Preámbulos a Capitán América

america

Hay días en la que la sincronicidad parece lo más propicio para arrojar algo de luz sobre las cosas. El pasado miércoles aproveché la soleada tarde para visitar el siempre agradecido evento de Viñetas desde o atlántico, el festival de tebeos de A Coruña que cada año se presenta en la ciudad en la que ahora vivo. Desde allí pude salir no sólo con un buen número de títulos y autores a los que seguir, si no con una leve sensación de tristeza ante un medio que, si bien ha llevado sus capacidades expresivas a niveles fascinantes, tiene a muchos de sus talentos languideciendo ante una mezcla de crisis, incomprensión y falta de apoyos.  Noticias como el cierre de Polaqia que suponen un punto negro donde aún hay nombres por relucir.

Dentro del evento comiquero gallego, la fundación Caixagalicia tuvo a bien programar, paralelamente y junto con el Canal Syfy, la exhibición de memorabilia cinematográfica que incluyen desde el programa de mano del primer pase de King Kong (Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, 1933) hasta el casco del Power Ranger rojo o la herramienta nasal de Desafío total (Paul Verhoeven, 1990), pasando por… el walkie talkie de Laura Dern en Parque Jurásico (Steven Spielberg, 1992), ejem.

Bajo la misma sala donde se exhiben trajes de Dune (David Lynch, 1984) y la espada de Pan en Hook (Steven Spielberg, 1991) se encuentra una menos popular exposición de Elizabeth Lee Miller. Desde su privilegiado punto de vista aparecen las instantáneas más crudas y hermosas de la Segunda Guerra Mundial, apelando a memorias atroces pero también a un cierto recuerdo de un tiempo de máquinas y hombres que hemos idealizado como arquetipos retro.

Mis pasos se encaminaban, inmediatamente despúes y sin haber sido consciente de la jugada, a la proyección de Capitán América: el primer vengador (Joe Johnston, 2011) último paso para el lanzamiento del ejercicio de franquicia cinematográfica más desquiciado de la historia, esa película de Los Vengadores (Joss Whedon, 2012) que sumará los grandes nombres de la casa Marvel – exceptuando mutantes – en el que se prevee evento ineludible del verano del próximo año. Antes de entrar a la sala, la sincronicidad de la que hablaba antes, hace coincidir estos dos carteles uno al lado del otro:

posterscruzados

La película de Johnston retrotrae a sus maestros, Spielberg Lucas, a los que lanza codazos nada disimulados a lo largo de la película, pero de los que recupera esencias lúdicas a través de sus comunes orígenes en el serial cinematográfico y el cine de aventuras más clásico, físico y desenfadado. Cierto es que la película tiene no pocos defectos: carece de una mayor definición en los secundarios, mantiene un ritmo muy disperso y en general, promete más de lo que cumple por sí mismo, reduciéndose más a un adelanto de lo que estaría por venir, incluyendo, en su núcleo, una secuencia de montaje que podría ser un trailer de esa película del Capitán América aún por rodar. Pero es difícil no caer presa de los encantos de esa nada afectada estética de cómic que no busca, como peores películas de superhéroes han hecho, disimular sus raíces; la capacidad que tiene para mitificar sus propios referentes cinematográficos como modelos continuistas y no como un posmodernismo resabido o su manera de recrear ese espíritu infantil que lleva al joven Steve Rogers a repetidos intentos de alistarse y que (casi) concluye la película con la imagen de un niño recreando esa misma sombra inocente del héroe de guerra.

A la hora de leer lo que se ha escrito sobre este nuevo capítulo del Marvel cinematográfico, me encuentro con el desprecio de quién aún confunde los colores del superhéroe con la amenaza “imperalista” de una bandera y no sabe ver más allá. Esa confusión de quienes aún creen que EEUU tiene cruzadas que librar en la ficción, en lugar de añorar un fantasma de aquel mundo y no su significado más oscuro y deprimente. Los que, en definitiva, quieren ver en el cine de evasión una suerte de cine “de invasión”. O quizás es que los preámbulos al visionado de la película me han condicionado: me he acordado de aquello que admiraba en los cómics de niño y que ahora he multifacetado con la edad, he pensado en el icono del cine expuesto como otro recuerdo infantil y he admirado la manera de elegir que mostrar y que ocultar en las fotografías de Lee Miller. En realidad, no he confundido los posters que antes señalaba y he querido verlo desde fuera, desde el ambiente de un cine que, inanes matices políticos aparte, me transporta a esas hazañas bélicas con las que soñaba, cuando aún no pensaba en el sonido de las balas o el olor de la pólvora.

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