Green Zone

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Paul Greengrass se ha ido convirtiendo poco a poco en una voz de la última década, la que cubre Domingo sangriento (2002) y sus dos entregas de Bourne, asi como United 93 (2006), hasta esta última incursión en el caótico y hostil mundo del terrorismo y el tecnoespionaje, como si trazase un mapa que tratara de buscarle un sentido a nuestra violenta actualidad, rebuscando entre los lugares más insospechados: desde los pensamientos de las víctimas hasta el orden burocrático. Es por ello que las expectativas con Green Zone, una película que parecía anunciar el matrimonio entre la contundencia de Bourne y su búsqueda de las causas del conflicto irakí – aquí bajo el mcguffin, en la realidad y en la ficción, de las Armas de Destrucción Masiva – no podían ser más elevadas. Quizás que Matt Damon repita como protagonista nos predispone demasiado a aquellos tics reconocibles de la saga del espía desmemoriado, y hasta cierto punto, cumple con lo esperado: al igual que en las películas de Bourne, el conflicto se divide entre una trama de combate físico y otra en los despachos, hay una pequeña persecución automovilística, una pequeña pelea a puñetazo limpio y tensas escaramuzas… pero el tratamiento de las mismas es menos exhibicionista de lo que cabría esperar, y pierde parte de su encantadora espectacularidad. Quizás el verdadero problema de Green Zone es como se ajusta a un modelo de espionaje más propio de un Tom Clancy desprovisto de jerga militar, y como esto trae como consecuencia una simplificación de los elementos que la componen ante la responsabilidad de ajustarse no sólo a lo “histórico” si no a la latente necesidad de explicitar su posición política, su moraleja a modo de falsa expiación. La película parece que necesita poner en boca de sus personajes todas las posturas irreales que comparten, reduciendo a sus personajes a marionetas de un teatro con mensaje. Si bien Greengrass mantiene ese famoso pulso en las escenas de acción que lo hacen un realizador contundente y digno de admiración, esta vez quedan enterradas ante la imperiosa obligación de ser un reflejo moral, de dejar constancia de lo importante que es el contexto en el que se mueve, olvidando con ello todo el carácter lúdico que, a estas alturas, una película de estas características debería tener. Y es que el verdadero perdón no llega con la postura del arrepentimiento, si no con la frivolidad que otorga la distancia en el tiempo.

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