Los descendientes

descendants

En la hambrienta necesidad que el cine norteamericano tiene de autores a los que respetar,Alexander Payne se ha convertido en una figura que, mediante el retrato de personajes de mediana edad afrontando dificultades cotidianas, ha intentado cubrir una cuota de madurez y crítica que hoy por hoy, parece vetada. Lo cierto es que lejos estamos de aquel feroz y desvergonzado ataque que supuso Election, su mejor película y una comedia a reivindicar. Sin embargo, Payne ha ido a formar parte de ese grupo que cubre la cuota de premios respetables con películas que resultan harto insuficientes. Mientras A propósito de Schmidt lidiaba con los problemas de un recién enviudado y jubilado que afrontaba una separación de todo lo que había supuesto su vida hasta ese momento, Entre copas hablaba de la infidelidad como salida a una realidad mediocre. Ese escapismo se vuelve a repetir siete años después de su última película, con Los descendientes, en un paisaje que no puede ser mayor símbolo de huida de la rutina como es Hawaii.

El problema es que Los descendientes no aporta nada a la trayectoria de Payne, ni supone un ejercicio de vaciado y sutilidad como algunos suponen, si no un regreso a la misma fórmula que le ha colocado donde está: después de un comienzo esperanzador con un monólogo introductorio que revienta las expectativas de la película, poco a poco nos vamos dando cuenta de que los temas de la infidelidad y la viudez aparecen de nuevo para constituir una de las películas más previsibles ¿Dónde ha quedado la furia de Election? ¿Se ha sustituido por una apatía, un conformismo que lo único que busca es que el personaje se redima de pecados ajenos? El argumento camina en círculos, haciendo difícil lo que se podría evitar con un enfrentamiento directo, retratando con torpeza las indecisiones del personaje de Clooney y elaborando una subtrama – las tierras vírgenes que posee su familia – que, a modo de metáfora barata, concluye del modo más cobarde posible. En general, la película parece no querer jugar nunca sus cartas y entrar de lleno en un punto inmóvil entre las celebraciones de la familia unida de Pequeña miss sunshine (Jonathan Daylon y Valerie Faris, 2006)  y la imagen pública de Clooney en productos como Up in the air (Jason Reitman, 2009) o el que nos ocupa. ¿Hay lugar entonces para un cine maduro o solo para su reflejo, para una película en la que Payne resulta invisible como director y se enfrenta a un texto sin dimensión alguna? ¿Hay lugar para un cineasta verdaderamente comprometido con lo que retrata o solo con la imagen necesaria para encontrar su hueco en la temporada de premios? Es difícil discernir porque mientras ciertas películas reciben alabanzas y mantienen el éxito de sus fórmulas, esas fórmulas nunca serán variadas.

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