Ver las estrellas

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Vamos a jugar un poco. Imaginemos unos humanos primitivos que, en la oscuridad de la noche, ven centellear miles de luces sobre sus cabezas, los latidos lejanos de estrellas en la otra punta del Universo. Imaginemos como ante esa belleza y misterio, se encuentran con algo que sobrepasa totalmente su entendimiento. Algo que, figurada y literalmente, se sitúa por encima de ellos, es lejano e inalcanzable, pero al mismo tiempo nos llega un reflejo de su luz. Imaginemos que a ese sentimiento lo llamamos “Dios”. No es mi objetivo empezar un debate teológico, pero todo ese simbolismo de la cúpula celeste está muy presente en la cultura. Está un ejemplo que me gusta recordar: las kipá judías como símbolo (también en su interpretación literal) de la presencia de Dios sobre nuestra cabezas. No dentro de nosotros, no bajo la tierra, no en otro lugar… siempre sobre nosotros. De ahí nacen los dioses solares, pues el Sol no deja de ser el astro más próximo y llamativo, y los dioses lunares. Asumimos ese elemento direccional, esa verticalidad como representación jerárquica: estamos nosotros, aquí abajo, y por encima, algo más.

La historia que rodea al manga Hajime no Ippo es curiosa: su autor, George “Jōji” Morikawa, empezó su andadura en 1989, narrando las aventuras de un joven japonés que, víctima de acoso escolar, acaba descubriendo el mundo del boxeo profesional y empieza una dura, larga y sufrida carrera por convertirse en un boxeador de nivel. Morikawa basó a su protagonista, Ippo, en el entonces pujante Mike Tyson, al que el autor japonés vió ser derrotado por primera vez el 2 de noviembre de 1990, en el enfrentamiento contra James Douglas que se celebró en Tokio. Morikawa es, además de aficionado, manager de boxeo en Japón, así que su interés por el deporte no es meramente estético, ni tampoco una simple metáfora de, ay, “los golpes que da la vida”, algo tan susceptible de usar en el audiovisual que cuesta encontrar películas de boxeo que no se refugien en esa métafora. El boxeo no es la excusa para contar la historia de Ippo, ese crío inocente y optimista que empieza a entender los claroscuros y ambigüedades presentes en cada miembro de su gremio. El boxeo es, en esta historia, el verdadero protagonista: movimientos estratégicos, análisis profesional y al detalle, sin esconder su parte más miserable.

Es inevitable que la serie no acuse cierto manierismo, cuando no directamente un tono de caricatura, para resultar más atractivo a audiencias más amplias. No es un documental, vaya, y muchos de los golpes y estilos de boxeo enumerados, si bien existen como tales, son exagerados en su puesta en escena, con los inevitables recursos dramáticos del manga de deportes. Pero jactándose de ello y haciendo mucho hincapié en la bonhomía de su historia, lo cierto es que, para mi, es una serie de gran valor y con mucho interés narrativo.

La sociedad ha aceptado – no me atrevo a especular cómo – dos miedos con respecto al uso de símbolos en la ficción: el primero es un miedo al uso en sí, a ser calificado de “pedante” o “pretencioso” cuando se busca indicar que el relato que se narra no es solo el relato que se muestra; el otro miedo es a la sobreinterpretación: miren, yo parto de que una ficción es “brillante como la purpurina” de su autor, que la obra en sí genera muchos significados – tantos como receptores, al menos – que escapan a la intención inicial, y que esos significados están “ahí”, como respuestas o reacciones a la obra, así que conviene no acobardarse y explicar con serenidad que es lo que cada uno “ve”, porque ayuda mucho a entender y conocer otros puntos de vista y eso no puede ser en ningún caso negativo.

Si partimos de la serie de anime que adapta Hajime no Ippo podemos tener una buena cuenta de como, si la metáfora del cuadrilátero como vida resulta inherente a casi cualquier ficción de boxeo, muchos otros aspectos pasan más desapercibidos. El ejemplo que me ha llevado a escribir todo esto está en el segundo episodio de la segunda temporada, titulado, (je, je) Bloody Cross. Ahora explico que me hace tanta gracia…

En situación: Miyata, rival de nuestro protagonista Ippo, está en una fase decisiva de su carrera. Su altura le impide seguir luchando en peso pluma sin sufrir consecuencias nada agradables de dieta, ejercicio y deshidratación. Debido a ese sobresfuerzo no tiene tanta pegada como sus rivales. Su mayor virtud es saber esquivar y dar buenos contragolpes. Es en ese momento cuando se enfrenta a un boxeador australiano.

En los previos al combate, el representante del australiano presumía de un golpe de su alumno: el Bloody Cross, una contra imparable. El misterio que rodea al movimiento se extiende por un par de capítulos de la serie. Hasta que llega el combate. Miyata está en forma, no está dispuesto a amedrentarse. Y además tiene una contra preparada para todos esos izquierdazos que su rival le entrega.

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Miyata, rozando su mejilla con el brazo izquierdo de su contricante, lanza su derechazo por encima del hombro de este. El golpe impacta en la mandíbula del australiano y este cae a la lona. Todo el sufrimiento, toda esa “pasión” que Miyata ha soportado hasta aquí, está concentrado en ese golpe.

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Por segunda vez, el rival intenta atacar en constantes golpes de izquierda. Miyata deja que su cuerpo reaccione y vuelve a acometer el contragolpe. Es demasiado tarde para darse cuenta de su error.

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Un gancho de derecha, directo a la mandíbula, le deja seco. Su cuello se dobla hacia atrás. Su cuerpo se desploma. En esa situación, solo ve algo antes de caer: el techo del estadio…

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…bombillas, como estrellas en la noche, formando un cruz.

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