El piloto de Treme

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Las grandes revoluciones son silenciosas. Cuando David Simon sacó adelante los sesenta  episodios que componen las cinco temporadas de The Wire, partía de una intrincada maniobra para sacar, desde comienzos muy humildes (una continuación espiritual de su miniserie anterior, The Corner), un retrato completo y complejo de la ciudad de Baltimore como un espejo de la sociedad americana contemporánea. Simon tuvo que afrontar tanto excelentes críticas como bajos índices de audiencia y la oposición política de la mala imagen que The Wire daba de la ciudad, lo que a punto estuvo de cancelar la serie en su ecuador. No ha sido hasta recientemente cuando The Wire ha alcanzado un status de culto que la posiciona como uno de los mejores trabajos jamás vistos en televisión. ¿a que se debía ese rechaz0? En primer lugar, a la complejidad del argumento, realista sin concesiones, duro y cargado de una cantidad tan grande de tramas y personajes que resultaba difícil de seguir. Le benefició positivamente tanto el mercado doméstico como las descargas: The Wire no era una serie de episodios cerrados, si no cinco largometrajes de 12 horas, temporadas enteras indivisibles y que prestaban una atención por el detalle y la memoria del espectador, totalmente inusual en su momento. Allí donde Los Soprano navegaba con facilidad entre distintos géneros sin cambiar ni un ápice su tono, o donde Lost podría permitirse el lujo de diseminar pistas por su enloquecida narración, The Wire contaba con que cada parpadeo valía su peso en oro, y tenía importancia en una elaborada teoría del caos que tomaba dimensiones apabullantes en su última temporada.

Treme es el siguiente proyecto de largo alcance de David Simon, tras la miniserie Generation Kill, y no situa en un ambiente complementario a Baltimore: el Nueva Orleans post-Katrina, que tiene que enfrentar su contagiosa felicidad musical con el olvido al que sus habitantes más pobres se ven sometidos. Como si no perteneciesen al mismo país, ni tan siquiera al mismo planeta, el piloto de Treme, que se emitió el pasado domingo, guarda una gran similitud en formas con The Wire… pero su contenido es bastante diferente. Una escena donde Creighton Bernette (John Goodman) despotrica un ensayado discurso ante las cámaras de televisión sobre la falta de previsión del desastre corta a la secuencia donde Albert Lembraux (Clarke Peters) apenas puede contener las lágrimas al ver su hogar convertido en un cenagal. Aquí no hay policías y ladrones, por muy lleno de grises que fuese el viejo Baltimore, si no un nuevo tipo de impotencia; ya no se trata de evitar y corregir pues ahora no hay nadie allí, durante el problema, si no de sobrevivir cuando el problema ya ha ocurrido y no tiene vuelta de hoja. Allí donde Baltimore era la desesperanza de no poder salir de un sistema lleno de equívocos, corrupción e intereses para que todo siguiera igual (de mal), New Orleans lucha aquí por mantenerse ante lo que sin duda ha sido un duro barrido para una gran ciudad que, como se indica en el capítulo “quizás no vuelva a ser tan grande”, pero que mantendrá su alegría. Treme demuestra tener la misma fuerza que The Wire, pero al carecer (de momento) del mcguffin del caso policíaco, mantiene una libertad inaudita en el retrato de variopintos personajes que parecen ser el corazón de la serie, es uno de los mejores estrenos de la temporada y promete darnos muchas alegrías, así que deberíamos estar todos, el próximo domingo, expectantes ante una serie que promete ser un nuevo clásico.

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