Ouya: Apostar por lo indie

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Nos encantan las guerras de consolas. Es tanto el furor que generan que hoy por hoy podemos comentar las presentaciones del E3 como quien sigue los play-offs de la NBA. Esa competitividad tiene sus raíces en el hiperconsumo que, tal y como lo definió Gilles Lipovetsky, se trata de un impulso narcisista y emocional donde generamos vínculos alrededor de un producto de consumo. La elección de consola, determinada en el pasado por cuestiones económicas o geográficas, era una forma de, en la infancia y adolescencia, determinar una identidad al crear un nexo con una comunidad concreta. Pero hoy en día muchos de esos condicionantes han desaparecido y, sin embargo, la rivalidad más en alza que nunca. Por un lado, hemos sustituido el lenguaje agresivo y competitivo del pasado por otro método de identificación: la ideología como elemento diferenciador entre consolas.

El pasado E3 estuvo marcado por la polémica presentación que Microsoft realizó de su nueva consola, la Xbox One, que planteaba una concesión a las exigencias de distribuidoras y grandes compañías, esto es, un mayor control del tráfico de consumo y la necesidad de centralizar el ocio, ignorando cualquier alternativa de comercio. La segunda mano, la disponibilidad de jugar individualmente sin tener que estar conectado a la red y, en general, la sensación de que nos estaban ofreciendo un trato injusto, donde al consumidor, cada vez más social, activo y creativo, se le pide que se ciña a dar vueltas en la ruedecilla de su jaula. Todo el rechazo que generó, así como la ágil respuesta de Sony en su promoción de PS4, se postulan como ideología: el consumidor se ve desprotegido y, mediante la unión, genera la fuerza suficiente para que las grandes compañías se replanteen quien manda realmente aquí.

En ese camino por la ideología tenían que surgir iniciativas como Ouya. Su campaña decrowdfunding despertó la simpatía de más de 63,000 usuarios hasta recaudar la sorprendente cifra de 8.596.474 dólares. Como en las campañas electorales, Ouya vino prometiendo lo que el usuario quiere oir: cambio, sencillez y libertad. Pero, al igual que en política, las promesas sólo perduran cuando se convierten en obligación, y prometer demasiado puede ser contraproducente.

A título personal, la adquisición de una Ouya (Backer edition) era una cuestión de elegir el modelo en el que más confío para esta industria: uno que pasa por la creación de una comunidad con la habilidad para generar obras que respondan unas a otras, que hablen sobre nuestro ocio y nuestra capacidad de comunicación. En definitiva, un modelo que no pase por elementos superficiales como la potencia gráfica o por juegos hiperconsumistas. La llegada del mercado indie y de dispositivos móviles hizo que la pequeña consola de Android sonase como el tamborilero marcando el ritmo.

Pero lo que más claro tenía es que se trataba de una apuesta. Y todas las apuestas tienen riesgos.

Nada más desempaquetar, se entiende que esa sensación de comunidad, con el agradecimiento que aparece en el interior de la caja, es parte de la imagen de marca de la consola. Es lo que quieren potenciar, recordándonos, con algo de timidez, que no estamos ante una compañía gigante ni ante años de investigación, por mucho que su cifra de recaudación haya sido una de las noticias más comentadas de los últimos meses. Es una consola pequeña y manejable, pero que pronto parece tan precaria como uno cabría imaginar. La peor sensación se la lleva el mando: nunca parece del todo bien ensamblado ni resistente, y durante el juego he experimentado un par de momentos donde algún botón se ha atascado o un joystick insistía en avanzar constantemente en una única dirección. Esos momentos no se han vuelto a repetir en posteriores usos, pero el miedo a que se produzcan otra vez ha marcado mucho la manera en la que me enfrento a esta consola. Tampoco ayuda que el sistema de baterías, mediante pilas, se cambie quitando la carcasa del mando de un modo que parece a la vez poco estético y muy peligroso para el aparato. Por suerte, el mando es intercambiable con uno de Xbox 360 o de PS3, aunque cada vez que he apagado la consola, esta ha “olvidado” para la siguiente vez sincronizar automáticamente el nuevo mando. La pantalla táctil, demasiado incómoda y pequeña, responde con dificultad, pero no sabría decir aquí cuánto hay de mi propia torpeza en ello.

