El ocaso de una diosa egipcia

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Uno de los elementos que más me llamó la atención de la última película de Jim Jarmusch es como, a través de sus vampíricos personajes, expresa la idea de un arte compartido, de una obra que se filtra tanto un pub de Detroit como en un bar de Tánger y, que según esta ficción, pertenecerían a un mismo autor, lanzando sus semillas al aire, a ver cuales, dónde y cómo prosperan. Esto viene especialmente señalado en el personaje de Christopher Marlowe como genio a la sombra de Shakespeare, o en declaraciones como la de Adam cuando admite que alguien es demasiado talentoso como para ser famoso.

No voy a negar que dentro hay, quizás, una idea un tanto elitista: los ‘genios’ como una sociedad oculta al mundo, olvidados y escurridizos, queriendo huir de un estrato social que denominan “zombies” y que viene a ejemplificar un ansia autodestructiva tanto en la decadencia de la ciudad de Detroit como el personaje Ava, interpretado por Mia Wasikowska. El talento reclusivo, el talento que solo conocen de primera mano unos pocos ‘privilegiados’ que se mantienen rodeados de nostalgia.

Toda esta actitud tiene su compensación en el personaje de Eve, consumidora compulsiva de literatura, mujer vital y alegre frente el ennui de su amado. Su aproximación a la cultura se basa en un grado de intimidad, de disfrute donde el fetiche de guardar decenas de libros en sus maletas alcanza un grado de fetichismo, casi un gesto de extravagancia en tiempos de libros electrónicos. ¿Quién necesita cargar una maleta con ejemplares del tamaño de La broma infinita si no es por una necesidad casi física? Pero al menos ese aprecio por el trabajo ajeno y por la diversidad (de estilos, de épocas, de idiomas) da una imagen más Para Umberto Eco, Adam sería un apocalíptico, experimentando pero molesto ante lo que no represente la Alta Cultura que él mismo personifica*, mientras que Eve sería una tímida integrada.

Lo llamativo del asunto es que si Adam representa al artista influyente, a la figura en las sombras que, como muso, inspira los movimientos que impulsan la cultura, parece notable que Jarmusch vincula estos ciclos a su estado de ánimo. Si nuestra cultura estuviese definida por vampiros en las sombras y fuesen ellos los que decidieran modas y vanguardias, ¿se parecería en algo a la cultura que hoy conocemos?

La hipótesis de Sejmet (o Sekhmet) toma su nombre de la diosa egipcia de la guerra, una cabeza de leona coronada por un disco solar. Sejmet representa una fuerza destructora protovampírica, capaz de arrancar la piel a los hombres y beber su sangre en defensa de su padre y rey, el dios . Dicha teoría fue planteada en 1995, en un libro homónimo, por Iain Spence, tratando de vincular los arquetipos de los movimientos culturales con los once ciclos solares. Spence acabaría admitiendo la ausencia de una base científica para ello, pero eso no significa que le teoría no haya servido para ofrecer interesantes puntos de vista, compartidos por gente como Robert Anton Winston o Grant Morrison.

La idea que subyace en el trabajo de Spence, independientemente de su vinculación con el Sol, es la de cada nueva cultura como reacción a la anterior, así, la oposición al hippie y su mensaje humanista generaría el nihilismo punk. No es difícil ver contraejemplos y entender que entre baby boomers también había actitudes individualistas y no pocos movimientos colectivos y esperanzadores en la Generación X.  La idea de poder predecir la cultura a partir de esta hipótesis es difícil de sostener ya de por sí, pero si además asumimos que esos ciclos ya no se corresponden con la exactitud de las décadas – y basta comparar tendencias entre principios y finales de los 90 -, las tribus urbanas se extienden, mutan y combinan y la cibercultura es un collage en constante reciprocidad, queda entonces totalmente descartada.

Eso no implica que no sea divertido, dentro del juego que ofrece Solo los amantes sobreviven, imaginar las distintas etapas que llevarían a Adam del beatnik, al hippie, al punk o al grunge. Para Jarmusch, estas actitudes no son tanto frutos de los ciclos solares – irónico en su condición vampírica – como de una percepción anímica del mundo: la desesperación ( o ese “hambre” por cultura con la que sacar los colmillos) obliga a tomar acciones, los genios ocultos (Marlowe, Tesla) no quedan con tanta frecuencia en el anonimato (y menos hoy en día), y,  como se sugiere al final, siempre habrá otra generación deseosa de expresarse, de explorar y conocer, por muy larga que sea la noche.

[*] No sólo en esta película, el mito del vampiro tiene una vinculación muy directa con el refinamiento y la nobleza, en otras palabras, con ella Cultura que se considera canónica y unánime y que sirve para diferenciar a la persona erudita de los “zombies”, consumidores que presuntamente solo engullirían una cultura inmediata y perecedera como solución impulsiva. Por seguir con la metáfora, la diferencia entre la sangre de la latente yugular en el cuello de una doncella y la de un charco de una rata aplastada.

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