Maquinaria engrasada

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Tendemos a hablar demasiado del cine en términos industriales, a veces tan preocupados de la cifra de taquilla del primer fin de semana que olvidamos que las películas suelen tener más fuentes de distribución y de beneficios, o que muchas de las películas que hoy nos parecen incontestables incumplieron esas mismas perspectivas comerciales a las que parece que supeditemos todo. Si hay que hablar de “economía” en cine, deberíamos tomar la visión de Thoreau al respecto, partir de que lo estrictamente necesario es suficiente y de que solo es más libre el que menos recursos precisa de consumir.

Un ejemplo de película con problemas económicos [1] es Brazil (Terry Gilliam, 1985). Un circo de tres pistas, adaptación nada disimulada de 1984, película de detectives y sobredosis de simbolismo, complejo de Edipo incluido. Sin embargo, aunque la estética de la película sobrecoge demasiado en un primer visionado para atrapar todos los detalles, es una película de un ritmo y un constante bombardeo de ideas narrativas nada sencillas. Muchos detalles y gags pasan de largo, pero sobre todo dedica gran parte de su metraje a presentarnos un mundo, lleno de elementos, personajes y cachivaches, que juegan un papel sustancial en la montaña rusa emocional del último tercio de película.

Pongamos un ejemplo de como Gilliam aprovecha sus recursos: Sam Lowry se encamina a una fiesta de alta sociedad para encontrarse con su madre. El plano, muy propio del cine negro, muestra este cenital del hueco de una escaleras vertiginosas, una espiral. En la planta baja, la puerta se abre de forma ominosa y la luz irrumpe.

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No tarda en entrar caminando una figura, sombrero Trilby y abrigo largo, cuya sombra se proyecta afilada como la manecilla de un reloj. La cámara parece seguir su entrada y panea verticalmente…

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…pero con tal rapidez que la figura que llama nuestra atención se queda fuera del plano. En su lugar, nuestra atención se centra en esta otra figura, ya en el piso superior y de idéntico porte. Es Sam, agotado y confuso. No llegamos a saber nada más del primer personaje, pero en un sencillo movimiento hemos descrito la tortuosa subida de escaleras, el infausto  trayecto que obliga a Sam a recurrir a los contactos de su madre y jugar a su juego cuando él sólo busca refugiarse en el anonimato y dejar atrás una sociedad malsana. Sam debe salir de su ratonera para presentarse a esta “clase alta” que, probablemente, jamás ha necesitado subir esas escaleras. Economía narrativa.

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Un detalle que pasa desapercibido. En dicha fiesta Sam se encuentra con la principal figura de autoridad de la película: Mr. Helpmann.  Hay unas cuantas insinuaciones a la estrecha relación de Helpmann con el padre de Sam, Jeremiah Lowry, así como a la, al parecer, aún más estrecha relación con su madre, de la que más tarde vemos que conserva una fotografía en su despacho. Pero lo significativo de este personaje es su minusvalía que le confina a una silla de ruedas. Obviamente, de todos los personajes es el que menos posibilidades tiene de haber tomado esas escaleras.

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[1] Si ya es interesante que algunas películas terminen culturalmente vinculadas a los documentales de su rodaje  – Apocalypse Now! (1979) /Hearts of Darkness: A Filmmaker’s Apocalypse (1991), Fitzcarraldo (1982) /Burden of Dreams (1982) – el caso de Gilliam es muy especial: aparte de The Battle of Brazil: A Video History (1996), que aquí nos ocupa, tenemos The Hamster Factor and Other Tales of Twelve Monkeys (1996) y, por supuesto, Lost in La Mancha (2002). 

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