Pinturas vivas

Edvard_Munch

Imaginaos entrar en una batalla de los levantamientos jacobitas  o en La Comuna de París con una cámara y un micrófono. O adelantarse al peor de los presagios y contemplar, como reporteros, las consecuencias de la radiación nuclear en Reino Unido. La viveza de hechos que nos parecen ajenos, la ruptura de la idea de que estamos solo ante una ficción recreada, es parte de lo que hace tan estimulante la filmografía de Peter Watkins.

El 12 de septiembre de 2013 me encontraba en Oslo, en la Nasjonalgalleriet, bastante abrumado por la angustia que las pinturas de Edvard Munch iban revelando poco a poco: la luz de los atardeceres proyectados como líneas sobre el mar, las ondas que forma el agua alrededor de las rocas, las perspectivas que cortan el cuadro, el uso de un fuerte color rojo. Sala a sala, el museo desvelaba a un pintor que iba simplificando los detalles de los rostros y acudía a colores cada vez más primarios. Era testigo de una secuencia de imágenes, de pinturas, que poco distinguían entre lo que se retrataba y la vida del artista, pero también un retrato interior cada vez más apesadumbrado, y, sin embargo, muy universal.

Munch_Det_Syke_Barn_1885-86

Lo que hace interesante esta propuesta televisiva de Watkins (tres horas y media muy fáciles de ver) es su condición de Friso de la Vida del autor retratado. Munch creía que exponer sus cuadros bajo un orden concreto revelaba una verdad mayor sobre la existencia y sobre el contenido de su obra, así que Watkins desordena hechos, vuelve sobre ellos o incide en pasajes paralelos con la intención de hacer los límites de su estampa lo más amplios posibles. El resultado es una película febril, donde actores amateurs miran a cámara con honestidad y algo de pudor en sus miradas, interrogantes hacia el espectador como el “Desayuno sobre la hierba” de Monet (1863) o “Muerte en la habitación” (1895) del propio Munch.

La narración se articula como un libre fluir de pensamientos donde cada imagen lleva a otra y, en ocasiones, el ambiente sonoro de una escena se solapa con el de otra, así el sufrimiento de Munch mientras termina un cuadro está acompañado de los aplausos a las diatribas de Hans Jaeger de las cervecerías de Kristiania en una yuxtaposición irónica. Más que un recurso freudiano (a lo que está claro que se presta: imágenes de las reprimendas de su padre violento justo antes de que cometa adulterio, los cuerpos núbiles de sus hermanas bañándose en una tina en comparación a a la dimensión y desafío del lienzo en blanco)  es una transposición de conceptos, enfermedad y erotismo caminando de la mano.

The_sick_Child

Es interesante destacar que las recreaciones de la vida del pintor noruego no sean imitaciones exactas de sus cuadros: su hermana Sophie, que inspiraría el cuadro “La niña enferma” (1885-1886), aparece ataviada de blanco antes de teñir su camisón con su sangre, pero el famoso cuadro recrea una solemne serenidad de la muchacha, en ropas oscuras. Importa más lo que el cuadro transmite a lo que representa, y ese es el papel que dicho cuadro tiene en la obra de Munch: una ruptura con el Impresionismo, que buscaba la luz del momento frente a los post-impresionistas, más interesados en una visión subjetiva del mundo. La mancha de sangre sobre blanco sí aparece en la obra de Munch, en su cuadro “Primavera” (1888), nueva interpretación, más figurativa y a gusto del público, de “La niña enferma”.

Edvard_Munch_-_Spring_(1889)mancha_de_sangre

A lo largo de esta biografía y ensayo, Watkins intercala planos de diversas actuaciones y representaciones frente al estilo documental: malabaristas, coristas, forzudos, mítines. Es consciente de la danza de planos que le sirven de puntuación, también del constante regreso del pasado que atrapa a Munch en la vida adulta. Declaraciones a cámara que se confunden entre planos voyeur, miradas esquivas de niños actores a los que no les han dado indicaciones, incómodos en habitaciones cargadas por el peso de la muerte.

El 15 de septiembre de 2013 abandonaba Noruega con una pequeña cámara compacta. La cámara había sido intercambiada entre otros miembros de un albergue, forasteros todos, a los que se les propuso grabar los planos que mejor les describían la ciudad de Oslo. Aunque no pude acompañarlo de más voces de narración, el resultado, espontáneo y modesto, fue el cortometraje A meadow consecrated to the gods, que se ha pasado por Colombia, Argentina Chile, México, Serbia y las islas Azores, en un recorrido por festivales que ni me podía imaginar. Tres minutos de imágenes (de pobre resolución) en un día en Oslo, nada más. Y entre ellas, se coló un lugar especial: las cabinas de la Nasjonalgalleriet.

A meadow consecrated to the gods – English Subtitles from Henrique Lage on Vimeo.

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