Moneyball

Moneyball

El cine tiene una extraña deuda con el mundo del deporte, un mundo con el que ha tenido una constante relación pero que rara vez se ha visto satisfecha del todo. En particular, hemos disfrutado de películas que hacían del deporte una excusa o una metáfora de las vivencias de sus protagonistas; sin embargo, cuando las películas han querido centrar la mayor atención en el deporte en sí, han tenido que sustituir las sensaciones de fe que este genera por un sentimentalismo con tendencia al triunfalismo, lo que muchas veces le ha restado una particular emoción. Y es que parte del interés del deporte nace de cierta incertidumbre, de un suspense y un sentimiento de euforia muy difícil de trasladar a la ficción, siempre tan ordenada y metódica.

Lo que hace interesante a Moneyball es la aparente frialdad con la que retrata no solo la historia, si no un deporte tan ajeno en nuestras tierras como el béisbol. El motivo es reducir el habitual ruido fanático de los deportes, esas detestables supersticiones y habladurías, por un ejercicio de estadística, lo que otorga al conjunto una visión más descreída del carácter mítico del deporte. Esto no excluye una cierta crueldad a la falta de humanismo que conlleva, como demuestra el hincapié en los despidos e intercambios de los jugadores que harían un perfecto reflejo de aquel mercado de carne, esclavos modernos de sus ilusiones, que describía Hoop dreams (Steve James, 1994).  Bennett Miller consigue, como ya hacía en su anterior Capote (2005), tratar un tema delicado con sutileza y sin juzgar de un modo especialmente partidista a sus personajes. Pese a ello, la película no puede evitar caer en ciertos errores, como la absoluta falta de profundidad del personaje Jonah Hill, convertido en mero mcguffin, o la miticidad que pretende despertar el personaje de Brad Pitt, reiterativamente representado en soledad, en espacios como estadios, vestuarios o gimnasios, para dejar patente su lucha contra todo un sistema. Con todo, es agradable encontrar una película especialmente bien escrita y que puede agradar tanto a los más enfervorecidos del deporte como a los descreídos de un sistema que, auspiciado muchas veces por empresarios y medios, genera la peor carnaza desprestigiando el valor del juego. Se deja como ejercicio al espectador la especulación de la imposibilidad de una película de estas características dentro del panorama del deporte español, incapaz de la menor autocrítica.

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