Debate o polarización

RogerEbert

Conocí la figura de Roger Ebert a través de su famosa crítica de Terciopelo Azul, donde calificaba de inmoral el trato que Lynch le había reservado a Isabella Rossellini. No me cayó bien, para que engañarnos. Su fama a través de Siskel & Ebert y el sistema de crítica basado en una polarización entre si la película recibía “pulgares arriba” o “pulgares abajo” caracterizaron el marketing cinematográfico en Hollywood durante una buena década, cuando la opinión auctoritas de los críticos todavía era un gran reclamo en la publicidad.

Life Itself (Steve James, 2014) pretende ser la película que reclame el legado del único crítico cinematográfico en ganar el premio Pulitzer. Para ello, desgrana su don de gentes, su estilo directo, informativo y sencillo, así como los nombres de aquellos autores que fueron beneficiados por la atención que les prestó: un lloroso Martin Scorsese, un incrédulo Errol Morris que probablemente no habría tenido carrera sin la constante promoción de Gates of Heaven en televisión o la más reciente Ava DuVernay.

No es, tal vez, el mejor documento para adentrarse en su influencia, dado que el peso dramático de sus operaciones de cáncer, su matrimonio en dichas circunstancias y su fallecimiento antes de concluir el rodaje se apoderan del metraje con menor fortuna que, digamos, E Agora? Lembra-me (Joaquim Pinto, 2013). Por ello se pasa de puntillas por la irrupción de Pauline Kael, su polémica sobre la banalización de la crítica (ya con tintes apocalípticos en ¡1990!) con Richard Corliss o con entrevistados menos laudatorios como Jonathan Rosenbaum. 

Herzog sobre porqué dedicó ‘Encounters at the end of the world’ a Ebert.

Hay todavía mucho por explorar en torno a la responsabilidad de la divulgación. Cuando Ebert se muestra reticente a acortar las frases del guión para el programa lo hace con alarde de ego, pero también parece querer resaltar que, el formato televisivo, coarta y simplifica lo que él considera más valioso de la crítica de cine: el debate. Y esto es muy interesante, como Ebert especial énfasis ,en un momento de archivo del documental, como mucha gente acepta la autoridad del erudito en muchos ámbitos de su vida, pero todo el mundo está abierto a disentir de una crítica de cine. Todo el mundo se siente capacitado para expresar que transmite una película porque todos viven esa experiencia, informados o no.

Ebert adoptó el blog como medio para seguir compartiendo sus pensamientos, estaba depositando su confianza en ese debate público del cine. Un “populista” por convicción, como se le define durante el documental. Su blog le permitió expresarse con la comodidad que la fama televisiva y su rol público no permitían, y hablar con más matices para todos, o volver sobre obras y autores a los que consideraba, no había juzgado con propiedad. Me gusta esta cita:

I’ve had a problem with Kiarostami, but I eagerly await his next one, just as I awaited David Lynch’s work in years when I wasn’t responding to it. There’s no doubt in my mind Kiarostami is a serious artist with a fierce dedication, and whether he connects with me is not his problem, it’s mine. A director who creates outside crass, dumbed-down channels is a human resource.

The best film here this year will quite likely be by a director I’m unfamiliar with. That’ll be all the better. (link)

También quiero destacar su respuesta a la enorme repercusión de su artículo negando que los videojuegos fueran un arte. Reconoce su propio error al juzgar sin mayor conocimiento, aunque sigue manteniendo firme su postura, también afirma que hay limitaciones propias que provocan que los videojuegos no sean para él, la misma experiencia que tienen jugadores más jóvenes.

Sigo disintiendo en muchos aspectos con el trabajo de Ebert. Pero no creo que el papel de un crítico deba ser en base a cuantas veces “acertó” o cuantas veces compartimos opinión y perspectiva. Mi posición actual con el cine tiene más que ver con que puede aportarme una película que en tratar de enjuiciarla bajo criterios variables. Creo que a veces el rol del crítico puede reducirse a estimular a quien le escucha transmitir esa misma pasión por el cine, y disentir con alguien no tiene porqué ser una cuestión de “tener la razón” sino de ofrecer múltiples ángulos a un mismo trabajo. En sus últimos años, Ebert abrazó internet no como la muerte del crítico cinematográfico, enterrado bajo la agresividad de tumultos profanos, sino como un renacer de ese debate público, del interés por usar el cine como excusa para expresarse, aún cuando sigue habiendo que separar entre la voz instruida y la boutade. Una tarea de filtro que ya no corresponde a la autoridad que otorgaba la columna en el periódico, sino que queda a nuestro propio discernimiento.

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