Breves desde Sitges 2010

sitges2010

He aquí unos breves comentarios sobre las películas del festival de Sitges que he podido ver este año. Muchas sorpresas, muchos nombres a tener en cuenta y sobre todo, lo mejor del género se han vuelto a dar cita en las salas de cine del festival catalán. No descarto ampliar muchas de estas opiniones en cuanto sus estrenos sean mayoritarios, pero este aperitivo pretende servir de pequeño adelanto y guía de referencia personal, apuntando también algunos de los cortometrajes más sorprendentes del festival.

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Agnosia (Eugenio Mira)

Eugenio Mira vuelve tras la incomprendida The Birthday para romper de nuevo las expectativas. Agnosia podría ser el terreno ideal para las conspiraciones de folletín pero en su lugar tenemos un elegante mcguffin que deriva poco a poco en una set piece central hipnótica, en la que la lucha de dos hombres por el amor de una misma mujer va alcanzando trazos gestuales minúsculos como principal voz. Cerrada con un plano que demuestra la intención más poética que narrativa de la película, se le achaca ciertos quiebros en la estructura, dificil de diferenciar si son problemas de montaje o guión, que no terminan de dejar respirar la película lo suficiente como para resultar del todo orgánica.

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La casa muda (Gustavo Hernández)

Ante una película que presume primero de sus herramientas que de la función de las mismas, nos encontramos con lo que no deja de ser un escudo de titular periodístico ante cualquier envite sobre su contenido, tirando a nulo. Desde el “basado en una historia real” hasta el (falso) plano secuencia, la película contiene breves aciertos que mantienen el interés pero que cristalizan en un conjunto amateur y que pronto se revela como una lamentable excusa para crear un producto impostado.

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Colorful (Keichii Hara)

Vamos a echar mucho de menos a Satoshi Kon. Colorful demuestra como materiales sumamente delicados del anime pueden convertirse en desastre en las manos equivocadas. Sin explotar nunca su vertiente más visual, pese a que el origen fantástico de la trama como el título pueden llevar a engaño, tampoco consigue que su costumbrismo bienintencionado deje el poso necesario. De esto hay que culpar en gran medida a una historia que abre y descuelga subtramas sin motivo aparente, dedicándole excesivo tiempo a secuencias pretendidamente bellas pero fallidas, como la búsqueda de la ruta original de un tranvía, mientras desperdicia algunos de los mejores elementos emocionales, empezando por una relación madre e hijo que en buenas manos habría sido digna del maestro Ozu.

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Confessions (Tetsuya Nakashima)

Tengo una particular debilidad por las tramas de giros complejos y venganzas subterráneas, Confessions podría ser eso si su director dejase en algún momento de abusar de la slow motion y no se entregase a unos veinte minutos finales eternos, cargados de monólogos explicativos con los que busca atar y dejar claro todo lo ocurrido en la trama. El contenido más descaradamente pop y la indefinición de un protagonista no casan con el buscado dramatismo.

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L’Enfer d’Henri-Georges Clouzot (Serge Bromberg y Ruxandra Medrea)

Documental de visión obligatoria, no sólo por el rescate las imágenes que revela de la que pudo haber sido una de las películas más legendarias del pasado, una película que se soñaba como el paso adelante a Ocho y medio de Fellini; si no que además tenemos la oportunidad de ver la otra historia, aquella que el recientemente fallecido Chabrol no pudo recuperar, la historia que envuelve a esta película, en la que el prestigioso y minucioso Clouzot se da de bruces contra una nueva forma de entender el cine a la que no es capaz de adaptar su forma de trabajo, fracasando estrepitosamente. No es sólo la historia de un hombre que se vuelve loco de celos, si no la del hombre que quiere llevar esa historia a la pantalla y durante el proceso, se vuelve loco a sí mismo.

