Errores de juicio sobre Caprica

caprica

Llevaba tiempo queriendo hablar de Caprica, la precuela de Battlestar Galactica que se está emitiendo en Syfy actualmente. Mi espolón ha sido el comentario de Hernán Casciari al respecto, que me ha llevado una vez más a comprobar el sentimiento de inferioridad y los prejuicios que el género de ciencia ficción sigue arrastrando. Del comentario de Casciari se puede deducir que el verdadero valor de Caprica es su acercamiento a la realidad, el hecho de que sea un mundo probable y que renuncie en primera estancia a aquellos elementos más evasivos. De todo ello saco en conclusión que Casciari ha visto Caprica, pero no le ha prestado ni la más mínima atención. Al menos reconoce no sentir ninguna empatía por el género, pero supongo que no excluye que su opinión, como la de muchos otros, ponga sobre el tapete un malentendido habitual con la ciencia ficción.

Si Caprica es un acercamiento medianamente realista y cargado de diálogos antes que evasivo y lleno de acción es por motivos puramente presupuestarios. Desengáñense de una vez, por favor: la estaticidad y el realismo no son superiores al dinamismo y la fantasía; en realidad, sería más fácil decir que son inferiores, porque ponen de relieve unos límites, ya sean de medios o de imaginación, que acotan el producto final. Eso que vaya por delante. El otro hecho que se ha de considerar es que lo menos interesante de Caprica, y en realidad, de toda la ciencia ficción, es el reflejo que esta hace de la realidad. No necesitamos la ciencia ficción como una engolada metáfora de la actualidad; es cierto que tiene ese potencial y hay más de una obra maestra del género que se mueve en esos contextos, pero la ciencia ficción tiene la capacidad de tener virtudes independientes de cuanto dicen u omiten de nuestro presente. En el caso de Galactica, por ejemplo, el hilo principal habla del clásico problema de identidad: un personaje en el que conviven tres entidades separadas (cuerpo, mente y alma) y que sabemos que darán lugar a los cylon, los robots asesinos de Battlestar Galactica. Los entramados empresariales, los melodramas privados, las cuestiones religiosas y étnicas son un vehículo para esa trama principal, que no tiene reflejo tangible en la realidad. El corazón de Caprica es, en realidad, un conflicto fantasioso y elevado, fuera de lo mundano. Dejemos de revindicar la ciencia ficción por ser capaz de lanzar “mensajes” o “metáforas” de tres al cuarto, o plantear conflictos propios de telenovela y olvidemonos de términos como “anticipación”  o “especulativo”: a la ciencia ficción no le corresponde el deber de ser un género profético, si no que utiliza una base sólida y reconocible como es la tecnología o las hipótesis científicas para crear un mundo imaginario, irreal porque supone la alteración de algún factor con respecto a nuestro presente (o a nuestro pasado, si se trata de  subgéneros como las ucronías o el steampunk) que la exime de responsabilidad con lo real. Lo interesante de la ciencia ficción es que expone alternativas a lo real, que ponen con ello de manifiesto muchas de las cosas que definen nuestro mundo, pero que de ningún modo tienen como interés que sean “mundos probables”.

Lo que hay es una actitud clasista, como si el aficionado a la ciencia ficción fuese menos respetable porque se fija en lo evasivo y no en “grandes cuestiones”, cuando precisamente son esas evasiones las que nos plantean, desde su desproporción, desde lo alternativo en tiempo y espacio, nuestro lugar en el cosmos. El no aficionado tiene que justificarse entonces con la ausencia del aspecto más injustamente considerado “infantil” a través de una ciencia ficción que se parezca lo menos posible a la ciencia ficción más popular. Caprica no es el caso, y sigue siendo una historia de robots que se preguntan quienes son, como Galactica cuestionaba a todos y cada uno de los miembros de su enorme elenco su propia identidad y lugar en el mundo, algo que no hacía a través de grandilocuencia melodramática, si no a partir de algo tan “evasivo” como una profecía  divina o la existencia de robots humanoides; algo que no le es ajeno a gente como Philip K. DickIsaac Asimov o Stanislaw Lem. Lo que mola de la ciencia ficción son los robots, los viajes en el tiempo, las realidades alternativas, los extraterrestres, los cyborgs, las naves espaciales, lo virtual… Porque lo que nos gusta, lo que nos apasiona de verdad de la ciencia ficción no es en lo que se parezca a nuestra realidad, si no en lo que se diferencia de ella, pues es de esa comparación inconsciente de donde se extraen las mejores ideas de la ciencia ficción.

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