Shutter Island

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Hicimos todo lo que un humanismo racional podía sugerir
– El sistema del doctor Brea y el profesor Pluma. Edgar Allan Poe.

En el episodio doble de La melancolía de Haruhi Suzumiya titulado El síndrome de la isla desierta, los personajes acuden de vacaciones a una isla misteriosa a la que sólo se puede acceder desde un ferry. Nada más llegar, estalla una tormenta que les impide salir, y se levanta frente a los personajes un misterio, una búsqueda de respuestas y de una figura misteriosa, casi abstracta, que da lugar a todo. En la conclusión del episodio, surgen dos respuestas al mismo problema, que lejos de contradecirse, se complementan: el misterio era a la vez una conspiración, una representación falseada de los hechos y llena de pistas prefabricadas, pero a la vez, era también la construcción subjetiva de Haruhi, que en su credulidad, había provocado inconscientemente, que esa represantación se tornase en parte, en una realidad. Así, el problema arquetípico fusionaba las dos soluciones posibles: la respuesta al misterio estaba tanto en una confabulación externa, como en un inconsciente propio. Con “El síndrome de la isla desierta”, la serie profundizaba una vez más en los papeles de la ficción, imitando a Agatha Christie (o más concretamente, a su descendiente nipón en la actualidad, El Detective Conan) pero a la vez, trayendo consigo una patina de ironía, en la que el misterio no es sólo un tópico, si no un tópico intencionado, escenificado para entender el valor de los mecanismos del misterio.

Martin Scorsese alcanzó su cénit a principios de los noventa, donde tras el éxito de sus últimas películas, y con su filmografía más que reconocida y ratificada por la cinefilia, realizó en Casino (1995) un ejercicio casi clónico de Uno de los nuestros (1990) lo que hacía augurar una  autoconsciencia de estilo; en otras palabras: la figura pública de Scorsese se había hecho más grande que el propio director, y tenía que satisfacer a un público que ya había tomado conciencia del que había sido un artista transgresor. Los problemas que surgieron con la producción de Gangs of New York (2002), su gran intento de recuperar la chispa de sus inicios y a la vez generar una película que satisfaciese a su propia imagen de leyenda viva, se sumaron a la escasa energía de El aviador (2004), que aún así dejaba ver al gran cineasta que había detrás, y la paradoja de alcanzar su reconocimiento académico con Infiltrados (2006), endeble remake de Infernal Affairs (2002) lo que colocaba al maestro en la posición de imitador de sus alumnos. Su penúltimo trabajo hasta la fecha,  el documental sobre el concierto de los Rolling Stones Shine a light  (2008) era un descarado producto alimenticio que podría haber filmado cualquier realizador anónimo. Asi que el acercamiento de un director en clara decadencia a un material tan descompensado como la novela de Dennis Lehane hacía sospechar lo peor.

Y el resultado se aproxima, en cierto modo, al mismo tipo de ensayo que dejaba caer El síndrome de la isla desierta: la representación, en este caso adaptación cinematográfica, de una historia arquetípica generaba por su distanciamiento una  reflexión sobre las herramientas y métodos del género, pero tampoco hace un alarde de ello para que esos mecanismos, mientras se desarmen, no dejen de funcionar. Es imposible no pensar en Twin Peaks y la forma de interconectar realidad y ficción para la resolución de un misterio, pero la verdadera naturaleza del onirismo en Shutter Island viene enraizado en el cine de Alfred Hitchcock, a quién se cita explícitamente en planos que recuerdan a Psicosis  (1960) – la ducha, el cenital en el faro – o a Recuerda (1945) – el subjetivo de la pistola-  aunque sin duda el material de origen se aproxima más a Vértigo (1958) en la medida en lo decepcionante y tramposo que puede resultar su clímax, pero a la vez, la emoción y catársis que por otro lado desvela. Esto muestra una naturaleza del misterio como elemento más dramático que narrativo, pero también nos plantea de nuevo esa comparación con Twin Peaks: allí donde Scorsese usa la solución del misterio para hablar del personaje, Lynch utiliza a los personajes para hablar del misterio en sí, nunca de su solución. Y del mismo modo que nuestro interés no es la identidad de la madre de Norman, o el encubrimiento de la muerte de Kim Novak, si no el asesinato en la ducha y su posterior limpieza y la pasión obsesiva de James Stewart; Scorsese prefiere hablar del gran peso de responsabilidad que porta el personaje de Leonardo Dicaprio en Shutter Island antes que enfatizar la obvia resolución del misterio. La conclusión es entonces, que el misterio nunca es tan poderoso como sus consecuencias, asi que excluyendo, el peso que sin duda tendrá la conclusión de la película en los espectadores, descubrimos que el director de Malas calles sigue estando en plena forma a la hora de realizar complejos retratos psicológicos de sus personajes, cámara y narrativa mediante.

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