Long Live The Queen: Salud y República

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Ahora que estamos tan invadidos por la pompa monárquica y tanto se ha comentando sobre la preparación y adecuación de los vástagos reales -y no porque haya estado recientemente a una oferta escandalosa en Steam, ejem- cae en mis manos el juego de Hanako Games Long Live the Queen.

Elodie tiene 14 años, su madre acaba de morir y su padre -que por alguna razón ya está a su entero orden y mando- pronto abdicará en ella. Por si fuese poco, practicantes de una magia arcana viven entre sus cortesanos. Elodie no está muy animada, así que esta semana estudiará música y danza. A la semana siguiente, un súbdito descontento le clava una espada. Vuelta a empezar. Esta vez la princesa practicará sus reflejos y su manejo de las armas. Tal vez practique algo de esa magia oscura, solo para poder defenderse. La magia es más de la que puede controlar y su joven cuerpo se hace cenizas. Así es como queda claro lo que Long Live the Queen está proponiendo.

Previamente, hay que salvar el prejuicio de un estilo gráfico que se asocia a las visual novels orientadas a un público femenino, donde la infanta protagonista se ve rodeada de pretendientes masculinos de rasgos suaves y mejores modales. Por suerte, el objetivo principal del juego no es tanto encontrar un marido guapo como gestionar la formación y actividades de la princesa con el único propósito de sobrevivir hasta la coronación, tarea nada sencilla. El hecho de haberlo conseguido por Steam ya asegura que, si bien es posible mover los hilos de algún romance, el contenido sexual es inexistente. No así un buen puñado de muertes desagradables.

No se trata solo de estar preparada para los eventos que nos sorprenden, sino de además equilibrar aquellos estados de ánimo que minimizan nuestro rendimiento. Un ejemplo: Elodie sabe que tiene una cita importante con un noble en conflicto con otra casa, así que estudia la historia de su imperio y las relaciones internas. Pero Elodie está realmente deprimida y sus estadísticas en este campo suben muy levemente. Cuando la entrevista se produce, el jugador tiene menos opciones de diálogo para proponer soluciones. Para ello contamos con los fines de semana donde la princesa puede realizar varias actividades, algunas subirán su ánimo pero le harán sentir más sola, otras le harán estar enfadada pero voluntariosa. Otros eventos inesperados -al menos en las primeras partidas, ya que pronto es deducible un patrón- obligan a repentinos cambios de humor, pero no siempre es necesario un equilibrio. Algunas de sus materias de estudio dan mejor rendimiento cuando un estado de ánimo se impone al resto: nada mejor que un buen cabreo como aliciente en clases de estrategia militar.

Además de esta gestión de nuestro tiempo, varias tramas se desarrollan: familias nobles deseosas de vernos caer o que se matan entre ellas, la misteriosa muerte de la reina anterior y las prácticas de magia que necesitan de una joya que no está presente desde el comienzo. Esto último, un componente de empoderamiento al estilo magical girl. Precedentes como la saga Princess Maker ya marcaban estos caminos, pero con una mayor diversidad de oficio y un siniestro componente erótico incestuoso para el jugador completista. Sin embargo, estos juegos permitía algunas escapadas de nuestra “hija”, simulando un JRPG algo limitado. En Long Live the Queen pronto se echa en falta algo de margen en temas que solo son apuntados en breves opciones de diálogo, como impuestos (para evitar que el pueblo se subleve) manejo de tropas en batallas o juicios algo más complejos. También, a diferencia de la saga de Gainax, la duración es algo breve, apenas 40 turnos, y un tanto saturada de eventos en tan poco tiempo. Además, pese a que todo en el juego pide ser rejugable para explorar otras rutas o simplemente para sobrevivir hasta el final (¡no tan fácil como parece!), es fácil recordar el orden de los eventos y prevenirlos con antelación hasta que termina por convertirse en un ejercicio y cálculo de patrones predefinidos.

Hay dos conclusiones a las que me ha llevado el juego: la primera es que imposible invertir en todo aquello que resulta atractivo y beneficioso al mismo tiempo. Mientras estoy formando a mi futura reina como líder militar no hay tiempo para adquirir los conocimientos médicos que harían la propuesta de un hospital más atractiva. El resultado se salda con tropas de prisioneros indultados preparados para una eventual guerra civil y un aumento de las bajas por los heridos que no han tenido asistencia médica. En ese exceso de responsabilidades, uno tiende a elegir las más básicas, las de pura supervivencia, convirtiendo el Estado de Bienestar en algo prescindible, sobre todo cuando no afecta a tu suntuoso castillo.

La otra conclusión es incluso peor. Ante un puesto tan goloso como reina de un imperio siempre hay una caterva de ambiciosos nobles dispuestos a sacrificar cualquier moral por ser cabeza del Estado. Es por ello que la única salida elegante de este juego de tronos es, sencillamente, renunciar a jugar. O secuestrar a tus enemigos, encarcelarlos, desollarlos vivos y exhibirlos públicamente para que una imagen de puro dolor se grabe a fuego en las retinas de sus hijos. A vuestra elección.

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