna. Era precisamente esta estúpida tautología la que atraía a la manifestación comunista incluso a aquellos que eran indiferentes a las tesis comunistas.

(…)

Allí donde habla el corazón es de mala educación que la razón contradiga. En el reino del kitsch impera la dictadura del corazón.

Por supuesto el sentimiento que despierta el kitsch debe poder ser compartido por una gran cantidad de gente. Por eso el kitsch no puede basarse en una situación inhabitual, sino en las imágenes básicas que deben grabarse en la memoria de la gente: la hija ingrata, el padre abandonado, los niños que corren por el césped, la patria traicionada, el recuerdo del primer amor.

El kitsch provoca dos lágrimas de emoción, una inmediatamente después de la otra. La primera lágrima dice: “¡qué hermoso, los niños corren por el césped!”.

la segunda lagrima dice: “¡qué hermoso es estar emocionado junto con toda la humanidad al ver a los niños corriendo por el césped!”.

Es la segunda lagrima lo que convierte al kitsch en kitsch. La hermandad de todos los hombres del mundo solo podrá edificarse sobre el kitsch.

(…)

Todo lo que perturba al kitsch queda excluido de la vida: cualquier manifestación de individualismo (porque toda diferenciación es un escupitajo en la cara de la sonriente fraternidad), cualquier duda (porque el que empieza dudando de pequeñeces termina dudando de la vida como tal), la ironía (porque en el reino del kitsch hay que tomárselo todo en serio) y hasta la madre que abandona a su familia o el hombre que prefiere a los hombres y no a las mujeres y pone así en peligro la consigna sagrada “amaos y multiplicaos”.

(…)

En el momento en el que el kitsch es reconocido como mentira, se encuentro en un contexto de no-kitsch. Pierde su autoritario poder y se vuelve enternecedor, como cualquier debilidad humana. Porque ninguno de nosotros es un superhombre como para poder escapar por completo al kitsch. Por más que lo despreciemos, el kitsch forma parte del sino del hombre.

– Milan Kundera. La insoportable levedad del ser.

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