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Fire of Conscience (Dante Lam)

Casi una guía perfecta para entender el thriller hongkonés, Fire of Conscience consigue resultar el modelo idóneo con el que se mueven arquetipos perfectamente sincronizados. Aunque falto de la precisión y lirismo de un Johnnie To afortunado o del temple de Ringo Lam, la película contiene algunas secuencias de acción tan maravillosas y sorprendentemente físicas que uno se pregunta porqué seguimos dándole bola al cine norteamericano y sus cgis. Falto de pretensiones pero insuficiente en su carga dramática, Fire of conscience nunca termina de ser el gran film que podría haber sido, lo que no la hace menos entretenida.

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Insidious (James Wan)

Aunque es fácil quedarse con que se trata de una relectura nada vistosa de Poltersgeit hay que reconocerle a Wan una capacidad para aderezar sus películas con ciertos elementos barrocos que las diferencian de productos más acomodaticios. El espectador ya habituado se encuentra quizás con una película demasiado previsible y falta de garra, pero con un entretenimiento mayúsculo salpicado por alguna imagen poderosa.

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Jack (Kryshan Randel)

La vuelta de tuerca ha dejado de ser vuelta hace mucho: colocar a un elemento inusual como asesino vengador ya no basta. Jack sabe que le consume en el tiempo a cada plano que gasta en contar algo que conocemos, así que lo despacha con inmediatez y sentido del humor, como una pildorita que consigue que un chiste muy gastado se haga más gracioso contándolo a mayor velocidad. Realizado en 48 horas, el resultado puede no ser el más ingenioso pero es dificil imaginárselo mejor hecho en ese plazo.

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Je t’aime (Mamoru Oshii)

Mamoru Oshii se entrega a una base de videoclip para presentar una pieza corta donde se cruzan dos obsesiones: los perros de raza Basset Hound y la anormal belleza de seres artificiales femeninos. En una competición entre candidez y estallido de violencia, el supremo trabajo de animación no compensa la falta de enjundia de lo que no pasa de una demo técnica. Quizás un pequeño salto entre la lírica de la propuesta y cierta cursilería impostada, obligatoria cuando el nombre del director antecede cualquier proyecto.

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Juan con miedo (Daniel Romero)

La obra más redonda de Daniel Romero tiende un inusitado puente entre la estructura de relato corto americano (presente en el cómic al estilo Weird Science que porta el protagonista) y una tradición más castiza que bien podría remontarse hasta Goya. Conjuga una historia de inocencia, que podríamos relacionar con cierto despertar sexual y de anteposición a los miedos de la infancia (tanto los reales como los de la fantasía), todo ello en la marcada tradición española de los pueblos como lugar de eterno retorno, aunque sea estacional.

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L.A. Zombie (Bruce LaBruce)

Bruce LaBruce dispuesto a presentarnos un producto de porno gay entre mendigos zombies que pretende relaccionar tanto los vaciles de una identidad sexual como la invisibilidad de las minorías. Es una pena que el asunto no de para mucho y lo que podrían ser grandes ideas, como la relación entre el coito y la resurrección, termine quedándose en un running gag que pierde fuelle a cada secuencia.

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The last exorcism (Daniel Stamm)

Abandonando el camino trillado de sustos fáciles sin ningún interés al estilo “Paranormal Activity”, “The last exorcism” podría ser la película de terror pensada para Richard Dawkins oLouis Theroux. La película se encuentra siempre en la disyuntiva de hacer lo que más le conviene a la trama o al arco del personaje principal, optando por favorecer a lo segundo y entrando una línea más próxima a “Ordet” y a los primeros momentos de “El exorcista” original que a cierta gratuidad de los sustos. La elegancia con la maneja un tema tan delicado como la fe o el pánico que generan las supersticiones la colocan como una película que se aleja del gore y los sustos a base de subir el volumen para entrar el camino de la atmósfera y de un final donde una única silueta recortada se torna de una fuerza espiritual apabullante.

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Monsters (Gareth Edwards)

Me fascinan varias cosas de esta película: desde su acercamiento a la naturaleza hasta su separación, tanto en la manera de “ver América desde fuera” (con claro contenido político) como en la de entender el género como una frustración de las expectativas. Vendida como el nuevo District 9 pero más próxima a Vinyan (película más atmosférica pero peor realizada) o El año que vivimos peligrosamente, Monsters no puede satisfacer a ningún fan del género que no espere más que una intrahistoria enmarcada en parajes naturales. El fantástico no solo como la aproximación a unos códigos genéricos, de hipótesis y elementos imaginarios, si no como la fascinación que nos puede producir una selva o una muralla. Ni que decir tiene que me posiciono totalmente a favor de esta película.

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La otra hija (Luiso Berdejo)

Berdejo, un cortometrajista veterano que nunca ha abandonado su personalidad, demuestra que tampoco la ha dejado de lado en esta película. Sin embargo, aunque mantenga un buen ojo y un talento técnico envidiable para relatar los terrores infantiles, y pese a que la sombra de Shyamalan (y en especial de Señales) navega durante los momentos más críticos, el resultado final es tan arrítmico que su clímax solo puede entenderse como humor negro. La sutileza se convierte en una cuestión de ritmo cuando, una vez estirada la propuesta y girando siempre sobre sí misma, la descripción del personaje de Ivana Baquero empieza a ser excesivamente obvia.

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Outrage (Takeshi Kitano)

El cine de Takeshi Kitano ha funcionado siempre por contrastes, por un distanciamiento de lo que cuenta que ya fuese a través de la introspección como de la ironía, hacía del planteamiento clásico algo más llevadero y personal. Tras una etapa donde su propia figura ha estado muy presente, convendría esperar que Kitano volvería al género yakuza con otros planteamientos. Sin embargo, parece que Outrage es más bien una hoja en blanco, un nuevo punto de partida donde su habitual lírica y sus dispersiones se dejan en favor del humor negro y la contundencia visual. Los fans estarán encantados y los detractores no entenderán nada, así que se puede decir que Kitano ha hecho suyo aquello de que todo debe cambiar para que nada cambie.

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Rubber (Quentin Dupieux)

Lo que empieza como un inteligente discurso sobre la independencia y la libertad creativa en el cine actual y una manera particularmente divertida de darle la vuelta a los elementos más trillados del slasher se convierte en un bucle infinito que se autojustifica en demasía, llegando a un punto muerto que es adelantado por la propia película para evitar frustraciones. Desde luego, cuando parece que la película podría jugar muchas bazas, como la no existencia de la ficción cuando esta no es observada, se queda sin comodines, aunque aún respire algo de ingenio por debajo.

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Secuestrados (Miguel Ángel Vivas)

Con la pericia técnica de los planos secuencia, Miguel Ángel Vivas consigue implicarnos en una historia de asalto a chalets de lujo y crear tensión y arrebatos de violencia francamente perturbadores. No sólo el trabajo de dirección le imprime un ritmo a la historia que se puede considerar todo un hallazgo en la puesta en escena, si no que la interpretación de Manuela Vellés se sale de la escala para (re)crear toda una angustia en primer plano. Si hay que indicarle alguna pega es su final, excesivo hasta límites (intencionadamente) cómicos y con remate de créditos irónicos (algo que he visto recientemente repetido en Buried de Rodrigo Cortés) que le quita todo el enorme peso dramático que la película ha depositado en la hora y media anterior.

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A serbian film (Srdjan Spasojevic)

Construida como una gigantesca caja donde almacenar todo lo tabú y desagradable, A serbian film no es solo una jocosa manera de crear un producto autoconsciente a partir de la provocación, si no que consigue cumplir con su cometido al elevar lo límite de lo permitido para ver en una película más allá de lo que podríamos haber imaginado. Brutal desde la primera secuencia, y nunca tomándose demasiado en serio a sí misma, es un festín del mal gusto para el que los estómagos entrenados se encontrarán agradecidos de tener, una vez más, algo con lo que epatarse.

