La cueva de los sueños olvidados

cave

Hay dos claves para entender el formalismo al que atiende Herzog: la primera es una fascinación por encontrar la belleza en prácticamente todos los temas que ha tratado, mostrándonos las cosas como si fuesen la primera vez que las vemos, envolviéndonos con la misma pasión infantil con la que uno imagina que vivía Kaspar Hauser; la segunda es una especial habilidad para encontrar a individuos excepcionales, de aficiones u orígenes extraños, siempre al borde del ridículo y el patetismo pero, gracias a ello, terriblemente humanos. Así, la majestuosidad de lo que nos rodea sitúa a las figuras humanas en un punto relativo, un punto frágil y mundano.

Su penúltima incursión documental,  ”La cueva de los sueños olvidados” cumple de manera estricta este planteamiento. Desde el interior de la cueva francesa de Chauvet, el tiempo se relativiza para mostrarnos un vestigio casi desaparecido del ser humano, muestras de arte rupestre que se han conservado en una cápsula del tiempo natural y de las que apenas podemos descifrar nada hoy en día. Herzog hace especial hincapié en la enorme distancia temporal que nos separa de estos ancestros y de como esto podría ser (o al menos, simbolizar) la idea del origen común de la humanidad y, con ello, de una suerte de inconsciente colectivo jungiano. Todo ello acaba concentrándose, como él mismo define, en la idea de la representación y los símbolos comunes, en como a kilómetros de distancia una cueva representa en piedra lo que en Chauvet vemos dibujado a carbón. La actitud del realizador alemán no es distinta, tratando de registrar esas imágenes con cámaras de tres dimensiones para preservarlas y enseñar al público que jamás tendrá acceso a la cueva.

Pero en este baile de sombras, el aspecto humano vuelve a ser relevante. Los documentales de Herzog están llenos de científicos cuya especialización nos resulta extraña o sus explicaciones entre lo académico y lo indeterminado parecen pantomimas. Cuando la película nos muestra a un hombre tratando de reconocer una cueva prehistórica mediante el olfato o a un científico con pasado como malabarista, entramos en un terreno puramente herzogiano, el de aquel hombre que dejaba estornudar a un ingeniero de la NASA en “The wild blue yonder” (2005); y con ello, entramos de lleno en la duda de cuanto hay de ficción tras las películas de Herzog, algo que se puso especialmente en debate con “Grizzly Man” (2005). Para salir de esta duda, propongo otro punto de vista: poniendo como ejemplo al ex-malabarista que es entrevistado en la “La cueva de los sueños olvidados”, es lógico suponer que conocía de antemano que el director alemán estaría allí, y, como el propio Herzog reconoce, el equipo científico conocía y admiraba de sobra su extensa filmografía. No se trata, pues, de que existan locos o de que Herzog incida más en estos, si no que, por naturaleza propia, estas personas de vivencias tan extravagantes se sienten atraídas por el mismo tema que se extiende en todo su cine, esa misma fascinación que, como espectadores, sentimos ante una mirada tan asombrosa.

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