Arrietty y el mundo de los diminutos

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En una de las primeras secuencias de Arrietty y el mundo de los diminutos, asistimos al proceso de abastecimiento de esta familia de “prestatarios” en el que participa por primera vez la pubescente Arrietty como un rito iniciativo de madurez que es, además, una manera de instruirla en su supervivencia. El recorrido por la casa de la que se avituallan se convierte en un proceso mágico de descubrimiento, donde objetos tan triviales como un vaso o un terrón de azúcar aparecen magnificados por la visión infantil de un mundo nuevo que se ha abierto. Esa visión acompaña todo el discurso que ha generado el estudio Ghibli a través de su más de cuarto de siglo de existencia como una forma de no abandonar la fascinación por aquellas cosas pequeñas y sencillas que nos rodean. Todo ello deriva en una búsqueda cinematográfica de lo intangible, de capturar detalles de aparente intrascendencia que conforman una belleza orgánica que se despliega en un medio tan poco dado a lo aleatorio como la animación y más propio de un cine más contemplativo, quizás hasta documental. Un buen ejemplo de ello está en la escena mentada, donde la figura del padre se revela como un héroe propio de Flaherty, en una descripción épica de sus habilidades laborales y de sustento que resulta tan pormenorizada y sutil que parece impropia del cine de animación.  Pocas películas animadas encontrarán que respiren como las de Ghibli, donde los silencios, la quietud y el paso del tiempo se filtra de una manera pacífica y natural, como se filtran los sonidos de la casa en esa escena: el aire entre las rendijas del suelo, el crepitar de la hierba y las ramas de los árboles entrechocando, los lejanos quejidos de los grillos, el rítmico mecanismo de un reloj.

Y es que el título de esta última película puede llevar a engaño: no solo a pensar en un film más infantil de lo debido, sino a pensar que ese “mundo de los diminutos” es el lugar a descubrir. Nada más contrario a la realidad, el mundo que Hirosama Yonebayashi despliega ante nuestros ojos es mucho más mundano mientras que los diminutos son una sociedad en vía de extinción, viviendo sus últimos días en un frágil equilibrio que se rompe incluso con la mejor de las intenciones. Y es que esta película se parece a su antecesora, Ponyo en el acantilado (Hayao Miyazaki, 2008) en la platónica relación entre dos protagonistas de dos especies distintas, pero ahí acaba todo parecido: el vitalismo y pasión que desprendía aquella adaptación libre de La sirenita de Andersen son devorados aquí por la melancolía y la fatalidad de las novelas originales de Mary Norton, si bien carecen de la hostilidad de aquellas, para ofrecer un relato más telúrico.

Poco a poco, la película va desvelando ese habitual sincretismo de Ghibli entre la tradición cultural de occidente y la espiritualidad sintoísta de oriente. La delicada banda sonora de la franco-bretona Cécile Corbel acuna una serie de imágenes donde los “totoros” de antaño han visto reducida su presencia a la depredación del progreso, sustituyendo los espíritus del bosque a unos más prosaicos felinos. Esa música celta apoya la habilidad de Yonebayashi para jugar con la ocultación de la mirada: los primeros encuentros entre el humano Sho y la diminuta Arrietty se perciben por el rabillo del ojo o mediante un juego de sombras inexpresivas que recrean ese aire féerico mucho más distantanciado y frío que las criaturas de las mitologías niponas. La negación de la mirada entre la pareja protagonista es parte sustancial de la trama, jugando con la fascinación de Sho por las criaturas mágicas que aún sobreviven en nuestros días pero también con el anhelo de Arrietty ante la delicada presencia del humano.

Sho está en un conflicto secreto y silencioso con Spiller, la otra contrapartida masculina de un triángulo amoroso apenas intuído y que resulta la alternativa realista para Arrietty. La dualidad de Spiller y Sho viene marcada por la orfandad de ambos pero contrastada entre como Sho necesita de cuidado constante y protección mientras que Spiller representa al hombre salvaje, listo para la supervivencia y la protección que Sho quiere otorgar a Arrietty. Vuelven aquí las temáticas que Miyazaki, como guionista, introduce de entre sus obsesiones: la fortaleza de sus personajes femeninos como algo arraigado a la tierra y a la infancia, y esos vínculos que mantienen en equilibrio el progreso y la naturaleza.

Sin embargo, no se puede obviar que este legado del maestro es un nuevo intento de tender un puente hacia el futuro. Que la película hable de la extinción de una especie o de la proximidad de la mortalidad no es casual, sino sintomático del temor actual en Ghibli a encontrar reemplazo. Desde el comienzo, tanto Miyazaki como Isao Takahata han buscado nuevos valores que pudieran garantizar la supervivencia del estudio. Esa cantera empezó con Puedo escuchar el mar (Tomomi Mochizuki, 1993) pero la búsqueda se intensificó en los últimos años con películas como Haru en el reino de los gatos (Hiroyuki Morita, 2002) y Cuentos de Terramar (Goro Miyazaki, 2006), siendo el título más idóneo el del malogrado Yoshifumi Kondo, Susurros del corazón (1995), que comparte con Arrietty y el mundo de los diminutos esa sencillez y el anticlimático desenlace que sugiere una resolución más pesimista de lo habitual. La participación reciente de Ghibli en el videojuego Ni no Kuni para Playstation 3 delata las necesidades del estudio por renovarse o morir. Así, el desenlace de esta película tiene eco en la resignación amorosa de “La princesa Mononoke” (Hayao Miyazaki, 1997) y la aterradora conclusión de Pompoko (Isao Takahata, 1994) como grito de socorro ante una sociedad que deja morir una riqueza heredada. La pregunta que estoy evitando responder es, ¿Consigue Yonebayashi ser un buen sustituto de sus maestros? Definitivamente sabe imprimirle una personalidad propia a un texto que ya viene definido por el peso de una autoridad en la materia, pero está aún por ver como se desarrollará el futuro de la empresa ante la enorme cantidad de factores que hacen peligrar a películas tan hermosas y necesarias como la que nos ocupa.

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