Esbozo de la narración sugestiva (II)

planetasimios

Decíamos que uno de los problemas de la narración sugestiva es que exigía habilidad al narrador en la misma medida en la que pedía implicación del receptor. Esto significa que a veces hay que lidiar con elementos que se encuentran en una difícil línea entre lo permisible y, directamente, la trampa. Por supuesto, eso significa que es mucho más fácil equivocarse como autor porque se manejan demasiados factores: el guión, la forma y el tono tienen que estar supeditados a cubrir y reforzar argucias cuya tolerancia mide el propio receptor. Y dado que el recorrido de cada receptor es distinto – aquello de que hay tantas películas como espectadores que la ven – uno de los principales objetivos de la sugestión, el adelantarse a la reacción y obrar en consecuencia, parece quedarse en peligro.

En el manga de Urasawa, Monster, el Doctor Tenma se encuentra en medio de un local a punto de arder hasta los cimientos. La urgencia del momento impide que otro personaje tenga tiempo para contarle algo importante; asi que este opta por quedar con él en Praga para poder darle el mensaje. Una vez en Praga, el mensaje es más escueto que las órdenes para llegar a la cita, es decir, el personaje tenía tiempo de sobra para dar la información durante el incendio y ahorrarle el viaje al protagonista. Sin embargo, la información que le da tiene que ver con una ubicación dentro de la ciudad de Praga, asi que Tenma no ha hecho el viaje en vano… aunque su emisor, sí. Y esa es la gran diferencia: como nuestro punto de vista está focalizado en el personaje principal, que un secundario que no vuelve a tener relevancia haga ese viaje en vano no nos resulta inverosímil, porque no le prestamos más atención. En el manido paralelismo del cine con la magia, en la que el truco se realiza en la medida en la que sepas distraer al espectador el tiempo suficiente con otro elemento como para que no haya visto “la trampa” con la otra mano.

Otro motivo por el que este tipo de narración tiende a caminar por el filo de lo que separa lo acertado del timo es su carácter episódico, en cuanto a tiende a perpetuarse a sí mismo, pero a la vez, está condicionado a una serie de factores extracreativos que necesitan de una reacciones lo suficientemente inteligentes. La ausencia de un actor es temible en cualquier serie audiovisual, por ejemplo. Una forma de esquivar esto es dejar abiertos elementos que pueden ser retomados con facilidad. Un caso interesante es la saga de El planeta de los simios (1968 – 1973) que llegaba a hilvanar con sumo interés distintos protagonistas en distintas eras y circunstancias, con una enorme variedad de situaciones que, en esencia, acababan siendo las mismas estructuras repetidas una y otra vez: la del prisionero en tierra extraña que, privado de su voz (y su libertad) provoca un conflicto al orden establecido. Así, Chartlon Heston como el astronauta perdido en la primera entrega, desaparece en la segunda para ser encontrado por un astronauta en misión de rescate, James Franciscus. Heston, que no tenía ningún interés en seguir haciendo secuelas, pidió expresamente que la saga terminase allí: no más planeta de los simios, no más astronautas. El giro que dio entonces la saga fue interesante: huídos del futuro, la pareja de Zira y Cornelius (Aurelio según el doblaje español) aterriza en nuestros años setenta en claro paralelismo con la historia original de Heston. En esta entrega, el antagonista de los simionautas es el Doctor Hasslein. Lo interesante aquí es que el nombre de Hasslein es mencionado en las dos entregas anteriores, sin motivo alguno. Ese simple nombre, al margen de la pareja protagonista, une la mitología de la serie sin problema alguno.

Aquí es donde llega lo importante: en ningún momento previo al desarrollo de Huída del planeta de los simios (1971) se pensó en Hasslein como un personaje. Probablemente el personaje como tal estuviese en una versión primeriza del guión, pero es cuando recibe su nombre el momento en que ligamos con las dos entregas anteriores con mayor fuerza. El personaje, entonces, no estaba planeado, pero en ningún caso eso le resta valor, todo lo contrario: demuestra la inteligencia a la hora de trazar un mapa en la narración sugestiva. Se tiende a valorar este tipo de productos por lo coherentemente unidos que se encuentran en lo narrativo, pero no nos damos cuenta de que su improvisación no es necesariamente negativa. Cada película de El planeta de los simios se pensó independientemente, y con las circustancias de producción ejerciendo una gran influencia sobre las tramas y desarrollos. Pero siguen siendo coherentes entre sí.

Lost se está enfrentando a su recta final con serios problemas: a diferencia de otros productos del mismo estilo, tiene la presión añadida de una vigilancia constante, de fans que lo son no por su amor incondicional a la serie, si no por su necesidad de autoafirmarse a través de ella, de considerar que la serie es buena por lo atada o coherente que sea en su resolución. Eso implica que “trampas” como las de Monster, que buscan prolongar la acción y el suspense, sean vistas con mayor recelo. Pero el que lo cuestiona olvida una cosa: que aunque Lost fuese completamente improvisada, jamás lo sería episodio a episodio, misterio a misterio, si no en temporadas completas. Las esqueletos argumentales de cada temporada son construídos previamente, y aunque no toda la serie esté proyectada desde el principio (algo, seamos francos, muy complejo y bastante improbable) cada temporada lo está por sí misma. Las principales críticas hacia Lost se centran en considerar que los guionistas, que han tenido tiempo para preparar temporadas completas, organizar que información se da en cada episodio y que información se omite… son menos inteligentes que el público, que se siente cada semana a ver el programa y sacar “fallos” al episodio. Esa consideración es un poco altiva: la idea de que el espectador es más sagaz que aquellos profesionales, cuya labor consiste precisamente en situarse dos pasos por delante del público, de jugar con él y con sus esperanzas, para no destapar la tramoya hasta el final. Da igual lo mucho que Lost ha demostrado dar respuestas interesantes a misterios extravagantes, será puesta en duda hasta el momento final, incluso más allá de este. Sencillamente porque no somos capaces de aceptar que nos manipulen, ni siquiera cuando la manipulación está hecha con tanto talento.  Estamos más preocupados del truco de magia que de la distracción y su efecto positivo. Y aquí es donde nos equivocamos todos.

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