Conquista de lo inútil

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La lectura de Conquista de lo inútil de Werner Herzog me arrastra, con su melancolía alemana, como un río al impulso de volver a ver Fitzcarraldo (1982). Herzog encontró en esos cuatro años de su vida su obra maestra, aquella que mejor determina ese choque de fuerzas entre lo estilizado y lo documental, entre el hombre y la naturaleza, entre la humanidad y sus propósitos, tan admirables como absurdos, con esa increíble y personal forma de distanciarse, de colocar figuras ridículas sobre un fondo hostil y hermoso en el que juzgar con la misma propiedad la valentía para emprender gestas imposibles y la estupidez de planteárselas y perseverar en estas. No es casual que el libro arranque en la casa de Francis Ford Coppola en 1979, donde el director de La conversación se recuperaba de una operación de hernia, una de las muchas cicatrices que trajo consigo de su guerra particular, ese Vietnam del arte que quedó patente en dos obras audiovisuales inseparables, Apocalypse Now! (1979) y Hearts of Darkness: A Filmmaker’s Apocalypse (1991), respectivamente obra y documental sobre su concepción, realización y el infierno personal que esto trajo consigo a sus responsables. También Herzog narra aquí su viaje al horror, ese espacio mental que definió Joseph Conrad, a través de otro díptico audiovisual, la mentada Fitzcarraldo y la documentación de su catastrófico rodaje en Burden of dreams (Les Blank, 1982), dos obras que se ven ahora unidas por los diarios de rodaje, ese inconcebible hilo de pensamientos que transcurre entre la costa este estadounidense y lo más profundo de la selva de Perú. De ello extraigo la capacidad del director para absorver con suma facilidad todo lo que se mueve a su alrededor, así donde no es dificil descubrir como muchas de las ideas de la película surgen del propio entorno natural a la filmación de la misma, como un caótico afluente de ideas que van a dar a una catarata de imágenes imperecederas. Cada fotograma de la película es tan imborrable como las visiones que describe Herzog en su diario, una realidad alucinada pero tangible que él mismo ansía mostrar al mundo como Fitzcarraldo busca llevar la voz de Caruso a territorio virgen. Nace así de él la capacidad de ser un director total, esa cámara andante que proclamaba Jodorowsky, que utiliza sus sentidos como una esponja que solo aprieta para impregnar de vida el celuloide. Su titánica empresa, pareja a la propia película hasta extremos irracionales, tiene mucho de explorador y poeta, de alguien que se ha propuesto no solo ser protagonista de grandes aventuras si no creador de ellas, ponerse a si mismo en situaciones tan admirables y ridículas como él es capaz de ver en el espíritu humano. Su enfrentamiento ante un universo basto y a la vez, vacío, es inspirador y deja bien claro cual debería ser la actitud más concreta a la hora de afrontar el cine, ese arte para tontos; ya lo dice la bella Claudia Cardinale, llenando la pantalla con su presencia, al principio de esta aventura por el corazón de la jungla y el espíritu de los hombres: “Solo los soñadores mueven montañas”. Definición perfecta de una película en la que deberían mirarse todas las películas: un salto sin red, un descenso a la locura, un viaje sin retorno al abismo, un éxtasis a ritmo de Verdi.

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