“Creo que hoy hemos aprendido algo…”

olvidados

A partir de los indignados comentarios de Otaku y Carcamal en su videoblog homónimo, reflexiono sobre la necesidad de fabular el contenido social en el cine. Esa tendencia que respeto pero no comprendo de utilizar el cine como medio y no como fin en favor de una moraleja, de un imperativo moral, de un discurso de lo obvio. De ello deriva cierto retrato especialmente maniqueo donde la narrativa queda supeditada al mensaje, donde el personaje queda desdibujado en favor del arquetipo en una suerte de simbolismo de brocha gorda. Todo esto no puede tener más que una visión sesgada y capciosa de la realidad que pretende relatar, excusada en su esópica tendencia. Me resulta difícil entrar lo más mínimo en las últimas películas de Fernando León de Aranoa o Achero Mañas por el simple hecho de que no veo en ellas historias si no discursos, no veo más que un vector cuyo destino es sorprendentemente fácil de adivinar. Una inmigrante que oculta la verdad para poder seguir viviendo, un homófobo que se ve en la necesidad de hacer el travestido papel de madre. No hay nada en esas premisas que no pueda continuar con su conclusión, ni nada en el discurso que aventuran que no me parezca una alegoría de lo evidente. Si además, son películas que no pueden, por su militancia, convencer a los descreídos (porque alguno hay), ¿serán predicaciones para los conversos? Una suerte de reafirmación innecesaria que no solo deja de lado el cine: también la valentía o la sugestión.

Pienso en esto cuando estoy terminando el magnífico libro de Italo Calvino El sendero de los nidos de araña, cuyo prólogo del autor es tremendamente esclarecedor sobre el origen neorrealista de esta peculiar novela. Paso a citar algunos pasajes:

De acuerdo, haré como si vosotros tuvieseis razón, no representaré a los mejores partisanos sino a los peores, pondré en el centro de mi novela un conjunto de tipos un poco retorcidos. Bueno, ¿y qué diferencia hay? Aun en quien se ha lanzado a la lucha sin un porqué claro, ha obrado un impulso elemental de redención humana, un impulso que los ha vuelto cien mil veces mejores que vosotros, que los ha convertido en fuerzas históricas activas que jamás podréis soñar con llegar a ser”. (…) Aunque la batalla en el segundo frente, el frente interno de la “cultura de izquierdas”, ahora parezca lejana. En aquel momento empezaba apenas la tentativa de una “dirección política” de la actividad literaria: se pedía al escritor que creara al “héroe positivo”, que diera imágenes normativas y pedagógicas de conducta social, de milicia revolucionaria. (…) Y sin embargo, el peligro de que se asignara a la nueva literatura una función celebratoria y didascálica estaba en el aire: apenas lo advertí cuando escribí este libro y ya me erizaba, sacando las uñas contra la amenaza de una nueva retórica (…) Mi reacción de entonces podría enunciarse así: “Ah, sí, ¿queréis un “héroe socialista”? ¿Queréis el “romanticismo revolucionario”? Y yo os escribo una historia de partisanos en la que nadie es héroe, nadie tiene conciencia de clase. ¡El que os representó es el mundo de los “linyeras” o vagabundos, el lumpen proletariat! (…) ¡Y será la obra más positiva, más revolucionaria de todas.

Calvino llega así a la conclusión de que la mejor forma de hacer justicia a la realidad no es idealizándola en positivo, si no deformándola en sus claroscuros. Considera – y no puedo estar más de acuerdo con él – que la mejor forma ya no de retratar, si no de comunicar el mundo de sus personajes es a través de sus defectos y pecados, no de los ideales que pudieran reprentar. Al fin y al cabo, lo que se suele decir es que son esos defectos los que “humanizan”. Hago aquí un pequeño inciso, ya que el lector que conozca este prefacio de la obra habrá notado que, convenientemente, detengo mi interesada cita justo cuando Calvino exclama:

¿Qué nos importa el que ya es un héroe, el que ya tiene conciencia? ¡Lo que hay que representar es el proceso para llegar a tenerla! ¡Mientras exista un solo individuo que no haya llegado a la conciencia, nuestro deber será ocuparnos de él y sólo de él!

Por supuesto, esto podría interpretarse como la justificación ideal al cineasta fabulador que tan poco me agrada, como la necesidad de retratar, incluso en lo obvio, el proceso de concienciación del individuo, el arrebato de la lógica, la llegada a esa iluminación ética. Mostrar cualquier defensa positiva de un supuesto “deber del escritor” para la transmisión de ideales estaría fuera de lugar aquí y desde luego, no es algo que considere imprescindible. Pero curiosamente creo que no contradice mi exposición: que Calvino considere necesario retratar ese proceso sigue sin implicar el optimismo de la parábola, porque la mejor transmisión de ese mensaje sigue discurriendo como los rápidos de un rio, de un modo mucho más salvaje e imprevisible, más arriesgado y no de manera obvia o simplista.

Para ello, un ejemplo cinematográfico, una de esas películas de cabecera para cualquiera con la cabeza bien amueblada: “Los olvidados” de nuestro habitual Luis Buñuel. Creo que no cabe duda alguna de que se trata de una obra de fuerte contenido social, pero una obra donde no se renuncia a la audacia, donde no se menosprecia a través de la mirada condescendiente, muy entregada a la imagen en si misma, a desgarrar a través de personajes e historia y no del contenido moral del mismo, que además tiene la osadía de retratar una realidad de la forma más pendenciera posible. El humor surge de hasta cierto desprecio, de una repugnancia diferenciadora y violenta y no como alivio ante la miseria; y el drama, por supuesto, aparece casi como un accidente, como el incontrolable paso de la vida. Todo esto encuentro en la novela de Calvino y es indiscutiblemente una descripción de la película mexicana. Inevitable sacar, pues, como conclusión, que aquella fábula más cruel es la que mejor llega, que quizás los cinicos y los misántropos sean, en el fondo, mejores humanistas que los sujetos que se dicen concienciados y caritativos.

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  1. Empatía y Entropía | Henrique Lage - 12 mayo, 2014

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