Super 8

Super8

¿Qué es una película clásica? No me refiero a esa época de los estudios que se usa para definir el término, sino a lo que hace que una estructura sea funcional y atemporal. Pienso en como se habla de los años cincuenta a los que mucha parte del cine de los ochenta miraba sin ningún pudor, y como ahora Super 8 es una película que mira a los ochenta del mismo modo que las de aquel entonces miraban a los años cincuenta. Es fácil tomar el dato numérico e interpretarlo: hay una distancia de treinta años en cada una de esas “etapas”, marcan los momentos en que los niños que entonces vieron aquellas películas pasan a ser ellos mismos directores y guionistas. Son ciclos, que pretenden volver a esa única patria del hombre. Dios me libre de justificar la nostalgia: más que recuperar ese tiempo que nunca fue, Super 8 trata de encontrar esas esencias que han perdurado y que mantienen su vigencia. Esto es, lo “clásico”. El mecanismo que lo hace funcionar. Y lo pone patas arriba.

“Mistery Box”, la famosa charla del TED de J.J. Abrams se ha ido revelando poco a poco no solo como una declaración de intenciones, sino el manual perfecto para interpretar su visión artística. Si la mayoría del peso de sus anteriores productos provenía del objeto que daba título a la charla, esto es, del mecanismo que produce el interés por encima de todo, ahora hace hincapié en ese “valor añadido” que ejemplificaba a través de una de las secuencias menos comentadas de Tiburón (Steven Spielberg, 1975): aquella en la que se remarcaba brevemente y con maestría la complicidad entre el padre y el hijo. Los asuntos paterno-filiales son ya un tópico dentro de la marca Abrams como también lo son los misterios y los callejones sin salida, de este modo, Super 8 cumple todas las expectivas incluso cuando abusa demasiado de conflictos sentimentales que quedan sin desarrollar hasta el final.

Porque aquí tenemos ese relato coral, abierto, y cargado de información (hay más de La Cosa de Carpenter de lo que a primera vista parece) pero también ese espacio emocional y personal que habla de como canalizar a través del cine el recuerdo de infancias saturadas por el escapismo, y donde el conflicto principal, una amenaza tan atroz que resulta imposible imaginar en el contexto de esas pequeñas ciudades norteamericanas, asoma en un segundo y terrorífico plano, sin servir más que de catalizador, como lo hacía la amenaza de los misiles rusos en ese cuento de amor (juvenil, pero también al cine) que era la tardo-ochentera Matinée (Joe Dante, 1993). El sentido de comunidad no solo como el pueblo pequeño o el núcleo familiar sino como los propios espectadores de la sala (esa especie en vías de extinción) era parte esencial de El terror no tiene forma (Chuck Russell, 1988) con guión del spielbergiano Frank Darabont, remake del icónico clásico de 1958 que en su sentido de la comunidad norteamericana ha propiciado incluso un festival en su honor, el Blobfest. Esos elementos están más ligados a “Super 8″ que otras películas más abanderadas por fans de Amblin, como Los Goonies (Richard Donner, 1985) y más  próxima a ese tono agrio, secreto y conflictivo de la más olvidada Exploradores (Joe Dante, 1985), de un clímax no muy diferente en su comprensión interestelar.

Ese elemento de base en la construcción de Spielberg, el working class hero en una situación que lo supera, es sustituído aquí por otro working class hero donde la situación pasa a un segundo plano y es parte ajena de su conflicto principal pero catalizador del mismo. Es algo que ya hemos visto con anterioridad en Abrams, sea Lost (2004 – 2010) y la certeza de que el paso de los personajes por aquella misteriosa isla era solo un fragmento de una mitología infinitamente más compleja, sea Monstruoso (Matt Reeves, 2008) como kaiju eiga percibido desde la confusión, donde el monstruo es menos importante que las consecuencias de su presencia. El extraterrestre no viene ahora como la criatura de Carlo Rambaldi a traer el consuelo de un padre ausente sino a convertirse en el doloroso recuerdo de una madre, un recuerdo al que hay que dejar volar, que desaparezca para que, igual que se anunciaba en la conclusión de la serie de Lindelof Cuse, hay que dejarlo ir. Abandonar la figura paterna partiendo del recuerdo de la misma es lo que Abrams hace con Spielberg en esta película.

Así, el objetivo de Abrams no es tanto rendir ese homenaje a los tics más reconocibles de Spielberg – que igualmente, ahí están – si no utilizar sus mismas herramientas para llegar el corazón de las mismas: secuencias como la ya mentada complicidad padre-hijo en Tiburón o la ausencia paterna en E.T. (1982). Depurando así la esencia perdurable del maestro judío que tantos alumnos ha dado si bien raro es el que ha sido tan certero. Esta escuela Abramsiana, tiene en Reeves otro gran aprendiz mientras que su contemporáneo Shyamalan ha perdido el favor de muchos. Es bueno soñar con una idea continuista de lo mejor que ha legado Spielberg aplicado a un mundo mucho más descreído, saturado y cínico que hace treinta años, aún cuando Abrams no parece cumplir del todo con personajes como el de Elle Fanning, una herramienta fenomenalmente introducida en su primera secuencia pero gravemente desaprovechada como apunta este (quizás un tanto injusto) artículo de Indiewire sobre las mujeres abramsianas; su personaje enamora a la cámara, en ese gesto tan puro, tan ajeno al deseo, que es la búsqueda de una inocencia, una mezcla de curiosidad y miedo ante el objeto de atracción siendo parte del discurso que el director introduce en Super 8.  Abrams sabe que lo que perdura, más allá de iconicidades y nostalgias es ese “valor añadido”. Aquí tenemos a un formalista tratando de buscar una especie de fórmula matemática para encontrar su contenido emocional, con todos los defectos que acarrea, sí, pero sin despreciar ninguna de sus virtudes.

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