Una vez encendida la consola, lo primero es adquirir una cuenta y vincularla a la tarjeta de crédito, lo cual no creo que sea una buena imagen de presentación para mucha gente, pero a estas alturas ya tendríamos que tener asumido que al menos algún gasto hay que hacer y no demonizar cualquier transacción, que más nos hemos gastado en Steam y sin quejarnos. Los menús son algo menos flexibles y ostentosos que a los que estamos acostumbrados en consolas «mayores», empezando por la falta de detalles o de efectos de sonido que llenen la experiencia de navegación, pero lo cierto es que esa limpieza visual contribuye un poco al espíritu de la consola y potencia, desde el inicio, el papel del usuario como nuevo autor a través de una sección llamada Create que, de forma decepcionante, no tiene herramientas en sí sino que sirve de plataforma para cargar juegos ya programados en otros sistemas. No está exento de problemas: mi consola ha llegado a referirse a sí misma como «teléfono» (sic) cuando le pedía que se apagara (algo que se ha solucionado en posteriores actualizaciones) y navegar por la secciónDiscover no es una experiencia cómoda y pulcra para enseñar un catálogo.

Porque es en la oferta, ahora mismo, donde está el mayor punto débil de Ouya: muchos de los juegos no se adaptan como deberían al formato y manejo de la consola. Incluso cuando los controles se ajustan lo suficiente, da la sensación de que ciertas mecánicas no están pensadas en ningún caso para jugarse con mando y pantalla en el salón. Un ejemplo sencillo es la sensación de que al mando le sobran botones, pues raro es el juego en el que llegas a usar la mitad de ellos, limitados como están por las pantallas táctiles de smartphones.

Dicha oferta no se presenta ni muy diversa ni muy excitante. Los juegos se dividen entre lo amateur, lo limitado por la potencia de la máquina y alguna rareza indie. ¿Quizás lo que más se eche en falta es la sensación de exclusividad? Esa imagen que las consolas «mayores» han fomentado con productos que o bien son exclusivos para su consola o bien no saldrán en otros formatos hasta pasado un tiempo prudencial… Ouya no tiene un gran título con el que arrancar, ninguna franquicia que vaya a marcar su pauta, pero sobre todo no tiene un motivo por el que no debería jugar a estos mismos juegos en mi teléfono móvil. Y esto es la libertad y el precio a pagar: cuando el mercado ya no se rige por un mandato unidireccional y descendente, cuando una plataforma se abre a la horizontalidad de usuarios y creadores conviviendo, todo aparece mucho más caótico, más confuso, más desesperanzador.

Son los emuladores lo que más vida le da a la consola, donde el mando sí parece ajustarse a lo que se pide de él. Es entonces cuando, acumuladas las roms que te permiten unificar varias consolas en una, puedes ver el verdadero potencial de la consola, especialmente cuando desfilan ante tí esos juegos clásicos adaptados como un guante. Y te hace plantearte lo que sería que la gente que creció con esos juegos desarrollase para Ouya en un sincretismo de distintas mecánicas heredadas de otras generaciones y consolas.

Dentro de los títulos que he podido probar hasta la fecha, destacan unos cuantos que realmente me incitan a ser optimista o que al menos merecerían más espacio para detenerse en sus virtudes: Towerfall, Nimble Quest, Canabalt HD, Organ Trail: Director´s Cut, Super Crate Box, Legends of Yore, Sine Mora, Don’t look back, Gaurodan,Kung Fu Fight!… incluso dentro de su sencillez, de aprovecharse más de mecánicas únicas o de no pasar de simples curiosidades (Quiet, Please!, Air Pressure, The Amazing Frog?) hay base para que, desde aquí, surjan nuevos horizontes.

Entiendo la decepción que, para muchos, ha supuesto Ouya, pero permitidme explicar por qué no lo veo del mismo modo: porque lo que venía buscando está, tímidamente, donde esperaba. Cuando planteo que Ouya es una apuesta no quiere decir que sea MI apuesta, pues la inversión realizada es relativamente baja. Cuando digo que es una apuesta me refiero a que lo es entre todos nosotros, jugadores e industria: pedimos libertad, nos la han concedido, y al salir de esa cueva llena de sombras nos han molestado los primeros rayos de luz. Ouya es una consola que se basa en el potencial que nosotros, dentro de sus límites, queramos darle. Y si uno se pasea con frecuencia por lugares como Kongregate, Newgrounds, IndieDB o el Ludum Dare, comunidades de creación de juegos, no resulta raro encontrar auténticas genialidades que nada tienen que envidiar a otros modelos de juegos. Mientras que otras consolas prefieren competir entre ellas y fomentar la actitud de hinchada, Ouya quiere que todos trabajemos en común. Al principio, puede parecer una oscura mina, pero dependerá de nosotros excavar lo suficiente como para hallar la veta de diamantes con la que soñamos. Y, con esa ideología, terminar con las guerras (de consolas) y dejarnos llevar por La Gran Ilusión.

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