El escritor

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Ningún crítico que se precie debería basar sus juicios en hipótesis y conjeturas, ni mucho menos cuando se trata de la vida privada de un director; sin embargo, a la hora de hablar de Roman Polanski es inevitable plantearse que hubiese sido de la carrera del director de Chinatown (1974) de no haber abandonado Estados Unidos, o lo inevitable que es ver en su trayectoria, tan dominada por la maldad inherente en los seres humanos que acecha a sus protagonistas-víctimas, un paralelismo con el terrible asesinato de su esposa y su posterior circo mediático. Su última película, viene, de alguna forma, a subrayar esos paralelismos, donde un personaje sin nombre (Ewan McGregor) tiene que lidiar con un trabajo de “negro” literario – y por tanto, en la sombra, obligado a no destacar – en beneficio del presidente Alan Lang (Pierce Brosnan), cuya polémica trayectoria propicia el éxito comercial de su autobiografía. Cabría preguntarse pues, si El escritor es una película que saque rédito de la figura mediática de su director, pero sería caer en una trampa sensacionalista.

Y es que Polanski hace tiempo que no tiene que demostrar nada a nadie, y pese a años de irregularidad, en El escritor realiza uno de sus trabajos más completos y redondos, a base del difícil equilibrio entre esconderse – y ser, pues, ese “escritor fantasma” tras la cámara – y al mismo tiempo, reconocerse en el texto, con no pocas similitudes con El quimérico inquilino (1976), otra película donde la influencia de un predecesor desconocido traza el inexorable destino del protagonista, para más inri protagonizado por el propio director; entonces antecediéndose a su propio futuro, ahora volviendo sobre él, como si en su caso, el “escritor fantasma”, el “quimérico inquilino” no fuese un Otro, si no su yo anterior.

Al margen de estas especulaciones, El escritor mantiene siempre el trabajo de un gran profesional, sobre todo en la excelente sobriedad que caracteriza la película, apenas interrumpida por breves momentos de lucimiento que siempre contribuyen favorablemente a la película, como es el caso del estatismo con el que abre y cierra el relato o el explícito guiño que se permite a la hora de calcar la planificación de Con la muerte en los talones (Alfred Hitchcock, 1959) ante la evidente similitud argumental, en la que los protagonistas reciben la misma misión: mantener la farsa en la que se han inmiscuido, pero ahora, con un propósito definido; si eso no fuera suficiente motivo para aplaudir el film compone una puesta en escena capaz de abstraernos de su carácter teatral, en una localización-prisión por la que las salidas y entradas de personajes, en contraste con los espacios abiertos, vacíos – ocasionalmente – y hostiles. Por último, si guión puede no ser especialmente imaginativo, pero está lleno de agudas réplicas, una muy sutil dosificación de la información al espectador y una forma tan elegante y correcta de exponer un retrato político que avergonzaría a directores más toscos y vulgarmente apasionados. Nos queda entonces, solo la duda de si hubiesemos podido ver más como esta, si las circunstancias de Polanski no fuesen tan desmedidas como la de los protagonistas que retrata una y otra vez, atrapado, como Trelkovsky, en un pasado atroz.

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