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The Shock Labyrinth 3D: Extreme (Takashi Shimizu)

¿Se ha convertido el subgénero de fantasmas orientales en un callejón sin salida? Porque este supuesto laberinto solo tiene una dirección a seguir y es la de repetición de clichés a base de las manías de los peores actores vistos. Hasta el ‘extreme’ del título suena ya a tomadura de pelo ante una película que se limita a navegar con increíble flaqueza por recursos pobres e inofensivos. Ni ese 3D usado sin criterio alguno (difuminados y encadenados impiden que la cosa funcione como corresponde) consigue ser aprovechado lo más mínimo, ni para un triste susto contra la platea. Poco a poco, la película revela su verdadera naturaleza como material promocional de una casa encantada en un parque de atracciones de Japón y no como un producto exportable y cinematográfico.

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Super (James Gunn)

Allí donde la blandengue adaptación de Matthew Vaughn del rompedor cómic de Mark Millar, Kick Ass, fracasaba, James Gunn demuestra que el underground es algo que se lleva en la sangre y no una tendencia sobre la que crea la impostura de turno. Super consigue combinar herejía, violencia gratuita y ambigüedad moral con un deje poético y lacónico sobre su protagonista, del que nunca llega a compadecerse ni a engrandecer si no al que comprende en todas sus patéticas dimensiones para extraer, de lo que en principio podría haber sido una simple parodia de superhéroes, toda una forma de entender los éxitos de la vida con un, digamos, optimismo de resignación. Porque una película donde Rob Zombie hace de Dios y Nathan Fillion de su profeta merece siempre un fervoso aplauso, aunque solo sea por descubrirnos la faceta menos conocida de Ellen Page: la de eufórica ninfómana.

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The United Monster Talent Agency (Greg Nicotero)

Vale, es cierto que es fácil ganarse el aprecio del público a base de codazos cómplices, como pueden ser el cine dentro del cine y los guiños a los iconos más reconocibles. Pero es indiscutible que el trabajo de Greg Nicotero en esta pieza corta es uno de los más divertidos y adecuados vistos en el festival, no ya porque maneje unos medios inusuales para un formato tan denostado como el cortometraje, si no porque revela un acto más apasionado que cerebral. Podríamos decir que aquí la búsqueda de cómplices no es sólo un método para ganarse la confianza del espectador, si no una forma de hacerlo partícipe de una mitología compartida y festiva.

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Vanishing on 7th street (Brad Anderson)

Brad Anderson se limita a presentar un producto aceptable que vuelve a ver del mismo esquema de grupo heterogéneo enfrentándose a amenaza exteriorque tanto relacionamos con Howard Hawks o John Carpenter. Quedándose ahí, en todos los tics y problemas de un subsubgénero, Anderson desaprovecha la parte más mística de la amenaza, la duda sobre el origen de esta y el destino que aguarda a los acechados, malgastando la oportunidad de acercarse a las enfermizas atmósferas de películas como Kairo.

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The ward (John Carpenter)

Vuelve Carpenter y uno se pregunta que le ha mantenido no sólo nueve años alejado de la gran pantalla, si no porqué decide volver con una película tan impropia de él. Cargada de algunos sustos francamente previsibles pero con un desarrollo y un giro final sumamente gastados, es dificil encontrar momentos aislados donde el maestro tras las cámaras brille a todo su potencial. Quizás una aislada secuencia de baile entre mujeres arquetipo propias de fantasías masculinas, donde Carpenter conecta su trabajo con aquel al que Tarantino homenajeaba en Death Proof, sea el momento más liberador de una película que en ocasiones parece hecha con plantilla.

Zebraman: Attack on Zebra City (Takashi Miike)

Hacer una segunda parte de una película tan forzosamente demencial como Zebraman no es un reto baladí. Pero si de algo sabe Miike es de sorprender constantemente incluso al mayor de sus adeptos: videoclips insertados entre chistes de humor negro, pedos gigantes que arrastran ciudades, metáforas sobre centrifugado que se vuelven literales, una repetición del clímax de la original con vuelta de tuerca… el bombardeo de ideas absurdas es tal que, como una ametralladora, mal será que alguna bala no dé en el blanco. Quizás irregular por momentos, sobre todo en aquellos donde la trama se desarrolla de un modo más convencional y en la obligatoriedad de lo pop al que el cine japonés más comercial está supeditado.

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