El fantástico señor Fox

fantasticmisterfox

Todo cuento infantil es, en esencia, un relato de horror. Es, fantasía y eufemismos mediante, una forma de explicar al niño la complejidad y aparente sinsentido del caótico mundo adulto. En tiempos de corrección política, parece que no cabe en la cabeza que esos universos infantiles sean tan insoportablemente agresivos, y la tendencia ha sido a minusvalorar al espectador o lector infantil apartando de su mirada cualquier atisbo de complejidad, caos y visiones adultas y poco agradables. La literatura infantil, por suerte, ha contado con auténticos genios que han sabido entender mejor a los niños como el público ideal, ajeno a los prejuicios, abierto de mente e inquieto ante cualquier nueva sorpresa; y por tanto, un público que merece un respeto mayor o igual que el adulto, y que se ha de tratar de tú a tú. Uno de los autores que mejor entendió la inteligencia del lector infantil fue Roald Dahl. Sus mundos son viscerales, con personajes torturados, de carnes elásticas e ideales inamovibles. Sus personajes buscan un atisbo de esperanza en mundos crueles y el trayecto les lleva a sufrir transformaciones, a veces de su propio cuerpo, y enfrentarse a figuras oscuras y peligrosas; todo cargado de un humor negro, deforme y expresionista.

En su paso al cine, las obras de Dahl se han encontrado, como no podía ser menos, con directores igual de enamorados de esos mundos extraños, cruelemente cómicos y diferentes, como Mel Stuart (Un mundo de fantasía, 1971), Nicolas Roeg (Las brujas, 1990), Henry Selick (James y el melocotón gigante, 1996), Danny DeVito (Matilda, 1996) y Tim Burton (Charlie y la fábrica de chocolate, 2005). Todos ellos tienen en común que guardan una estrecha relación a la hora de afrontar ciertos temas y personajes muy afines al tenebrismo de Dahl. Por eso resulta mucho más extraña la intervención de Wes Anderson en la última adaptación del escritor, Fantástico señor FoxAnderson es un director que utiliza la cita para construir espacios emocionales difusos, atrapados en imágenes fijas de modelos, como congelados en el tiempo, como fotografías de un viejo álbum que encontrásemos escondido detrás de un armario, y que transmitiesen todo un aciago pasado en la actitud de sus personajes. En el cine de Anderson no hay, pues, ese contraste de luces y sombras, de creyentes y descreídos, de violentos y pacíficos; si no una cierta misantropía resignada, un maelstrom de sentimientos encontrados y ninguna salida fácil. Sin embargo, Fantástico señor Fox se ajusta perfectamente al binomio de Dahl y Anderson por el común gusto por la extrañeza del mundo adulto. Allí donde Academia Rushmore (1998) citaba a Schulz para ofrecer una batalla de desencanto generacional – la primera decepción junto a la crisis de edad – Fantástico señor Fox hace de Dahl un paisaje puramente andersoniano, en donde figuras paternas irresponsables, mujeres desengañadas e hijos celosos hacen frente a sus pesares con un contagioso (y sólo aparente) optimismo. Conviene sin embargo señalar que Anderson tampoco renuncia al poso trágico que ha marcado su trayectoria, y no duda en hacer del violento mundo de Dahl una forma de subrayar toda la oscuridad que subyace en los cuentos infantiles: las acciones equivocadas traen consecuencias nefastas.

Pero quizás donde mejor se adapta el cuento al mundo de Anderson es su tono revolucionario, de esa sociedad comunista de animales y ese gusto por el viñeteado y el frontalismo tan godardiano, que aquí, como ilustraciones de un cuento, se torna más necesario que nunca; comparte además con sus dos últimos trabajos, The life aquatic with Steve Zissou (2004) y Viaje a Darjeeling (2007) un clímax donde la figura animal, totémica, trae consigo una mirada nueva del personaje al mundo que le rodea. Y si Zissou encontraba la aceptación a la muerte de su amigo y los hermanos FrancisPeter y Jack a la de su padre, el señor Fox se reencuentra con su propia naturaleza, y a modo de gag, – y bellamente acompañado por uno de los mejores trabajos del genial Alexandre Desplat –  desacraliza el mundo salvaje, restándole importancia a su caústica condición de depredador. Es, en esencia, un Anderson que encuentra sus raíces en la añoranza infantil, en esa primera decepción de Max Fischer que simboliza el paso a la edad adulta, el enfrentamiento a la realidad; pero también es un Anderson más relajado que nunca, autoparódico y accesible, y quizás, su mejor muestra de madurez hasta la fecha.

Anuncios

Etiquetas: , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: